18 de octubre 2016    /   ENTRETENIMIENTO
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¿Qué objeto te llevarias a un campo de refugiados?

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No hay tiempo. Cuando el horror descorcha la estampida hay poco margen para pensar en nada. Ni siquiera en lo que podrá ser útil en el camino o en el destino. Aun así siempre hay algo de lo que cuesta desprenderse. Eso que tal vez uno no se llevaría a una isla desierta, pero sí a un campo de refugiados como recuerdo de la vida que deja. Una veintena de refugiados han sido fotografiados por el fotoperiodista Brian Sokol portando lo que llevaban encima cuando fueron forzados a huir de sus hogares.

En los últimos años, los conflictos de Mali, Siria, Sudán y República Centroafricana han provocado el desplazamiento de más de 15 millones de personas en estos países. Un tercio ha tenido que marcharse a otros estados, convirtiéndose en refugiados. Para cada una de esas personas, los objetos que lograron rescatar de sus casas antes de marcharse son la cosas más importantes, por eso la exposición que recopila todas esas fotos tiene como título The most important thing*.  Con sus imágenes,  Sokol pretende hacer reflexionar sobre la situación de toda esta gente, forzada a dejar su vida, sus hogares, y quienes probablemente nunca pensaron encontrarse en esa tesitura.

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Para Omar, por ejemplo, la cosa más importante es su buzuq. Tuvo que abandonar su casa en Damasco para evitar correr la misma suerte que sus vecinos, masacrados la noche anterior, pero, a pesar de las prisas, no olvidó su instrumento. Ahora que vive en el campamento de refugiados de Domiz, en Kurdistán (Iraq), dice cuando toca, su buzuq «alivia un poco mis penas».

Omar*, 37, poses for a portrait inside his tent in Domiz refugee camp in the Kurdistan Region of Iraq on 16 November 2012. Omar decided it was time to flee his home in the Syrian capital of Damascus the night that his neighbours were killed. "They came into their home, whoever they were, and savagely cut my neighbour and his two sons. They dragged the bodies into the street, where we found them in the morning." The next day he used the majority of his savings to hire a truck to flee with his wife and his two sons. The most important thing that Omar was able to bring with him is the instrument he holds in this photograph. It is called a "buzuq" and he says that "playing it fills me with a sense of nostalgia and reminds me of my homeland. For a short time, it gives me some relief from my sorrows."

Cuando a Alia le preguntaron por lo que se llevó consigo cuando huyó con su familia de Daraa (Siria), todos esperaban una respuesta: «mi silla de ruedas». Pero la joven de 24 no respondió eso sino «mi alma, nada más, nada material». Alia no concibe la posibilidad de desprenderse de su silla porque la considera una extensión de su cuerpo, no un objeto.

Alia*, 24, poses for a portrait in Domiz refugee camp in the Kurdistan Region of Iraq on 15 November 2012. Alia was living with her family in Daraa, Syria, when fighting forced them to flee their home four months before this photograph was taken. As the fighting drew closer, she recalls, "It was terrifying because I'm not able to help myself." Confined to a wheelchair and blind in both eyes, Alia says she was terrified by what was happening around her. "At the beginning of the fighting, my family decided to stay because we thought it would be over soon. But as it went on, I was scared that they might run away and leave me at home alone." Although she never cared for television, Alia began to follow the news programs closely as the fighting intensified, because it helped her make sense of the things she heard, but couldn't see, going on around her. "Men in uniforms came and killed our cow. They fought outside our house and there were many dead soldiers. I cried and cried, scared because I had to call my family even to know what was happening." Alia says the only important thing that she brought with her "is my soul, nothing more ? nothing material." When asked about her wheelchair, she seemed surprised, saying that she considers it an extension of her body, not an object. "I am happy. I am happy to be safe, to be here with my family," she says.

Magboola y su familia habían resistido a varios ataques aéreos en su pueblo, Bofe, en el estado sudanés de Nilo Azul. Fue un ataque terrestre el que alentó su huida. Aquella noche, cuando los soldados se presentaron en la aldea abriendo fuego, la joven de 20 años cogió a sus tres hijas para huir hacia la localidad fronteriza de El Fujd. Ahora en el campamento de refugiados de Jamam, Maban, (Sudán del Sur), Magboola sigue usando la olla que se llevó consigo. La eligió, dice, porque era lo suficientemente pequeña para poder viajar con ella y lo suficientemente grande como para cocinar el sorgo para ella y sus tres hijas durante el viaje.

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El miedo se apoderó de Benjamin. No era para menos. Aquel combatiente acabó con la vida de un mercader delante de sus narices. Lo siguiente que recuerda es llegar a su aldea sin apenas aire en sus pulmones. El miedo volvió a él cuando no encontró en casa a su familia. Por suerte estaban en una parcela cercana. Con ellos y con su máquina de coser huyó a Batanga, en la República Democrática del Congo. En su campo de refugiados repara la ropa de la población local. De su máquina dice: «Es mi vida, es mi sangre. La utilizo para poder comprar comida para mi familia».

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Los bombardeos eran continuos y Dowla no estaba dispuesta a seguir exponiendo a sus hijos al riesgo que eso suponía. Así que un día decidió dejar Gabanit, donde residía con sus seis vástagos, para encontrar un lugar más seguro. Su destino no estaba claro. Lo que sí sabía era que el camino sería duro. Por eso buscó un palo de madera lo suficientemente largo y resistente como para poder portar a sus hijos cuando estos estuvieran agotados. Así lo hizo durante los 10 días que duró su viaje hasta el campamento de Doro, en el condado de Maban (Sudán del Sur).

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Un barco con dirección a Batanga (R. D. Congo) alejó a Fideline, 13 años, y a su familia del horror. Ella y sus amigos acaban de asistir a la ejecución sumaria de un hombre de negocios en su pueblo natal. Tras aquello, Fideline huyó a casa llorando y gritando. Su padre tomó la decisión de huir al ver el miedo encarnado en el rostro de su hija. Al igual que el resto de su familia, la niña no tuvo tiempo de coger apenas nada («ni la cartera de la escuela, ni mis zapatos, ni las cintas de colores de mi pelo…»). Sólo bolis y cuadernos iban a formar parte de su equipaje. «Quiero estudiar para convertirme en alguien en la vida».

Thirteen?year-old Fideline holds one of the school notebooks that she was able to salvage when she and her family fled for their lives and boarded a boat to Batanga. The final straw was when the teenager and her friends saw a businessman being summarily executed. Fideline remembers screaming as she sprinted home. Her father immediately decided that they had to leave. "I couldn't take my school bag, my shoes, or the colored ribbons for my hair, but I did bring my notebooks and my pen," says the top student. ?We have suffered so much,? she says, adding: ?I want to study so that I can become someone."

Abdou Ag Moussa esperó a que oscureciera para huir con su esposa y sus dos hijos. Su moto les sacó de Malí para impedir que sufrieran la misma suerte que la madre de Abdou, secuestrada y asesinada junto a otras mujeres unos días antes. Tras llevarles al campo de refugiados de Mentao, en Burkina Faso, él volvió a Malí. Quería enterrar a su madre y traer consigo a su padre.

Abdou Ag Moussa, 34, sits with his family on the motorbike that he says saved his life. Abdou?s family fled their home in Mali after his mother and four other women were kidnapped, taken to the desert and shot. When Abdou learned what had happened, he waited until dark and escaped with his wife and two children into the desert. He returned to bury his mother a few days later and then put his wife and children into a car while he and his father followed on the motorbike.

A Leila le encantan las flores. Por eso le gustan sus pantalones, porque tienen una. Es lo único que se llevó de su casa, en Deir ez-Zor (Siria) cuando huyó de ella con sus padres, sus cuatro hermanos y su abuela. De ese momento sólo recuerda el aterrador sonido de los tanques, «incluso peor que el de los aviones porque sentía como que los tanques venían a por mí».

Leila*, 9, poses for a portrait in the urban structure where she and her family are taking shelter in Erbil, in the Kurdistan Region of Iraq, on 17 November 2012. Together with her four sisters, mother, father and grandmother, Leila arrived in Erbil five days before this photograph was taken, after fleeing their home in Deir Alzur, Syria. Her family is one of four living in an uninsulated, partially-constructed home; there are about 30 people sharing the cold, draughty space. Leila recalls explosions all around them for days, but the family finally decided to leave Deir Alzur when their neighbours' house was hit, killing everyone inside. The most terrifying thing about the months before they fled, she says, "was the voice of the tanks. It was even more scary than the sound of planes, because I felt like the tanks were coming for me."

* ‘The most important Things. Retratos de una huida’ es el nombre de la muestra organizada por la Obra Social ”la Caixa” y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) que puede visitarse en el Palacio de las Naciones de Ginebra hasta el 21 de octubre y hasta el 15 de enero en el centro cultural Caixa Forum de Zaragoza. 

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No hay tiempo. Cuando el horror descorcha la estampida hay poco margen para pensar en nada. Ni siquiera en lo que podrá ser útil en el camino o en el destino. Aun así siempre hay algo de lo que cuesta desprenderse. Eso que tal vez uno no se llevaría a una isla desierta, pero sí a un campo de refugiados como recuerdo de la vida que deja. Una veintena de refugiados han sido fotografiados por el fotoperiodista Brian Sokol portando lo que llevaban encima cuando fueron forzados a huir de sus hogares.

En los últimos años, los conflictos de Mali, Siria, Sudán y República Centroafricana han provocado el desplazamiento de más de 15 millones de personas en estos países. Un tercio ha tenido que marcharse a otros estados, convirtiéndose en refugiados. Para cada una de esas personas, los objetos que lograron rescatar de sus casas antes de marcharse son la cosas más importantes, por eso la exposición que recopila todas esas fotos tiene como título The most important thing*.  Con sus imágenes,  Sokol pretende hacer reflexionar sobre la situación de toda esta gente, forzada a dejar su vida, sus hogares, y quienes probablemente nunca pensaron encontrarse en esa tesitura.

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Para Omar, por ejemplo, la cosa más importante es su buzuq. Tuvo que abandonar su casa en Damasco para evitar correr la misma suerte que sus vecinos, masacrados la noche anterior, pero, a pesar de las prisas, no olvidó su instrumento. Ahora que vive en el campamento de refugiados de Domiz, en Kurdistán (Iraq), dice cuando toca, su buzuq «alivia un poco mis penas».

Omar*, 37, poses for a portrait inside his tent in Domiz refugee camp in the Kurdistan Region of Iraq on 16 November 2012. Omar decided it was time to flee his home in the Syrian capital of Damascus the night that his neighbours were killed. "They came into their home, whoever they were, and savagely cut my neighbour and his two sons. They dragged the bodies into the street, where we found them in the morning." The next day he used the majority of his savings to hire a truck to flee with his wife and his two sons. The most important thing that Omar was able to bring with him is the instrument he holds in this photograph. It is called a "buzuq" and he says that "playing it fills me with a sense of nostalgia and reminds me of my homeland. For a short time, it gives me some relief from my sorrows."

Cuando a Alia le preguntaron por lo que se llevó consigo cuando huyó con su familia de Daraa (Siria), todos esperaban una respuesta: «mi silla de ruedas». Pero la joven de 24 no respondió eso sino «mi alma, nada más, nada material». Alia no concibe la posibilidad de desprenderse de su silla porque la considera una extensión de su cuerpo, no un objeto.

Alia*, 24, poses for a portrait in Domiz refugee camp in the Kurdistan Region of Iraq on 15 November 2012. Alia was living with her family in Daraa, Syria, when fighting forced them to flee their home four months before this photograph was taken. As the fighting drew closer, she recalls, "It was terrifying because I'm not able to help myself." Confined to a wheelchair and blind in both eyes, Alia says she was terrified by what was happening around her. "At the beginning of the fighting, my family decided to stay because we thought it would be over soon. But as it went on, I was scared that they might run away and leave me at home alone." Although she never cared for television, Alia began to follow the news programs closely as the fighting intensified, because it helped her make sense of the things she heard, but couldn't see, going on around her. "Men in uniforms came and killed our cow. They fought outside our house and there were many dead soldiers. I cried and cried, scared because I had to call my family even to know what was happening." Alia says the only important thing that she brought with her "is my soul, nothing more ? nothing material." When asked about her wheelchair, she seemed surprised, saying that she considers it an extension of her body, not an object. "I am happy. I am happy to be safe, to be here with my family," she says.

Magboola y su familia habían resistido a varios ataques aéreos en su pueblo, Bofe, en el estado sudanés de Nilo Azul. Fue un ataque terrestre el que alentó su huida. Aquella noche, cuando los soldados se presentaron en la aldea abriendo fuego, la joven de 20 años cogió a sus tres hijas para huir hacia la localidad fronteriza de El Fujd. Ahora en el campamento de refugiados de Jamam, Maban, (Sudán del Sur), Magboola sigue usando la olla que se llevó consigo. La eligió, dice, porque era lo suficientemente pequeña para poder viajar con ella y lo suficientemente grande como para cocinar el sorgo para ella y sus tres hijas durante el viaje.

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El miedo se apoderó de Benjamin. No era para menos. Aquel combatiente acabó con la vida de un mercader delante de sus narices. Lo siguiente que recuerda es llegar a su aldea sin apenas aire en sus pulmones. El miedo volvió a él cuando no encontró en casa a su familia. Por suerte estaban en una parcela cercana. Con ellos y con su máquina de coser huyó a Batanga, en la República Democrática del Congo. En su campo de refugiados repara la ropa de la población local. De su máquina dice: «Es mi vida, es mi sangre. La utilizo para poder comprar comida para mi familia».

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Los bombardeos eran continuos y Dowla no estaba dispuesta a seguir exponiendo a sus hijos al riesgo que eso suponía. Así que un día decidió dejar Gabanit, donde residía con sus seis vástagos, para encontrar un lugar más seguro. Su destino no estaba claro. Lo que sí sabía era que el camino sería duro. Por eso buscó un palo de madera lo suficientemente largo y resistente como para poder portar a sus hijos cuando estos estuvieran agotados. Así lo hizo durante los 10 días que duró su viaje hasta el campamento de Doro, en el condado de Maban (Sudán del Sur).

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Un barco con dirección a Batanga (R. D. Congo) alejó a Fideline, 13 años, y a su familia del horror. Ella y sus amigos acaban de asistir a la ejecución sumaria de un hombre de negocios en su pueblo natal. Tras aquello, Fideline huyó a casa llorando y gritando. Su padre tomó la decisión de huir al ver el miedo encarnado en el rostro de su hija. Al igual que el resto de su familia, la niña no tuvo tiempo de coger apenas nada («ni la cartera de la escuela, ni mis zapatos, ni las cintas de colores de mi pelo…»). Sólo bolis y cuadernos iban a formar parte de su equipaje. «Quiero estudiar para convertirme en alguien en la vida».

Thirteen?year-old Fideline holds one of the school notebooks that she was able to salvage when she and her family fled for their lives and boarded a boat to Batanga. The final straw was when the teenager and her friends saw a businessman being summarily executed. Fideline remembers screaming as she sprinted home. Her father immediately decided that they had to leave. "I couldn't take my school bag, my shoes, or the colored ribbons for my hair, but I did bring my notebooks and my pen," says the top student. ?We have suffered so much,? she says, adding: ?I want to study so that I can become someone."

Abdou Ag Moussa esperó a que oscureciera para huir con su esposa y sus dos hijos. Su moto les sacó de Malí para impedir que sufrieran la misma suerte que la madre de Abdou, secuestrada y asesinada junto a otras mujeres unos días antes. Tras llevarles al campo de refugiados de Mentao, en Burkina Faso, él volvió a Malí. Quería enterrar a su madre y traer consigo a su padre.

Abdou Ag Moussa, 34, sits with his family on the motorbike that he says saved his life. Abdou?s family fled their home in Mali after his mother and four other women were kidnapped, taken to the desert and shot. When Abdou learned what had happened, he waited until dark and escaped with his wife and two children into the desert. He returned to bury his mother a few days later and then put his wife and children into a car while he and his father followed on the motorbike.

A Leila le encantan las flores. Por eso le gustan sus pantalones, porque tienen una. Es lo único que se llevó de su casa, en Deir ez-Zor (Siria) cuando huyó de ella con sus padres, sus cuatro hermanos y su abuela. De ese momento sólo recuerda el aterrador sonido de los tanques, «incluso peor que el de los aviones porque sentía como que los tanques venían a por mí».

Leila*, 9, poses for a portrait in the urban structure where she and her family are taking shelter in Erbil, in the Kurdistan Region of Iraq, on 17 November 2012. Together with her four sisters, mother, father and grandmother, Leila arrived in Erbil five days before this photograph was taken, after fleeing their home in Deir Alzur, Syria. Her family is one of four living in an uninsulated, partially-constructed home; there are about 30 people sharing the cold, draughty space. Leila recalls explosions all around them for days, but the family finally decided to leave Deir Alzur when their neighbours' house was hit, killing everyone inside. The most terrifying thing about the months before they fled, she says, "was the voice of the tanks. It was even more scary than the sound of planes, because I felt like the tanks were coming for me."

* ‘The most important Things. Retratos de una huida’ es el nombre de la muestra organizada por la Obra Social ”la Caixa” y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) que puede visitarse en el Palacio de las Naciones de Ginebra hasta el 21 de octubre y hasta el 15 de enero en el centro cultural Caixa Forum de Zaragoza. 

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Opiniones 3
  • Ellos son bonitos. Todos tenemos un objeto al que aferrarnos…el cual parece no dejarnos desvanecer…me ha impresionado la madre que cogió y busco el palo…esta mujer llevo consigo su fuerza de madre..esto es indestructible…somos el universo…ninguna guerra podra estar encima por encima de ello.

  • me parece increíble que salga una publicidad de LG Life is Good cuando uno comparta este articulo. la ironía no tiene limite. siento que no pueda decir algo más bonito …

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