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3 de junio 2012    /   ENTRETENIMIENTO
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Por qué los medios de comunicación ya no somos imprescindibles

3 de junio 2012    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Siempre repito a mis alumnos que los periodistas no vendemos patatas, nosotros trabajamos con la vida. Contamos historias, explicamos cosas, contextualizamos realidades complejas, relacionamos hechos a los que otros no ven relación. Según ese razonamiento la vida es algo dinámico, cambiante, en constante movimiento, y como nosotros trabajamos con la vida, debemos movernos con ella. Les insisto en que el trabajo del periodista debe tener ante todo humildad para ser consciente de que hay mucho por aprender y dinamismo para adaptarse a los cambios. Temo haber llegado demasiado tarde.

Estamos a mediados de 2012. La crisis empezó en otoño de 2007. En estos cinco años miles de periodistas hemos sido despedidos. La gran mayoría por motivos económicos, otros con los motivos económicos como excusa perfecta. Sin embargo cada año salen al mercado miles de nuevos licenciados. Echando un cálculo rápido en España hay unas treinta facultades de periodismo, a razón de cien licenciados anuales salen tres mil nuevos parados por promoción. Conozco casos de gente que, con los treinta cumplidos, ha empalmado prácticas con becas y, a día de hoy, acumula títulos y méritos académicos sin haber firmado un solo contrato.

En estos años hemos vivido el cierre de múltiples medios de comunicación. Incluso en la Red, esa plataforma llamada a reconvertir nuestro sector. Hemos visto morir Soitu, ADN, Metro, CNN+, Público y un montón más. Y los que quedan. En foros más o menos públicos los que se supone que entienden de todo esto, señores que llevan años gestionando equipos, que escriben sesudas columnas sobre el futuro y el presente, discuten acerca de las causas de la situación. Se habla mucho del «modelo de negocio». Se habla de «pago por contenidos». De que «lo gratis» pone en peligro el trabajo periodístico. De «intrusismo» profesional. De la «amenaza» del periodismo ciudadano. De que si «la democracia se resentirá» si siguen cerrando medios.

Pero ¿qué pasa en realidad mientras cierran periódicos, salen a la calle miles de licenciados y señores entendidos debaten sobre problemas más que sobre soluciones? Lo que pasa en realidad es que prácticamente todos hacemos lo mismo. Casi todos los medios montan redacciones reducidas y cargadas de redactores jóvenes con el objetivo de hacer «un medio generalista». Traducido: montar un medio con escasísimos recursos y dedicarse a hacer última hora retocando vagamente teletipos que llegan de agencias. Agencias a las que, por cierto, se paga tanto o más que al equipo que se ha contratado. ¿Valor añadido? Escaso, si es que hay alguno.

La pregunta es ¿quién va a entrar entonces a tu medio a leer lo mismo que cuenta el otro? ¿Dónde está la distinción? La distinción está en «el enfoque», dicen. He trabajado en medios que no publicaban noticias críticas con el partido de turno. En medios que no publicaban noticias de toros. Hay medios que, por principios, no hablan de boxeo. En medios que no publicaban nada que hablara mal de la iglesia o que tratara temas como el aborto o la homosexualidad. He trabajado en medios que no han hablado de estrenos cinematográficos importantísimos porque el director de la película no caía bien al responsable de turno. Ese es el enfoque: someter un producto supuestamente informativo a las filias y fobias del que manda o, peor aún, intentar construir una realidad a medida en la que los temas que incomodan a los dueños de tu empresa no salgan, como si así fueran a dejar de existir.

Ser el primero

Mientras, allí fuera se libra la batalla. El objetivo es ser el primero. Lanzar el primero la alerta, aunque sea por nada. Publicar al instante el número de parados, aunque sin explicar por qué se da. Ser el primero en anunciar un atentado aunque digamos que alguien ha muerto y luego resulte que no es cierto. Llevar el titular más grande con la palabra ‘apocalipsis’, aunque al final no pase nada. Y todos estos ejemplos son ciertos. Yo mismo he llegado a publicar la muerte de un escolta en un atentado de ETA que no fue. He llegado a enviar una alerta con la muerte de un deportista que no se confirmó hasta pasada media hora. Y conmigo, muchos más.

La pelea ya no se centra en los lectores, sino en las máquinas. Poner titulares repetitivos, redundantes, con combinaciones artificiales de palabras para que posicionen mejor y aparezcan primero en Google. Programar tuits y actualizaciones de Facebook cada cinco minutos anulando toda conversación con tus lectores. Algunos ven como bueno someterles a una ráfaga continua de la metralleta informativa. Todo rápido, todo teletipos retocados, nada de contexto, nada de explicación.

Abres el periódico y vas a la sección de Cultura para comprobar que sólo hablan de los libros cuyas editoriales pertenecen a tu grupo. Ves en la contraportada una entrevista con la factura del obscenamente caro desayuno que se han tomado a tu salud. Ves la fotografía del director del medio o el columnista estrella hasta tres veces en un mismo ejemplar. Al hablar de audiencias todos ganan siempre, aunque realmente pierden fuerza cada mes que pasa. Pero nunca encontrarás noticias de determinadas empresas que subvencionan a medios de distinto espectro.

Cuando dicen «enfoque» quieren decir «ideología». Porque de eso se trata. Sólo sobreviven gigantes ya establecidos o diarios nacidos a la sombra de una idea, vendiendo para un público al que, en muchas ocasiones, se ve que le gusta que le digan lo que tiene que pensar. O eso piensan los gestores del periódico y siguen haciéndolo. Porque se ven imprescindibles. He visto empresas despedir con contratos millonarios y a los pocos meses empezar a recortar plantilla. He visto a un periódico acabar cerrando porque la empresa se quedó sin blanca pagando el sueldazo de un directivo que apenas pasó unos meses en la empresa. He visto sueldos de cinco ceros mientras se dejaba de renovar contratos a personas que eran la mitad de una sección (sección de dos personas, por supuesto, que tenía que cubrir toda la información).

El contenido

Y ahora vienen los disgustos. Los medios siguen cerrando y siguen despidiendo a gente. El escaso porcentaje de energías que se destinaba a crear contenido propio se reduce aún más. Y hablo del contenido propio de verdad, de historias de las que sólo tiene uno, no «enfoques», «análisis» o «refritos» de cosas que ya han publicado otros. Se produce sólo aquello que se vaya a consumir. Si hay que hablar del gato más gordo del mundo, se hace. Si hay que poner «el increíble vídeo que ha revolucionado internet» en dos piezas cada semana, se hace. Telediarios y digitales hechos a golpe de YouTube y doodle. Diarios deportivos con mujeres en ropa interior o, cuanto menos, con fotos de hinchas atractivas en las gradas del estadio acompañando la crónica del partido. Promociones como única forma de vender periódicos. Creer que un ‘trending topic’ es noticia.

La gente leerá tu periódico, claro, pero luego olvidará qué periódico era. Porque todos eran iguales. Luego intentarás hacer algo serio, hablando con gente importante, o intentarás tener fuentes que te cuenten cosas y descubrirás que no te toman en serio. Audiencia millonaria, sí, pero nula credibilidad. Y a fin de cuentas de eso va la historia.

Los disgustos llegan hasta a los grandes. Cinco años después del inicio de la crisis los dos principales periódicos del país van a despedir a más de un centenar de personas por barba. Y es ahora, a estas alturas del cuento, cuando se percatan de la crisis que los más pequeños llevan años sufriendo. En sus páginas no encontrarás publicado el comunicado de sus trabajadores rechazando las medidas de la empresa, pero sí verás publicada la noticia que cuenta el ERE de la competencia. Casi parece que los despidos están esperando a que sea el rival el primero en despedir. No importa siquiera la gente, ni los equipos, sino la apariencia.

Al menos los grandes son grandes por algo. Llevan años sobreviviendo, contando historias, saliendo a la calle, haciendo periodismo. Posiblemente tengan estructuras desmedidas, con cargas salariales indecentes. Pero lo realmente indecente es montar un medio pequeño y que el sueldo de un puñado sea mayor que el del resto de la plantilla que, oh sorpresa, es la que acabarás recortando. O que haya más jefes que trabajadores. O que se contrate a jefes estando en pérdidas para que a los meses se empiece a recortar por abajo. O que cuando se despida a jefes se hable de «reforzar» la plantilla. Y estas cosas no las he visto una sola vez.

Contar historias

En los foros siguen hablando de lo mismo. De «modelo de negocio», de «lo gratis», de la «amenaza» del periodismo ciudadano, de todas esas cosas. De lo «imprescindibles» que son los medios. Los medios cuentan cosas importantísimas que cada vez importan a menos personas. Sólo hay que ver las cifras de ventas. Pero las reales, no las que enmascaran hablando de difusión regalando periódicos en universidades o instituciones públicas. A la vez repiten que sin ellos, sin los medios, esta democracia es menos democrática. Recuerda, los medios son imprescindibles. Y lo dicen algunos mientras ponen la mano para pedir dinero. Porque es precisamente la publicidad institucional la que muchas veces hace que los proyectos periodísticos sobrevivan. La independencia, como el periodismo de calle, tampoco se estila ya. Y eso sin hablar de los medios públicos.

Mientras todo esto pasa ahí fuera la gente sigue informándose. No irá a tu periódico porque no aporta nada: haces lo que otros hacían desde antes, y encima lo hacen mejor. Algunos se sorprenden porque intentan competir con su grupo de infantería contra grandes portaaviones que tienen ejércitos más numerosos y preparados. El resultado es una sangría. De dinero, de talento y de horas de trabajo perdidas.

La cuestión quizá sea esa. No ir a por todo, sino centrarte en un tema. No intentar compararte con nadie, sino hacer tu producto sin preocuparte de lo que otros han publicado. No vender como realidad las filias o las fobias de tu jefe. Olvidarte de contar lo que todos y salir a la calle a contar cosas que sólo tú puedas contar. Dejar de escribir para buscadores y contar historias que interesen a la gente. Olvidarte del click fácil en temas sensacionalistas e intentar hacer algo que sea útil y te haga necesario. Que te haga imprescindible.

Quién sabe si, al final, dé igual que tu producto sea digital o impreso, televisivo o radiofónico. Quién sabe si va a dar igual si posicionas mejor o peor, si cobras por contenido o si lo das gratis. Incluso si das las últimas noticias ya o las das más tarde. Quién sabe, pero quizá al final el único modelo de negocio posible para el periodismo sea, precisamente, volver a hacer periodismo y olvidarse de hacer negocios. De hecho, quizá sea imprescindible para que los medios puedan sobrevivir. Porque, aunque no lo queramos asumir, el producto que ahora hacemos la mayoría es bastante prescindible.

Siempre repito a mis alumnos que los periodistas no vendemos patatas, nosotros trabajamos con la vida. Contamos historias, explicamos cosas, contextualizamos realidades complejas, relacionamos hechos a los que otros no ven relación. Según ese razonamiento la vida es algo dinámico, cambiante, en constante movimiento, y como nosotros trabajamos con la vida, debemos movernos con ella. Les insisto en que el trabajo del periodista debe tener ante todo humildad para ser consciente de que hay mucho por aprender y dinamismo para adaptarse a los cambios. Temo haber llegado demasiado tarde.

Estamos a mediados de 2012. La crisis empezó en otoño de 2007. En estos cinco años miles de periodistas hemos sido despedidos. La gran mayoría por motivos económicos, otros con los motivos económicos como excusa perfecta. Sin embargo cada año salen al mercado miles de nuevos licenciados. Echando un cálculo rápido en España hay unas treinta facultades de periodismo, a razón de cien licenciados anuales salen tres mil nuevos parados por promoción. Conozco casos de gente que, con los treinta cumplidos, ha empalmado prácticas con becas y, a día de hoy, acumula títulos y méritos académicos sin haber firmado un solo contrato.

En estos años hemos vivido el cierre de múltiples medios de comunicación. Incluso en la Red, esa plataforma llamada a reconvertir nuestro sector. Hemos visto morir Soitu, ADN, Metro, CNN+, Público y un montón más. Y los que quedan. En foros más o menos públicos los que se supone que entienden de todo esto, señores que llevan años gestionando equipos, que escriben sesudas columnas sobre el futuro y el presente, discuten acerca de las causas de la situación. Se habla mucho del «modelo de negocio». Se habla de «pago por contenidos». De que «lo gratis» pone en peligro el trabajo periodístico. De «intrusismo» profesional. De la «amenaza» del periodismo ciudadano. De que si «la democracia se resentirá» si siguen cerrando medios.

Pero ¿qué pasa en realidad mientras cierran periódicos, salen a la calle miles de licenciados y señores entendidos debaten sobre problemas más que sobre soluciones? Lo que pasa en realidad es que prácticamente todos hacemos lo mismo. Casi todos los medios montan redacciones reducidas y cargadas de redactores jóvenes con el objetivo de hacer «un medio generalista». Traducido: montar un medio con escasísimos recursos y dedicarse a hacer última hora retocando vagamente teletipos que llegan de agencias. Agencias a las que, por cierto, se paga tanto o más que al equipo que se ha contratado. ¿Valor añadido? Escaso, si es que hay alguno.

La pregunta es ¿quién va a entrar entonces a tu medio a leer lo mismo que cuenta el otro? ¿Dónde está la distinción? La distinción está en «el enfoque», dicen. He trabajado en medios que no publicaban noticias críticas con el partido de turno. En medios que no publicaban noticias de toros. Hay medios que, por principios, no hablan de boxeo. En medios que no publicaban nada que hablara mal de la iglesia o que tratara temas como el aborto o la homosexualidad. He trabajado en medios que no han hablado de estrenos cinematográficos importantísimos porque el director de la película no caía bien al responsable de turno. Ese es el enfoque: someter un producto supuestamente informativo a las filias y fobias del que manda o, peor aún, intentar construir una realidad a medida en la que los temas que incomodan a los dueños de tu empresa no salgan, como si así fueran a dejar de existir.

Ser el primero

Mientras, allí fuera se libra la batalla. El objetivo es ser el primero. Lanzar el primero la alerta, aunque sea por nada. Publicar al instante el número de parados, aunque sin explicar por qué se da. Ser el primero en anunciar un atentado aunque digamos que alguien ha muerto y luego resulte que no es cierto. Llevar el titular más grande con la palabra ‘apocalipsis’, aunque al final no pase nada. Y todos estos ejemplos son ciertos. Yo mismo he llegado a publicar la muerte de un escolta en un atentado de ETA que no fue. He llegado a enviar una alerta con la muerte de un deportista que no se confirmó hasta pasada media hora. Y conmigo, muchos más.

La pelea ya no se centra en los lectores, sino en las máquinas. Poner titulares repetitivos, redundantes, con combinaciones artificiales de palabras para que posicionen mejor y aparezcan primero en Google. Programar tuits y actualizaciones de Facebook cada cinco minutos anulando toda conversación con tus lectores. Algunos ven como bueno someterles a una ráfaga continua de la metralleta informativa. Todo rápido, todo teletipos retocados, nada de contexto, nada de explicación.

Abres el periódico y vas a la sección de Cultura para comprobar que sólo hablan de los libros cuyas editoriales pertenecen a tu grupo. Ves en la contraportada una entrevista con la factura del obscenamente caro desayuno que se han tomado a tu salud. Ves la fotografía del director del medio o el columnista estrella hasta tres veces en un mismo ejemplar. Al hablar de audiencias todos ganan siempre, aunque realmente pierden fuerza cada mes que pasa. Pero nunca encontrarás noticias de determinadas empresas que subvencionan a medios de distinto espectro.

Cuando dicen «enfoque» quieren decir «ideología». Porque de eso se trata. Sólo sobreviven gigantes ya establecidos o diarios nacidos a la sombra de una idea, vendiendo para un público al que, en muchas ocasiones, se ve que le gusta que le digan lo que tiene que pensar. O eso piensan los gestores del periódico y siguen haciéndolo. Porque se ven imprescindibles. He visto empresas despedir con contratos millonarios y a los pocos meses empezar a recortar plantilla. He visto a un periódico acabar cerrando porque la empresa se quedó sin blanca pagando el sueldazo de un directivo que apenas pasó unos meses en la empresa. He visto sueldos de cinco ceros mientras se dejaba de renovar contratos a personas que eran la mitad de una sección (sección de dos personas, por supuesto, que tenía que cubrir toda la información).

El contenido

Y ahora vienen los disgustos. Los medios siguen cerrando y siguen despidiendo a gente. El escaso porcentaje de energías que se destinaba a crear contenido propio se reduce aún más. Y hablo del contenido propio de verdad, de historias de las que sólo tiene uno, no «enfoques», «análisis» o «refritos» de cosas que ya han publicado otros. Se produce sólo aquello que se vaya a consumir. Si hay que hablar del gato más gordo del mundo, se hace. Si hay que poner «el increíble vídeo que ha revolucionado internet» en dos piezas cada semana, se hace. Telediarios y digitales hechos a golpe de YouTube y doodle. Diarios deportivos con mujeres en ropa interior o, cuanto menos, con fotos de hinchas atractivas en las gradas del estadio acompañando la crónica del partido. Promociones como única forma de vender periódicos. Creer que un ‘trending topic’ es noticia.

La gente leerá tu periódico, claro, pero luego olvidará qué periódico era. Porque todos eran iguales. Luego intentarás hacer algo serio, hablando con gente importante, o intentarás tener fuentes que te cuenten cosas y descubrirás que no te toman en serio. Audiencia millonaria, sí, pero nula credibilidad. Y a fin de cuentas de eso va la historia.

Los disgustos llegan hasta a los grandes. Cinco años después del inicio de la crisis los dos principales periódicos del país van a despedir a más de un centenar de personas por barba. Y es ahora, a estas alturas del cuento, cuando se percatan de la crisis que los más pequeños llevan años sufriendo. En sus páginas no encontrarás publicado el comunicado de sus trabajadores rechazando las medidas de la empresa, pero sí verás publicada la noticia que cuenta el ERE de la competencia. Casi parece que los despidos están esperando a que sea el rival el primero en despedir. No importa siquiera la gente, ni los equipos, sino la apariencia.

Al menos los grandes son grandes por algo. Llevan años sobreviviendo, contando historias, saliendo a la calle, haciendo periodismo. Posiblemente tengan estructuras desmedidas, con cargas salariales indecentes. Pero lo realmente indecente es montar un medio pequeño y que el sueldo de un puñado sea mayor que el del resto de la plantilla que, oh sorpresa, es la que acabarás recortando. O que haya más jefes que trabajadores. O que se contrate a jefes estando en pérdidas para que a los meses se empiece a recortar por abajo. O que cuando se despida a jefes se hable de «reforzar» la plantilla. Y estas cosas no las he visto una sola vez.

Contar historias

En los foros siguen hablando de lo mismo. De «modelo de negocio», de «lo gratis», de la «amenaza» del periodismo ciudadano, de todas esas cosas. De lo «imprescindibles» que son los medios. Los medios cuentan cosas importantísimas que cada vez importan a menos personas. Sólo hay que ver las cifras de ventas. Pero las reales, no las que enmascaran hablando de difusión regalando periódicos en universidades o instituciones públicas. A la vez repiten que sin ellos, sin los medios, esta democracia es menos democrática. Recuerda, los medios son imprescindibles. Y lo dicen algunos mientras ponen la mano para pedir dinero. Porque es precisamente la publicidad institucional la que muchas veces hace que los proyectos periodísticos sobrevivan. La independencia, como el periodismo de calle, tampoco se estila ya. Y eso sin hablar de los medios públicos.

Mientras todo esto pasa ahí fuera la gente sigue informándose. No irá a tu periódico porque no aporta nada: haces lo que otros hacían desde antes, y encima lo hacen mejor. Algunos se sorprenden porque intentan competir con su grupo de infantería contra grandes portaaviones que tienen ejércitos más numerosos y preparados. El resultado es una sangría. De dinero, de talento y de horas de trabajo perdidas.

La cuestión quizá sea esa. No ir a por todo, sino centrarte en un tema. No intentar compararte con nadie, sino hacer tu producto sin preocuparte de lo que otros han publicado. No vender como realidad las filias o las fobias de tu jefe. Olvidarte de contar lo que todos y salir a la calle a contar cosas que sólo tú puedas contar. Dejar de escribir para buscadores y contar historias que interesen a la gente. Olvidarte del click fácil en temas sensacionalistas e intentar hacer algo que sea útil y te haga necesario. Que te haga imprescindible.

Quién sabe si, al final, dé igual que tu producto sea digital o impreso, televisivo o radiofónico. Quién sabe si va a dar igual si posicionas mejor o peor, si cobras por contenido o si lo das gratis. Incluso si das las últimas noticias ya o las das más tarde. Quién sabe, pero quizá al final el único modelo de negocio posible para el periodismo sea, precisamente, volver a hacer periodismo y olvidarse de hacer negocios. De hecho, quizá sea imprescindible para que los medios puedan sobrevivir. Porque, aunque no lo queramos asumir, el producto que ahora hacemos la mayoría es bastante prescindible.

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Opiniones 25
  • És el reflex de la vida diaria de la majoria de periodistes, de com fem la feina o com ens diuen que l’hem de fer o veiem que es fa, i d’aquests eterns debats infructuosos de «cap on va la professió» que arrosseguem ja fa dos o tres anys. Bravo!

  • Muy buen artículo, aunque no debemos olvidar que el periodismo siempre ha sido un negocio. No es algo nuevo. Lo que pasa es que su modelo de negocio cada vez es menos rentable. Se llevaba hablado al menos cinco años de que la solución es la especialización de contenidos pero de momento no veo tampoco salidas.

  • Y quien dice «los medios», dice «el resto de empresas»: al final nunca importa la calidad del producto, el equilibrio económico de la empresa, el respeto por el trabajador y el cliente, el desarrollo económico, social y estructural o la inversión: al final lo que importa son las pagas millonarias de los jefes, la sobresaturación con la que se acosa al público (quienes nunca dejan de ser ‘consumidores’, cuando hace mucho que deberían ser ‘seres humanos’) y, sobre todo, la supuesta inutilidad de quienes cobran sueldos de dos ceros, que son despedidos por las ‘dirigente y expertas mentes’ de quienes cobran sueldos de cinco o seis ceros.

  • En el modelo de negocio, va el pecado: desde que no existe barrera de entrada para «contar algo», la oferta se multiplica. El verdadero modelo de negocio es el publicitario (y no las ventas físicas), y la publicidad tiene unos requisitos para pagarte: quiere volumen y generar impresiones de «algo» aunque el usuario no quiera verlo, un usuario que ni siquiera valora el que esa publicidad le da el medio gratis o virtualmente gratis. Generar volumen requiere irse al mínimo común denominador de la gente (ese trending topic y ese video de youtube tan gracioso). Como son tantos compitiendo por un dinero limitado (el de la publicidad) el ingreso es menor, los sobrecostes anteriores no se pueden pagar (los audis de los jefes, las aventuras editoriales) y resulta que «no hay modelo de negocio». Claro, te está matando. Mientras, presentarse como salvadores de la democracia al tiempo que pides dinero al gobierno o licencias para crear monopolios, ha terminado con cualquier pretensión de credibilidad. No hay espacio en el mundo futuro para muchos de estos. Pero hay espacio para miles de personas que analizan y enfocan, muchas de ellas incluso bien. El periodista y el periodismo se habían constituido como un intermediador entre la gente normal y lo que tenía que pensar. Eso se ha terminado. Por eso el periodismo, entendido como esa especie de clase social con estatus superior y alta dignidad moral, se ha terminado para siempre. Quien se llame periodista, cada día no es más que otro legítimo proyecto de describir la realidad en un océano de intentos. Esto último, la pérdida de la exclusividad, de status, es algo que duele todavía más y es lo que más cuesta aceptar, por encima del fin del «modelo de negocio». La libertad editorial (y la artística) está más lejos que nunca de la comunicación de masas (lo que la hace menos «influyente» para el público «general», pero brutalmente identitaria en un nicho de interés que tiene, económicamente, un pasar si se compara con las posibilidades de los grandes medios que se hacen medianos). Quienes formen comunidades fuertes, es decir, quienes se liguen a públicos con brutal honestidad e interés, serán llevados en volandas, pero quienes no tengan interés y no tengan un fuerte vínculo con sus lectores no podrán pedirle a nadie que le sostenga.

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