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9 de abril 2015    /   CREATIVIDAD
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In Place of War empodera a la gente para hacer arte en zonas de guerra

9 de abril 2015    /   CREATIVIDAD     por          
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Contra la miseria, imaginación. Contra la violencia, arte. Esa fue más o menos la conclusión a la que debió llegar James Thompson cuando, pisando el siglo XXI, se encerró en un despacho de la Universidad de Manchester a darle vueltas a dos conceptos: la creatividad y la guerra. El joven investigador quiso probar que el arte puede involucrar y motivar a personas inmersas en zonas de conflicto, y que a través de la expresión llega a la larga el cambio social. Todo sería cuestión —sostenía Thompson— de que el hemisferio derecho del cerebro echara a volar.
Por eso en 2004, con la idea ya compacta en su cabeza, fundó la organización In Place of War (IPOW), al alero de la misma universidad. Junto a su equipo, hizo las maletas y recorrió varios miles de kilómetros por todo el mundo. «¿Cómo se desarrolla el teatro en zonas de guerra?», fue lo primero que se preguntaron. Y miraron hacia Sri Lanka, viajaron a Kosovo y al Congo.
Hoy, más de diez años después, la organización ha trabajado en campos de refugiados, en ciudades ocupadas, en municipios bajo toque de queda, en pueblos desfigurados por la violencia. Ha estado en Libia apoyando a artistas callejeros, en Medellín con el hip hop o en Sierra Leona con bailarines. La resolución de conflictos —ha demostrado— necesita arte e imaginación. La ONU y la Unesco lo dicen también desde hace tiempo: «la creatividad favorece el desarrollo social y económico».

«Con internet ya no hace falta una rebelión con armas (…) Ahora la revolución consiste en mostrarle a la gente su propio poder».


«Es que la creatividad lo es todo: es como el agua o la comida. Si eres un ser humano y no puedes crear, ¿¡para qué estás aquí!?». El discurso entusiasta es de Ruth Daniel (33), codirectora de IPOW, que asistió al Internet Age Media Weekend (IAM) para dar la conferencia ¿Cómo una persona con una idea puede convertirse en un movimiento global?.
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«¿Cómo lo hace, Ruth?», le preguntamos en la entrevista. Daniel viste una camiseta de tirantes y todo su cuerpo pide revolución: su piel la nombra hasta tres veces. En la pluma y la estrella roja que lleva tatuadas en el brazo derecho (es el símbolo de El Fuerte, una organización de Caracas que promueve la revolución bolivariana); en el puño cerrado que se alza en su brazo izquierdo como un signo soviético de otro tiempo; y en la muñeca, donde una delicada fila de letras en árabe apela de nuevo a la agitación.
«Cuando la gente se une y se empodera, es capaz de construir. Es capaz de cualquier cosa, no importa lo que ocurra a su alrededor», dice y sonríe. «El mundo necesita un cambio y eso es posible ahora gracias a tres componentes: el arte, el ser humano y la tecnología. Con Internet ya no hace falta una rebelión con armas. La Red conecta a las personas, las organiza en torno a un comportamiento determinado y crea oportunidades. Ahora la revolución consiste en mostrarle a la gente su propio poder».
Para darle más fuerza a esta incitación —y sin dejar de lado las investigaciones— IPOW creó una plataforma digital que es el altavoz de artistas de zonas hostiles. Entre estos 280 trabajos que se muestran online hay una pintura, Chaos, del sirio Tareq Razzouk; fotos del Bilpham Show de música en Sudán; grafitis gigantes en El Cairo; la compañía Kabosh de teatro en Belfast; o un documental sobre la comunidad gay-lesbiana en Uganda.

En esta década IPOW ha creado centros culturales en Brasil, en el Congo o en Zimbabue, y ha puesto en marcha un programa educativo para empoderar, a través de la creatividad, a jóvenes de comunidades marginales en todo el mundo. «Un ejemplo es el caso de Aka», dice Daniel, y se refiere a la chica que nació hace 26 años en Zimbabue, cuando la hierba estaba marchita porque su país no era más que una excolonia británica con varias heridas (frescas) de guerra. Su suerte le iba a dar una vida en miniatura hasta que IPOW —y su proyecto educativo Creative Entrepreneurial— la seleccionó entre una treintena de artistas locales para actuar en un festival en la capital.
La noche de la actuación Aka estaba nerviosa, pero al minuto de bajar del escenario más 300 whatsapps le saturaban el móvil. Y entonces los productores ingleses que llegaron de la mano de IPOW la llevaron a Inglaterra a cantar. Ella se inspiró, recibió aplausos y volvió a Zimbaue dispuesta a cambiar. Ahora ha empezado a estudiar en la universidad.
¿Cómo se consiguen los fondos para este tipo de iniciativas? «IPOW cuenta con la ayuda de muchos voluntarios. Los fondos los provee principalmente la Universidad de Manchester, pero también recurrimos a colectas, donaciones, crowdfunding… El dinero no es tan importante… Bueno, es importante, claro, pero lo más importante es buscar soporte. ¡Pregunta y verás! A nosotros nos ceden espacios, nos ofrecen colaboraciones, nos hacen donaciones. El cambio hay que hacerlo. ¡No podemos detenernos solo por el dinero!».
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Contra la miseria, imaginación. Contra la violencia, arte. Esa fue más o menos la conclusión a la que debió llegar James Thompson cuando, pisando el siglo XXI, se encerró en un despacho de la Universidad de Manchester a darle vueltas a dos conceptos: la creatividad y la guerra. El joven investigador quiso probar que el arte puede involucrar y motivar a personas inmersas en zonas de conflicto, y que a través de la expresión llega a la larga el cambio social. Todo sería cuestión —sostenía Thompson— de que el hemisferio derecho del cerebro echara a volar.
Por eso en 2004, con la idea ya compacta en su cabeza, fundó la organización In Place of War (IPOW), al alero de la misma universidad. Junto a su equipo, hizo las maletas y recorrió varios miles de kilómetros por todo el mundo. «¿Cómo se desarrolla el teatro en zonas de guerra?», fue lo primero que se preguntaron. Y miraron hacia Sri Lanka, viajaron a Kosovo y al Congo.
Hoy, más de diez años después, la organización ha trabajado en campos de refugiados, en ciudades ocupadas, en municipios bajo toque de queda, en pueblos desfigurados por la violencia. Ha estado en Libia apoyando a artistas callejeros, en Medellín con el hip hop o en Sierra Leona con bailarines. La resolución de conflictos —ha demostrado— necesita arte e imaginación. La ONU y la Unesco lo dicen también desde hace tiempo: «la creatividad favorece el desarrollo social y económico».

«Con internet ya no hace falta una rebelión con armas (…) Ahora la revolución consiste en mostrarle a la gente su propio poder».


«Es que la creatividad lo es todo: es como el agua o la comida. Si eres un ser humano y no puedes crear, ¿¡para qué estás aquí!?». El discurso entusiasta es de Ruth Daniel (33), codirectora de IPOW, que asistió al Internet Age Media Weekend (IAM) para dar la conferencia ¿Cómo una persona con una idea puede convertirse en un movimiento global?.
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«¿Cómo lo hace, Ruth?», le preguntamos en la entrevista. Daniel viste una camiseta de tirantes y todo su cuerpo pide revolución: su piel la nombra hasta tres veces. En la pluma y la estrella roja que lleva tatuadas en el brazo derecho (es el símbolo de El Fuerte, una organización de Caracas que promueve la revolución bolivariana); en el puño cerrado que se alza en su brazo izquierdo como un signo soviético de otro tiempo; y en la muñeca, donde una delicada fila de letras en árabe apela de nuevo a la agitación.
«Cuando la gente se une y se empodera, es capaz de construir. Es capaz de cualquier cosa, no importa lo que ocurra a su alrededor», dice y sonríe. «El mundo necesita un cambio y eso es posible ahora gracias a tres componentes: el arte, el ser humano y la tecnología. Con Internet ya no hace falta una rebelión con armas. La Red conecta a las personas, las organiza en torno a un comportamiento determinado y crea oportunidades. Ahora la revolución consiste en mostrarle a la gente su propio poder».
Para darle más fuerza a esta incitación —y sin dejar de lado las investigaciones— IPOW creó una plataforma digital que es el altavoz de artistas de zonas hostiles. Entre estos 280 trabajos que se muestran online hay una pintura, Chaos, del sirio Tareq Razzouk; fotos del Bilpham Show de música en Sudán; grafitis gigantes en El Cairo; la compañía Kabosh de teatro en Belfast; o un documental sobre la comunidad gay-lesbiana en Uganda.

En esta década IPOW ha creado centros culturales en Brasil, en el Congo o en Zimbabue, y ha puesto en marcha un programa educativo para empoderar, a través de la creatividad, a jóvenes de comunidades marginales en todo el mundo. «Un ejemplo es el caso de Aka», dice Daniel, y se refiere a la chica que nació hace 26 años en Zimbabue, cuando la hierba estaba marchita porque su país no era más que una excolonia británica con varias heridas (frescas) de guerra. Su suerte le iba a dar una vida en miniatura hasta que IPOW —y su proyecto educativo Creative Entrepreneurial— la seleccionó entre una treintena de artistas locales para actuar en un festival en la capital.
La noche de la actuación Aka estaba nerviosa, pero al minuto de bajar del escenario más 300 whatsapps le saturaban el móvil. Y entonces los productores ingleses que llegaron de la mano de IPOW la llevaron a Inglaterra a cantar. Ella se inspiró, recibió aplausos y volvió a Zimbaue dispuesta a cambiar. Ahora ha empezado a estudiar en la universidad.
¿Cómo se consiguen los fondos para este tipo de iniciativas? «IPOW cuenta con la ayuda de muchos voluntarios. Los fondos los provee principalmente la Universidad de Manchester, pero también recurrimos a colectas, donaciones, crowdfunding… El dinero no es tan importante… Bueno, es importante, claro, pero lo más importante es buscar soporte. ¡Pregunta y verás! A nosotros nos ceden espacios, nos ofrecen colaboraciones, nos hacen donaciones. El cambio hay que hacerlo. ¡No podemos detenernos solo por el dinero!».
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