14 de marzo 2018    /   IDEAS
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Otros usos del mando a distancia  

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¿Dónde van los planes que no cumplimos? Son pieles muertas, que se desprenden de un rostro cuarteado por el sol. No desaparecen, se transforman en otros. Es como ver la televisión y quedar hipnotizado por todos esos anuncios que muestran primeros fascículos de colecciones que nadie acabará jamás. Una Vespa en miniatura o un Renault 4. También la Torre Eiffel o bustos de superhéroes o más bustos de la saga Star Wars. Bustos y más bustos. Construir el Delorean de Regreso al futuro también es posible en entregas semanales. O aprender a tricotar, con regalo de unos ovillos de colores. La máquina tricotadora suena como un enjambre de abejas discontinuo.

Altaya, Planeta de Agostini, Salvat y otras editoriales se disputan este fraccionamiento de la realidad en capítulos. Animales del zoo, Zippos, maquetas de tanques de la Segunda Guerra Mundial o el mismísimo R2D2 pieza a pieza.

Esas colecciones están diseñadas para sembrar la frustración y subrayar nuestra falta de pulso. Y pulsando el mando a distancia se transforma en un 4×4 que nos lleva lejos, y también cerca.

La obra de Freud en libros cada siete días, con el busto del doctor en serigrafiado en las tapas. O quizá no es el busto, es solo el rostro. También escorpiones a un euro. Pensar en estas criaturas coleccionables atrapadas en metacrilato provoca escalofríos, pero se desvanecen pronto, mientras nuestro dedo inconstante sigue pulsando y explorando canales. Septiembre y enero son los meses en los que más planes hacemos. Quizá mayo y marzo son los meses que nos causan más decepción debido a nuestra bendita inconstancia.

Pulsación. «Veo planes dentro de otros planes…», dice en otro canal una bruja Bene Gesserit de la saga Dune. Planes anidados como matrioskas. Inconclusos como la vida.  

Pulsación. Aquí explican que velar a los muertos en siglos pasados no era como hoy. Resulta que muchos platos y vasos tenían base de estaño, y comer tomates o beber whisky en contacto con este metal provocaba una profunda narcolepsia. Ello explica que los tomates fueran considerados venenosos durante siglos. A los que quedaban en coma o morían por la intoxicación resultante los ponían en la mesa de la cocina durante algunos días, mientras los demás seguían comiendo y bebiendo esperando que pudieran volver en sí. He ahí el origen del velatorio.

Pulsación. Aparece una pareja cenando con demasiada luz, porque en el plató de First Dates en realidad son las diez de la mañana. Sostienen un diálogo críptico.

—El jazz es como planchar.

—¿No te gusta el reggaeton? ¡Te mato!  

El dedo pulsa otra vez el botón, y una frase del noticiero deportivo se clava en el cerebro:

«Pau Gasol se ha fracturado el cuarto metacarpiano de la mano izquierda».

Nada tiene sentido, y a la vez todo adquiere una coherencia fractal, que solo se aprecia al alejarse de la figura. Los planes que no cumplimos los cumple siempre otra persona sin saberlo. Bendita inconstancia, que permite libar en diez flores distintas, o no hacerlo en ninguna.

Y bendito mando a distancia.

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¿Dónde van los planes que no cumplimos? Son pieles muertas, que se desprenden de un rostro cuarteado por el sol. No desaparecen, se transforman en otros. Es como ver la televisión y quedar hipnotizado por todos esos anuncios que muestran primeros fascículos de colecciones que nadie acabará jamás. Una Vespa en miniatura o un Renault 4. También la Torre Eiffel o bustos de superhéroes o más bustos de la saga Star Wars. Bustos y más bustos. Construir el Delorean de Regreso al futuro también es posible en entregas semanales. O aprender a tricotar, con regalo de unos ovillos de colores. La máquina tricotadora suena como un enjambre de abejas discontinuo.

Altaya, Planeta de Agostini, Salvat y otras editoriales se disputan este fraccionamiento de la realidad en capítulos. Animales del zoo, Zippos, maquetas de tanques de la Segunda Guerra Mundial o el mismísimo R2D2 pieza a pieza.

Esas colecciones están diseñadas para sembrar la frustración y subrayar nuestra falta de pulso. Y pulsando el mando a distancia se transforma en un 4×4 que nos lleva lejos, y también cerca.

La obra de Freud en libros cada siete días, con el busto del doctor en serigrafiado en las tapas. O quizá no es el busto, es solo el rostro. También escorpiones a un euro. Pensar en estas criaturas coleccionables atrapadas en metacrilato provoca escalofríos, pero se desvanecen pronto, mientras nuestro dedo inconstante sigue pulsando y explorando canales. Septiembre y enero son los meses en los que más planes hacemos. Quizá mayo y marzo son los meses que nos causan más decepción debido a nuestra bendita inconstancia.

Pulsación. «Veo planes dentro de otros planes…», dice en otro canal una bruja Bene Gesserit de la saga Dune. Planes anidados como matrioskas. Inconclusos como la vida.  

Pulsación. Aquí explican que velar a los muertos en siglos pasados no era como hoy. Resulta que muchos platos y vasos tenían base de estaño, y comer tomates o beber whisky en contacto con este metal provocaba una profunda narcolepsia. Ello explica que los tomates fueran considerados venenosos durante siglos. A los que quedaban en coma o morían por la intoxicación resultante los ponían en la mesa de la cocina durante algunos días, mientras los demás seguían comiendo y bebiendo esperando que pudieran volver en sí. He ahí el origen del velatorio.

Pulsación. Aparece una pareja cenando con demasiada luz, porque en el plató de First Dates en realidad son las diez de la mañana. Sostienen un diálogo críptico.

—El jazz es como planchar.

—¿No te gusta el reggaeton? ¡Te mato!  

El dedo pulsa otra vez el botón, y una frase del noticiero deportivo se clava en el cerebro:

«Pau Gasol se ha fracturado el cuarto metacarpiano de la mano izquierda».

Nada tiene sentido, y a la vez todo adquiere una coherencia fractal, que solo se aprecia al alejarse de la figura. Los planes que no cumplimos los cumple siempre otra persona sin saberlo. Bendita inconstancia, que permite libar en diez flores distintas, o no hacerlo en ninguna.

Y bendito mando a distancia.

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