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13 de junio 2018    /   IDEAS
por
ilustracion  María Castelló Solbes

¿Nos estamos convirtiendo en eternos adolescentes adictos al entretenimiento?

13 de junio 2018    /   IDEAS     por        ilustracion  María Castelló Solbes
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La sociedad nunca ha sido tan vieja y, a la vez, tan adolescente. El mundo jamás ha tenido más años a sus espaldas, los humanos nunca han sido tan longevos, pero Occidente se ha rebelado ante las canas y quiere verse como un eterno jovenzuelo.

Hace años que los sociólogos y los antropólogos vieron el pampaneo y decidieron darle un nombre. Es la infantilización de Occidente, dijeron. Es la era del culto a la juventud, la veneración de la inmadurez, la exaltación de lo aniñado. Son los valores que disparan como metralla las industrias del entretenimiento, los medios de comunicación, las campañas de marketing y publicidad. Y han convencido a la población en masa hasta convertirla en una sociedad adolescente de adultos que juegan a las maquinitas, ríen los memes y leen los artículos de tetas y culos que inundan internet.

La cultura que valoraba la experiencia y la sabiduría de los adultos languidece y, sobre su agonía, se alza una cultura que desprecia a los que entran en la madurez. Vejestorios, los llaman; viejunos, vejetes, viejales. Ha ocurrido en apenas unas décadas, rápido, y casi sin darnos cuenta, como el que se cae de culo por un tobogán. «El escritor Stefan Zweig decía que, a principios del XX, los jóvenes que querían tener éxito en la vida intentaban aparentar más edad. Usaban gafas aunque no las necesitaran o caminaban un poco encorvados para parecer mayores», relató el economista Juan M. Blanco, en el escenario de TEDxVitoriaGasteiz.

Estos valores del pasado aún se pueden ver en una palabra perdida en el olvido: lechuguino, el «muchacho imberbe que se mete a galantear aparentando ser hombre hecho». El término ya no se oye porque hoy no hace falta aparentar experiencia y sabiduría para ligar. Al contrario. «Es llamativo que antes los jóvenes intentaban parecerse a los adultos y ahora los adultos intentan parecerse a los jóvenes. Las personas maduras imitan la conducta de los jóvenes hasta edades muy avanzadas», indica Blanco.

—¿Cuándo apareció esta cultura infantilizada?

—Los estadounidenses que estudian este tema lo sitúan en los años 50. La hipótesis que plantean es que los soldados que volvieron de la II Guerra Mundial empezaron a mimar a sus hijos mucho más que se hacía antes. No querían que las nuevas generaciones pasaran por las experiencias traumáticas que ellos vivieron y los educaron con todo tipo de caprichos. Además, en los años 50 aparece, por primera vez, una cultura juvenil: música para jóvenes, moda para jóvenes…

infantilización Occidente

Es la época de Elvis Presley y de los Beatles: rock y pop para hordas de veinteañeros y para el nuevo fenómeno fan que llenaba los estadios de chavalas que gritan y se desmayan. Es el momento en que cientos de empresas pusieron a los jóvenes en su punto de mira y, al fabricar productos específicos para ellos, crearon también un discurso, un imaginario y una cultura que hizo de la juventud un valor único y estelar.

Esta aspiración a la eterna juventud es un filón para la industria de la belleza. La obsesión por ponerse pelo, quitarse arrugas, ponerse tetas, quitarse lorzas es muy rentable para las compañías y muy caro para los bolsillos. Pero una población flaca y con piel estirada no causa grietas graves en una sociedad. Lo que puede llegar a ser un «problema» es adoptar comportamientos infantiles y juveniles durante toda la vida.

«En la sociedad, las características de los jóvenes empiezan a dominar sobre las de los adultos», indica el profesor universitario. Y esto cambia muchas cosas; cambia la sociedad entera de un modo radical. «La impulsividad empieza a dominar sobre la reflexión. Se nos llena la boca hablando de derechos, pero ¿quién habla de deberes? Los deberes son cargas, son obligaciones que el adulto tiene que asumir, y eso nos lleva muchas veces al pataleo».

La cultura del pensamiento va mutando hacia una cultura de la satisfacción inmediata. «La cultura se va convirtiendo en entretenimiento», señala. Y esto cala en la política, que cada día se vuelve más simple. Todo ha de ser fácil, rápido de digerir. Tan limitado a consignas y estampas sencillas que acaba convirtiéndose en algo dogmático; algo que, en sintonía con la visión adolescente del mundo, no exige a los líderes políticos reflexión y complejidad. Hoy se busca al atractivo, al resultón, al que escribe tuits ingeniosos, al que da bien en pantalla, al que tiene una imagen que «conecta con un electorado envejecido pero muy rejuvenecido en mentalidad». Y esto desemboca en líderes fuertes, populismos y autoritarismos.

Ocurre igual en los medios de comunicación. «Incluso la prensa más seria promociona el cotilleo más obsceno, el chascarrillo, el escándalo, esas noticias que hacen las delicias del público con mentalidad adolescente», escribe Blanco en su artículo ‘La imparable infantilización de Occidente’, en la revista Disidentia.com. «Resulta preocupante la fuerte deriva de la prensa hacia el puro entretenimiento, la mera diversión, en detrimento de la información y los análisis rigurosos. La preponderancia de ubres y glúteos sobre la opinión razonada». El caca, culo, pedo, pis que tanto hace reír a los niños.

En esta infantilización de la sociedad aflora algo propio de la inmadurez: el miedo. Hoy, en el mundo más seguro que ha visto la historia, los occidentales viven aterrados. «¡Tenemos miedo de todo!», expresa, con énfasis, el economista. Miedo al móvil (¡Cuidado! ¡Cáncer de wifi!), miedo a la comida (¡Alejen de mí ese azúcar blanco y quemen esas grasas trans!), miedo al otro (al que pasea sin rumbo porque podría ser un ratero; al que se sienta en el parque porque podría ser pederasta). Y entre tanto pavor emerge una «sociedad del pánico», una «colectividad asustadiza», ultraconservadora, que no ve en el cambio más que amenazas y peligros en vez de nuevas oportunidades.

infantilización Occidente

En manos de los ‘expertos’

Un niño no puede valerse por sí mismo. Tampoco una sociedad infantilizada y, entonces, busca quien le cuide y le proteja. Necesita expertos, terapeutas, guías que le ayuden a manejar una vida que se le hace demasiado grande. Porque ahora sus ciudadanos se sienten pequeños, débiles, vulnerables.

«Antes, cuando un niño no estudiaba, decían: “es un vago” o “no vale para estudiar”. Ahora dicen: “tiene déficit de atención”, “tiene dislexia”, “tiene un trastorno del espectro autista”. A menudo traspasamos la responsabilidad. Ya no es del niño. Es de una enfermedad. Y los adultos también lo hacemos: “No puedo. Tengo ansiedad”», explica Blanco.

Después de varios años investigando el asunto, el economista está convencido de que esta cultura terapéutica transmite la idea de que los sujetos son muy vulnerables. «No somos capaces de gestionar lo que nuestros antepasados llevaban de una forma normal». Hoy cualquier cosa crea un trauma, todo tiene que ser tratado por un especialista y muchas personas ya no son capaces de gestionar su propia vida. Lo que la cultura popular diagnostica como ahogarse en un vaso de agua.

Esta idea de que solo los especialistas pueden resolver los problemas supone un cambio de papeles respecto al pasado. Antes los padres y los abuelos hacían de consejeros. Fueron la voz de la experiencia y la sabiduría hasta que surgió la sociedad Peter Pan. Ya no son referentes de nadie. Ya no valen sus conversaciones de mesa de camilla. Los han sustituido los psicólogos, los terapeutas, los consultores, los coachs, en citas de despacho y a tantos euros la hora. Y esta cultura terapéutica nos quita muchas responsabilidades de encima. Buscamos excusas por todas partes para no asumir cargas: «Yo soy así porque mis padres me educaron mal», ironiza.

Esta visión infantil de la vida da la vuelta a muchas más cosas. Hoy venden la idea de que la autoestima es necesaria para el éxito; la venden en cientos de cursos y manuales que intentan inflar la autoestima porque sí, sin ningún motivo que la sostenga, sin hacer nada para ganársela más allá de leer unos libritos de autoayuda en el sofá. «Esto es un error. No es la autoestima la que produce el éxito. Es el éxito el que provoca la autoestima. Antes no se trabajaba la autoestima. Era una consecuencia del trabajo bien hecho, del esfuerzo, del mérito».

Y la autoestima que surge de la nada, sin trabajo ni sudor, lleva al narcisismo. El egoísmo y la falta de empatía que a menudo se percibe en los niños se extiende hasta las edades más adultas. «Cada vez hay más personas que se sienten especiales, que se creen superiores a los demás», dice Blanco. «El narcisista se rodea de quien le adula, no de quien le critica, y no suele asumir su propia responsabilidad. La traspasa a otros».

—¿Cómo influye esta vida dependiente de los dispositivos digitales en la infantilización de Occidente?

—La tecnología hace que todo cambie mucho más rápido. Ahora lo importante es saber lo último. Sobrevaloramos lo más reciente y despreciamos la experiencia (antes decían «Cuando seas padre comerás huevos»). Es como si lo más novedoso siempre fuese mejor, como si el que conoce lo último tuviera ventajas sobre los demás. Está muy bien informarte de lo nuevo, pero lo hemos llevado a la exageración.

Qué se puede hacer ante tanto Peter Pan, se preguntan los estudiosos. «Tener más iniciativa, asumir la responsabilidad individual y ser más autónomo», apunta Blanco. «Debemos ser conscientes de que la autoestima no hay que buscarla. Viene después del trabajo bien hecho. Y debemos saber que las experiencias negativas no tienen por qué crear traumas irreversibles. Hay que aprovecharlas para aprender y hay que lidiar con ellas. En eso consiste madurar». O como dice la sabiduría centenaria, lo que no te mata te hace más fuerte.

La sociedad nunca ha sido tan vieja y, a la vez, tan adolescente. El mundo jamás ha tenido más años a sus espaldas, los humanos nunca han sido tan longevos, pero Occidente se ha rebelado ante las canas y quiere verse como un eterno jovenzuelo.

Hace años que los sociólogos y los antropólogos vieron el pampaneo y decidieron darle un nombre. Es la infantilización de Occidente, dijeron. Es la era del culto a la juventud, la veneración de la inmadurez, la exaltación de lo aniñado. Son los valores que disparan como metralla las industrias del entretenimiento, los medios de comunicación, las campañas de marketing y publicidad. Y han convencido a la población en masa hasta convertirla en una sociedad adolescente de adultos que juegan a las maquinitas, ríen los memes y leen los artículos de tetas y culos que inundan internet.

La cultura que valoraba la experiencia y la sabiduría de los adultos languidece y, sobre su agonía, se alza una cultura que desprecia a los que entran en la madurez. Vejestorios, los llaman; viejunos, vejetes, viejales. Ha ocurrido en apenas unas décadas, rápido, y casi sin darnos cuenta, como el que se cae de culo por un tobogán. «El escritor Stefan Zweig decía que, a principios del XX, los jóvenes que querían tener éxito en la vida intentaban aparentar más edad. Usaban gafas aunque no las necesitaran o caminaban un poco encorvados para parecer mayores», relató el economista Juan M. Blanco, en el escenario de TEDxVitoriaGasteiz.

Estos valores del pasado aún se pueden ver en una palabra perdida en el olvido: lechuguino, el «muchacho imberbe que se mete a galantear aparentando ser hombre hecho». El término ya no se oye porque hoy no hace falta aparentar experiencia y sabiduría para ligar. Al contrario. «Es llamativo que antes los jóvenes intentaban parecerse a los adultos y ahora los adultos intentan parecerse a los jóvenes. Las personas maduras imitan la conducta de los jóvenes hasta edades muy avanzadas», indica Blanco.

—¿Cuándo apareció esta cultura infantilizada?

—Los estadounidenses que estudian este tema lo sitúan en los años 50. La hipótesis que plantean es que los soldados que volvieron de la II Guerra Mundial empezaron a mimar a sus hijos mucho más que se hacía antes. No querían que las nuevas generaciones pasaran por las experiencias traumáticas que ellos vivieron y los educaron con todo tipo de caprichos. Además, en los años 50 aparece, por primera vez, una cultura juvenil: música para jóvenes, moda para jóvenes…

infantilización Occidente

Es la época de Elvis Presley y de los Beatles: rock y pop para hordas de veinteañeros y para el nuevo fenómeno fan que llenaba los estadios de chavalas que gritan y se desmayan. Es el momento en que cientos de empresas pusieron a los jóvenes en su punto de mira y, al fabricar productos específicos para ellos, crearon también un discurso, un imaginario y una cultura que hizo de la juventud un valor único y estelar.

Esta aspiración a la eterna juventud es un filón para la industria de la belleza. La obsesión por ponerse pelo, quitarse arrugas, ponerse tetas, quitarse lorzas es muy rentable para las compañías y muy caro para los bolsillos. Pero una población flaca y con piel estirada no causa grietas graves en una sociedad. Lo que puede llegar a ser un «problema» es adoptar comportamientos infantiles y juveniles durante toda la vida.

«En la sociedad, las características de los jóvenes empiezan a dominar sobre las de los adultos», indica el profesor universitario. Y esto cambia muchas cosas; cambia la sociedad entera de un modo radical. «La impulsividad empieza a dominar sobre la reflexión. Se nos llena la boca hablando de derechos, pero ¿quién habla de deberes? Los deberes son cargas, son obligaciones que el adulto tiene que asumir, y eso nos lleva muchas veces al pataleo».

La cultura del pensamiento va mutando hacia una cultura de la satisfacción inmediata. «La cultura se va convirtiendo en entretenimiento», señala. Y esto cala en la política, que cada día se vuelve más simple. Todo ha de ser fácil, rápido de digerir. Tan limitado a consignas y estampas sencillas que acaba convirtiéndose en algo dogmático; algo que, en sintonía con la visión adolescente del mundo, no exige a los líderes políticos reflexión y complejidad. Hoy se busca al atractivo, al resultón, al que escribe tuits ingeniosos, al que da bien en pantalla, al que tiene una imagen que «conecta con un electorado envejecido pero muy rejuvenecido en mentalidad». Y esto desemboca en líderes fuertes, populismos y autoritarismos.

Ocurre igual en los medios de comunicación. «Incluso la prensa más seria promociona el cotilleo más obsceno, el chascarrillo, el escándalo, esas noticias que hacen las delicias del público con mentalidad adolescente», escribe Blanco en su artículo ‘La imparable infantilización de Occidente’, en la revista Disidentia.com. «Resulta preocupante la fuerte deriva de la prensa hacia el puro entretenimiento, la mera diversión, en detrimento de la información y los análisis rigurosos. La preponderancia de ubres y glúteos sobre la opinión razonada». El caca, culo, pedo, pis que tanto hace reír a los niños.

En esta infantilización de la sociedad aflora algo propio de la inmadurez: el miedo. Hoy, en el mundo más seguro que ha visto la historia, los occidentales viven aterrados. «¡Tenemos miedo de todo!», expresa, con énfasis, el economista. Miedo al móvil (¡Cuidado! ¡Cáncer de wifi!), miedo a la comida (¡Alejen de mí ese azúcar blanco y quemen esas grasas trans!), miedo al otro (al que pasea sin rumbo porque podría ser un ratero; al que se sienta en el parque porque podría ser pederasta). Y entre tanto pavor emerge una «sociedad del pánico», una «colectividad asustadiza», ultraconservadora, que no ve en el cambio más que amenazas y peligros en vez de nuevas oportunidades.

infantilización Occidente

En manos de los ‘expertos’

Un niño no puede valerse por sí mismo. Tampoco una sociedad infantilizada y, entonces, busca quien le cuide y le proteja. Necesita expertos, terapeutas, guías que le ayuden a manejar una vida que se le hace demasiado grande. Porque ahora sus ciudadanos se sienten pequeños, débiles, vulnerables.

«Antes, cuando un niño no estudiaba, decían: “es un vago” o “no vale para estudiar”. Ahora dicen: “tiene déficit de atención”, “tiene dislexia”, “tiene un trastorno del espectro autista”. A menudo traspasamos la responsabilidad. Ya no es del niño. Es de una enfermedad. Y los adultos también lo hacemos: “No puedo. Tengo ansiedad”», explica Blanco.

Después de varios años investigando el asunto, el economista está convencido de que esta cultura terapéutica transmite la idea de que los sujetos son muy vulnerables. «No somos capaces de gestionar lo que nuestros antepasados llevaban de una forma normal». Hoy cualquier cosa crea un trauma, todo tiene que ser tratado por un especialista y muchas personas ya no son capaces de gestionar su propia vida. Lo que la cultura popular diagnostica como ahogarse en un vaso de agua.

Esta idea de que solo los especialistas pueden resolver los problemas supone un cambio de papeles respecto al pasado. Antes los padres y los abuelos hacían de consejeros. Fueron la voz de la experiencia y la sabiduría hasta que surgió la sociedad Peter Pan. Ya no son referentes de nadie. Ya no valen sus conversaciones de mesa de camilla. Los han sustituido los psicólogos, los terapeutas, los consultores, los coachs, en citas de despacho y a tantos euros la hora. Y esta cultura terapéutica nos quita muchas responsabilidades de encima. Buscamos excusas por todas partes para no asumir cargas: «Yo soy así porque mis padres me educaron mal», ironiza.

Esta visión infantil de la vida da la vuelta a muchas más cosas. Hoy venden la idea de que la autoestima es necesaria para el éxito; la venden en cientos de cursos y manuales que intentan inflar la autoestima porque sí, sin ningún motivo que la sostenga, sin hacer nada para ganársela más allá de leer unos libritos de autoayuda en el sofá. «Esto es un error. No es la autoestima la que produce el éxito. Es el éxito el que provoca la autoestima. Antes no se trabajaba la autoestima. Era una consecuencia del trabajo bien hecho, del esfuerzo, del mérito».

Y la autoestima que surge de la nada, sin trabajo ni sudor, lleva al narcisismo. El egoísmo y la falta de empatía que a menudo se percibe en los niños se extiende hasta las edades más adultas. «Cada vez hay más personas que se sienten especiales, que se creen superiores a los demás», dice Blanco. «El narcisista se rodea de quien le adula, no de quien le critica, y no suele asumir su propia responsabilidad. La traspasa a otros».

—¿Cómo influye esta vida dependiente de los dispositivos digitales en la infantilización de Occidente?

—La tecnología hace que todo cambie mucho más rápido. Ahora lo importante es saber lo último. Sobrevaloramos lo más reciente y despreciamos la experiencia (antes decían «Cuando seas padre comerás huevos»). Es como si lo más novedoso siempre fuese mejor, como si el que conoce lo último tuviera ventajas sobre los demás. Está muy bien informarte de lo nuevo, pero lo hemos llevado a la exageración.

Qué se puede hacer ante tanto Peter Pan, se preguntan los estudiosos. «Tener más iniciativa, asumir la responsabilidad individual y ser más autónomo», apunta Blanco. «Debemos ser conscientes de que la autoestima no hay que buscarla. Viene después del trabajo bien hecho. Y debemos saber que las experiencias negativas no tienen por qué crear traumas irreversibles. Hay que aprovecharlas para aprender y hay que lidiar con ellas. En eso consiste madurar». O como dice la sabiduría centenaria, lo que no te mata te hace más fuerte.

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Opiniones 42
  • Un artículo tremendamente revelador. Una forma muy clara de explicar algo que percibía, pero que no lograba enfocar, de verbalizar. ¿Hacia que tipo de sociedad nos llevará esto en el medio plazo?

  • Una bonita opinión. Pero en pleno auge de la era del conocimiento, donde las comunicaciones fluyen como nunca y la globalización ha tomado su lugar, afirmar que el adulto se ha vuelto infantil me parece algo superficial. Creo firmemente que los adultos de ahora tienen una visión más profunda de la vida de lo que sucedía hace 100 años. Como ejemplo la caída de la religión en los países más avanzados.

  • Y a todo esto hay que sumar la crisis que se han comido la generación milenial, que han acabado los estudios en un mundo laboral precario, que los encierra en casa en casa de sus padres o les obliga a emigrar porque los salarios son miserables y no permiten ahorrar para empezar proyectos propios.

  • Muy buen artículo, hay que leerlo en voz alta como si fuera un monólogo, encaja perfectamente, ya que hay que simplificar la información porque somos jóvenes y eso…

  • ¿…la sabiduría centenaria, lo que no te mata te hace más fuerte…?
    Pero si eso se empezá a decir a partir de los escritos de Nietzsche.
    Centenaria puede ser, pero sabia… lo dudo.

  • Totalmente de acuerdo con tu forma de ver esta sociedad. Que podría hacer la educación para mejorar este aspecto, cuando muchas veces los profesores percibimos a los padres de familia, muy inmaduros y hasta podría decir qué hay más coherencia en la mente de un niño que en la de su progenitor… para donde vamos? Es siempre mi pregunta… y he encintado en este artículo muchas repuestas. Gracias

  • Uff…esta en la linea de que los hombres no lloran porque son hombres…en fin…mejor ser como antes,seres sin inteligencia emocional,con padres distantes e incapaces de relacionarse…si,si,mucho mejor antes. Entiendo lo de la cultrua como entretenimiento y la poca profunidad,pero creo que tiene más que ver con el capotalismo que con la infantilización…asumir resposabilidades lo hacemos todos, hay que vivir comer trabajar par poder sobrevvir a la sociedad de hoy en día… y pedir ayuda saberse vulnerable,me parece más maduro que no hacerlo…como dice este economista de la vieja escuela…;) un hombre como dios manda seguro!

  • Entertainment is your best friend. It is always there for you. Entertainment comes in many flavors, suited to many different kinds of needs and desires. Entertainment is here and there and everywhere to entertain you, in whatever way you want and need to be entertained. Entertainment is one of the highest goods of our civilized, humanitarian world. The worth of a civilization is measurable not by the quality of its entertainment, but by its quantity. Entertainment knows that you have worked hard, how you suffer, and how you need a break. Entertainment is a loving expression of the world in the mode of ‘me-time,’ a reminder that when all is said and done, what really counts is how we feel about things, about the special informed perspectives we take. Entertainment is above all for you. It is unhealthy to refuse entertainment. It is wrong to struggle against the temporary utopia of enjoying whatever kind of entertainment entertains you. Entertainment does not put you to sleep, unless you want it to. Entertainment knows how to keep pace with the times, to speak to the issues that rightly concern you, to be relevant. Entertainment may not be the most important thing in life, but it definitely is SOMETHING TO LOOK FORWARD TO.

    “How to Stay in Hell: Inspiring Instructions for Daily Living”

    https://gnomebooks.wordpress.com/2014/01/12/how-to-stay-in-hell

  • Excelente artículo. Algo tan obvio que muchos no ven. Llevo decenios sin TV en casa, minimizando mi exposición a multimedios, pero no puedo influenciar a mis allegados. Es difícil combatir o escudarse de la información que los humanos absorbemos pasivamente.

  • Yo soy de la generación de la que se habla y aunque no me identifico del todo con lo que se dice si que lo veo en mis amigos y siento la influencia social de la eterna juventud

  • Estimada Mar Abad:

    Muy acertado el tema del artículo de hoy. Brillante la mirada hacia los cincuenta, lejos de caer en el tópico de «los jóvenes de hoy en día». Habría deseado que expusieras —con el culo al aire— la moda de las series de televisión y el entretenimiento vestido de cultura, tremendamente peligroso, o el capitalismo vestido de antisistema. Por otro lado siento que te molesten el azúcar y las grasas trans, pero por favor no los mezcles con los miedos irracionales. Son, de hecho, más de lo mismo: hedonismo, adicción, adolescencia. Como última crítica, la ansiedad y los trastornos de atención, efectivamente existen y ello no implica que se exima de responsabilidad al que la padece. Ejemplo: «no puedo visitar Machu Picchu porque estoy obeso». Quien quiere echar balones fuera lo hará siempre, pero los diagnósticos son realidad y son importantes porque son lo que nos permite trabajar.

    Las sociedades nacen estoicas y mueren hedonistas.

  • Estimada Mar Abad:

    Muy acertado el tema del artículo de hoy. Brillante la mirada hacia los cincuenta, lejos de caer en el tópico de «los jóvenes de hoy en día». Habría deseado que expusieras —con el culo al aire— la moda de las series de televisión y el entretenimiento vestido de cultura, tremendamente peligroso, o el capitalismo vestido de antisistema. Por otro lado siento que te molesten el azúcar y las grasas trans, pero por favor no los mezcles con los miedos irracionales. Son, de hecho, más de lo mismo: hedonismo, adicción, adolescencia. Como última crítica, la ansiedad y los trastornos de atención, efectivamente existen y ello no implica que se exima de responsabilidad al que la padece. Ejemplo: «no puedo visitar Machu Picchu porque estoy obeso». Quien quiere echar balones fuera lo hará siempre, pero los diagnósticos son realidad y son importantes porque son lo que nos permite trabajar.

    Las sociedades nacen estoicas y mueren hedonistas.

  • Me gustó mucho tu artículo, creo que ahora incluso resulta aterrador la palabra adulto, porque es sinónimo de dificultad y responsabilidad, autonomía. Pero cuando se obtiene la autonomía sin sacrificio no se sabe valorar.

  • Mientras los jóvenes se hacen adictos a los juegos, los vicios, y a perder el tiempo inútilmente, la invasión silenciosa del islam avanza fomentada por el PLAN KALERGI.

  • Bonito no va a ser,,, No dices absolutamente nada nuevo y lo dices todo¡¡¡¡.
    No haces más que una oda al capitalismo¡¡¡¡ Nada nuevo bajo el Sol¡¡
    Pretendes y denuncias nuestra propia evolución. Todo cambia,, acéptalo, incluidos los nuevos cánones de vida, incluyendo miedos. Acaso imaginabas que tenderíamos hacia una sociedad con una precoz madurez????? No es esa la tendencia. La madurez o la no niñez se impone cuando la necesidad aprieta,,,, y vaya¡¡ Ya no somos necesitados.. que pena, verdad???
    Cada uno afronta los hitos de su propia existencia de una manera u otra, aquí la infantilidad la notas??? Cuando estas velando a tú madre, asumiendo que te han despedido por vaguear o asistiendo al parto de tú tercera mujer,,,, madurez, infantilidad??? ..nada¡¡ del facebook ni te acuerdas, y de las barbas de hipster,,,, tampoco, Peter Pan tan sólo se diluye como lagrimas en la lluvia.

  • De acuerdo, muy revelador y claro, tanto con relación al diagnóstico como con los patéticos ejemplos! Quienes llevan años resignificando los valores ancestrales, como los neoceltas o los neomuyskas, ya llevan un tiempo avanzando en esta corriente que, al contrario de la tendencia moderna, le confiere un gran valor al aporte de la madurez, como en la naturaleza el otoño, época de cosecha y celebración, de alegría y transmisión del saber! ☺️

  • Antes se ganaba respeto por medio de la represión, eso no es bueno tampoco, el respeto de un viejo debe demostrarse a través del conocimiento obtenido, templanza, ingenio y sabiduría, eso es lo que vale, si un viejo se comporta como un joven ignorante pierde respeto, si un viejo se comporta con estas cualidades conservando su capacidad lúdica es el objetivo ideal de vida al que apuntar, no hay que anclarse en las viejas ideas de respeto por edad solo por ese merito la sabiduría debe demostrarse.

  • Desde el minuto en que mezclas trastornos psiquiátricos con caprichos sociales, arruinaste todo el artículo. Muy poca seriedad profesional y gran ignorancia. El resto es muy debatible, lleno de impresiciones históricas y omisiones, pero ni siquiera vale la pena ahondar en ellas viendo la increíble subjetividad de la escritora.

  • Me encantó el artículo, super cierto lo que se menciona. Recuerdo cuando mi papá me contaba que para empezar su negocio se ponía talco en el cabello para que parecieran canas y los clientes confiaran en él. Actualmente es él, quien intenta verse más jóven con ingertos de cabello y looks juveniles.

  • Mucha razón tiene el artículo, mucha. Yo añadiría que, además de una sociedad infantil hay otra cosa peor, vivimos en una sociedad hipocondríaca.

  • Esto es un enfoque demasiado personal y engañoso. Que la esperanza de vida se alargue, hace que se alarguen las etapas. Citar a generaciones anteriores como referentes de sabiduría y de sentido del deber también es engañoso, ahora nos manipula la publicidad, antes la religión, ahora le tenemos miedo al azúcar, antes al pecado, antes queríamos ser lo que no éramos (mayores) y ahora tampoco (jóvenes).
    Tener obligaciones no nos hace maduros, el compromiso sí que es síntoma de adultez, pero creer que una persona madura «sabe» es infantil. Improvisamos, nos asustamos y sabemos cada vez menos cosas, pero convivimos con la incertidumbre.
    Los niños no atienden en clase porque el sistema educativo es una mierda y se aburren. Y no, no hay que sufrir para construir.
    Y lo que no te mata a veces te deja destrozado para siempre, por eso es mejor ser sensible, gritar por los derechos que nos tocan, luchar , pedir ayuda y deshacernos de obligaciones innecesarias.
    Por cierto, los pedos hacen gracia.

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