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5 de junio 2015    /   CREATIVIDAD
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«Los superhéroes son seres lastimeros y patéticos»

5 de junio 2015    /   CREATIVIDAD     por          
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Juan Carlos no tiene un trabajo. Tiene una obsesión. Su obsesión se empezó a fraguar de bien pequeño, cuando acudía al quiosco del pueblo con la paga en el bolsillo y la sonrisa en la cara ansioso por encontrar algún tebeo (porque en el Jaén de los primeros noventa no había cómics ni novelas gráficas, había tebeos). Si somos puristas con los nombres, Juan Carlos no se llama así, al menos no cuando hablamos de su obsesión. La gente lo conoce como Ink Bad Company, seudónimo de un ilustrador que ha convertido los cómics, perdón, los tebeos, en un referente artístico.
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A pesar de ser un fan de las viñetas y de tener un alter ego de nombre rimbombante, a Ink Bad Company no le gustan los superhéroes. «Son seres lastimeros y patéticos, una versión hortera y moralista del héroe clásico», opina, recalcando que prefiere a los villanos. Quizá este interés por el lado oscuro fuera el que hizo que IBC pasara de Mortadelo y Filemón a Pesadillas, de Cuentos Asombrosos a It. Son las dos caras de una misma moneda, que sería en su caso una de 25 pesetas, pues no se puede negar que IBC fue, y en cierto modo sigue siendo, un chaval de los años noventa.
Las influencias de este jienense se mezclan como un cóctel perfecto hasta parir imágenes con sello propio y reminiscencias variadas. «Produzco el tipo de dibujos que siempre me ha gustado consumir», resume. «Sería extraño y deshonesto que mi trabajo tuviera una estética diferente». A pesar de que sus referentes no sean modernos, IBC no produce ilustraciones retro. «No me gusta ese término, suena demasiado hierático», opina, «quiero pensar que estoy haciendo trabajos frescos». No es el único que quiere pensarlo.
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Juan Carlos no tiene un trabajo, tiene una obsesión. Pero esa obsesión es la que le da de comer. Grandes marcas han solicitado sus servicios y revistas como Wired han colocado sus ilustraciones en portada. No siempre fue fácil. Al principio tuvo que reciclarse como diseñador gráfico en un estudio, pero la cabra tira al monte y el ilustrador al papel. La aventura del diseño duró poco tiempo y en unos años IBC se había hecho un nombre como dibujante a base de «estar ahí, currar como un cabrón y ser constante», una máxima que sigue manteniendo hasta día de hoy.
IBC no tiene pudor al hablar de trabajo. En su perfil de Behance cuelga todo el proceso creativo, todos sus dibujos y cómo les ha empezado a dar vida. «Es tan importante el camino como el resultado», suele decir al respecto. De momento queda camino por recorrer, pero IBC no desespera.
Cuando el trabajo escasea, se entretiene con proyectos personales. «Si no estoy dibujando, estoy pensando en hacerlo», aclara. Dibuja zombies, vampiros y demás monstruos, pasados siempre por el tamiz de la serie B. Hace letterings e ilustraciones, retratos y escenas. Hace, a fin de cuentas, lo que le gusta. Son estos proyectos personales los que más notoriedad han acabado dando a Ink Bad Company, aunque no le reporten dinero. Pero, a fin de cuentas, esa es la principal desventaja de no tener un trabajo, sino una obsesión.
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Juan Carlos no tiene un trabajo. Tiene una obsesión. Su obsesión se empezó a fraguar de bien pequeño, cuando acudía al quiosco del pueblo con la paga en el bolsillo y la sonrisa en la cara ansioso por encontrar algún tebeo (porque en el Jaén de los primeros noventa no había cómics ni novelas gráficas, había tebeos). Si somos puristas con los nombres, Juan Carlos no se llama así, al menos no cuando hablamos de su obsesión. La gente lo conoce como Ink Bad Company, seudónimo de un ilustrador que ha convertido los cómics, perdón, los tebeos, en un referente artístico.
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A pesar de ser un fan de las viñetas y de tener un alter ego de nombre rimbombante, a Ink Bad Company no le gustan los superhéroes. «Son seres lastimeros y patéticos, una versión hortera y moralista del héroe clásico», opina, recalcando que prefiere a los villanos. Quizá este interés por el lado oscuro fuera el que hizo que IBC pasara de Mortadelo y Filemón a Pesadillas, de Cuentos Asombrosos a It. Son las dos caras de una misma moneda, que sería en su caso una de 25 pesetas, pues no se puede negar que IBC fue, y en cierto modo sigue siendo, un chaval de los años noventa.
Las influencias de este jienense se mezclan como un cóctel perfecto hasta parir imágenes con sello propio y reminiscencias variadas. «Produzco el tipo de dibujos que siempre me ha gustado consumir», resume. «Sería extraño y deshonesto que mi trabajo tuviera una estética diferente». A pesar de que sus referentes no sean modernos, IBC no produce ilustraciones retro. «No me gusta ese término, suena demasiado hierático», opina, «quiero pensar que estoy haciendo trabajos frescos». No es el único que quiere pensarlo.
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Juan Carlos no tiene un trabajo, tiene una obsesión. Pero esa obsesión es la que le da de comer. Grandes marcas han solicitado sus servicios y revistas como Wired han colocado sus ilustraciones en portada. No siempre fue fácil. Al principio tuvo que reciclarse como diseñador gráfico en un estudio, pero la cabra tira al monte y el ilustrador al papel. La aventura del diseño duró poco tiempo y en unos años IBC se había hecho un nombre como dibujante a base de «estar ahí, currar como un cabrón y ser constante», una máxima que sigue manteniendo hasta día de hoy.
IBC no tiene pudor al hablar de trabajo. En su perfil de Behance cuelga todo el proceso creativo, todos sus dibujos y cómo les ha empezado a dar vida. «Es tan importante el camino como el resultado», suele decir al respecto. De momento queda camino por recorrer, pero IBC no desespera.
Cuando el trabajo escasea, se entretiene con proyectos personales. «Si no estoy dibujando, estoy pensando en hacerlo», aclara. Dibuja zombies, vampiros y demás monstruos, pasados siempre por el tamiz de la serie B. Hace letterings e ilustraciones, retratos y escenas. Hace, a fin de cuentas, lo que le gusta. Son estos proyectos personales los que más notoriedad han acabado dando a Ink Bad Company, aunque no le reporten dinero. Pero, a fin de cuentas, esa es la principal desventaja de no tener un trabajo, sino una obsesión.
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