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19 de marzo 2014    /   IDEAS
por
ilustracion  Blastto

¿Puede la ciencia retrasar el envejecimiento hasta la inmortalidad?

19 de marzo 2014    /   IDEAS     por        ilustracion  Blastto
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Hay algo que el ser humano nunca ha sabido manejar: su finitud. Ni en tiempos remotos ni en la actualidad. Durante milenios ha buscado la inmortalidad, pero jamás ha hallado el mínimo rastro. El deseo de eternidad es tan antiguo como uno de los primeros relatos que guarda la historia: una epopeya fechada en la Mesopotamia de hace 48 siglos.
El Poema de Gilgamesh habla del viaje que hizo este guerrero para encontrar la fórmula de la vida para siempre. El fallecimiento de su más fiel compañero desató la inconformidad de Gilgamesh ante la muerte y emprendió una búsqueda épica de ese don que los dioses habían concedido a un sabio y su esposa. El guerrero halló el secreto. Pero, antes de que pudiera tenerlo en sus manos, se lo arrebató una serpiente.
Es probable que este relato de la mitología sumeria acabara así porque en aquella época ya supieran que la inmortalidad no es un deseo alcanzable. Ni para vivos ni para inertes. Y la regla se cumple sin remilgos ni excepción. Todo principio tiene un final.
La cultura griega siguió hablando de la inmortalidad. Una ninfa prometió a Odiseo vivir por siempre si permanecía en la isla de Calipso, pero el protagonista del poema que escribió Homero en el siglo VIII a.C. marchó.
La religión católica volvió a dejar claro que eso no era cosa de humanos. Dios expulsó a Eva y Adán del Jardín del Edén por desobedientes. El Todopoderoso temía que encontraran en la manzana el secreto de la inmortalidad y acabasen convirtiéndose también en deidades. «He aquí que el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros en cuanto a conocer el bien y el mal. Ahora bien, que no alargue su mano y tome también del árbol de la vida, y coma y viva para siempre» (Génesis 3,22).
En el lejano Oriente también se interesaban por la eternidad. El emperador que unificó China en el año 221 a.C. estaba obsesionado con vivir por siempre. La mitología cuenta que Qin envió su flota a buscar el manantial de la eterna juventud y ordenó que no volviera hasta averiguar dónde se hallaba. Ninguna tropa lo encontró, pero, en el camino, descubrieron Japón.
La medicina milenaria china hizo grandes avances en el tema sanitario pero no encontró la fórmula de la vida eterna. El mundo occidental no importó sus enseñanzas y jamás la tomó en serio. Estar vivo, durante muchos siglos, fue una auténtica hazaña. Incluso no hace tanto. En un país como Inglaterra, en el siglo XVII, el filósofo Thomas Hobbes escribió que uno de cada cuatro niños moría en la infancia y menos del 50% superaba la adolescencia.

La medicina en casi todo el mundo, y hasta el siglo XIX, «estuvo dominada por la superstición, la brujería y los rumores», cuenta Michio Kaku en su libro La física del futuro. «Dado que la mayoría de los niños morían al nacer, la esperanza media de vida se situaba entre los 18 y 20 años. Durante este periodo se descubrieron algunas hierbas medicinales y ciertos productos químicos muy útiles, como la aspirina, pero en general no existía un modo sistemático de buscar nuevas terapias. Por desgracia, los remedios que realmente funcionaban fueron secretos celosamente guardados. El ‘doctor’ se ganaba la vida complaciendo a los pacientes ricos y tenía especial interés por mantener sus pociones y sus cánticos en secreto».
El divulgador científico relata en su libro que, a finales del XIX, uno de los fundadores de la Clínica Mayo, en Minnesota (EE UU), escribió en un diario que en su maletín solo llevaba dos ingredientes que funcionaban realmente: una sierra y morfina. El serrucho amputaba extremidades enfermas y la morfina calmaba el dolor de la amputación. El resto de botes era «aceite de serpiente» (así se llamaba un ‘elixir mágico’ que vendían como remedio a todos los males) y «potingues fraudulentos».
Pero un químico francés cambió la historia de la medicina y la enfermedad. Hasta entonces una dolencia era un castigo de un dios. Louis Pasteur (1822-1895) descubrió que muchos males no procedían de una maldición sobrenatural, sino de unos bichitos minúsculos llamados bacterias. De sus investigaciones en microbiología surgieron los antibióticos, las vacunas, la esterilización y la adopción de la higiene como métodos para prevenir y curar muchas enfermedades infecciosas.
Hasta entonces la medicina era algo artesano. Algo donde se mezclaban la tradición, la ignorancia, la superstición y algunos remedios muy básicos. Pasteur empleó métodos científicos para investigar sobre medicina y, a partir de ahí, se empezó a hablar de medicina científica. La esperanza de vida en EE UU ascendió hasta los 49 años en 1900, según Kaku.
Las muertes masivas en la Primera Guerra Mundial supusieron un reto para los facultativos. «Había una necesidad urgente de que los médicos llevaran a cabo experimentos reales con resultados reproducibles, que luego se publicaban en las revistas de Medicina», escribe el divulgador científico.
«Los reyes europeos, horrorizados por el hecho de que sus mejores y más brillantes militares estuvieran siendo masacrados, exigían resultados auténticos, no meros trucos. Los doctores, en vez de limitarse a intentar complacer a clientes ricos, empezaron a luchar por la fama y el reconocimiento que les daba la publicación de artículos en revistas revisadas por especialistas. Así se constituyó el escenario adecuado para que se produjeran avances en los antibióticos y las vacunas que aumentaron la esperanza de vida hasta los 70 años o más».
En los años 40 empezó a mezclarse la física y la medicina, según Kaku. Erwin Schorödinger, uno de los fundadores de la teoría cuántica, rechazaba la idea de que un alma diera vida a un cuerpo. El físico austriaco trabajó en la teoría de que «la vida estaba basada en algún tipo de código y este estaba codificado en una molécula», escribe el científico estadounidense. «Formuló la conjetura de que si se hallaba aquella molécula, se podría desvelar el secreto de la vida».
El físico Francis Crick y el genetista James Watson tomaron como referencia el libro donde Schorödinger desarrollaba esta teoría, ¿Qué es la vida?, e intentaron demostrar que el ADN era aquella molécula que revelaba el misterio de la existencia. En 1953 los dos científicos hallan la estructura del ADN en lo que Kaku llama «uno de los descubrimientos más importantes de todos los tiempos». «Leyendo la secuencia precisa de los ácidos nucleicos situados a lo largo de la molécula de ADN, se podía leer el libro de la vida», explica en La física del futuro.
Los avances en genética molecular dieron lugar al Proyecto Genoma Humano. «Se trataba de un programa masivo de choque para descubrir la secuencia de todos los genes del cuerpo humano. Su coste era de unos 3.000 millones de dólares y requería el trabajo de cientos de científicos que colaboraban en todo el mundo», escribe en su libro. «Cuando por fin se terminó en 2003, fue el anuncio de una nueva era de la ciencia. Algún día todo el mundo tendrá su genoma personalizado grabado en un CD-ROM. Contendrá para cada individuo una lista de sus aproximadamente 25.000 genes. Será su propio manual de instrucciones».
La vida dejó de ser magia y, en su lugar, es un conjunto de datos. La ciencia y la biología explican la vida, y la biología, hoy, en palabras del premio nobel David Baltimore, «es una ciencia de la información».
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Estos avances en la medicina están impulsados por la teoría cuántica y el desarrollo informático. La teoría cuántica ha ayudado a descubrir «cómo construir las moléculas de la vida, átomo a átomo, a partir de la nada», especifica Kaku. «La construcción de la secuencia de genes, que antes era un proceso largo, tedioso y caro, se realiza ahora de manera automática mediante robots».
La historia remota nunca imaginó al humano como un libro que contenía la información de su propia existencia. Hoy, en cierto modo, lo es. No entendía el origen de la vida y, por eso, se atrevía a desear la inmortalidad. Aunque la mitología griega sabía que vivir eternamente tenía trampa. Y fue a un hombre de infinita belleza llamado Titono a quien le tocó descubrirlo en esta leyenda:
La diosa de la aurora, Eos, se enamoró locamente de uno de los hombres más bellos conocidos. Ella era eterna y lo mismo pidió para él. Rogó a Zeus que hiciera al mortal un hombre para siempre y el padre de los dioses se lo concedió. El tiempo pasó y Titono, efectivamente, no moría. Pero fue arrugándose y encogiéndose hasta acabar convertido en un grillo.
Eos, al despertar cada mañana y anunciar la llegada de su hermano, el Sol, llora. El rocío son sus lágrimas y de ellas se alimenta Titono. Y cuando alguien le pregunta por su más apasionado deseo, el grillo responde: «Mori, mori, mori…».
La ciencia actual no busca desesperadamente la fórmula de la inmortalidad. Lo que intenta es estirar la vida y no a cualquier precio, como ocurrió a Titono. «No pretendemos alargar la vida sin más. Intentamos que la vida sea más larga y mejor», indicó Aubrey de Grey, en una entrevista en Madrid a finales de enero.
El gerontólogo, que visitó la ciudad para participar en el encuentro de ciencia y pensamiento #FjordKitchen, considera que «el envejecimiento es el peor problema mundial. Es el principal motivo de muerte y tiene que ser entendido como una prioridad».
Envejecer no es una enfermedad, aunque a veces se ha explicado así porque resulta más efectista. «No es realmente una enfermedad y, por eso, tampoco se puede hablar de curarla. Es una acumulación de daños, de errores genéticos y celulares que se producen, fundamentalmente, en el ‘motor’ de la célula: la mitocondria», aclara De Grey. «Hacer reparaciones periódicas de procesos como la oxidación celular o la acumulación de residuos moleculares en el interior y exterior de las células retrasa notablemente el envejecimiento».
El experto empezó a investigar cómo extender la vida humana hace 20 años. Antes se dedicaba a la inteligencia artificial pero vio que «todos los biólogos están interesados en este asunto». Era un sueño universalmente humano y decidió ir a por él.
De Grey vio que el humano responde a la misma lógica que una máquina porque, según dice, «el cuerpo es una máquina». La duración de un automóvil, por ejemplo, depende del cuidado que reciba y de las mejoras que le vayan haciendo en el taller de reparaciones. Igual ocurre con el humano. La vida va reduciéndose conforme se deterioran sus piezas, pero habrá un momento, no muy lejano, en que las reparaciones celulares y el recambio de órganos internos sea algo común. Un corazón que no funcione se reemplazará por otro exactamente igual. En la «tienda del cuerpo humano», como lo denomina Kaku, se imprimirá un corazón con las células del paciente. El viejo irá a la basura y el nuevo hará bombear la sangre de esa persona con la fuerza de una víscera sana.
«El concepto de esos talleres de reparaciones reducirá los daños que el cuerpo va produciendo en sí mismo», indica De Grey. En su organización sin ánimo de lucro, Sens.org, trabajan para extender la vida y erradicar algunas de las enfermedades mortales por envejecimiento más comunes como el alzheimer. El británico considera que a día de hoy es una tontería decir cuánto tiempo queremos vivir. «Lo que sí podemos estimar es cuánto tiempo queremos mantenernos sanos».
De Grey no habla de inmortalidad. Pero sí cree que la medicina regenerativa muy pronto podrá prolongar la vida 30 o 40 años. «Esto tiene unas implicaciones sociológicas importantes. Si eliminamos las enfermedades relacionadas con la edad, las personas mayores podrán continuar generando riqueza y aportando su experiencia», comenta. «Además, no serán una carga para sus hijos».
Kaku escribe en su libro que en 2050 un humano podría vivir 150 años o más por el desarrollo de las terapias de células madre, la terapia génica y la tienda del cuerpo humano. Pero De Grey dice que estas estimaciones son «pesimistas». Para esa fecha un humano que repare adecuadamente sus células podría alcanzar edades mucho más elevadas. Y no será tan difícil hacerlo. Hace años que nació la «industria de la medicina regenerativa» y su crecimiento es cada vez más rápido.
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La ciencia del XX y la tecnología del XXI no han dejado de buscar la inmortalidad. El premio nobel en Física Richard Feynman fue aún más lejos que De Grey y declaró que la biología aún no ha encontrado nada que indique que la muerte es inevitable. Eso le hacía pensar que, en un tiempo, los biólogos descubrirán «qué nos causa ese problema» y, así, «esta terrible enfermedad universal, la temporalidad del cuerpo humano, se curará» (La física del futuro).
La inmortalidad podría ser también un asunto tecnológico. El inventor y futurista Ray Kurzweil dijo en Global Futures 2045 Internacional Congress, en Nueva York, el pasado mes de junio, que en unos 30 años podremos subir una mente humana a una computadora y almacenarla en la nube. La inteligencia humana se podrá guardar digitalmente y ahí quedará después de que ese cuerpo muera. Lo que el director de ingeniería de Google llama el ‘wetware’ (algo así como ‘conjunto de utensilios húmedos’: sangre, huesos, órganos y piel) no será necesario si la inteligencia está digitalizada. La inmortalidad estaría entonces en lo más profundo de un nanochip.
Pero ¿y si la eternidad no necesitara ninguna máquina para inventarla? ¿Y si fuese algo que ha ocurrido eternamente? Algo de lo que ya hablaron muchos pensadores antes de que la tecnología fuese dios.
Para Borges, «cada uno de nosotros es, de algún modo, todos los hombres que han muerto antes (…). Esa inmortalidad se logra en las obras, en la memoria que uno deja en los otros. Esa memoria puede ser nimia, puede ser una frase cualquiera. Por ejemplo: ‘Fulano de tal, más vale perderlo que encontrarlo’. Y no sé quién inventó esa frase, pero cada vez que la repito yo soy ese hombre. ¿Qué importa que ese modesto compadrito haya muerto, si bien en mí y en cada uno que repita esa frase?».
El escritor argentino escribió en su ensayo La inmortalidad (5 de junio de 1978) que creía en la vida eterna. «No en la inmortalidad personal, pero sí en la cósmica. Seguiremos siendo inmortales; más allá de nuestra muerte corporal queda nuestra memoria, y más allá de nuestra memoria quedan nuestros actos, nuestros hechos, nuestras actitudes, toda esa maravillosa parte de la historia universal, aunque no lo sepamos y es mejor que no lo sepamos».
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Hay algo que el ser humano nunca ha sabido manejar: su finitud. Ni en tiempos remotos ni en la actualidad. Durante milenios ha buscado la inmortalidad, pero jamás ha hallado el mínimo rastro. El deseo de eternidad es tan antiguo como uno de los primeros relatos que guarda la historia: una epopeya fechada en la Mesopotamia de hace 48 siglos.
El Poema de Gilgamesh habla del viaje que hizo este guerrero para encontrar la fórmula de la vida para siempre. El fallecimiento de su más fiel compañero desató la inconformidad de Gilgamesh ante la muerte y emprendió una búsqueda épica de ese don que los dioses habían concedido a un sabio y su esposa. El guerrero halló el secreto. Pero, antes de que pudiera tenerlo en sus manos, se lo arrebató una serpiente.
Es probable que este relato de la mitología sumeria acabara así porque en aquella época ya supieran que la inmortalidad no es un deseo alcanzable. Ni para vivos ni para inertes. Y la regla se cumple sin remilgos ni excepción. Todo principio tiene un final.
La cultura griega siguió hablando de la inmortalidad. Una ninfa prometió a Odiseo vivir por siempre si permanecía en la isla de Calipso, pero el protagonista del poema que escribió Homero en el siglo VIII a.C. marchó.
La religión católica volvió a dejar claro que eso no era cosa de humanos. Dios expulsó a Eva y Adán del Jardín del Edén por desobedientes. El Todopoderoso temía que encontraran en la manzana el secreto de la inmortalidad y acabasen convirtiéndose también en deidades. «He aquí que el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros en cuanto a conocer el bien y el mal. Ahora bien, que no alargue su mano y tome también del árbol de la vida, y coma y viva para siempre» (Génesis 3,22).
En el lejano Oriente también se interesaban por la eternidad. El emperador que unificó China en el año 221 a.C. estaba obsesionado con vivir por siempre. La mitología cuenta que Qin envió su flota a buscar el manantial de la eterna juventud y ordenó que no volviera hasta averiguar dónde se hallaba. Ninguna tropa lo encontró, pero, en el camino, descubrieron Japón.
La medicina milenaria china hizo grandes avances en el tema sanitario pero no encontró la fórmula de la vida eterna. El mundo occidental no importó sus enseñanzas y jamás la tomó en serio. Estar vivo, durante muchos siglos, fue una auténtica hazaña. Incluso no hace tanto. En un país como Inglaterra, en el siglo XVII, el filósofo Thomas Hobbes escribió que uno de cada cuatro niños moría en la infancia y menos del 50% superaba la adolescencia.

La medicina en casi todo el mundo, y hasta el siglo XIX, «estuvo dominada por la superstición, la brujería y los rumores», cuenta Michio Kaku en su libro La física del futuro. «Dado que la mayoría de los niños morían al nacer, la esperanza media de vida se situaba entre los 18 y 20 años. Durante este periodo se descubrieron algunas hierbas medicinales y ciertos productos químicos muy útiles, como la aspirina, pero en general no existía un modo sistemático de buscar nuevas terapias. Por desgracia, los remedios que realmente funcionaban fueron secretos celosamente guardados. El ‘doctor’ se ganaba la vida complaciendo a los pacientes ricos y tenía especial interés por mantener sus pociones y sus cánticos en secreto».
El divulgador científico relata en su libro que, a finales del XIX, uno de los fundadores de la Clínica Mayo, en Minnesota (EE UU), escribió en un diario que en su maletín solo llevaba dos ingredientes que funcionaban realmente: una sierra y morfina. El serrucho amputaba extremidades enfermas y la morfina calmaba el dolor de la amputación. El resto de botes era «aceite de serpiente» (así se llamaba un ‘elixir mágico’ que vendían como remedio a todos los males) y «potingues fraudulentos».
Pero un químico francés cambió la historia de la medicina y la enfermedad. Hasta entonces una dolencia era un castigo de un dios. Louis Pasteur (1822-1895) descubrió que muchos males no procedían de una maldición sobrenatural, sino de unos bichitos minúsculos llamados bacterias. De sus investigaciones en microbiología surgieron los antibióticos, las vacunas, la esterilización y la adopción de la higiene como métodos para prevenir y curar muchas enfermedades infecciosas.
Hasta entonces la medicina era algo artesano. Algo donde se mezclaban la tradición, la ignorancia, la superstición y algunos remedios muy básicos. Pasteur empleó métodos científicos para investigar sobre medicina y, a partir de ahí, se empezó a hablar de medicina científica. La esperanza de vida en EE UU ascendió hasta los 49 años en 1900, según Kaku.
Las muertes masivas en la Primera Guerra Mundial supusieron un reto para los facultativos. «Había una necesidad urgente de que los médicos llevaran a cabo experimentos reales con resultados reproducibles, que luego se publicaban en las revistas de Medicina», escribe el divulgador científico.
«Los reyes europeos, horrorizados por el hecho de que sus mejores y más brillantes militares estuvieran siendo masacrados, exigían resultados auténticos, no meros trucos. Los doctores, en vez de limitarse a intentar complacer a clientes ricos, empezaron a luchar por la fama y el reconocimiento que les daba la publicación de artículos en revistas revisadas por especialistas. Así se constituyó el escenario adecuado para que se produjeran avances en los antibióticos y las vacunas que aumentaron la esperanza de vida hasta los 70 años o más».
En los años 40 empezó a mezclarse la física y la medicina, según Kaku. Erwin Schorödinger, uno de los fundadores de la teoría cuántica, rechazaba la idea de que un alma diera vida a un cuerpo. El físico austriaco trabajó en la teoría de que «la vida estaba basada en algún tipo de código y este estaba codificado en una molécula», escribe el científico estadounidense. «Formuló la conjetura de que si se hallaba aquella molécula, se podría desvelar el secreto de la vida».
El físico Francis Crick y el genetista James Watson tomaron como referencia el libro donde Schorödinger desarrollaba esta teoría, ¿Qué es la vida?, e intentaron demostrar que el ADN era aquella molécula que revelaba el misterio de la existencia. En 1953 los dos científicos hallan la estructura del ADN en lo que Kaku llama «uno de los descubrimientos más importantes de todos los tiempos». «Leyendo la secuencia precisa de los ácidos nucleicos situados a lo largo de la molécula de ADN, se podía leer el libro de la vida», explica en La física del futuro.
Los avances en genética molecular dieron lugar al Proyecto Genoma Humano. «Se trataba de un programa masivo de choque para descubrir la secuencia de todos los genes del cuerpo humano. Su coste era de unos 3.000 millones de dólares y requería el trabajo de cientos de científicos que colaboraban en todo el mundo», escribe en su libro. «Cuando por fin se terminó en 2003, fue el anuncio de una nueva era de la ciencia. Algún día todo el mundo tendrá su genoma personalizado grabado en un CD-ROM. Contendrá para cada individuo una lista de sus aproximadamente 25.000 genes. Será su propio manual de instrucciones».
La vida dejó de ser magia y, en su lugar, es un conjunto de datos. La ciencia y la biología explican la vida, y la biología, hoy, en palabras del premio nobel David Baltimore, «es una ciencia de la información».
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Estos avances en la medicina están impulsados por la teoría cuántica y el desarrollo informático. La teoría cuántica ha ayudado a descubrir «cómo construir las moléculas de la vida, átomo a átomo, a partir de la nada», especifica Kaku. «La construcción de la secuencia de genes, que antes era un proceso largo, tedioso y caro, se realiza ahora de manera automática mediante robots».
La historia remota nunca imaginó al humano como un libro que contenía la información de su propia existencia. Hoy, en cierto modo, lo es. No entendía el origen de la vida y, por eso, se atrevía a desear la inmortalidad. Aunque la mitología griega sabía que vivir eternamente tenía trampa. Y fue a un hombre de infinita belleza llamado Titono a quien le tocó descubrirlo en esta leyenda:
La diosa de la aurora, Eos, se enamoró locamente de uno de los hombres más bellos conocidos. Ella era eterna y lo mismo pidió para él. Rogó a Zeus que hiciera al mortal un hombre para siempre y el padre de los dioses se lo concedió. El tiempo pasó y Titono, efectivamente, no moría. Pero fue arrugándose y encogiéndose hasta acabar convertido en un grillo.
Eos, al despertar cada mañana y anunciar la llegada de su hermano, el Sol, llora. El rocío son sus lágrimas y de ellas se alimenta Titono. Y cuando alguien le pregunta por su más apasionado deseo, el grillo responde: «Mori, mori, mori…».
La ciencia actual no busca desesperadamente la fórmula de la inmortalidad. Lo que intenta es estirar la vida y no a cualquier precio, como ocurrió a Titono. «No pretendemos alargar la vida sin más. Intentamos que la vida sea más larga y mejor», indicó Aubrey de Grey, en una entrevista en Madrid a finales de enero.
El gerontólogo, que visitó la ciudad para participar en el encuentro de ciencia y pensamiento #FjordKitchen, considera que «el envejecimiento es el peor problema mundial. Es el principal motivo de muerte y tiene que ser entendido como una prioridad».
Envejecer no es una enfermedad, aunque a veces se ha explicado así porque resulta más efectista. «No es realmente una enfermedad y, por eso, tampoco se puede hablar de curarla. Es una acumulación de daños, de errores genéticos y celulares que se producen, fundamentalmente, en el ‘motor’ de la célula: la mitocondria», aclara De Grey. «Hacer reparaciones periódicas de procesos como la oxidación celular o la acumulación de residuos moleculares en el interior y exterior de las células retrasa notablemente el envejecimiento».
El experto empezó a investigar cómo extender la vida humana hace 20 años. Antes se dedicaba a la inteligencia artificial pero vio que «todos los biólogos están interesados en este asunto». Era un sueño universalmente humano y decidió ir a por él.
De Grey vio que el humano responde a la misma lógica que una máquina porque, según dice, «el cuerpo es una máquina». La duración de un automóvil, por ejemplo, depende del cuidado que reciba y de las mejoras que le vayan haciendo en el taller de reparaciones. Igual ocurre con el humano. La vida va reduciéndose conforme se deterioran sus piezas, pero habrá un momento, no muy lejano, en que las reparaciones celulares y el recambio de órganos internos sea algo común. Un corazón que no funcione se reemplazará por otro exactamente igual. En la «tienda del cuerpo humano», como lo denomina Kaku, se imprimirá un corazón con las células del paciente. El viejo irá a la basura y el nuevo hará bombear la sangre de esa persona con la fuerza de una víscera sana.
«El concepto de esos talleres de reparaciones reducirá los daños que el cuerpo va produciendo en sí mismo», indica De Grey. En su organización sin ánimo de lucro, Sens.org, trabajan para extender la vida y erradicar algunas de las enfermedades mortales por envejecimiento más comunes como el alzheimer. El británico considera que a día de hoy es una tontería decir cuánto tiempo queremos vivir. «Lo que sí podemos estimar es cuánto tiempo queremos mantenernos sanos».
De Grey no habla de inmortalidad. Pero sí cree que la medicina regenerativa muy pronto podrá prolongar la vida 30 o 40 años. «Esto tiene unas implicaciones sociológicas importantes. Si eliminamos las enfermedades relacionadas con la edad, las personas mayores podrán continuar generando riqueza y aportando su experiencia», comenta. «Además, no serán una carga para sus hijos».
Kaku escribe en su libro que en 2050 un humano podría vivir 150 años o más por el desarrollo de las terapias de células madre, la terapia génica y la tienda del cuerpo humano. Pero De Grey dice que estas estimaciones son «pesimistas». Para esa fecha un humano que repare adecuadamente sus células podría alcanzar edades mucho más elevadas. Y no será tan difícil hacerlo. Hace años que nació la «industria de la medicina regenerativa» y su crecimiento es cada vez más rápido.
i1
La ciencia del XX y la tecnología del XXI no han dejado de buscar la inmortalidad. El premio nobel en Física Richard Feynman fue aún más lejos que De Grey y declaró que la biología aún no ha encontrado nada que indique que la muerte es inevitable. Eso le hacía pensar que, en un tiempo, los biólogos descubrirán «qué nos causa ese problema» y, así, «esta terrible enfermedad universal, la temporalidad del cuerpo humano, se curará» (La física del futuro).
La inmortalidad podría ser también un asunto tecnológico. El inventor y futurista Ray Kurzweil dijo en Global Futures 2045 Internacional Congress, en Nueva York, el pasado mes de junio, que en unos 30 años podremos subir una mente humana a una computadora y almacenarla en la nube. La inteligencia humana se podrá guardar digitalmente y ahí quedará después de que ese cuerpo muera. Lo que el director de ingeniería de Google llama el ‘wetware’ (algo así como ‘conjunto de utensilios húmedos’: sangre, huesos, órganos y piel) no será necesario si la inteligencia está digitalizada. La inmortalidad estaría entonces en lo más profundo de un nanochip.
Pero ¿y si la eternidad no necesitara ninguna máquina para inventarla? ¿Y si fuese algo que ha ocurrido eternamente? Algo de lo que ya hablaron muchos pensadores antes de que la tecnología fuese dios.
Para Borges, «cada uno de nosotros es, de algún modo, todos los hombres que han muerto antes (…). Esa inmortalidad se logra en las obras, en la memoria que uno deja en los otros. Esa memoria puede ser nimia, puede ser una frase cualquiera. Por ejemplo: ‘Fulano de tal, más vale perderlo que encontrarlo’. Y no sé quién inventó esa frase, pero cada vez que la repito yo soy ese hombre. ¿Qué importa que ese modesto compadrito haya muerto, si bien en mí y en cada uno que repita esa frase?».
El escritor argentino escribió en su ensayo La inmortalidad (5 de junio de 1978) que creía en la vida eterna. «No en la inmortalidad personal, pero sí en la cósmica. Seguiremos siendo inmortales; más allá de nuestra muerte corporal queda nuestra memoria, y más allá de nuestra memoria quedan nuestros actos, nuestros hechos, nuestras actitudes, toda esa maravillosa parte de la historia universal, aunque no lo sepamos y es mejor que no lo sepamos».
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Opiniones 5
  • Yo me quedo con la teoría de Ray, el GNR y la Singularidad. Cyborgs, IAs como Samantha (Her de Spike Jonze), realidad virtual de inmersión total (pero no la actual, la que está por llegar),… La edad puede llegar a ser un concepto obsoleto y el cuerpo físico algo que puedas dejar en casa mientras viajas con la mente.
    No es fascinante?

  • envejecer >es partedel proceso de vivir No me inscribas en el libro de la vida< Significa esto que programa EL el genoma con sus variables ¿ Crees que esta en !ESA¡ O tu estas en ESO ….gusto de recibir comentario

    • Otro punto de vista ¿ que es el pensamiento ? Facil es lo que tu estas haciendo ahora o yo .¿ pero como logro un solo pensamiento e nano milisegundos , como logro hacerlo virtual en real como por ej. al escribirlo y ya estoy pensando en Gataka la luna de Saturno.
      Respondéme no me dejes en el espacio sideral

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