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15 de julio 2018    /   BRANDED CONTENT
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Una historia de amor al revés que empezó con la app Inner Circle

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Le dijeron en recepción que nadie había preguntado por la habitación 501. Era raro. Tuvo miedo. El vuelo de Rubén a Singapur debía haber llegado siete horas antes que el suyo. Jessica revisó el chat de Inner Circle: nada, ningún mensaje.

Solo una vez, en esos tres años, había faltado a su cita. Entonces, un contratiempo de trabajo le impidió volar. O eso dijo él. Entonces, Jessica se vio sola en Praga. Estaba acostumbrada a deambular durante días en solitario por tierras desconocidas con sus catálogos de obras de arte bajo el brazo. Pero nunca sentía soledad; amaba esa sensación de independencia. Aquel fin de semana, mientras paseaba por entre la niebla atravesada de luces del Puente de Carlos, descubrió lo que significaba esperar a alguien. Esa inquietud fue algo nuevo para ella.

Él solo había faltado a Praga, pero esa había sido justo la cita anterior a esta de Singapur en que él debía haber llegado siete horas antes, y no estaba. Ella no quería trazar una conexión desafortunada. Se negaba a creer que algo empezaba a fallar. Había pensado en hablar con él, en verse más, en inventar algún tipo de compromiso. Ahora no sabía a qué atenerse.

Encontró la habitación vacía. Se descalzó. Vio la botella de champán de cortesía sobre el escritorio. Jessica sopesó el vidrio y pensó que los últimos tres años de su vida podían resumirse en ese objeto. No era el brebaje, era el ritual; que uno de los dos la desconchara y empezaran a planear el fin de semana. Llegó un punto en que lo hacían de broma, riéndose de sí mismos: al final, el único plan que cumplían era ese: abrir el champán, hablar de prisa, dejarlo a medias. En lo demás, improvisaban.

Ahora, estaba sola. De pronto, se percató de que la terraza estaba abierta y en la mesa había algo que rompía la lógica del lugar: un muñequito de origami. Cuando lo agarró y levantó la vista encontró al otro lado, también en la quinta planta, un balcón lleno de luces de colores. Mientras observaba aquel espectáculo, sonó su móvil. Un mensaje: «¿No vas a venir?».

Se dio cuenta de que una silueta acodada en la barandilla la miraba desde aquella especie de carrusel. Salió. Atravesó los pasillos, descalza, a la carrera, esquivando a otros clientes hasta que vio la luz irisada que salía de una habitación. Se detuvo, entró lentamente y descubrió la jugada de Rubén.

Hilos de bombillas de colores surcaban la habitación, y entre ellas, de tanto en tanto, colgaba un corchito de champán. Él la miraba desde el balcón. Jessica tomó con cuidado uno de los corchos y vio una palabra escrita. Cada corcho tenía una expresión, un verbo, un adjetivo que resumía cada uno de los encuentros de los últimos tres años.

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Imagen promocional de Inner Circle

Jessica, palabra a palabra, empezó a viajar hacia atrás en el tiempo. «Arrecife», «vuelo», «noche de sal», «mapache ladrón», «desierto», «Embrujada»…

Los dos nadando como sirenas entre anémonas, corales y peces azules y amarillos.

Los dos en un avión, cargando la mochila del paracaídas. Él asustado, arrepintiéndose. Ella lo había hecho muchas veces y bromeó con él, burlándose un poquito. Fue la primera vez que él le dijo que le daba pánico perderla. Ella se quedó muda y se lanzó al abismo. Él saltó más tarde, y cuando aterrizó sufrió una risa histérica que quiso retener porque le daba vergüenza. Pero ella, cada vez que se acordaba, sentía ganas de llenarle la cara de besos.

Los dos escondidos en la sabana de África oyendo rugidos a lo lejos.

Los dos entretenidos mirando cómo un grupo de mapaches se comían su almuerzo en una playa de Nicaragua.

Los dos en un velero blanco.

Los dos pisando charcos en Berlín, comiendo dulces bajo el paraguas.

Los dos en Madrid, en aquella fiesta organizado por Inner Circle, la app a través de la que se conocieron. Los dos, que ya habían cenado un par de veces, que habían hablado de cuánto les gustaba sentirse libres, no atarse a nada. Los dos en la fiesta: conversando con decenas de personas pero buscándose todo el tiempo de reojo.

«El típico loco»: los dos en aquella primera cena en que él se fijó en que cuando algo le hacía gracia se le movía la nariz. «Eres como la de la película Embrujada». «Será porque sé hacer hechizos», respondió ella… Los dos quedándose los últimos en el restaurante, y él pidiendo al camarero el corcho de una botella para guardarlo. Él explicándose, con retintín: «Soy el típico loco que colecciona tapones». Él, en secreto, lo guardaba porque ya había percibido algo maravilloso en ella y quería acumular recuerdos, amuletos.

«Inner Circle»: Los dos manteniendo las primeras conversaciones a través del móvil. Descubriéndose hasta la madrugada. Ella llamándole «loco» por primera vez. Ella escribiendo esa palabra y diciéndose, al mismo tiempo, en voz alta: «Este loco me intriga».

Y antes: cada uno por separado explorando en una app de citas a la que unos amigos los habían invitado. Habían accedido con escepticismo, estaban cansados de lo mismo: conversaciones absurdas, citas con personas que no tenían nada que ver con ellos.

Hacía ya tres años de todo aquello. En Singapur, Jessica había recorrido la habitación corcho a corcho, palabra a palabra, hasta llegar al balcón. Los edificios de la ciudad se encendieron como luciérnagas.

Esa noche, al abrir la botella de champán, ella le preguntó:

– Y en este corcho, ¿qué vas a escribir?

– Pues no te lo vas a creer- dijo sonriendo mientras sacaba un bolígrafo de la chaqueta y escribía un signo de interrogación.

 

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Solo una vez, en esos tres años, había faltado a su cita. Entonces, un contratiempo de trabajo le impidió volar. O eso dijo él. Entonces, Jessica se vio sola en Praga. Estaba acostumbrada a deambular durante días en solitario por tierras desconocidas con sus catálogos de obras de arte bajo el brazo. Pero nunca sentía soledad; amaba esa sensación de independencia. Aquel fin de semana, mientras paseaba por entre la niebla atravesada de luces del Puente de Carlos, descubrió lo que significaba esperar a alguien. Esa inquietud fue algo nuevo para ella.

Él solo había faltado a Praga, pero esa había sido justo la cita anterior a esta de Singapur en que él debía haber llegado siete horas antes, y no estaba. Ella no quería trazar una conexión desafortunada. Se negaba a creer que algo empezaba a fallar. Había pensado en hablar con él, en verse más, en inventar algún tipo de compromiso. Ahora no sabía a qué atenerse.

Encontró la habitación vacía. Se descalzó. Vio la botella de champán de cortesía sobre el escritorio. Jessica sopesó el vidrio y pensó que los últimos tres años de su vida podían resumirse en ese objeto. No era el brebaje, era el ritual; que uno de los dos la desconchara y empezaran a planear el fin de semana. Llegó un punto en que lo hacían de broma, riéndose de sí mismos: al final, el único plan que cumplían era ese: abrir el champán, hablar de prisa, dejarlo a medias. En lo demás, improvisaban.

Ahora, estaba sola. De pronto, se percató de que la terraza estaba abierta y en la mesa había algo que rompía la lógica del lugar: un muñequito de origami. Cuando lo agarró y levantó la vista encontró al otro lado, también en la quinta planta, un balcón lleno de luces de colores. Mientras observaba aquel espectáculo, sonó su móvil. Un mensaje: «¿No vas a venir?».

Se dio cuenta de que una silueta acodada en la barandilla la miraba desde aquella especie de carrusel. Salió. Atravesó los pasillos, descalza, a la carrera, esquivando a otros clientes hasta que vio la luz irisada que salía de una habitación. Se detuvo, entró lentamente y descubrió la jugada de Rubén.

Hilos de bombillas de colores surcaban la habitación, y entre ellas, de tanto en tanto, colgaba un corchito de champán. Él la miraba desde el balcón. Jessica tomó con cuidado uno de los corchos y vio una palabra escrita. Cada corcho tenía una expresión, un verbo, un adjetivo que resumía cada uno de los encuentros de los últimos tres años.

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Imagen promocional de Inner Circle

Jessica, palabra a palabra, empezó a viajar hacia atrás en el tiempo. «Arrecife», «vuelo», «noche de sal», «mapache ladrón», «desierto», «Embrujada»…

Los dos nadando como sirenas entre anémonas, corales y peces azules y amarillos.

Los dos en un avión, cargando la mochila del paracaídas. Él asustado, arrepintiéndose. Ella lo había hecho muchas veces y bromeó con él, burlándose un poquito. Fue la primera vez que él le dijo que le daba pánico perderla. Ella se quedó muda y se lanzó al abismo. Él saltó más tarde, y cuando aterrizó sufrió una risa histérica que quiso retener porque le daba vergüenza. Pero ella, cada vez que se acordaba, sentía ganas de llenarle la cara de besos.

Los dos escondidos en la sabana de África oyendo rugidos a lo lejos.

Los dos entretenidos mirando cómo un grupo de mapaches se comían su almuerzo en una playa de Nicaragua.

Los dos en un velero blanco.

Los dos pisando charcos en Berlín, comiendo dulces bajo el paraguas.

Los dos en Madrid, en aquella fiesta organizado por Inner Circle, la app a través de la que se conocieron. Los dos, que ya habían cenado un par de veces, que habían hablado de cuánto les gustaba sentirse libres, no atarse a nada. Los dos en la fiesta: conversando con decenas de personas pero buscándose todo el tiempo de reojo.

«El típico loco»: los dos en aquella primera cena en que él se fijó en que cuando algo le hacía gracia se le movía la nariz. «Eres como la de la película Embrujada». «Será porque sé hacer hechizos», respondió ella… Los dos quedándose los últimos en el restaurante, y él pidiendo al camarero el corcho de una botella para guardarlo. Él explicándose, con retintín: «Soy el típico loco que colecciona tapones». Él, en secreto, lo guardaba porque ya había percibido algo maravilloso en ella y quería acumular recuerdos, amuletos.

«Inner Circle»: Los dos manteniendo las primeras conversaciones a través del móvil. Descubriéndose hasta la madrugada. Ella llamándole «loco» por primera vez. Ella escribiendo esa palabra y diciéndose, al mismo tiempo, en voz alta: «Este loco me intriga».

Y antes: cada uno por separado explorando en una app de citas a la que unos amigos los habían invitado. Habían accedido con escepticismo, estaban cansados de lo mismo: conversaciones absurdas, citas con personas que no tenían nada que ver con ellos.

Hacía ya tres años de todo aquello. En Singapur, Jessica había recorrido la habitación corcho a corcho, palabra a palabra, hasta llegar al balcón. Los edificios de la ciudad se encendieron como luciérnagas.

Esa noche, al abrir la botella de champán, ella le preguntó:

– Y en este corcho, ¿qué vas a escribir?

– Pues no te lo vas a creer- dijo sonriendo mientras sacaba un bolígrafo de la chaqueta y escribía un signo de interrogación.

 

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