fbpx
17 de enero 2019    /   IDEAS
por
 

La loca vida del insatisfecho empecinado

17 de enero 2019    /   IDEAS     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

Hay gente (buena gente) que vive con un río de desechos persiguiéndole: imaginad detrás un itinerario de kilómetros de paraísos descartados (trabajos, casas, parejas ideales…) convertidos, ahora, en puro cieno. Siempre huele peor lo que tiempo atrás fue fragante y cautivador. El cambio, la degradación es lo que más nos ofende.

Imaginad: el limo llega cada año (cumples 29, 30, 31, 37) más cerca de las suelas, hasta que un día tu andar se vuelve pegajoso, pesado. Hasta que un día tú no eres tú sin tu sonido de fango.

Hay quienes sueñan obsesivamente, por ejemplo, con vivir en una ciudad concreta que posea una épica muy secundada mediáticamente. Son sueños poco precisados, con apenas contenido: desean que su vida sea «ser» de allí. Otorgan toda su fe a ese «ser», confían en que rellenará las brechas de su felicidad.

El insatisfecho con pedigrí elige los paraísos para que duren. Sabe por instinto que hay que separarlos en el espacio, y en la economía, y en las dinámicas inherentes al contexto vital en el que uno ha ido a nacer. Incluso es mejor elegirlos en sentido contrario a la propia personalidad y necesidades reales. Que seas apocado y asustadizo y sueñes cada noche con vivir en una ciudad hostil o con ser reportero de guerra sería inútil, absurdo; sería, pues, un perfecto combustible para el masoquismo.

Puedes mirar toda tu existencia a través del espejo deformado de tu fantasía; acumular todo lo que sientes como una carencia propia dentro de un cofre y ponerle una cerradura en forma de condicional: «Si viviera allí (si hubiera nacido allí)…». En el fondo, además de absurdo, es tremendamente práctico: alivia creer que una sola llave te liberaría de todos los desasosiegos.

Estos insatisfechos son quizá los únicos humanos capaces de vencer la gravedad. Cuando dibujan uno de sus sueños totales, logran volar. Lo logran, sencillamente, porque consiguen extirparse de la realidad y la materia durante un tiempo, lo suficiente para alcanzar la meta y repudiarla.

Hay personas ensoñadas y prácticas, capaces, en mayor o menor grado, de desmenuzar sus deseos y calibrar dificultades y posibilidades, y, sobre todo, capaces de admitir la arbitrariedad y tolerar ciertas cuotas de fracaso sin declarar, por eso, su vida como zona catastrófica.

Luego están estos: los ensoñados abisales, trágicos. Son embriagadores cuando atraviesan una época de aspiración y fantasía. Son tristes cuando descubren que aquello que buscaban no era suficiente. Su guerra es contra las palabras (y las razones) que no encuentran, y es una guerra sin cuartel.

No soportan las pruebas materiales. Decirles: querías esto y lo tienes. Explotan, se parapetan. Les duele más que les expongan la evidencia de que su rabia no tiene sustento verídico que la supuesta causa de su drama. En ese momento, en cierto grado, veneran su desgracia, se sumergen en ella como en un almíbar tóxico, la queja es una droga que escuece pero narcotiza; ayuda a huir.

Son insaciables porque no saben cartografiar su sueño y están, por tanto, perdidos. Creen que necesitan un objetivo mensurable, pero necesitan otra cosa mucho más difícil de precisar. Quizá su sueño es el silencio: habitar una paz imperturbable, un estado de culminación de cuento que se alargue eternamente. Algo incompatible con seguir respirando, porque seguir respirando es ver brotar matices y rebabas en la plenitud. Y ellos, además, son expertos en tumbarse en un mullido colchón de paja y clavarse la aguja de la desesperación.

No es que no puedan cumplir sus deseos. El problema es que una vez cumplidos son incapaces, por ejemplo, de comprender que la evolución natural de la plenitud es convertirse en rutina y distenderse.

La prueba de que lo bueno dura es que se suaviza su sabor. En vez de eso, los amantes de la insatisfacción lo toman como la prueba de que estaban equivocados o de que han sido engañados o han tropezado en una trampa.

Son expertos, también, en buscar, para demolerla, la viga maestra de lo que habían conseguido construir.

O más preciso: el buen insatisfecho es capaz de convertir en viga maestra cualquier minucia. Basta con que su barrio huela un poco a coliflor: él puede construir a partir de esa peste un tratado lunático de antropología y urbanismo que pruebe que su calle y, por tanto el país que la alberga, es irreparablemente repugnante.

Amores cienos

Las estelas de residuos de esta tribu de insatisfechos están, muchas veces, pobladas de amores caducados.

Cada insatisfecho encuentra su senda: el amor romántico es de las más transitables porque en su territorio se permite confundir racionalidad e irracionalidad. Uno puede legitimar fácilmente sus estrategias de huida: culpar a su pareja, por ejemplo, de que hubo una mirada diferente un día, un parpadeo muy frío que se le clavó en el alma (recuerden la aguja de la desesperación), y que certificó para siempre que nada era ya lo mismo.

Los ámbitos sembrados de sentimientos son los más agradecidos para el insatisfecho convulso. Las carreras profesionales (excluyendo del saco a las víctimas de la contratación temporal) se han convertido en los últimos tiempos en una suerte de amor en los tiempos del cólera (discúlpese la comparativa tramposa, pero entraba fácil).

El patio luce tan así que hasta se ha bautizado el fenómeno: job hopping, aunque se supone que los descritos bajo ese concepto no cambian de trabajo por decepción, sino por estímulo de esa cosa llamada proactividad.

Hay miles de Florentinos Ariza saltando de trabajo en trabajo y anotando muescas en sus currículums, y suspirando mientras llega el momento de encamarse con unas Ferminas Daza (en Quebec, tal vez en Singapur…) de las que, en realidad, conocen bastante poco: no esperan nada concreto, solo saben que lo esperan todo.  Y, mientras tanto, van cumpliendo 29, 30, 31, 37, y ya no son (somos) nadie sin el sonido de fango.

Hay gente (buena gente) que vive con un río de desechos persiguiéndole: imaginad detrás un itinerario de kilómetros de paraísos descartados (trabajos, casas, parejas ideales…) convertidos, ahora, en puro cieno. Siempre huele peor lo que tiempo atrás fue fragante y cautivador. El cambio, la degradación es lo que más nos ofende.

Imaginad: el limo llega cada año (cumples 29, 30, 31, 37) más cerca de las suelas, hasta que un día tu andar se vuelve pegajoso, pesado. Hasta que un día tú no eres tú sin tu sonido de fango.

Hay quienes sueñan obsesivamente, por ejemplo, con vivir en una ciudad concreta que posea una épica muy secundada mediáticamente. Son sueños poco precisados, con apenas contenido: desean que su vida sea «ser» de allí. Otorgan toda su fe a ese «ser», confían en que rellenará las brechas de su felicidad.

El insatisfecho con pedigrí elige los paraísos para que duren. Sabe por instinto que hay que separarlos en el espacio, y en la economía, y en las dinámicas inherentes al contexto vital en el que uno ha ido a nacer. Incluso es mejor elegirlos en sentido contrario a la propia personalidad y necesidades reales. Que seas apocado y asustadizo y sueñes cada noche con vivir en una ciudad hostil o con ser reportero de guerra sería inútil, absurdo; sería, pues, un perfecto combustible para el masoquismo.

Puedes mirar toda tu existencia a través del espejo deformado de tu fantasía; acumular todo lo que sientes como una carencia propia dentro de un cofre y ponerle una cerradura en forma de condicional: «Si viviera allí (si hubiera nacido allí)…». En el fondo, además de absurdo, es tremendamente práctico: alivia creer que una sola llave te liberaría de todos los desasosiegos.

Estos insatisfechos son quizá los únicos humanos capaces de vencer la gravedad. Cuando dibujan uno de sus sueños totales, logran volar. Lo logran, sencillamente, porque consiguen extirparse de la realidad y la materia durante un tiempo, lo suficiente para alcanzar la meta y repudiarla.

Hay personas ensoñadas y prácticas, capaces, en mayor o menor grado, de desmenuzar sus deseos y calibrar dificultades y posibilidades, y, sobre todo, capaces de admitir la arbitrariedad y tolerar ciertas cuotas de fracaso sin declarar, por eso, su vida como zona catastrófica.

Luego están estos: los ensoñados abisales, trágicos. Son embriagadores cuando atraviesan una época de aspiración y fantasía. Son tristes cuando descubren que aquello que buscaban no era suficiente. Su guerra es contra las palabras (y las razones) que no encuentran, y es una guerra sin cuartel.

No soportan las pruebas materiales. Decirles: querías esto y lo tienes. Explotan, se parapetan. Les duele más que les expongan la evidencia de que su rabia no tiene sustento verídico que la supuesta causa de su drama. En ese momento, en cierto grado, veneran su desgracia, se sumergen en ella como en un almíbar tóxico, la queja es una droga que escuece pero narcotiza; ayuda a huir.

Son insaciables porque no saben cartografiar su sueño y están, por tanto, perdidos. Creen que necesitan un objetivo mensurable, pero necesitan otra cosa mucho más difícil de precisar. Quizá su sueño es el silencio: habitar una paz imperturbable, un estado de culminación de cuento que se alargue eternamente. Algo incompatible con seguir respirando, porque seguir respirando es ver brotar matices y rebabas en la plenitud. Y ellos, además, son expertos en tumbarse en un mullido colchón de paja y clavarse la aguja de la desesperación.

No es que no puedan cumplir sus deseos. El problema es que una vez cumplidos son incapaces, por ejemplo, de comprender que la evolución natural de la plenitud es convertirse en rutina y distenderse.

La prueba de que lo bueno dura es que se suaviza su sabor. En vez de eso, los amantes de la insatisfacción lo toman como la prueba de que estaban equivocados o de que han sido engañados o han tropezado en una trampa.

Son expertos, también, en buscar, para demolerla, la viga maestra de lo que habían conseguido construir.

O más preciso: el buen insatisfecho es capaz de convertir en viga maestra cualquier minucia. Basta con que su barrio huela un poco a coliflor: él puede construir a partir de esa peste un tratado lunático de antropología y urbanismo que pruebe que su calle y, por tanto el país que la alberga, es irreparablemente repugnante.

Amores cienos

Las estelas de residuos de esta tribu de insatisfechos están, muchas veces, pobladas de amores caducados.

Cada insatisfecho encuentra su senda: el amor romántico es de las más transitables porque en su territorio se permite confundir racionalidad e irracionalidad. Uno puede legitimar fácilmente sus estrategias de huida: culpar a su pareja, por ejemplo, de que hubo una mirada diferente un día, un parpadeo muy frío que se le clavó en el alma (recuerden la aguja de la desesperación), y que certificó para siempre que nada era ya lo mismo.

Los ámbitos sembrados de sentimientos son los más agradecidos para el insatisfecho convulso. Las carreras profesionales (excluyendo del saco a las víctimas de la contratación temporal) se han convertido en los últimos tiempos en una suerte de amor en los tiempos del cólera (discúlpese la comparativa tramposa, pero entraba fácil).

El patio luce tan así que hasta se ha bautizado el fenómeno: job hopping, aunque se supone que los descritos bajo ese concepto no cambian de trabajo por decepción, sino por estímulo de esa cosa llamada proactividad.

Hay miles de Florentinos Ariza saltando de trabajo en trabajo y anotando muescas en sus currículums, y suspirando mientras llega el momento de encamarse con unas Ferminas Daza (en Quebec, tal vez en Singapur…) de las que, en realidad, conocen bastante poco: no esperan nada concreto, solo saben que lo esperan todo.  Y, mientras tanto, van cumpliendo 29, 30, 31, 37, y ya no son (somos) nadie sin el sonido de fango.

Compártelo twitter facebook whatsapp
He leído y aceptado una trampa
Coches eléctricos: una quimera del XIX
Consejos de Lewis Carroll para escribir bien los mails
Qué hacer cuando todos hacen ruido en Internet
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 8
  • Van 26 y sigo contando los años en los que todavía no encuentro esa ciudad, esas personas, ese trabajo… Pero, ¿qué es lo que busco en verdad sino la ilusión de reducir la incertidumbre a través de objetivos idealizados que me traerían “felicidad”?
    Mientras tanto -mientras busco no sé qué-, me torturo pensando en un pasado que seguramente no aproveché (nótese el círculo vicioso). Caigo, entonces, en un pesimismo romantizado al mejor estilo Poe: “Así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son tienen su orígen en los éxtasis que pudieron haber sido”

    Felicito al autor y a la revista por lo que han creado!

  • Van 26 y sigo contando los años en los que no logro encontrar esa ciudad, esas personas, ese trabajo… Pero, ¿qué es lo que busco en verdad sino la reducción de la incertidumbre a través de objetivos idealizados que me prometen (me prometo a mí mismo) “felicidad”? Y, sin embargo, hubo alguna vez -aquí vuelve a hablar mi fantasía- un tiempo en el que tuve en mis manos eso que siempre me faltaba: “solamente tomé otro camino”, me digo. Caigo, entonces, en un pesimismo romantizado, nostálgico de un pasado que no fue. Mientras tanto me torturo buscando no sé qué, no sé por qué…
    “Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son tienen su orígen en los éxtasis que pudieron haber sido”. Edgar A. Poe

    Felicito al autor y a la revista por lo que han creado!

  • Si bien es una precisa descripción de una realidad… Echo de menos los “porques”, tras esta realidad hay mucho de patológico y patológico involuntario, incontrolable … No decidido. Describir está perfecto … Pero… Y cuáles son las soluciones?

  • Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *