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19 de abril 2013    /   CIENCIA
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La gente más extraña del mundo… los occidentales

19 de abril 2013    /   CIENCIA     por          
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La ilustración de arriba muestra una de las ilusiones ópticas más conocidas estudiada por la psicología: la ficción de que dos líneas rectas representadas en tres dimensiones tienen distinta longitud en función de la perspectiva. Sin embargo, para los bosquimanos del Kalahari no existe tal ilusión: ambas líneas miden exactamente lo mismo.
La conclusión provisional –y necesariamente etnocéntrica- es que los bosquimanos tienen un punto de vista peculiar, “extraño”, que les impide ver lo que a todas luces es una paradoja. Sin embargo, la mayoría de los sujetos no occidentales encuestados no captaron la ilusión óptica; como los bosquimanos, veían las líneas como son: iguales. En realidad, los ‘raros’ somos los occidentales. Hemos crecido en habitaciones en forma de caja y cuya percepción visual está adaptada a este extraño nuevo entorno (nuevo y extraño en términos evolutivos), en el que aprendemos a percibir líneas convergentes en tres dimensiones.
El hallazgo de esta disonancia cultural llevó al investigador Joe Hendrich a sumergirse en el proceloso mundo de los estudios científicos para descubrir que el 96% de los sujetos participantes en estudios psicológicos eran occidentales, y de ellos, el 70% eran estadounidenses. La inmensa mayoría de la investigación –en ciencias sociales y en cualquier otra rama científica- se realiza en centros de investigación occidentales (EE UU, Europa y Japón), de modo que los resultados están sesgados por la abusiva participación de los occidentales y su peculiar (extraña, como veremos) forma de mirar el mundo.
El hecho de que una parte del mundo que representa solo el 12% de la población mundial cope el 96% de los sujetos humanos de los estudios sería intrascendente –puro ruido estadístico- si no fuera por dos motivos que descubrió Hendrich:

1. Las conclusiones de los estudios son automáticamente extrapoladas al resto de la población mundial, convirtiendo en propias de la “naturaleza humana” actitudes que solo son compartidas por un grupo particular.
2. Cuando se realizan estudios interculturales, los occidentales, y más concretamente los estadounidenses, ocupan sistemáticamente un extremo de la tabla de los resultados. En otras palabras, puestos a escoger un grupo de población representativo de todo el rango humano, probablemente el más inapropiado es el que se escoge con más asiduidad.

Joseph Heinrich y sus compañeros de la (muy occidental) Universidad de British Columbia, Steven Heine y Ara Norenzayan, publicaron en 2009 un controvertido artículo titulado ‘The Weirdest People in the World’ [.pdf], un torpedo en la línea de flotación de la metodología de las ciencias sociales. En él, alumbraron el afortunado acrónimo W.E.I.R.D., las siglas de “Western, Educated, Indusstrialized, Rich and Democratic” para referirse a esos extraños sujetos que somos… vosotros y yo.
Un ejemplo aún más flagrante del peso cultural en el comportamiento individual lo ofrece el conocido Juego del Ultimátum, en el que participan dos jugadores, uno de los cuales recibe una cantidad de dinero que debe dividir con el otro participante. Si este rechaza la oferta, los dos se quedan sin dinero. La lógica económica dicta que los jugadores occidentales tenderán a ofrecer un acuerdo del 50-50, y que cuando no exista equidad en la oferta, un jugador tenderá a castigar al otro.
joehenrich
El investigador, echando una partidita con dos machiguengas.
Sin embargo, entre los individuos de la tribu amazónica de los machiguenga a los que Heinrich invitó a jugar el Juego del Ultimátum, los participantes parecían encantados de recibir cualquier oferta, por pequeña que esta fuera: “La idea de rechazar una oferta de dinero gratis les parecía simplemente ridícula”, explica Heinrich. A continuación, el investigador realizó la misma prueba con otros 14 grupos sociales pequeños, de Tanzania a Indonesia, para concluir que la generosidad con el contrincante era la norma y no la excepción, que era el caso entre los occidentales.
Los ejemplos que incluye el artículo sobre la “excepcionalidad cultural occidental” son abundantes, desde la idea de que el amor romántico es la base del matrimonio, apenas sustentada por la mayoría de los no occidentales, para quienes el matrimonio debe preceder al amor, hasta la particularidad del pensamiento analítico occidental frente al razonamiento holítistico de la mayoría del resto de los pueblos del mundo: “En  Occidente desarrollamos la visión de que estamos separados del resto del mundo, lo que podría estar conectado con cómo razonamos”, explica Henrich.
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Si bien los autores del estudio temían ser repudiados por sus colegas –genuinos representantes de la ciencia WEIRD- tras la publicación del mismo, tal y como reconoce Henrich en una entrevista en Pacific Standardr, lo cierto es que sucedió lo contrario: poco a poco, investigadores de diferentes disciplinas –de la neuroimagen a la psicolingüística- entonaron el ‘mea culpa’, reconociendo un hecho que se les había pasado por alto: los participantes en sus estudios casi siempre eran WASP (o WEIRD), de modo que los resultados de los mismos estaban condicionados por este sesgo.
Artículo completo: ‘The Weirdest People in the World’ [.pdf]. Entrevista y artículo en profundidad sobre el artículo en PS Magazine.
 

La ilustración de arriba muestra una de las ilusiones ópticas más conocidas estudiada por la psicología: la ficción de que dos líneas rectas representadas en tres dimensiones tienen distinta longitud en función de la perspectiva. Sin embargo, para los bosquimanos del Kalahari no existe tal ilusión: ambas líneas miden exactamente lo mismo.
La conclusión provisional –y necesariamente etnocéntrica- es que los bosquimanos tienen un punto de vista peculiar, “extraño”, que les impide ver lo que a todas luces es una paradoja. Sin embargo, la mayoría de los sujetos no occidentales encuestados no captaron la ilusión óptica; como los bosquimanos, veían las líneas como son: iguales. En realidad, los ‘raros’ somos los occidentales. Hemos crecido en habitaciones en forma de caja y cuya percepción visual está adaptada a este extraño nuevo entorno (nuevo y extraño en términos evolutivos), en el que aprendemos a percibir líneas convergentes en tres dimensiones.
El hallazgo de esta disonancia cultural llevó al investigador Joe Hendrich a sumergirse en el proceloso mundo de los estudios científicos para descubrir que el 96% de los sujetos participantes en estudios psicológicos eran occidentales, y de ellos, el 70% eran estadounidenses. La inmensa mayoría de la investigación –en ciencias sociales y en cualquier otra rama científica- se realiza en centros de investigación occidentales (EE UU, Europa y Japón), de modo que los resultados están sesgados por la abusiva participación de los occidentales y su peculiar (extraña, como veremos) forma de mirar el mundo.
El hecho de que una parte del mundo que representa solo el 12% de la población mundial cope el 96% de los sujetos humanos de los estudios sería intrascendente –puro ruido estadístico- si no fuera por dos motivos que descubrió Hendrich:

1. Las conclusiones de los estudios son automáticamente extrapoladas al resto de la población mundial, convirtiendo en propias de la “naturaleza humana” actitudes que solo son compartidas por un grupo particular.
2. Cuando se realizan estudios interculturales, los occidentales, y más concretamente los estadounidenses, ocupan sistemáticamente un extremo de la tabla de los resultados. En otras palabras, puestos a escoger un grupo de población representativo de todo el rango humano, probablemente el más inapropiado es el que se escoge con más asiduidad.

Joseph Heinrich y sus compañeros de la (muy occidental) Universidad de British Columbia, Steven Heine y Ara Norenzayan, publicaron en 2009 un controvertido artículo titulado ‘The Weirdest People in the World’ [.pdf], un torpedo en la línea de flotación de la metodología de las ciencias sociales. En él, alumbraron el afortunado acrónimo W.E.I.R.D., las siglas de “Western, Educated, Indusstrialized, Rich and Democratic” para referirse a esos extraños sujetos que somos… vosotros y yo.
Un ejemplo aún más flagrante del peso cultural en el comportamiento individual lo ofrece el conocido Juego del Ultimátum, en el que participan dos jugadores, uno de los cuales recibe una cantidad de dinero que debe dividir con el otro participante. Si este rechaza la oferta, los dos se quedan sin dinero. La lógica económica dicta que los jugadores occidentales tenderán a ofrecer un acuerdo del 50-50, y que cuando no exista equidad en la oferta, un jugador tenderá a castigar al otro.
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El investigador, echando una partidita con dos machiguengas.
Sin embargo, entre los individuos de la tribu amazónica de los machiguenga a los que Heinrich invitó a jugar el Juego del Ultimátum, los participantes parecían encantados de recibir cualquier oferta, por pequeña que esta fuera: “La idea de rechazar una oferta de dinero gratis les parecía simplemente ridícula”, explica Heinrich. A continuación, el investigador realizó la misma prueba con otros 14 grupos sociales pequeños, de Tanzania a Indonesia, para concluir que la generosidad con el contrincante era la norma y no la excepción, que era el caso entre los occidentales.
Los ejemplos que incluye el artículo sobre la “excepcionalidad cultural occidental” son abundantes, desde la idea de que el amor romántico es la base del matrimonio, apenas sustentada por la mayoría de los no occidentales, para quienes el matrimonio debe preceder al amor, hasta la particularidad del pensamiento analítico occidental frente al razonamiento holítistico de la mayoría del resto de los pueblos del mundo: “En  Occidente desarrollamos la visión de que estamos separados del resto del mundo, lo que podría estar conectado con cómo razonamos”, explica Henrich.
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Si bien los autores del estudio temían ser repudiados por sus colegas –genuinos representantes de la ciencia WEIRD- tras la publicación del mismo, tal y como reconoce Henrich en una entrevista en Pacific Standardr, lo cierto es que sucedió lo contrario: poco a poco, investigadores de diferentes disciplinas –de la neuroimagen a la psicolingüística- entonaron el ‘mea culpa’, reconociendo un hecho que se les había pasado por alto: los participantes en sus estudios casi siempre eran WASP (o WEIRD), de modo que los resultados de los mismos estaban condicionados por este sesgo.
Artículo completo: ‘The Weirdest People in the World’ [.pdf]. Entrevista y artículo en profundidad sobre el artículo en PS Magazine.
 

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Opiniones 28
  • Estaba claro que somos los raritos. Si no a quién se le pasaría por la cabeza que una civilización sufriese voluntariamente una cola de días para adquirir un producto que va a salir al mercado masivo.

  • Es al revés, la teoría económica dicta que las personas aceptarían cualquier cantidad, como hacen estos indígenas, ya que cualquier cosa, incluso un céntimo, es mejor que nada. Sin embargo los occidentales rechazan pactos que no sean igualitarios si tienen la creencia de que el dinero ha llegado «por azar», como suele ser el caso del juego del ultimátum. Además estos resultados son consistentes con pruebas similares realizadas con monos, así que dudo mucho de que los raros, en este aspecto, seamos nosotros

    • ¿Los occidentales somos como monos? Quizás. Pero nos deja aún en peor posición. ¿O no?. Este comentario intenta corregir pero creo que corrobora la tesis general del artículo. Aunque de nuevo parece deducir que los monos están «abajo» y a los occidentales «arriba» y los de «en medio» deben ser iguales.

  • Me parece increible que el estado del arte sea el que plantea el artículo. No me creo que se obviase que los estudios fuesen sesgados en una cantidad importante salvo que fuesen realizados así por alguna razón. Conozco a varios investigadores, de otros campos, y jamás se les hubiese pasado por alto algo tan evidente.

  • Es que justamente eso es la cultura: lo que no se ve, y que llevamos incorporando desde que nacemos, y que nos hace ver el mundo de una forma y no de otra; lo que tamiza y configura nuestra representación del entorno; como tituló su libro E.T.Hall: «La dimensión oculta».

  • Además me resulta peculiar que lo normal sean poblaciones con un desarrollo primitivo y un escaso contacto con otras culturas. El mito del buen salvaje again? Un indígena tiene razón por el hecho de ser indígena y adorable?
    Por otra parte aunque no dudo del sesgo W.E.I.R.D, cuando se hacen estudios de ciencias cognitivas como este, se incluye mucho otras sociedades, como esta. Como he comentado antes, para saber si algo es cultural o no incluso se usan simios.

  • Si en la foto aparecen miembros de una tribu amazónica, mi ojete es melanesio. De hecho, me atrevería a decir que se ha fotografiado a gentes de la Melanesia.
    Sinceramente, no creo que este estudio resulte taaan novedoso ni taaan rompedor. Numerosos sociólogos llevan décadas llamando la atención sobre este sesgo, independientemente de que la sociología más canónica siguiera insistiendo en darlo por válido.
    Incluso el hacer penetrar el hecho cultural hasta lo que consideraríamos las capacidades cognitivas más o menos inmutables del ser humano por el mero hecho de serlo, fueron puestas en tela de juicio ya por Durkheim en Las formas elementales de la vida religiosa, libro cuyo leit motiv es en el fondo una crítica de las categorías kantianas (espaciales, temporales, de causalidad, etc.) como puramente occidentales.

  • Este estudio no tiene nada de novedoso. Este sesgo cultural es conocido desde hace décadas en psicología, sociología y antropología. Igual pasa con los tests psicológicos o la de definir como trastorno mental comportamientos que se consideran normales en la mayoría de las culturas no occidentales o pre-industriales También los etnolingüistas conocen varios de estos sesgos culturales, como, por ejemplo, la mejor capacidad para resolver -hablando siempre de manera estadística- cálculos matemáticos entre la población de habla alemana que en comparación con la francófona.
    Igual no está nada mal hacer conocer esto al público no especializado en temas de ciencias sociales.

  • A mí esto me parece un poco una vuelta de tuerca al mito del buen salvaje… Qué buenos son los no occidentales, y nosotros qué raritos y malvados capitalistas alejados de la naturaleza. En realidad lo encuentro bastante racista y, aunque parezca lo contrario, muy de supremacista blanco.

  • Es que tampoco importan las sociedades atrasadas, los esfuerzos deben centrarse en el progreso. Es un lastre para el desarrollo condicionar todo a pueblos subdesarrollados. Como decía Engels en su artículo sobre la lucha magiar («La nueva gaceta renana», enero 1849), deben ser completamente extirpados o deben perder su caracter nacional, pero en cualquier caso debe imponerse la cultura dominante más desarrollada. Habría que replantearse la visión que tenemos del colonialismo: si nos ceñimos a los criterios objetivos, los africanos no han gozado nunca de mejores condiciones de vida que durante la etapa colonial. Ahora, que si a esperanza de vida, renta per cápita, índices de criminalidad, servicios públicos etc. confrontamos los conceptos tan abstractos como vacíos que justifican la descolonización, podemos decir cualquier cosa. Vamos, que por la dignidad nacional es mejor morir a los 50 en la miseria en la dictadura de un caníbal después de haber sido mutilada y violada en grupo cada tres meses, que acanzar los 90 comiendo bien cada día y habiendo disfrutado de una vida tranquila y plena en una colonia.

  • Seguramente los datos se deban a las diferencias en IQ entre distintas partes del mundo y entre etnias. Está claro que tiene mayor IQ un europeo que un bosquimano, básicamente porque el segundo tiene muchos más estímulos.

  • La sociología es una pseudociencia, siempre que se base en estudios cualitativos. Solo es ciencia el estudio cuantitativo, y este sólo es posible si hay grupo de control. Aplíquenselo, por favor.

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