30 de octubre 2017    /   CREATIVIDAD
por
fotografia  Ilustración de Kristian Hammerstad para 'The New York Times'

El insomnio, el mejor amigo del proceso creativo de Kafka

30 de octubre 2017    /   CREATIVIDAD     por        fotografia  Ilustración de Kristian Hammerstad para 'The New York Times'
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Muchos escritores, al abrigo de la noche, escriben más y mejor. Balzac era una criatura nocturna y escribía siempre a partir de la una de la madrugada. La mayoría de los versos de Sylvia Plath se escribieron durante las horas más oscuras de la noche, entre las cuatro y las cinco de la mañana. Las horas que Murakami utiliza para correr, aunque a las seis de la mañana ya ha escrito siempre sus primeros párrafos. Más o menos la misma hora en la que Nabokov daba forma a su Lolita y Margaret Mead estudiaba la concepción sociocultural del sexismo.

Los caminos de la creatividad son impredecibles y los hábitos del sueño han marcado la de infinitud de escritores. No poder dormir, por ejemplo, marcó la prosa de Franz Kafka, insomne impenitente cuya relación con el sueño ha sido pasto de investigaciones de todo tipo. Recientemente, un estudio de The Lancet realizado por Antonio Perciaccante y Alessia Coralli volvió a poner en el candelero la relación de la vigilia con su literatura.

Ambos investigadores afirmaban que Kafka dejó pistas evidentes que relacionan la falta de sueño con su genialidad. El autor sabía moverse en el pantanoso terreno del insomnio y solo allí era capaz de cazar las palabras que construían sus relatos. Es más, según el estudio, La metamorfosis se puede leer hoy como una metáfora de los efectos nocivos del insomnio en el cuerpo.

Lo cierto es que el trastorno del sueño es una constante en su biografía. Lo que sabemos de la vida de Kafka lo conocemos, en parte, por Cartas a Milena, serie epistolar entre el de Praga y la escritora y periodista checa Milena Jesenská que vieron la luz en 1953. Pero, sobre todo, conocemos quién fue Kafka por sus Diarios, doce raídos cuadernos que escribió entre 1910 y 1923, y que su amigo —y posiblemente el traidor que más ha hecho por la literatura universal— Max Brod publicó en 1937 tras prometerle que no lo haría.

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En ambos libros es manifiesta la relación de Kafka con la vigilia. A Milena le contaba que si no fuese por su creciente insomnio, sin duda su salud sería más recia. Mientras que en sus diarios se explicaba a sí mismo por qué era incapaz de dormir: «Mi insomnio solo oculta un gran temor a la muerte. Tal vez temo que mi alma, que cuando duermo me abandona, no pueda regresar al despertar».

De su puño y letra se puede extraer una hagiografía clara del tormento psicológico que le acechaba a deshoras. También, su batalla consciente contra el descanso. «Es cierto que escribió por la noche porque trabajaba de día, pero Kafka también afirmó que era una decisión deliberada porque su mente privada de sueño tenía acceso a pensamientos inaccesibles», afirmó el coautor del estudio.

«Leídas en retrospectiva, las reflexiones de Kafka demuestran ser proféticas», escribió en un interesantísimo artículo al respecto la periodista científica Theresa Fisher. «De acuerdo con las ideas actuales en torno al sueño, la creatividad y las enfermedades mentales, Kafka entendió el insomnio como un embate a su bienestar, pero también como el elemento conductor de su genio».

Kafka sufría de tuberculosis y su delicada salud, sumada a su trastorno del sueño, daban como resultado un cóctel que mostraba a un hombre de personalidad insegura, «con una imagen distorsionada, frágil y ansiosa de sí mismo». Un personaje que construía historias con protagonistas agonizantes, subyugados a un orden que les superaba, condenados a no entender qué les ocurre hasta saberse condenados.

«Creo que este insomnio solo se debe a que escribo», señalaba en uno de sus Diarios. «Tal vez haya otras formas de escritura, pero solo conozco esta. En la noche, cuando el miedo me impide dormir». En ese estado se escribían las páginas de algunos de los relatos más transcendentes del siglo XX.

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La escritura es un sueño lúcido

Se cuentan por centenares los estudios que correlacionan la creatividad con la falta de sueño y con las enfermedades mentales. Sin ir más lejos, el año pasado la investigadora británica Sue Llewllyn se apuntó el tanto de acuñar el término «conciencia desdiferenciada» para describir a personas que saben moverse en estados de conciencia a mitad de camino entre el sueño y la vigilia, el terreno en el que tienen lugar los sueños lúcidos que tanto le gustan a Stephen King. Según Llewllyn, «saber navegar por las aguas de esta marisma mental ofrece acceso a un estadio de excitación creativa absolutamente inabarcable».

En estas aguas escribía el de Praga, imbuido por un estado mental que solo conseguía con el cansancio extremo y la pérdida progresiva de discernimiento entre lo real y lo ficticio. Así lo afirmaba otro estudio también publicado en The Lancet, realizado por Saudamini Deo y Philippe Charlier, que venía a decir que Kafka buscaba siempre un estado creativo de alucinación al borde del sueño.

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Escribía de noche, sabiéndose privado de la capacidad para apagar su mente, porque eso le daba acceso a un oscuro recoveco mental en el que la truculencia de su vida afloraba. «Kafka buscaba estados hipnagógicos autoinducidos (alucinaciones que se producen poco antes de un sueño) que le llevasen a trances durante los que se ponía a escribir», decían los investigadores.

«La tortura de su insomnio era su método preferido y, quizás, el único con el que sabía viajar a las profundidades de su inconsciente», afirmaban Deo y Charlier. Sin la mente llevada a sus límites, sin un estado próximo a la zombificación mental, no habría hombres-cucaracha ni arrestos convertidos en infiernos burocráticos. «Su insomnio traía a la superficie elementos de inconsciencia que guiaban la mayoría de las acciones de nuestro despertar».

«Tanto en la escritura como en el sueño», decía Stephen King en su best-seller autobiográfico Mientras escribo. «Aprendemos a estar físicamente quietos, al mismo tiempo que alentamos a nuestras mentes a desentrañar el pensamiento racional monótono de nuestras vidas diurnas».

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Kafka utilizaba el insomnio como aguja quirúrgica con la que abrirse el cerebro y escarbar en el significado de su existencia en este mundo. Muchas veces, preso de un estado que podría considerarse sueño lúcido. Entonces, y solo entonces, se ponía a escribir textos que no tardaba en odiar de camino a su trabajo. Ejerciendo de ciudadano normal, con horarios normales y preocupaciones mundanas.

Miedo a dormir, miedo a despertar

Más allá del estado mental que le indujese a escribir relatos como El Castillo, el mundo onírico y la preocupación por ver desvanecer nuestro ser cuando dormimos también se encuentra en sus escritos.

En 1956, Theodor W. Adorno se encontraba estudiando los sueños cuando llegó a la conclusión de que «forman un continuo: pertenecen a un mundo unitario de la misma forma que, por ejemplo, todos los relatos de Kafka parecen transcurrir en el mismo sitio». El filósofo alemán, quién sabe si presa también de la vigilia, aseguraba en su obra Sueños que «cuanto más estrechamente conectados están los sueños entre sí, más grande es el peligro de no distinguirlos de la realidad».

La advertencia, ese miedo a no saber diferenciar lo soñado, estaba ya en la literatura de Kafka. Para el autor no había nada más aterrador que dormir, pues corríamos el riesgo de despertar y descubrir que estábamos soñando.

Así lo certificaba Max Brod cuando encontró un párrafo revelador tachado en el manuscrito original de El Proceso. En él, Josef K. decía: «Resulta extraño encontrar todo en el mismo sitio en el que lo dejaste. La vigilia es un estado muy diferente al del sueño y se necesita una gran esfuerzo para situar todos los objetos en el mismo lugar en el que quedaron la noche anterior. Por eso, el instante en el que despertamos es el más arriesgado. Solo si hemos comprobado que seguimos en el mismo sitio, podemos seguir viviendo».

Al fin y al cabo, el inicio de La Metamorfosis era una vuelta de tuerca a este miedo. ¿Y si cuando despiertas, resulta que hay algo que no está en su sitio? «Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregor Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto».

El insomnio siempre fue un buen amigo de Kafka. Su salud empeoraba constantemente, pero la vigilia le permitía escribir cosas que jamás hubiese hecho desde el despacho de su agencia de seguros. Además, le servía para combatir sus miedos. Así que esta noche mejor no dormir, no sea que mañana nos despertemos convertidos en Kafka.

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Los caminos de la creatividad son impredecibles y los hábitos del sueño han marcado la de infinitud de escritores. No poder dormir, por ejemplo, marcó la prosa de Franz Kafka, insomne impenitente cuya relación con el sueño ha sido pasto de investigaciones de todo tipo. Recientemente, un estudio de The Lancet realizado por Antonio Perciaccante y Alessia Coralli volvió a poner en el candelero la relación de la vigilia con su literatura.

Ambos investigadores afirmaban que Kafka dejó pistas evidentes que relacionan la falta de sueño con su genialidad. El autor sabía moverse en el pantanoso terreno del insomnio y solo allí era capaz de cazar las palabras que construían sus relatos. Es más, según el estudio, La metamorfosis se puede leer hoy como una metáfora de los efectos nocivos del insomnio en el cuerpo.

Lo cierto es que el trastorno del sueño es una constante en su biografía. Lo que sabemos de la vida de Kafka lo conocemos, en parte, por Cartas a Milena, serie epistolar entre el de Praga y la escritora y periodista checa Milena Jesenská que vieron la luz en 1953. Pero, sobre todo, conocemos quién fue Kafka por sus Diarios, doce raídos cuadernos que escribió entre 1910 y 1923, y que su amigo —y posiblemente el traidor que más ha hecho por la literatura universal— Max Brod publicó en 1937 tras prometerle que no lo haría.

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En ambos libros es manifiesta la relación de Kafka con la vigilia. A Milena le contaba que si no fuese por su creciente insomnio, sin duda su salud sería más recia. Mientras que en sus diarios se explicaba a sí mismo por qué era incapaz de dormir: «Mi insomnio solo oculta un gran temor a la muerte. Tal vez temo que mi alma, que cuando duermo me abandona, no pueda regresar al despertar».

De su puño y letra se puede extraer una hagiografía clara del tormento psicológico que le acechaba a deshoras. También, su batalla consciente contra el descanso. «Es cierto que escribió por la noche porque trabajaba de día, pero Kafka también afirmó que era una decisión deliberada porque su mente privada de sueño tenía acceso a pensamientos inaccesibles», afirmó el coautor del estudio.

«Leídas en retrospectiva, las reflexiones de Kafka demuestran ser proféticas», escribió en un interesantísimo artículo al respecto la periodista científica Theresa Fisher. «De acuerdo con las ideas actuales en torno al sueño, la creatividad y las enfermedades mentales, Kafka entendió el insomnio como un embate a su bienestar, pero también como el elemento conductor de su genio».

Kafka sufría de tuberculosis y su delicada salud, sumada a su trastorno del sueño, daban como resultado un cóctel que mostraba a un hombre de personalidad insegura, «con una imagen distorsionada, frágil y ansiosa de sí mismo». Un personaje que construía historias con protagonistas agonizantes, subyugados a un orden que les superaba, condenados a no entender qué les ocurre hasta saberse condenados.

«Creo que este insomnio solo se debe a que escribo», señalaba en uno de sus Diarios. «Tal vez haya otras formas de escritura, pero solo conozco esta. En la noche, cuando el miedo me impide dormir». En ese estado se escribían las páginas de algunos de los relatos más transcendentes del siglo XX.

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La escritura es un sueño lúcido

Se cuentan por centenares los estudios que correlacionan la creatividad con la falta de sueño y con las enfermedades mentales. Sin ir más lejos, el año pasado la investigadora británica Sue Llewllyn se apuntó el tanto de acuñar el término «conciencia desdiferenciada» para describir a personas que saben moverse en estados de conciencia a mitad de camino entre el sueño y la vigilia, el terreno en el que tienen lugar los sueños lúcidos que tanto le gustan a Stephen King. Según Llewllyn, «saber navegar por las aguas de esta marisma mental ofrece acceso a un estadio de excitación creativa absolutamente inabarcable».

En estas aguas escribía el de Praga, imbuido por un estado mental que solo conseguía con el cansancio extremo y la pérdida progresiva de discernimiento entre lo real y lo ficticio. Así lo afirmaba otro estudio también publicado en The Lancet, realizado por Saudamini Deo y Philippe Charlier, que venía a decir que Kafka buscaba siempre un estado creativo de alucinación al borde del sueño.

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Escribía de noche, sabiéndose privado de la capacidad para apagar su mente, porque eso le daba acceso a un oscuro recoveco mental en el que la truculencia de su vida afloraba. «Kafka buscaba estados hipnagógicos autoinducidos (alucinaciones que se producen poco antes de un sueño) que le llevasen a trances durante los que se ponía a escribir», decían los investigadores.

«La tortura de su insomnio era su método preferido y, quizás, el único con el que sabía viajar a las profundidades de su inconsciente», afirmaban Deo y Charlier. Sin la mente llevada a sus límites, sin un estado próximo a la zombificación mental, no habría hombres-cucaracha ni arrestos convertidos en infiernos burocráticos. «Su insomnio traía a la superficie elementos de inconsciencia que guiaban la mayoría de las acciones de nuestro despertar».

«Tanto en la escritura como en el sueño», decía Stephen King en su best-seller autobiográfico Mientras escribo. «Aprendemos a estar físicamente quietos, al mismo tiempo que alentamos a nuestras mentes a desentrañar el pensamiento racional monótono de nuestras vidas diurnas».

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Kafka utilizaba el insomnio como aguja quirúrgica con la que abrirse el cerebro y escarbar en el significado de su existencia en este mundo. Muchas veces, preso de un estado que podría considerarse sueño lúcido. Entonces, y solo entonces, se ponía a escribir textos que no tardaba en odiar de camino a su trabajo. Ejerciendo de ciudadano normal, con horarios normales y preocupaciones mundanas.

Miedo a dormir, miedo a despertar

Más allá del estado mental que le indujese a escribir relatos como El Castillo, el mundo onírico y la preocupación por ver desvanecer nuestro ser cuando dormimos también se encuentra en sus escritos.

En 1956, Theodor W. Adorno se encontraba estudiando los sueños cuando llegó a la conclusión de que «forman un continuo: pertenecen a un mundo unitario de la misma forma que, por ejemplo, todos los relatos de Kafka parecen transcurrir en el mismo sitio». El filósofo alemán, quién sabe si presa también de la vigilia, aseguraba en su obra Sueños que «cuanto más estrechamente conectados están los sueños entre sí, más grande es el peligro de no distinguirlos de la realidad».

La advertencia, ese miedo a no saber diferenciar lo soñado, estaba ya en la literatura de Kafka. Para el autor no había nada más aterrador que dormir, pues corríamos el riesgo de despertar y descubrir que estábamos soñando.

Así lo certificaba Max Brod cuando encontró un párrafo revelador tachado en el manuscrito original de El Proceso. En él, Josef K. decía: «Resulta extraño encontrar todo en el mismo sitio en el que lo dejaste. La vigilia es un estado muy diferente al del sueño y se necesita una gran esfuerzo para situar todos los objetos en el mismo lugar en el que quedaron la noche anterior. Por eso, el instante en el que despertamos es el más arriesgado. Solo si hemos comprobado que seguimos en el mismo sitio, podemos seguir viviendo».

Al fin y al cabo, el inicio de La Metamorfosis era una vuelta de tuerca a este miedo. ¿Y si cuando despiertas, resulta que hay algo que no está en su sitio? «Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregor Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto».

El insomnio siempre fue un buen amigo de Kafka. Su salud empeoraba constantemente, pero la vigilia le permitía escribir cosas que jamás hubiese hecho desde el despacho de su agencia de seguros. Además, le servía para combatir sus miedos. Así que esta noche mejor no dormir, no sea que mañana nos despertemos convertidos en Kafka.

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