16 de abril 2018    /   IDEAS
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ilustracion  Miriampersand

Por fin: la ciencia se toma en serio la inspiración

16 de abril 2018    /   IDEAS     por        ilustracion  Miriampersand
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Durante décadas, la ciencia prefirió no ocuparse de los «desechos espiritualoides» de otras épocas; bastaba con guardar silencio. El microscopio era la medida de todo y la inspiración no se apreciaba por ninguna parte. Era cosa de poetas y artistas. No te puedes fiar de esa gente aunque tú, científico brillante, sientas la misma pasión irracional y creativa que ellos. Pertenecían al lado oscuro. El de los místicos, el de los locos, el de los poseídos, el de los genios, el de los farsantes y el de los idiotas.  Pero ya no.

Las innovaciones disruptivas son imposibles sin inspiración y uno de los valores cruciales y más lucrativos de nuestra civilización es la innovación revolucionaria. De hecho, la hemos sometido a un culto religioso: tenemos mártires de la innovación (Galileo), santos de la innovación (Einstein), ángeles caídos de la innovación (Zuckerberg), monstruos de la innovación (inteligencia artificial), Edén de la innovación (Silicon Valley) y hasta videntes y oráculos de la innovación (Harari).

Era cuestión del tiempo que la nube (electrónica) se convirtiera en el cielo de la innovación o que The Economist, cuando parecía que Steve Jobs podía superar el cáncer, se atreviera a llamarlo «el hombre resucitado». ¡Alabado sea Jobs!

En un contexto donde la ciencia ha creado su propia mística para reemplazar a la religión, la inspiración podía rehabilitarse, por fin, como algo más que el despreciable aliento de las musas. Hemos entendido que afecta, como mínimo, a millones de personas a las que les pagan por pensar y a otras muchas que piensan, avariciosillas, aunque no les paguen por hacerlo. Da igual si escriben libros, si diseñan plataformas digitales asombrosas o si construyen o refutan grandes hipótesis científicas. Ya no es un juego ni de élites ni de chiflados.

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Los psicólogos experimentales piden paso a los poetas, que se pueden volver al bar con sus biberones de ginebra, si es que encuentran el camino (¡sírvete otra, Baudelaire!). Los psicólogos, decimos, han venido a proclamar, en este año de la victoria del microscopio, que se puede investigar la inspiración en los laboratorios e incluso identificar, como hacen los autores del libro Wired to Create (Perigee, 2015), sus tres grandes elementos: la evocación, la conciencia y la llamada a la acción.  

La evocación es la reacción emocional ante un recuerdo, una persona, un objeto o una circunstancia que nos lleva a crear algo distinto. Es una pasión embriagadora que nos conduce a un momento en el que somos conscientes de que estamos mirando las cosas como nunca lo habíamos hecho. A veces, ese instante es un susurro en la lluvia; otras, una imagen completa de la solución del problema que nos angustia; en ocasiones, se manifiesta como la necesidad de recorrer un camino que ni siquiera sospechábamos que existía.

El último episodio es la gran llamada de la acción, por la que la inspiración nos exige que pongamos en marcha nuestra creatividad. Entonces, comienzan las contracciones y complicaciones del parto. Hay que darle forma al agua mientras se escurre entre los dedos.

Sin control

Una de las características más inquietantes de este extraño proceso, como apunta Jesús Alcoba en La inspiración: la llama que enciende el alma (Alianza, 2017), es que no depende de la voluntad. No necesitas inspiración para montar un mueble de Ikea; necesitas paciencia. La inspiración no exige ni esfuerzo ni constancia ni que te sorprenda trabajando.

Lo que exige esfuerzo y constancia es dar a luz con nuestras manos aquello que solo podemos intuir, y tocar, con la imaginación. La creatividad no es una cualidad de unos vagos privilegiados; es, simplemente, el acto de amor de los que crean algo nuevo una y otra vez. La inspiración es la visión que agita y sopla sus velas.

Alcoba, que dirige la escuela de negocios de La Salle en Madrid, recuerda que también puede ser una ráfaga súbita de viento que posee a una persona hasta el punto de que, muchas veces, ni sabrá por qué ha creado algo ni puede sentirlo enteramente como propio. Miras un texto, un modelo matemático, una ilustración o una aplicación móvil sin entender muy bien de dónde coño salió la idea.

Cuando hablamos de textos, diseños y obras artísticas, es perfectamente posible que su autor ni siquiera se reconozca en ellos pocos meses o años después y acaricie la posibilidad, como me dijo un Premio Nacional de Narrativa, de descatalogar para siempre sus seis primeros libros. ¡Que se los descarguen por internet! ¡Que se los compren usados!

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Son como cicatrices sobre la piel de otro. Y el autor que discrepa consigo mismo, para darse consuelo, intenta convencerse de que la vida es un aprendizaje. Su opinión de hoy es mejor que la de ayer, afirma… pero, ¡ay!, tampoco está seguro de eso. O no lo estará por mucho tiempo.

No nos hacemos más perfectos, concluirá, nos hacemos más viejos y la inspiración, como todas las pasiones, se apaga hasta que nos quedamos fríos del todo. Lo malo de la inmortalidad es que hay que morirse primero. Y que no se disfruta tanto como la vida. La inspiración, como apuntan muchos estudios psicológicos, es precisamente una invitación a disfrutar de la vida.          

La inspiración es más social de lo que nos gustaría reconocer, y se contagia y se comunica de distintas formas. Una es el propio ejemplo; hablamos, por lo tanto, de personas que inspiran. Otra es la pasión que empuja una creación y que, como apunta Jesús Alcoba, el público suele percibir.

El novelista Jack Kerouac se refería así a la «comunicación telepática» que se producía entre autor y lector. Por último, existen entornos que fomentan la comunicación y las experiencias entre personas muy distintas y que contribuyen a espolear la innovación. La inspiración, entonces, se convierte en un oxígeno eléctrico que desborda los pulmones de los equipos y los anima a dar respuesta a desafíos que nadie puede afrontar individualmente. Es un delirio colectivo con final feliz.

Durante décadas, la ciencia prefirió no ocuparse de los «desechos espiritualoides» de otras épocas; bastaba con guardar silencio. El microscopio era la medida de todo y la inspiración no se apreciaba por ninguna parte. Era cosa de poetas y artistas. No te puedes fiar de esa gente aunque tú, científico brillante, sientas la misma pasión irracional y creativa que ellos. Pertenecían al lado oscuro. El de los místicos, el de los locos, el de los poseídos, el de los genios, el de los farsantes y el de los idiotas.  Pero ya no.

Las innovaciones disruptivas son imposibles sin inspiración y uno de los valores cruciales y más lucrativos de nuestra civilización es la innovación revolucionaria. De hecho, la hemos sometido a un culto religioso: tenemos mártires de la innovación (Galileo), santos de la innovación (Einstein), ángeles caídos de la innovación (Zuckerberg), monstruos de la innovación (inteligencia artificial), Edén de la innovación (Silicon Valley) y hasta videntes y oráculos de la innovación (Harari).

Era cuestión del tiempo que la nube (electrónica) se convirtiera en el cielo de la innovación o que The Economist, cuando parecía que Steve Jobs podía superar el cáncer, se atreviera a llamarlo «el hombre resucitado». ¡Alabado sea Jobs!

En un contexto donde la ciencia ha creado su propia mística para reemplazar a la religión, la inspiración podía rehabilitarse, por fin, como algo más que el despreciable aliento de las musas. Hemos entendido que afecta, como mínimo, a millones de personas a las que les pagan por pensar y a otras muchas que piensan, avariciosillas, aunque no les paguen por hacerlo. Da igual si escriben libros, si diseñan plataformas digitales asombrosas o si construyen o refutan grandes hipótesis científicas. Ya no es un juego ni de élites ni de chiflados.

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Los psicólogos experimentales piden paso a los poetas, que se pueden volver al bar con sus biberones de ginebra, si es que encuentran el camino (¡sírvete otra, Baudelaire!). Los psicólogos, decimos, han venido a proclamar, en este año de la victoria del microscopio, que se puede investigar la inspiración en los laboratorios e incluso identificar, como hacen los autores del libro Wired to Create (Perigee, 2015), sus tres grandes elementos: la evocación, la conciencia y la llamada a la acción.  

La evocación es la reacción emocional ante un recuerdo, una persona, un objeto o una circunstancia que nos lleva a crear algo distinto. Es una pasión embriagadora que nos conduce a un momento en el que somos conscientes de que estamos mirando las cosas como nunca lo habíamos hecho. A veces, ese instante es un susurro en la lluvia; otras, una imagen completa de la solución del problema que nos angustia; en ocasiones, se manifiesta como la necesidad de recorrer un camino que ni siquiera sospechábamos que existía.

El último episodio es la gran llamada de la acción, por la que la inspiración nos exige que pongamos en marcha nuestra creatividad. Entonces, comienzan las contracciones y complicaciones del parto. Hay que darle forma al agua mientras se escurre entre los dedos.

Sin control

Una de las características más inquietantes de este extraño proceso, como apunta Jesús Alcoba en La inspiración: la llama que enciende el alma (Alianza, 2017), es que no depende de la voluntad. No necesitas inspiración para montar un mueble de Ikea; necesitas paciencia. La inspiración no exige ni esfuerzo ni constancia ni que te sorprenda trabajando.

Lo que exige esfuerzo y constancia es dar a luz con nuestras manos aquello que solo podemos intuir, y tocar, con la imaginación. La creatividad no es una cualidad de unos vagos privilegiados; es, simplemente, el acto de amor de los que crean algo nuevo una y otra vez. La inspiración es la visión que agita y sopla sus velas.

Alcoba, que dirige la escuela de negocios de La Salle en Madrid, recuerda que también puede ser una ráfaga súbita de viento que posee a una persona hasta el punto de que, muchas veces, ni sabrá por qué ha creado algo ni puede sentirlo enteramente como propio. Miras un texto, un modelo matemático, una ilustración o una aplicación móvil sin entender muy bien de dónde coño salió la idea.

Cuando hablamos de textos, diseños y obras artísticas, es perfectamente posible que su autor ni siquiera se reconozca en ellos pocos meses o años después y acaricie la posibilidad, como me dijo un Premio Nacional de Narrativa, de descatalogar para siempre sus seis primeros libros. ¡Que se los descarguen por internet! ¡Que se los compren usados!

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Son como cicatrices sobre la piel de otro. Y el autor que discrepa consigo mismo, para darse consuelo, intenta convencerse de que la vida es un aprendizaje. Su opinión de hoy es mejor que la de ayer, afirma… pero, ¡ay!, tampoco está seguro de eso. O no lo estará por mucho tiempo.

No nos hacemos más perfectos, concluirá, nos hacemos más viejos y la inspiración, como todas las pasiones, se apaga hasta que nos quedamos fríos del todo. Lo malo de la inmortalidad es que hay que morirse primero. Y que no se disfruta tanto como la vida. La inspiración, como apuntan muchos estudios psicológicos, es precisamente una invitación a disfrutar de la vida.          

La inspiración es más social de lo que nos gustaría reconocer, y se contagia y se comunica de distintas formas. Una es el propio ejemplo; hablamos, por lo tanto, de personas que inspiran. Otra es la pasión que empuja una creación y que, como apunta Jesús Alcoba, el público suele percibir.

El novelista Jack Kerouac se refería así a la «comunicación telepática» que se producía entre autor y lector. Por último, existen entornos que fomentan la comunicación y las experiencias entre personas muy distintas y que contribuyen a espolear la innovación. La inspiración, entonces, se convierte en un oxígeno eléctrico que desborda los pulmones de los equipos y los anima a dar respuesta a desafíos que nadie puede afrontar individualmente. Es un delirio colectivo con final feliz.

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