24 de mayo 2017    /   DIGITAL
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Inteligencia artificial: no te acongojes (todavía)

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Hasta hace poco más de un siglo, los cuentos que se les contaban a los niños para que no se levantasen de la cama durante toda la noche incluían toda clase de imágenes de pesadilla,  miembros destrozados y personajes horribles. Se quedaban petrificados.

Ahora, esa ficción se ha reencarnado en un género para adultos donde los protagonistas son los robots que aniquilarán nuestra forma de vida y sus irresponsables inventores. Los autómatas son como Frankenstein pero con el negro corazón de Hannibal Lecter. Ya vienen. Ya vienen.

¿Pero vienen de verdad? La respuesta es que sí pero no. Para empezar, la inteligencia artificial se ha anotado grandes progresos como, por ejemplo, que los robots absorban conocimientos nuevos no sólo gracias esos símbolos que únicamente entienden los ingenieros, sino también gracias a lo que perciben a través de sus ‘sentidos’. También es verdad que los autómatas necesitan cada vez menos intervención humana para aprender y comunicarse. Todo eso suele encantarnos.

Lo que nos acongoja es que las máquinas pueden compartir los prejuicios racistas, sexistas o clasistas de sus programadores y usuarios y que se ocupan de una gama cada vez más amplia de tareas, entre las que destacan los trabajos repetitivos o los que priman la velocidad. Somos como esos padres que se escandalizan por los prejuicios que heredan sus hijos de ellos o los que les contagian las malas compañías. También nos parecemos a esos empleados que llevan décadas quejándose del aburrimiento en la oficina y que ahora lloran amargamente por la automatización de los trabajos aburridos. ¿Así que no había problema cuando los hacían los sufridos becarios pero sí lo hay cuando los hacen los robots?

Ciertamente, no debemos pensar solamente en empleos mal pagados o en las tristes cadenas de montaje. Los ricos también lloran: miles de agentes de Bolsa que trabajaban en Wall Street, y que cobraban de media unos 500.000 euros anuales, están perdiéndolo todo. Ellos eran los que identificaban, compraban y vendían más rápido que el resto y ahora, en uno de los grandes departamentos de uno de los principales bancos de inversión de Manhattan, sólo quedan dos de los 200 traders que tuvieron a principios del siglo XXI. El resto es un software que no necesita ni grandes áticos, ni cenas caras ni trajes italianos.

Dicho todo esto, afirmar que la inteligencia artificial es el equivalente de Hannibal Lecter con Jodie Foster un día inspirado de invierno parece mucho decir. Nadie ha demostrado que los robots no vayan a crear tantos empleos como los que van a destruir  (¡hay esperanza para los sastres de Manhattan!), ni que tengan la menor posibilidad de pensar crítica y creativamente como nosotros, ni tampoco parece que sean capaces de ir mucho más allá de las actividades para las que se les ha programado.

Además, estamos abusando de la palabra ‘inteligencia’ hasta convertirla en algo cada vez más estúpido. ¿Un reloj con un sensor es un reloj inteligente? ¿La conexión a internet de una camisa es una demostración de inteligencia? ¿Hay que suponer que un idiota con un smartphone y un smartwatch es un idiota doblemente inteligente? Como se ve, el mundo de los autómatas no solo arroja cuestiones graves y acongojantes, sino que también invita a la admiración del progreso y a esa rara habilidad que nos distingue de los animales y las máquinas: la capacidad de hacer el ridículo, de darnos cuenta y de reírnos de nosotros mismos.

Hasta hace poco más de un siglo, los cuentos que se les contaban a los niños para que no se levantasen de la cama durante toda la noche incluían toda clase de imágenes de pesadilla,  miembros destrozados y personajes horribles. Se quedaban petrificados.

Ahora, esa ficción se ha reencarnado en un género para adultos donde los protagonistas son los robots que aniquilarán nuestra forma de vida y sus irresponsables inventores. Los autómatas son como Frankenstein pero con el negro corazón de Hannibal Lecter. Ya vienen. Ya vienen.

¿Pero vienen de verdad? La respuesta es que sí pero no. Para empezar, la inteligencia artificial se ha anotado grandes progresos como, por ejemplo, que los robots absorban conocimientos nuevos no sólo gracias esos símbolos que únicamente entienden los ingenieros, sino también gracias a lo que perciben a través de sus ‘sentidos’. También es verdad que los autómatas necesitan cada vez menos intervención humana para aprender y comunicarse. Todo eso suele encantarnos.

Lo que nos acongoja es que las máquinas pueden compartir los prejuicios racistas, sexistas o clasistas de sus programadores y usuarios y que se ocupan de una gama cada vez más amplia de tareas, entre las que destacan los trabajos repetitivos o los que priman la velocidad. Somos como esos padres que se escandalizan por los prejuicios que heredan sus hijos de ellos o los que les contagian las malas compañías. También nos parecemos a esos empleados que llevan décadas quejándose del aburrimiento en la oficina y que ahora lloran amargamente por la automatización de los trabajos aburridos. ¿Así que no había problema cuando los hacían los sufridos becarios pero sí lo hay cuando los hacen los robots?

Ciertamente, no debemos pensar solamente en empleos mal pagados o en las tristes cadenas de montaje. Los ricos también lloran: miles de agentes de Bolsa que trabajaban en Wall Street, y que cobraban de media unos 500.000 euros anuales, están perdiéndolo todo. Ellos eran los que identificaban, compraban y vendían más rápido que el resto y ahora, en uno de los grandes departamentos de uno de los principales bancos de inversión de Manhattan, sólo quedan dos de los 200 traders que tuvieron a principios del siglo XXI. El resto es un software que no necesita ni grandes áticos, ni cenas caras ni trajes italianos.

Dicho todo esto, afirmar que la inteligencia artificial es el equivalente de Hannibal Lecter con Jodie Foster un día inspirado de invierno parece mucho decir. Nadie ha demostrado que los robots no vayan a crear tantos empleos como los que van a destruir  (¡hay esperanza para los sastres de Manhattan!), ni que tengan la menor posibilidad de pensar crítica y creativamente como nosotros, ni tampoco parece que sean capaces de ir mucho más allá de las actividades para las que se les ha programado.

Además, estamos abusando de la palabra ‘inteligencia’ hasta convertirla en algo cada vez más estúpido. ¿Un reloj con un sensor es un reloj inteligente? ¿La conexión a internet de una camisa es una demostración de inteligencia? ¿Hay que suponer que un idiota con un smartphone y un smartwatch es un idiota doblemente inteligente? Como se ve, el mundo de los autómatas no solo arroja cuestiones graves y acongojantes, sino que también invita a la admiración del progreso y a esa rara habilidad que nos distingue de los animales y las máquinas: la capacidad de hacer el ridículo, de darnos cuenta y de reírnos de nosotros mismos.

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