27 de junio 2014    /   CINE/TV
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¿Johnny Depp o Scarlett Johansson? Los robots que vivirán con nuestros nietos

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Es curioso que los geeks seamos tan amantes de la ciencia ficción. El séptimo arte lleva décadas atribuyendo a la tecnología, cuando se trata de mirar hacia el futuro, el papel de antagonista. Villanos superordenadores, sanguinarios robots y científicos esquizofrénicos con ansia desmedida de poder son, junto con los mutantes y otras bestias, los malos favoritos del género. Nuestro cine, el de los amantes de lo tecnológico, tiende a ser catastrofista. Las gentes de Hollywood se empeñan en hacer la puñeta a sus vecinos de Silicon Valley.
Hay, por supuesto, honrosas excepciones. En el último año, hemos pasado de la obra maestra de Spike Jonze, Her; a la tristemente clásica tecnofobia de Trascendence, la intrascendente opera prima de Wally Pfister, director de fotografía de cabecera de Chris Nolan. De Scarlett Johansson, el sistema operativo que enamora, al Johnny Depp más insípido de toda su carrera.
La cierto es que no empieza del todo mal. El punto de partida es interesante: un genio de la inteligencia artificial, Will Caster (Depp), pretende crear una máquina capaz de trascender a los humanos. «En poco tiempo, su poder analítico será mayor que la inteligencia colectiva de todas las personas que han pasado por la historia del mundo», afirma el doctor. «¿Un Dios?», le preguntan. Y él responde: «¿No es eso lo que siempre ha hecho el hombre?».
TRANSCENDENCE
En este primer tramo se formulan las incógnitas que debe despejar el científico para pergeñar un sistema operativo que tenga nuestro raciocinio y nuestra habilidad para expresar emociones: ¿qué es la consciencia? ¿Basta con copiar y pegar nuestro cerebro en un ordenador para emularnos? ¿Tenemos algo parecido a un alma? Trascendence, por supuesto, no ofrece las respuestas. Se limita a esquivar las preguntas durante casi dos horas de metraje.
La tecnología representada va perdiendo verosimilitud (realismo nunca tuvo) a medida que avanza la película. Se pintan trazos de big data, de deep learning, de procesamiento del lenguaje natural… Ese ordenador que reconoce al visitante porque ha estudiado con detalle su huella digital, esa inteligencia artificial que accede a las cámaras de vigilancia para geolocalizar a los supuestos terroristas… Todo eso nos suena. Es la conexión entre el presente y ese incierto futuro, sin fecha revelada pero aparentemente próximo, que tratan de establecer los guionistas.
Cierta coherencia sobrevive hasta el ecuador de la cinta y se desvanece justo cuando toca convertir al hombre, que ahora es máquina, en algo aún mayor: una deidad. La escena en que se escenifica la transformación falla en casi todo. El doctor Joseph Tagger (Morgan Freeman) acude a ver al trascendente Will, que le demuestra sus avances pseudocientíficos devolviendo la visión a un ciego, al más puro estilo Jesucristo.
Una alusión bíblica excesiva –y no será la última– que arranca la carcajada del espectador cuando, sin pretenderlo, los guionistas hacen que el recobrado invidente subraye el sensentido. «¡Dios mío!», exclama. «Señor…». Los asistentes a la sala, en ese preciso instante, pueden ir en paz. Lo que viene después es todo un despropósito.
trascendence2
En realidad, el viaje del Johnny Depp robot se asemeja bastante al de Scarlett Johansson, pero la diferencia insalvable está en la forma de resolver cada etapa. Tanto Trascendence como Her exploran la relación entre humanos y máquinas cuando la línea que separa a unos y otros se torna difusa.
En un primer momento, la inteligencia artificial está al servicio del humano. Así sucede con el sistema operativo que habla a Theodor por el auricular antes de que Samantha entre en su vida, con la propia Samantha en un primer momento; y también con PINN, la inteligencia robótica diseñada por Will Caster en Trascendence. Son, no obstante, tecnologías muy distintas: uno es Siri a la enésima potencia, con una interfaz exclusivamente sonora (porque está en la nube), y la otra tiene la presencia de una sala repleta de procesadores cuánticos. Tecnología muy limpia frente a la clásica tecnología estruendosa. Futurismo vs. retrofuturismo.
Ambas cintas cabalgan entre el fetichismo geek y la tecnofobia, pero, una vez más, de forma casi opuesta. En Her, el miedo lo escenifica Theodore, que intuye que entregar su corazón a una máquina tendrá un trágico desenlace. En Trascendence, el terror es terrorismo, neoludismo y guerra abierta, a cañonazo limpio, contra la peligrosa inteligencia artificial. Lo sutil frente a lo tosco, aunque el mensaje sea el mismo: la tecnología es asombrosa, pero hay que andarse con ojo.
Hay que andarse con ojo porque los humanos, a diferencia de los robots, tomamos decisiones con el corazón, decisiones que no responden a una lógica. De ahí que ambas películas dediquen tanto tiempo a navegar en los procelosos mares del sentimiento, zanjando el debate cada una a su manera: por muy inteligentes que sean, por mucho que se parezcan a nosotros, ¿las máquinas son capaces de amar? Esto es Hollywood, amigos, así que la respuesta de ambas cintas es afirmativa.
her3
Pero, también en el plano emocional, Samantha y Will son diferentes. Ella quiere comprenderlo todo, aprender, para ser más humana. Al principio, es como una niña a la que todo le fascina. Llegado el momento, para complecer a su querido Theodore, intenta ser corpórea. Contrata a una chica para que haga su papel en la cama, pero se equivoca: fingir ser otra persona es un error. Si el amor entre un hombre y una máquina pudiera existir, desde luego no sería algo tan físico.
Scarlett Johansson no aparece en ningún momento de la cinta. Jamás se muestra. Johnny Depp, sin embargo, es omnipresente, como su personaje. Mientras Samantha trata de humanizarse, Will va adquiriendo poco a poco las facultades que atribuimos a los dioses: cura al ciego, se vuelve omnipresente, controla el clima, modifica a su antojo la materia y, al tercer día, resucitó de entre los muertos. Por eso Trascendence huele tanto a chamusquina. El guión pierde los papeles cuando olvida que el binomio de la inteligencia artificial son las máquinas y los humanos, no las máquinas y el Creador.
HER
Johnny Depp es más de lo mismo, el robot hollywoodiano de siempre: el que se representa como un humano en una pantalla; el que domina el mundo a través de híbridos, cables y superordenadores; el de la distopía futurista de libro. Scarlett Johansson es la inteligencia artificial de hoy en día llevada al extremo: es el asistente personal del iPhone que de repente piensa y se emociona; es la Wikipedia cuando se conecta para explorar el mundo y aprender de otros ordenadores; es la evolución de los comandos de voz y el clímax del procesamiento del lenguaje natural. Es, en definitiva, creíble, y por eso es tan hermosa.
Trascendence es solo un blockbuster del montón. Y encima de los aburridos.

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Hay, por supuesto, honrosas excepciones. En el último año, hemos pasado de la obra maestra de Spike Jonze, Her; a la tristemente clásica tecnofobia de Trascendence, la intrascendente opera prima de Wally Pfister, director de fotografía de cabecera de Chris Nolan. De Scarlett Johansson, el sistema operativo que enamora, al Johnny Depp más insípido de toda su carrera.
La cierto es que no empieza del todo mal. El punto de partida es interesante: un genio de la inteligencia artificial, Will Caster (Depp), pretende crear una máquina capaz de trascender a los humanos. «En poco tiempo, su poder analítico será mayor que la inteligencia colectiva de todas las personas que han pasado por la historia del mundo», afirma el doctor. «¿Un Dios?», le preguntan. Y él responde: «¿No es eso lo que siempre ha hecho el hombre?».
TRANSCENDENCE
En este primer tramo se formulan las incógnitas que debe despejar el científico para pergeñar un sistema operativo que tenga nuestro raciocinio y nuestra habilidad para expresar emociones: ¿qué es la consciencia? ¿Basta con copiar y pegar nuestro cerebro en un ordenador para emularnos? ¿Tenemos algo parecido a un alma? Trascendence, por supuesto, no ofrece las respuestas. Se limita a esquivar las preguntas durante casi dos horas de metraje.
La tecnología representada va perdiendo verosimilitud (realismo nunca tuvo) a medida que avanza la película. Se pintan trazos de big data, de deep learning, de procesamiento del lenguaje natural… Ese ordenador que reconoce al visitante porque ha estudiado con detalle su huella digital, esa inteligencia artificial que accede a las cámaras de vigilancia para geolocalizar a los supuestos terroristas… Todo eso nos suena. Es la conexión entre el presente y ese incierto futuro, sin fecha revelada pero aparentemente próximo, que tratan de establecer los guionistas.
Cierta coherencia sobrevive hasta el ecuador de la cinta y se desvanece justo cuando toca convertir al hombre, que ahora es máquina, en algo aún mayor: una deidad. La escena en que se escenifica la transformación falla en casi todo. El doctor Joseph Tagger (Morgan Freeman) acude a ver al trascendente Will, que le demuestra sus avances pseudocientíficos devolviendo la visión a un ciego, al más puro estilo Jesucristo.
Una alusión bíblica excesiva –y no será la última– que arranca la carcajada del espectador cuando, sin pretenderlo, los guionistas hacen que el recobrado invidente subraye el sensentido. «¡Dios mío!», exclama. «Señor…». Los asistentes a la sala, en ese preciso instante, pueden ir en paz. Lo que viene después es todo un despropósito.
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En realidad, el viaje del Johnny Depp robot se asemeja bastante al de Scarlett Johansson, pero la diferencia insalvable está en la forma de resolver cada etapa. Tanto Trascendence como Her exploran la relación entre humanos y máquinas cuando la línea que separa a unos y otros se torna difusa.
En un primer momento, la inteligencia artificial está al servicio del humano. Así sucede con el sistema operativo que habla a Theodor por el auricular antes de que Samantha entre en su vida, con la propia Samantha en un primer momento; y también con PINN, la inteligencia robótica diseñada por Will Caster en Trascendence. Son, no obstante, tecnologías muy distintas: uno es Siri a la enésima potencia, con una interfaz exclusivamente sonora (porque está en la nube), y la otra tiene la presencia de una sala repleta de procesadores cuánticos. Tecnología muy limpia frente a la clásica tecnología estruendosa. Futurismo vs. retrofuturismo.
Ambas cintas cabalgan entre el fetichismo geek y la tecnofobia, pero, una vez más, de forma casi opuesta. En Her, el miedo lo escenifica Theodore, que intuye que entregar su corazón a una máquina tendrá un trágico desenlace. En Trascendence, el terror es terrorismo, neoludismo y guerra abierta, a cañonazo limpio, contra la peligrosa inteligencia artificial. Lo sutil frente a lo tosco, aunque el mensaje sea el mismo: la tecnología es asombrosa, pero hay que andarse con ojo.
Hay que andarse con ojo porque los humanos, a diferencia de los robots, tomamos decisiones con el corazón, decisiones que no responden a una lógica. De ahí que ambas películas dediquen tanto tiempo a navegar en los procelosos mares del sentimiento, zanjando el debate cada una a su manera: por muy inteligentes que sean, por mucho que se parezcan a nosotros, ¿las máquinas son capaces de amar? Esto es Hollywood, amigos, así que la respuesta de ambas cintas es afirmativa.
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Pero, también en el plano emocional, Samantha y Will son diferentes. Ella quiere comprenderlo todo, aprender, para ser más humana. Al principio, es como una niña a la que todo le fascina. Llegado el momento, para complecer a su querido Theodore, intenta ser corpórea. Contrata a una chica para que haga su papel en la cama, pero se equivoca: fingir ser otra persona es un error. Si el amor entre un hombre y una máquina pudiera existir, desde luego no sería algo tan físico.
Scarlett Johansson no aparece en ningún momento de la cinta. Jamás se muestra. Johnny Depp, sin embargo, es omnipresente, como su personaje. Mientras Samantha trata de humanizarse, Will va adquiriendo poco a poco las facultades que atribuimos a los dioses: cura al ciego, se vuelve omnipresente, controla el clima, modifica a su antojo la materia y, al tercer día, resucitó de entre los muertos. Por eso Trascendence huele tanto a chamusquina. El guión pierde los papeles cuando olvida que el binomio de la inteligencia artificial son las máquinas y los humanos, no las máquinas y el Creador.
HER
Johnny Depp es más de lo mismo, el robot hollywoodiano de siempre: el que se representa como un humano en una pantalla; el que domina el mundo a través de híbridos, cables y superordenadores; el de la distopía futurista de libro. Scarlett Johansson es la inteligencia artificial de hoy en día llevada al extremo: es el asistente personal del iPhone que de repente piensa y se emociona; es la Wikipedia cuando se conecta para explorar el mundo y aprender de otros ordenadores; es la evolución de los comandos de voz y el clímax del procesamiento del lenguaje natural. Es, en definitiva, creíble, y por eso es tan hermosa.
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