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20 de noviembre 2013    /   IDEAS
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La Internacional Bostezante

20 de noviembre 2013    /   IDEAS     por          
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Todo salió de un bostezo. Alguien estiró sus fauces todo lo que daban de sí y de ahí nació una filosofía. Arrancó entonces el movimiento y de él surgió un manifiesto. La Internacional Bostezante duró lo mismo que un abrir y cerrar de boca. Asomó un día entre los pliegues del sillón que hacen esponjosas esas conversaciones entre amigos en las que cualquier pensamiento es pura plastilina y murió en el momento que alguien alertó de que la pasión con la que bostezaban al mundo había dado la vuelta a su esencia. Los ‘bostezantes’, sin quererlo, empezaban a actuar como activistas.

Habían decidido hacer del bostezo un sable e “irrumpir en el fastidio de lo cotidiano con arrogancia, como una arcada hiperbólica”. Un saludo por la calle iría acompañado de un bostezo. Una declaración de amor tendría un bostezo demoníaco como respuesta. La butaca del teatro sería el trono de una sucesión infinita de bostezos. “Decididamente”, escribe Luigi Amara, “se trataba de un programa de ascendencia punk”.

El ensayista y editor mexicano formaba parte de ese grupo empeñado en “estropear todo momento, cualquier ocasión de regocijo y esperanza, de felicidad y aun de tristeza, con la dinamita temible del bostezo”.

Ese “movimiento efímero y sin futuro” nació de la pesadumbre del “descreimiento de cambio social” y la “falta de esperanza política”. Los fundadores de esta internacional rondan los 40 años y sus pensamientos se forjaron en la sombra de unos padres que protagonizaron la esperanza del 68. “Nos sentimos como si no hubiera nada que hacer. Es un ánimo sombrío e individualista”, relata Amara sobre los pliegues de un antiguo sillón en un café de México DF. “El sistema nos comió. Aquel día hablábamos de que, quizá, de esa apatía pudiera surgir algo. Decidimos que había que tocar fondo y, de tanto aburrimiento, tendría que salir algo. Pensamos que de la sequía podría emerger la revolución”.

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Sillón pop

LA APARICIÓN

No emergió. Pero, al menos, queda “una estela” de ese movimiento que duró “lo que una burbuja de jabón” en un libro titulado La escuela del aburrimiento. Amara empezó a escribirlo un día en que el tedio llegó, se sentó y se acomodó, plácidamente, en la poltrona. El poeta mexicano lo descubrió, en su habitación, por sorpresa. “Encontré al aburrimiento echado en mi sillón, las manos detrás de la cabeza, desparramado a sus anchas. Estaba allí, se diría que esperándome, aunque en realidad no parecía esperar ya nada de nada. Me miraba fijamente como si él no estuviera allí, en mi propio sillón, con esa pinta desenfadada de inquilino incómodo, con ese aire de desafío que adoptan los que ya no piensan irse nunca de la casa”.

El tedio se había hecho con todo el espacio pero el ensayista no encontró el ángulo en el que dos fuerzas se miran frente a frente. “Había algo en su presencia bostezante que me hacía sentir un intruso. Algo en sus facciones, en su manera insistente y hueca de mirar, me arrastraba hacia un extraño abismo de somnolencia”.

La convivencia era un fastidio. Amara estiraba el tiempo fuera de su departamento para no aguantar su aliento. Pero el intruso no se iba. “Como estaba claro que no tenía intenciones de marcharse y ya en el sillón se había marcado su contorno, la tibia insolencia de su peso, decidí probar a hacer su retrato”. Llevó diez años dibujar su estampa. El escritor intentó desnudarlo sin piedad. Buscó su rastro en los escritos de filósofos y literatos de todos los tiempos. Lo buscó en soledad encerrándose con él y lo buscó entre la multitud viajando a la capital mundial del tedio. El informe final consta de casi 300 páginas tituladas La escuela del aburrimiento.

LA PESQUISA

El tedio se halla amenazado de muerte. “Se encuentra a un paso de ser desterrado de la superficie del mundo”, escribe Amara. “El frenesí se ha apoderado de casi todas las actividades, el vértigo atraviesa las emociones, cada día sale a la venta un nuevo artilugio para matar el tiempo. Más información, más simultaneidad, más aceleración y más enlaces (…). La diversión elevada a un deber”.

El poeta cuenta que empezó a interesarse por esta sensación porque descubrió que “es un estado del alma desclasado. No tiene el pedigrí de la melancolía y, sin embargo, siempre está ahí”. Hoy es un enemigo al que vencer, pero ¿lo fue siempre? El escritor arrancó de esa cuestión. “Me preguntaba si había una comunidad de aburridos a lo largo de la historia”. La respuesta para el mexicano fue sí. “Hay descripciones tan vívidas de monjes de la antigüedad que es imposible que no existiera el aburrimiento”, dice. “Séneca hablaba del taedium vitae, la triste y agria paciencia con que los hombres soportan su propia ociosidad”.

La sensación existía pero, según Amara, la condensación de este sentir en una palabra es reciente. Ocurrió en el siglo XVIII y “está ligada a la revolución industrial”. El capitalismo se ocupó de elevarla al peor mal en la Tierra y construyó imperios destinados a combatirla. “Hay un latido político-económico detrás. La publicidad se encarga de que no te aburras nunca y realices actividades que te obliguen a consumir. Hemos perdido muchas cosas importantes en nombre de la diversión”, indica. “Piensa en un invierno de la Edad Media. No hacían nada pero se las apañaban para estar mentalmente activos. No tenían el estrés de hoy por tener una actividad incesante”.

“La boca del aburrimiento abriéndose hasta formar un bostezo colosal que amenaza con engullirnos”, antes, no daba miedo, según Amara. Hoy da pavor. La civilización actual “ha llegado a la cúspide de su ansiedad”. El libro declara que “el trabajo está por encima del ocio, el entretenimiento por encima de la contemplación, el estruendo por encima del silencio. Y todo porque cada vez estamos menos capacitados para soportarnos a nosotros mismos”. Algo así como estrujar al máximo lo que Pascal ya dijo en el XVII: “El yo es odioso”.

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Retrato de Thoreau realizado por Benjamin D. Maxham en junio de 1856 (Wikipedia)

EL EXPERIMENTO

Hay algo de cazador de fantasmas en el que busca el alma del tedio. Algo de cazador de tormentas. Algo de cazador de monstruo de las nieves. Amara decidió convertirse en “el caldo de cultivo del aburrimiento” para bajar hasta sus más profundas catacumbas. Allí podía estar el corazón de la bestia. El autor recordó las ‘cabañas filosóficas’. Esos lugares remotos donde se han alojado cientos de pensadores a lo largo de la historia para huir del zumbido enfangado de la civilización.

Henry David Thoreau huyó al bosque en la primavera de 1845. El estadounidense se encerró para buscarse a sí mismo y nueve años después publicó los pensamientos nacidos de esta autoimpuesta autarquía en Walden. El libro deja ver “referencias continuas sobre la melancolía y el aburrimiento, o más bien sobre su notoria disminución y ausencia, pues lo que descubre Thoreau es que quien regula sus días conforme a sus deseos y según la mejor forma de vivir a su alcance —arando, como quien dice, el campo de sus propios intereses— no puede aburrirse ni caer presa de los vapores de la bilis negra”, escribe Amara. “Para alguien dispuesto a abandonarse a merced de sus pensamientos, que no permite que sus horas sean carcomidas por el tic-tac del reloj, que ni siquiera para mientes en cómo transcurren los minutos, no hay paisaje más apasionante que el mapa en blanco de su propio interior en la tarea de reinventarse”.

EL CLAUSTRO

“Declaro que fue una mañana de domingo cuando decidí mirar de frente al monstruo del aburrimiento y encerrarme en mi cuarto. (…) Era verano, las moscas se paseaban por el aire inmortal, y con la intención de situarme en el lado correcto de la habitación doble de Baudelaire, ya liberado de las preocupaciones y de toda carga, eché llave a la cerradura”.

Amara iba a pasar 40 días a puerta cerrada. Aunque dejó una ventana abierta por si el tedio quería pasar. “Decidí que fueran 40 días, como la estancia de Cristo en el desierto”, relata. “Era un experimento para ver si el aburrimiento tenía algo que decirme”. El ensayista lo haría en silencio. Sin aclamar su hazaña. “No era necesaria ninguna aclaración, ninguna carta de despedida. No tenía objeto que mi repliegue estuviera marcado por el énfasis, como un oso que anuncia a los cuatro vientos el inicio del invierno en pleno mes de agosto. Simplemente desaparecería”. Haría lo que Pessoa recomendó en su Libro del desasosiego: “Vuélvete para los demás una esfinge absurda. Enciérrate, pero sin dar un portazo, en tu torre de marfil. Y tu torre de marfil eres tú mismo. Desprécialo todo, pero de modo que el despreciar no te cause molestias. No te juzgues superior a tu despreciar. El arte del desprecio está en eso”.

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Tristan Tzara (Wikimedia.org)

La preparación del retiro emocionó al autor tanto como el que organiza una expedición a tierras ocultas. Enarboló la frase de Tristan Tzara: ‘Hay que bajar al barranco que es dios cuando bosteza‘, y apuntó: “siguiendo sus pasos, mi cometido era descender a ese barranco monstruoso, que imaginaba de las proporciones de una falla geológica; pasar el tiempo a solas, sin más compañía que la de una vela encendida y sin más recuerdos que los que yo mismo, por medio de la imaginación y el pensamiento, pudiera brindarme. Enroscarme en mi privilegio de silencio. Y tal era el entusiasmo que me despertaban los preparativos de mi plan que estuve a punto de repetir en voz alta aquel parlamento invaluable de Hamlet: Pudiera ser prisionero de una nuez y sentirme rey del espacio infinito”.

Esa infinitud estaría solo en su cabeza porque, para empezar, limitó su mundo a las paredes de su habitación. “Primera medida: desterrar de mi cuarto la hiperconectividad, quemar las naves del océano telemático. Desconectar el teléfono y la televisión, bloquear internet, todos los cables de interconexión que pudieran salvarme de la isla desierta de mi cuarto”. Lo que sí se permitió fue un buen puñado de pensamientos. Diez libros para 40 días. “Lo comparo con Robinson Crusoe”, indica el ensayista. “Creo que es una novela sobre el aburrimiento y la desesperanza de un hombre. Él, al menos, tenía libros. Entonces pensé que yo también podía tenerlos”.

El tiempo, incluso con libros, se estiraba como una masa pegajosa pegada a la piel. Amara empezó a elaborar listas: ‘cosas monótonas que no producen fastidio’, ‘incidentes minúsculos’…

LA INTOXICACIÓN

Del desierto de su habitación pasó al desierto de neón. De las horas vacías pasó a las horas abarrotadas. Amara se fue siete días a Las Vegas, “la ciudad más iluminada y sombría del mundo”, “la llamada superpotencia del entretenimiento”. Allí “todo está hecho para que no te aburras”, comenta, “pero te das cuenta de que llamamos diversión a lo que no es más que aburrimiento. Soportamos largas colas, las personas frente a las tragaperras tienen caras impasibles… Parece que hay bullicio pero, en realidad, no hay nada”.

El derroche de luz artificial y el ruido estrepitoso pretenden silenciar el vacío. O, como escribe Amara, “solo una ciudad sombría y desolada precisa de millones y millones de kilovatios que contrarresten su verdadera naturaleza interior”. Aunque todo es cartón piedra y está absolutamente medido. Los casinos están alumbrados en un atardecer eterno y no hay ningún reloj que insinúe que podría haber un fin. En Las Vegas “la sensación de libertad y desenfreno corre sobre un riel engrasado (…) En el desierto de Nevada hay que adorar en todo momento al dios pagano del fun”.

Dice Amara que después de sus viajes fuera y dentro de sí cree haber descubierto que “el aburrimiento está ligado a la falta de sentido”. “Incluso que la carga más desesperante deja de ser fastidiosa si tiene sentido para ti. La clave es estar implicado y mentalmente involucrado con una actividad. Es un desgaste del sentido y a la vez la presión de encontrar sentido a las cosas”, indica. “Hay también un cierto malestar aprendido. Hay toda una carga publicitaria y política detrás”.

El tedio no es el enemigo. Pudiera ser incluso un aliado. Amara cree que “hay que aprender a vivir apasionadamente aun el aburrimiento”. Porque, como escribió el matemático, filósofo e historiador Bertrand Russell en la Inglaterra del XX, “una generación incapaz de soportar el aburrimiento será una generación de hombres pequeños, de hombres excesivamente disociados de los lentos procesos de la naturaleza, de hombres en los que todos los impulsos vitales se marchitan poco a poco, como las flores cortadas en un jarrón”.

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Las Vegas

Nada es tan insoportable para el hombre como estar en pleno reposo, sin pasiones, sin quehacer, sin cuidado. Siente entonces su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío. Al punto saldrá del fondo de su alma el tedio, el entenebrecimiento, la tristeza, el mal humor, el despecho, el desespero. (Pascal)

Contra el tedio hasta los propios dioses luchan en vano. (Nietzsche)

El patrimonio que más nos pertenece: las horas en las que no hemos hecho nada… Son ellas las que nos forman, las que nos individualizan, las que nos vuelven desemejantes. (Cioran)

Una de las piedras de toque más seguras para conocer la fuerza de un hombre es su capacidad para resistir el aburrimiento. (Pla)

El tiempo que las necesidades físicas nos deja libre es bastante poco, y solo los mentecatos dejarían pasar los breves instantes, los días o los meses, haciendo cosas inútiles, hablando de cosas vanas y pensando en cosas superfluas: viviendo, en fin, una vida estéril. (Kenko)

Como si pudiese matar el tiempo sin dañar la eternidad. (Thoreau)

Si algo resulta aburrido después de dos minutos, prueba durante cuatro. Si continúa siendo aburrido, prueba durante ocho, dieciséis, treinta y dos, etcétera. Uno descubre eventualmente que no es aburrido en absoluto, sino muy interesante. (John Cage)

Foto de portada: BarchBot, reproducido bajo licencia CC (Wikimedia.org)

Foto Sillón pop: De Wicker Paradise, reproducido bajo licencia CC.

Foto de Las Vegas: Moyan Brenn, reproducida bajo licencia CC.

Todo salió de un bostezo. Alguien estiró sus fauces todo lo que daban de sí y de ahí nació una filosofía. Arrancó entonces el movimiento y de él surgió un manifiesto. La Internacional Bostezante duró lo mismo que un abrir y cerrar de boca. Asomó un día entre los pliegues del sillón que hacen esponjosas esas conversaciones entre amigos en las que cualquier pensamiento es pura plastilina y murió en el momento que alguien alertó de que la pasión con la que bostezaban al mundo había dado la vuelta a su esencia. Los ‘bostezantes’, sin quererlo, empezaban a actuar como activistas.

Habían decidido hacer del bostezo un sable e “irrumpir en el fastidio de lo cotidiano con arrogancia, como una arcada hiperbólica”. Un saludo por la calle iría acompañado de un bostezo. Una declaración de amor tendría un bostezo demoníaco como respuesta. La butaca del teatro sería el trono de una sucesión infinita de bostezos. “Decididamente”, escribe Luigi Amara, “se trataba de un programa de ascendencia punk”.

El ensayista y editor mexicano formaba parte de ese grupo empeñado en “estropear todo momento, cualquier ocasión de regocijo y esperanza, de felicidad y aun de tristeza, con la dinamita temible del bostezo”.

Ese “movimiento efímero y sin futuro” nació de la pesadumbre del “descreimiento de cambio social” y la “falta de esperanza política”. Los fundadores de esta internacional rondan los 40 años y sus pensamientos se forjaron en la sombra de unos padres que protagonizaron la esperanza del 68. “Nos sentimos como si no hubiera nada que hacer. Es un ánimo sombrío e individualista”, relata Amara sobre los pliegues de un antiguo sillón en un café de México DF. “El sistema nos comió. Aquel día hablábamos de que, quizá, de esa apatía pudiera surgir algo. Decidimos que había que tocar fondo y, de tanto aburrimiento, tendría que salir algo. Pensamos que de la sequía podría emerger la revolución”.

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Sillón pop

LA APARICIÓN

No emergió. Pero, al menos, queda “una estela” de ese movimiento que duró “lo que una burbuja de jabón” en un libro titulado La escuela del aburrimiento. Amara empezó a escribirlo un día en que el tedio llegó, se sentó y se acomodó, plácidamente, en la poltrona. El poeta mexicano lo descubrió, en su habitación, por sorpresa. “Encontré al aburrimiento echado en mi sillón, las manos detrás de la cabeza, desparramado a sus anchas. Estaba allí, se diría que esperándome, aunque en realidad no parecía esperar ya nada de nada. Me miraba fijamente como si él no estuviera allí, en mi propio sillón, con esa pinta desenfadada de inquilino incómodo, con ese aire de desafío que adoptan los que ya no piensan irse nunca de la casa”.

El tedio se había hecho con todo el espacio pero el ensayista no encontró el ángulo en el que dos fuerzas se miran frente a frente. “Había algo en su presencia bostezante que me hacía sentir un intruso. Algo en sus facciones, en su manera insistente y hueca de mirar, me arrastraba hacia un extraño abismo de somnolencia”.

La convivencia era un fastidio. Amara estiraba el tiempo fuera de su departamento para no aguantar su aliento. Pero el intruso no se iba. “Como estaba claro que no tenía intenciones de marcharse y ya en el sillón se había marcado su contorno, la tibia insolencia de su peso, decidí probar a hacer su retrato”. Llevó diez años dibujar su estampa. El escritor intentó desnudarlo sin piedad. Buscó su rastro en los escritos de filósofos y literatos de todos los tiempos. Lo buscó en soledad encerrándose con él y lo buscó entre la multitud viajando a la capital mundial del tedio. El informe final consta de casi 300 páginas tituladas La escuela del aburrimiento.

LA PESQUISA

El tedio se halla amenazado de muerte. “Se encuentra a un paso de ser desterrado de la superficie del mundo”, escribe Amara. “El frenesí se ha apoderado de casi todas las actividades, el vértigo atraviesa las emociones, cada día sale a la venta un nuevo artilugio para matar el tiempo. Más información, más simultaneidad, más aceleración y más enlaces (…). La diversión elevada a un deber”.

El poeta cuenta que empezó a interesarse por esta sensación porque descubrió que “es un estado del alma desclasado. No tiene el pedigrí de la melancolía y, sin embargo, siempre está ahí”. Hoy es un enemigo al que vencer, pero ¿lo fue siempre? El escritor arrancó de esa cuestión. “Me preguntaba si había una comunidad de aburridos a lo largo de la historia”. La respuesta para el mexicano fue sí. “Hay descripciones tan vívidas de monjes de la antigüedad que es imposible que no existiera el aburrimiento”, dice. “Séneca hablaba del taedium vitae, la triste y agria paciencia con que los hombres soportan su propia ociosidad”.

La sensación existía pero, según Amara, la condensación de este sentir en una palabra es reciente. Ocurrió en el siglo XVIII y “está ligada a la revolución industrial”. El capitalismo se ocupó de elevarla al peor mal en la Tierra y construyó imperios destinados a combatirla. “Hay un latido político-económico detrás. La publicidad se encarga de que no te aburras nunca y realices actividades que te obliguen a consumir. Hemos perdido muchas cosas importantes en nombre de la diversión”, indica. “Piensa en un invierno de la Edad Media. No hacían nada pero se las apañaban para estar mentalmente activos. No tenían el estrés de hoy por tener una actividad incesante”.

“La boca del aburrimiento abriéndose hasta formar un bostezo colosal que amenaza con engullirnos”, antes, no daba miedo, según Amara. Hoy da pavor. La civilización actual “ha llegado a la cúspide de su ansiedad”. El libro declara que “el trabajo está por encima del ocio, el entretenimiento por encima de la contemplación, el estruendo por encima del silencio. Y todo porque cada vez estamos menos capacitados para soportarnos a nosotros mismos”. Algo así como estrujar al máximo lo que Pascal ya dijo en el XVII: “El yo es odioso”.

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Retrato de Thoreau realizado por Benjamin D. Maxham en junio de 1856 (Wikipedia)

EL EXPERIMENTO

Hay algo de cazador de fantasmas en el que busca el alma del tedio. Algo de cazador de tormentas. Algo de cazador de monstruo de las nieves. Amara decidió convertirse en “el caldo de cultivo del aburrimiento” para bajar hasta sus más profundas catacumbas. Allí podía estar el corazón de la bestia. El autor recordó las ‘cabañas filosóficas’. Esos lugares remotos donde se han alojado cientos de pensadores a lo largo de la historia para huir del zumbido enfangado de la civilización.

Henry David Thoreau huyó al bosque en la primavera de 1845. El estadounidense se encerró para buscarse a sí mismo y nueve años después publicó los pensamientos nacidos de esta autoimpuesta autarquía en Walden. El libro deja ver “referencias continuas sobre la melancolía y el aburrimiento, o más bien sobre su notoria disminución y ausencia, pues lo que descubre Thoreau es que quien regula sus días conforme a sus deseos y según la mejor forma de vivir a su alcance —arando, como quien dice, el campo de sus propios intereses— no puede aburrirse ni caer presa de los vapores de la bilis negra”, escribe Amara. “Para alguien dispuesto a abandonarse a merced de sus pensamientos, que no permite que sus horas sean carcomidas por el tic-tac del reloj, que ni siquiera para mientes en cómo transcurren los minutos, no hay paisaje más apasionante que el mapa en blanco de su propio interior en la tarea de reinventarse”.

EL CLAUSTRO

“Declaro que fue una mañana de domingo cuando decidí mirar de frente al monstruo del aburrimiento y encerrarme en mi cuarto. (…) Era verano, las moscas se paseaban por el aire inmortal, y con la intención de situarme en el lado correcto de la habitación doble de Baudelaire, ya liberado de las preocupaciones y de toda carga, eché llave a la cerradura”.

Amara iba a pasar 40 días a puerta cerrada. Aunque dejó una ventana abierta por si el tedio quería pasar. “Decidí que fueran 40 días, como la estancia de Cristo en el desierto”, relata. “Era un experimento para ver si el aburrimiento tenía algo que decirme”. El ensayista lo haría en silencio. Sin aclamar su hazaña. “No era necesaria ninguna aclaración, ninguna carta de despedida. No tenía objeto que mi repliegue estuviera marcado por el énfasis, como un oso que anuncia a los cuatro vientos el inicio del invierno en pleno mes de agosto. Simplemente desaparecería”. Haría lo que Pessoa recomendó en su Libro del desasosiego: “Vuélvete para los demás una esfinge absurda. Enciérrate, pero sin dar un portazo, en tu torre de marfil. Y tu torre de marfil eres tú mismo. Desprécialo todo, pero de modo que el despreciar no te cause molestias. No te juzgues superior a tu despreciar. El arte del desprecio está en eso”.

tristan
Tristan Tzara (Wikimedia.org)

La preparación del retiro emocionó al autor tanto como el que organiza una expedición a tierras ocultas. Enarboló la frase de Tristan Tzara: ‘Hay que bajar al barranco que es dios cuando bosteza‘, y apuntó: “siguiendo sus pasos, mi cometido era descender a ese barranco monstruoso, que imaginaba de las proporciones de una falla geológica; pasar el tiempo a solas, sin más compañía que la de una vela encendida y sin más recuerdos que los que yo mismo, por medio de la imaginación y el pensamiento, pudiera brindarme. Enroscarme en mi privilegio de silencio. Y tal era el entusiasmo que me despertaban los preparativos de mi plan que estuve a punto de repetir en voz alta aquel parlamento invaluable de Hamlet: Pudiera ser prisionero de una nuez y sentirme rey del espacio infinito”.

Esa infinitud estaría solo en su cabeza porque, para empezar, limitó su mundo a las paredes de su habitación. “Primera medida: desterrar de mi cuarto la hiperconectividad, quemar las naves del océano telemático. Desconectar el teléfono y la televisión, bloquear internet, todos los cables de interconexión que pudieran salvarme de la isla desierta de mi cuarto”. Lo que sí se permitió fue un buen puñado de pensamientos. Diez libros para 40 días. “Lo comparo con Robinson Crusoe”, indica el ensayista. “Creo que es una novela sobre el aburrimiento y la desesperanza de un hombre. Él, al menos, tenía libros. Entonces pensé que yo también podía tenerlos”.

El tiempo, incluso con libros, se estiraba como una masa pegajosa pegada a la piel. Amara empezó a elaborar listas: ‘cosas monótonas que no producen fastidio’, ‘incidentes minúsculos’…

LA INTOXICACIÓN

Del desierto de su habitación pasó al desierto de neón. De las horas vacías pasó a las horas abarrotadas. Amara se fue siete días a Las Vegas, “la ciudad más iluminada y sombría del mundo”, “la llamada superpotencia del entretenimiento”. Allí “todo está hecho para que no te aburras”, comenta, “pero te das cuenta de que llamamos diversión a lo que no es más que aburrimiento. Soportamos largas colas, las personas frente a las tragaperras tienen caras impasibles… Parece que hay bullicio pero, en realidad, no hay nada”.

El derroche de luz artificial y el ruido estrepitoso pretenden silenciar el vacío. O, como escribe Amara, “solo una ciudad sombría y desolada precisa de millones y millones de kilovatios que contrarresten su verdadera naturaleza interior”. Aunque todo es cartón piedra y está absolutamente medido. Los casinos están alumbrados en un atardecer eterno y no hay ningún reloj que insinúe que podría haber un fin. En Las Vegas “la sensación de libertad y desenfreno corre sobre un riel engrasado (…) En el desierto de Nevada hay que adorar en todo momento al dios pagano del fun”.

Dice Amara que después de sus viajes fuera y dentro de sí cree haber descubierto que “el aburrimiento está ligado a la falta de sentido”. “Incluso que la carga más desesperante deja de ser fastidiosa si tiene sentido para ti. La clave es estar implicado y mentalmente involucrado con una actividad. Es un desgaste del sentido y a la vez la presión de encontrar sentido a las cosas”, indica. “Hay también un cierto malestar aprendido. Hay toda una carga publicitaria y política detrás”.

El tedio no es el enemigo. Pudiera ser incluso un aliado. Amara cree que “hay que aprender a vivir apasionadamente aun el aburrimiento”. Porque, como escribió el matemático, filósofo e historiador Bertrand Russell en la Inglaterra del XX, “una generación incapaz de soportar el aburrimiento será una generación de hombres pequeños, de hombres excesivamente disociados de los lentos procesos de la naturaleza, de hombres en los que todos los impulsos vitales se marchitan poco a poco, como las flores cortadas en un jarrón”.

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Las Vegas

Nada es tan insoportable para el hombre como estar en pleno reposo, sin pasiones, sin quehacer, sin cuidado. Siente entonces su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío. Al punto saldrá del fondo de su alma el tedio, el entenebrecimiento, la tristeza, el mal humor, el despecho, el desespero. (Pascal)

Contra el tedio hasta los propios dioses luchan en vano. (Nietzsche)

El patrimonio que más nos pertenece: las horas en las que no hemos hecho nada… Son ellas las que nos forman, las que nos individualizan, las que nos vuelven desemejantes. (Cioran)

Una de las piedras de toque más seguras para conocer la fuerza de un hombre es su capacidad para resistir el aburrimiento. (Pla)

El tiempo que las necesidades físicas nos deja libre es bastante poco, y solo los mentecatos dejarían pasar los breves instantes, los días o los meses, haciendo cosas inútiles, hablando de cosas vanas y pensando en cosas superfluas: viviendo, en fin, una vida estéril. (Kenko)

Como si pudiese matar el tiempo sin dañar la eternidad. (Thoreau)

Si algo resulta aburrido después de dos minutos, prueba durante cuatro. Si continúa siendo aburrido, prueba durante ocho, dieciséis, treinta y dos, etcétera. Uno descubre eventualmente que no es aburrido en absoluto, sino muy interesante. (John Cage)

Foto de portada: BarchBot, reproducido bajo licencia CC (Wikimedia.org)

Foto Sillón pop: De Wicker Paradise, reproducido bajo licencia CC.

Foto de Las Vegas: Moyan Brenn, reproducida bajo licencia CC.

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Opiniones 2
  • Me evocais mi soltería, cuando me chiflaba mirar al techo tirada en un sofá. Así sin más. Y juro que lo disfrutaba, que aunque mi abuela me llamaba haragana a mi me importaba un pito y seguía con mis bostezos.
    Hoy soy mamá de tres cahorros y cuando caigo por fin en el sofá es para desmayarme.

    Genial post, enhorabuena.

    Desde mi tedio imaginario, besos.

    Mamá Curra

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