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30 de julio 2015    /   DIGITAL
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Una multinacional tecnológica vigila desde el espacio los viñedos de La Rioja

30 de julio 2015    /   DIGITAL     por          
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Una convergencia invisible está revolucionando lenta y segura los sectores más tradicionales. La coctelera llena de datos masivos e internet de las cosas es como una silenciosa bomba de neutrones que revienta el interior de los edificios, pero conserva sus fachadas. Los viñedos parecen solo viñedos, los molinos de viento no han cambiado tanto desde que los llamaron aerogeneradores y las autopistas siguen siendo autopistas. Pero ya no lo son y, seguramente, nunca volverán a serlo.
No, nunca volverán a serlo.
(Ilustraciones de Valistika)
Una colección de mirones —llámalos satélites guiados por sensores adosados a vides en España, a cañas de azúcar en Brasil; a las plantas que brotan de las entrañas heladas de Rusia, si lo prefieres— espían desde el espacio un minifundio de La Rioja lleno de uvas a punto de explotar. Es verano, pronto serán recogidas y las conocen desde mucho antes de nacer: la precisión de los satélites permite observar nítidamente palmos de tan solo 30 centímetros de tierra desde decenas de miles de kilómetros de altura. Es un gran hermano con zoom y a cámara lenta. El fruto nace, vive y muere desnudo, pero nunca solo. Como los hombres del futuro.
Una de las manos que mecen esta cuna invisible es la de Antonio Tabasco, jefe de Aplicaciones y Servicios Remotos de Teledetección de GMV, una multinacional tecnológica que ha lanzado esta iniciativa de agricultura de precisión llamada Wineo. El padre de Antonio se curtió la piel bajo el sol de Castilla-La Mancha durante décadas y allí fue donde su hijo lo vio sembrar trigo, alfalfa y maíz cuando los hombres y mujeres del campo miraban al cielo sin que el cielo —o los satélites— les devolvieran la mirada.
Entonces no existían esos ojos que observan con tanta insistencia mientras miden factores como la humedad (gracias a la Red Nacional de Meteorología), diseñan mapas virtuales parecidos a los de Google (no en vano utilizan los mismos satélites que ellos) y espían funciones como la fotosíntesis de las plantas, que, como si fuesen las suecas de una vieja película, ni siquiera pueden tomar el sol sin que un español bajito y con prismáticos cuente con los dedos todos los lunares de su cuerpo. Aquellas eran otras uvas y otro vino.
Otras uvas, otro vino y otro cielo.
Antonio Tabasco admira «lo bien que conocen los agricultores españoles sus tierras, porque llevan muchos años cultivándolas y porque son, por lo general, minifundios». Su padre, dice, sabía cuándo echar el estiércol y cuándo regar sin que se lo advirtiese ningún satélite (añade, además, que acertaba no por fortuna, intuición o costumbre, sino «por heurística»). «Ofrecemos nuestro servicio para mejorar lo que ya existe, para sistematizarlo y para afinar más en cuestiones como el consumo de agua…, y siempre ajustamos nuestra oferta a cada tipo de tierra y al lenguaje que mejor pueda entender el agricultor». Sin imperativos; sin la convicción de que todo lo nuevo es presente, futuro y progreso.
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BIG DATA
Este sistema tiene dos ventajas más: la primera, que los datos masivos, tanto los que se obtuvieron antes de que llegasen los sensores como los que se están almacenando mientras lees estas líneas, se procesan y analizan para construir modelos que anticipen peligros y oportunidades (la gran batalla perdida de los agricultores siempre ha sido la de la incertidumbre); y la segunda, que no solo se benefician los agricultores con esta lluvia de información, sino también las aseguradoras que acceden a ellos y los gobiernos que deciden a quién entregan los subsidios. Cuando la Unión Europea subvencionaba los olivos, muchos terratenientes optaron por colocar árboles falsos como si fuesen maniquíes para no despertar sospechas en las fotografías aéreas que utilizaban los funcionarios de Bruselas.
No muy lejos de los campos manchegos del padre de Antonio, en Toledo, aparece otro ejemplo de esta revolución invisible que todo lo quiere ver. Es el centro CORE desde el que Iberdrola controla los 6.000 aerogeneradores que posee en Europa continental, México y Brasil. Allí trabajan 35 personas, 28 de ellas repartiéndose los días enteros en turnos de ocho horas frente a las grandes pantallas que rastrean averías, se cubren de rojo con las alertas y permiten reparar hasta un 30% de los problemas sin que haya que recurrir a un técnico sobre el terreno. Ellos deciden cuándo giran y cuándo se detienen las palas de los molinos como si fueran los brazos de un gigante sumiso.
—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.
—Aquellos que allí ves —respondió su amo.
Los aerogeneradores absorben todo el tiempo unos datos masivos que sirven para intentar anticiparse a algunas averías recurrentes o a los bandazos de un clima que se estudia minuto a minuto. Esos datos no se canalizan a través de internet porque, como recuerda Gustavo Moreno, el director del centro de Toledo, sería extremadamente peligroso: «Al igual que con otras infraestructuras de Iberdrola, nosotros utilizamos nuestras propias redes en vez de una red pública, que siempre será más fácil de hackear». La eléctrica española tiene solo dos centros más como este en todo el mundo: uno en Whitelee, muy cerca de Glasgow y con vocación de controlar los aerogeneradores de Reino Unido tanto en tierra como en las aguas heladas y violentas del mar del Norte; y otro en Portland, Oregón, para vigilar de cerca a los gigantescos molinos de Estados Unidos.
A 2.000 kilómetros de Portland se encuentra Dallas, en el corazón de la orgullosa Texas, el estado más conservador y tradicional de la primera potencia del planeta. Allí es donde Ferrovial inauguró en noviembre una autovía que regula el precio de los peajes en función de la congestión del tráfico cada cinco minutos: hay cuatro carriles en los que dos son de pago y nos cobran cada vez más cuando vamos prácticamente solos a lo Thelma y Louise, y cada vez menos cuando la densidad de coches aumenta al más puro estilo de los terribles embotellamientos de Manhattan.
Alberto López-Oleaga, director de Innovación de Ferrovial, prevé «la llegada de los vehículos sin conductor a medio plazo». En estas circunstancias, «la carretera se comunicará directamente con el sistema de navegación del coche, que podrá reducir la distancia de seguridad sin los frenazos y arranques bruscos que, al final, son la principal causa de la congestión». Si logran las alianzas que persiguen con las grandes operadoras de telecomunicaciones internacionales, insiste López-Oleaga, «sabremos dónde viven los usuarios de nuestras autovías, a qué hora salen exactamente hacia su trabajo, dónde están sus oficinas y a qué hora las abandonan para volver a casa». Y todo ello, matiza, «respetando las leyes de protección de datos, porque esa información será anónima».
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AL OTRO LADO
Lo que no es anónimo es la velocidad de la respiración o el ritmo cardíaco de los trabajadores de Ferrovial en Reino Unido que utilicen los nuevos uniformes con sensores que han diseñado. «Esos uniformes nos dejarán ver en tiempo real las constantes vitales de nuestros trabajadores en lugares peligrosos como túneles y otras instalaciones y nos avisarán de cualquier movimiento extraño», advierte el director de Innovación. También prevé que los que se encuentren en la superficie se vean acompañados por «drones que inspeccionen la evolución de las obras, la topografía o el mantenimiento». Hasta las inofensivas farolas contarán con sensores de infrarrojos.
A Marco Laucelli, primer ejecutivo de la consultora de big data e internet de las cosas Novelti, le fascina la aplicación de estas nuevas tecnologías a la sanidad y destaca en ese sentido el caso de Alivecor, «una funda para el móvil que permite hacerse un electrocardiograma rápido en 20 segundos, obtener un análisis automático y consultar, eventualmente, con un cardiólogo en línea». Le fascina, pero no quiere ignorar su cara oscura: «Me preocupa, por ejemplo, que alguien se atreva a dar servicios sanitarios que funcionen mal y que expongan a riesgo a personas que hayan depositado la confianza en él». También piensa que se producirán fallos informáticos, aunque matiza que ya existen mecanismos que los corrigen inmediatamente.
Laucelli está convencido de que las sombras no deben impedirnos experimentar y que nuestra visión de la privacidad es muy distinta para las nuevas generaciones, sedientas como están de compartir con naturalidad sus datos a cambio de pequeñas recompensas (los que nacieron antes de 1980 tampoco se resisten, por lo general, a aceptar cookies, a vender sus datos a cambio de descuentos en las tiendas o a firmar las invasivas cláusulas de Facebook). El CEO de Novelti anima a no confundir la inseguridad con la incertidumbre: «El coche sin conductor ha demostrado ser casi siempre más seguro que un coche con conductor, pero nos asusta no ver a nadie conduciendo».
Pero hay alguien conduciendo. Alguien acompaña desde el aire a los agricultores en Brasil o La Rioja. Y alguien controla desde Toledo los molinos de viento. La pregunta es quién y para qué y la solución será distinta en España, Texas y Corea del Norte. La sutil diferencia entre libertad y esclavitud, seguridad y vigilancia, bienestar y servidumbre… no se encuentra en internet, ni en los datos masivos, ni en las intenciones primeras de las empresas, ni por supuesto en las máquinas inteligentes. En una tierra llena de sensores, bajo un cielo preñado de satélites, son los hombres, las sociedades y las culturas —los de ahora y los de siempre— quienes deben encontrar sus propias respuestas.
Otro cielo, otra tierra, pero los mismos hombres en busca de respuestas bajo la atenta mirada de los drones y los satélites.

Una convergencia invisible está revolucionando lenta y segura los sectores más tradicionales. La coctelera llena de datos masivos e internet de las cosas es como una silenciosa bomba de neutrones que revienta el interior de los edificios, pero conserva sus fachadas. Los viñedos parecen solo viñedos, los molinos de viento no han cambiado tanto desde que los llamaron aerogeneradores y las autopistas siguen siendo autopistas. Pero ya no lo son y, seguramente, nunca volverán a serlo.
No, nunca volverán a serlo.
(Ilustraciones de Valistika)
Una colección de mirones —llámalos satélites guiados por sensores adosados a vides en España, a cañas de azúcar en Brasil; a las plantas que brotan de las entrañas heladas de Rusia, si lo prefieres— espían desde el espacio un minifundio de La Rioja lleno de uvas a punto de explotar. Es verano, pronto serán recogidas y las conocen desde mucho antes de nacer: la precisión de los satélites permite observar nítidamente palmos de tan solo 30 centímetros de tierra desde decenas de miles de kilómetros de altura. Es un gran hermano con zoom y a cámara lenta. El fruto nace, vive y muere desnudo, pero nunca solo. Como los hombres del futuro.
Una de las manos que mecen esta cuna invisible es la de Antonio Tabasco, jefe de Aplicaciones y Servicios Remotos de Teledetección de GMV, una multinacional tecnológica que ha lanzado esta iniciativa de agricultura de precisión llamada Wineo. El padre de Antonio se curtió la piel bajo el sol de Castilla-La Mancha durante décadas y allí fue donde su hijo lo vio sembrar trigo, alfalfa y maíz cuando los hombres y mujeres del campo miraban al cielo sin que el cielo —o los satélites— les devolvieran la mirada.
Entonces no existían esos ojos que observan con tanta insistencia mientras miden factores como la humedad (gracias a la Red Nacional de Meteorología), diseñan mapas virtuales parecidos a los de Google (no en vano utilizan los mismos satélites que ellos) y espían funciones como la fotosíntesis de las plantas, que, como si fuesen las suecas de una vieja película, ni siquiera pueden tomar el sol sin que un español bajito y con prismáticos cuente con los dedos todos los lunares de su cuerpo. Aquellas eran otras uvas y otro vino.
Otras uvas, otro vino y otro cielo.
Antonio Tabasco admira «lo bien que conocen los agricultores españoles sus tierras, porque llevan muchos años cultivándolas y porque son, por lo general, minifundios». Su padre, dice, sabía cuándo echar el estiércol y cuándo regar sin que se lo advirtiese ningún satélite (añade, además, que acertaba no por fortuna, intuición o costumbre, sino «por heurística»). «Ofrecemos nuestro servicio para mejorar lo que ya existe, para sistematizarlo y para afinar más en cuestiones como el consumo de agua…, y siempre ajustamos nuestra oferta a cada tipo de tierra y al lenguaje que mejor pueda entender el agricultor». Sin imperativos; sin la convicción de que todo lo nuevo es presente, futuro y progreso.
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BIG DATA
Este sistema tiene dos ventajas más: la primera, que los datos masivos, tanto los que se obtuvieron antes de que llegasen los sensores como los que se están almacenando mientras lees estas líneas, se procesan y analizan para construir modelos que anticipen peligros y oportunidades (la gran batalla perdida de los agricultores siempre ha sido la de la incertidumbre); y la segunda, que no solo se benefician los agricultores con esta lluvia de información, sino también las aseguradoras que acceden a ellos y los gobiernos que deciden a quién entregan los subsidios. Cuando la Unión Europea subvencionaba los olivos, muchos terratenientes optaron por colocar árboles falsos como si fuesen maniquíes para no despertar sospechas en las fotografías aéreas que utilizaban los funcionarios de Bruselas.
No muy lejos de los campos manchegos del padre de Antonio, en Toledo, aparece otro ejemplo de esta revolución invisible que todo lo quiere ver. Es el centro CORE desde el que Iberdrola controla los 6.000 aerogeneradores que posee en Europa continental, México y Brasil. Allí trabajan 35 personas, 28 de ellas repartiéndose los días enteros en turnos de ocho horas frente a las grandes pantallas que rastrean averías, se cubren de rojo con las alertas y permiten reparar hasta un 30% de los problemas sin que haya que recurrir a un técnico sobre el terreno. Ellos deciden cuándo giran y cuándo se detienen las palas de los molinos como si fueran los brazos de un gigante sumiso.
—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.
—Aquellos que allí ves —respondió su amo.
Los aerogeneradores absorben todo el tiempo unos datos masivos que sirven para intentar anticiparse a algunas averías recurrentes o a los bandazos de un clima que se estudia minuto a minuto. Esos datos no se canalizan a través de internet porque, como recuerda Gustavo Moreno, el director del centro de Toledo, sería extremadamente peligroso: «Al igual que con otras infraestructuras de Iberdrola, nosotros utilizamos nuestras propias redes en vez de una red pública, que siempre será más fácil de hackear». La eléctrica española tiene solo dos centros más como este en todo el mundo: uno en Whitelee, muy cerca de Glasgow y con vocación de controlar los aerogeneradores de Reino Unido tanto en tierra como en las aguas heladas y violentas del mar del Norte; y otro en Portland, Oregón, para vigilar de cerca a los gigantescos molinos de Estados Unidos.
A 2.000 kilómetros de Portland se encuentra Dallas, en el corazón de la orgullosa Texas, el estado más conservador y tradicional de la primera potencia del planeta. Allí es donde Ferrovial inauguró en noviembre una autovía que regula el precio de los peajes en función de la congestión del tráfico cada cinco minutos: hay cuatro carriles en los que dos son de pago y nos cobran cada vez más cuando vamos prácticamente solos a lo Thelma y Louise, y cada vez menos cuando la densidad de coches aumenta al más puro estilo de los terribles embotellamientos de Manhattan.
Alberto López-Oleaga, director de Innovación de Ferrovial, prevé «la llegada de los vehículos sin conductor a medio plazo». En estas circunstancias, «la carretera se comunicará directamente con el sistema de navegación del coche, que podrá reducir la distancia de seguridad sin los frenazos y arranques bruscos que, al final, son la principal causa de la congestión». Si logran las alianzas que persiguen con las grandes operadoras de telecomunicaciones internacionales, insiste López-Oleaga, «sabremos dónde viven los usuarios de nuestras autovías, a qué hora salen exactamente hacia su trabajo, dónde están sus oficinas y a qué hora las abandonan para volver a casa». Y todo ello, matiza, «respetando las leyes de protección de datos, porque esa información será anónima».
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AL OTRO LADO
Lo que no es anónimo es la velocidad de la respiración o el ritmo cardíaco de los trabajadores de Ferrovial en Reino Unido que utilicen los nuevos uniformes con sensores que han diseñado. «Esos uniformes nos dejarán ver en tiempo real las constantes vitales de nuestros trabajadores en lugares peligrosos como túneles y otras instalaciones y nos avisarán de cualquier movimiento extraño», advierte el director de Innovación. También prevé que los que se encuentren en la superficie se vean acompañados por «drones que inspeccionen la evolución de las obras, la topografía o el mantenimiento». Hasta las inofensivas farolas contarán con sensores de infrarrojos.
A Marco Laucelli, primer ejecutivo de la consultora de big data e internet de las cosas Novelti, le fascina la aplicación de estas nuevas tecnologías a la sanidad y destaca en ese sentido el caso de Alivecor, «una funda para el móvil que permite hacerse un electrocardiograma rápido en 20 segundos, obtener un análisis automático y consultar, eventualmente, con un cardiólogo en línea». Le fascina, pero no quiere ignorar su cara oscura: «Me preocupa, por ejemplo, que alguien se atreva a dar servicios sanitarios que funcionen mal y que expongan a riesgo a personas que hayan depositado la confianza en él». También piensa que se producirán fallos informáticos, aunque matiza que ya existen mecanismos que los corrigen inmediatamente.
Laucelli está convencido de que las sombras no deben impedirnos experimentar y que nuestra visión de la privacidad es muy distinta para las nuevas generaciones, sedientas como están de compartir con naturalidad sus datos a cambio de pequeñas recompensas (los que nacieron antes de 1980 tampoco se resisten, por lo general, a aceptar cookies, a vender sus datos a cambio de descuentos en las tiendas o a firmar las invasivas cláusulas de Facebook). El CEO de Novelti anima a no confundir la inseguridad con la incertidumbre: «El coche sin conductor ha demostrado ser casi siempre más seguro que un coche con conductor, pero nos asusta no ver a nadie conduciendo».
Pero hay alguien conduciendo. Alguien acompaña desde el aire a los agricultores en Brasil o La Rioja. Y alguien controla desde Toledo los molinos de viento. La pregunta es quién y para qué y la solución será distinta en España, Texas y Corea del Norte. La sutil diferencia entre libertad y esclavitud, seguridad y vigilancia, bienestar y servidumbre… no se encuentra en internet, ni en los datos masivos, ni en las intenciones primeras de las empresas, ni por supuesto en las máquinas inteligentes. En una tierra llena de sensores, bajo un cielo preñado de satélites, son los hombres, las sociedades y las culturas —los de ahora y los de siempre— quienes deben encontrar sus propias respuestas.
Otro cielo, otra tierra, pero los mismos hombres en busca de respuestas bajo la atenta mirada de los drones y los satélites.

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