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30 de septiembre 2015    /   CIENCIA
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¿Internet favorecerá la diversidad o la frenará?

30 de septiembre 2015    /   CIENCIA     por          
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Por primera vez en la historia, nuestras redes sociales virtuales amplifican y hacen reverberar nuestras emociones, nuestros gustos musicales, nuestras conductas, las modas, las ideas políticas y hasta los mejores vídeos de gatitos. Pero no está claro que esto nos lleve a ser más abiertos y más diversos.
El profesor de la Universidad de Oxford y miembro de la Academia Británica Robin Dunbar, el descubridor de que 150 miembros era el número de personas con las que cuales podemos establecer conexiones sólidas, sugirió en una reciente entrevista cómo encajaría su teoría con las redes sociales de Internet, como Facebook. Según Dunbar, si bien tenemos más acceso a otras personas, no se incrementa nuestra capacidad para sentir verdadera amistad (al menos más allá de los 150 individuos).
Así pues, las nuevas redes del futuro no influirán tanto en la cantidad de conexiones que podamos hacer (aunque sin duda las facilitarán) como en el hecho de que podremos ser enormemente más selectivos con nuestros contactos, incluso encontrando a personas que sean calcos perfectos de nuestras aspiraciones, deseos y manías.
Hasta ahora, a pesar de que sabemos de la existencia de siete mil millones de personas en el planeta, esa cifra, en lo que nos concierte, es como una nube difusa. En realidad somos incapaces de imaginar los miles de nacimientos, muertes, palabras, decisiones, ilusiones… vidas, en suma, que se producen en un solo día. Nuestro cerebro, adaptado a comunidades reducidas de individuos, calibrado para conectar con un máximo de 150 personas, es incapaz de proyectar tantos porvenires como también es incapaz de imaginar los billones de estrellas que salpican el universo.

Tú fuera, tú dentro

La psicología evolutiva ha sugerido que la naturaleza humana tiende a la fragmentación social. No solo porque no somos psicológicamente capaces de mantener relaciones profundas con más de 15o individuos (un número manejable cuando éramos cazadores-recolectores, que fue el contexto donde se fraguó nuestra mente), sino porque tendemos a tropezar en el sesgo endogrupal: nosotros somos mejores que los demás (nosotros entendido como los que pertenecen a un bloque de vecinos, una familia, un equipo de fútbol, una ciudad, una comunidad autónoma, etc.).
Estas dos tendencias probablemente estén detrás del fenómeno de la enorme diversidad lingüística o de que la implantación del esperanto no haya dado sus frutos. Porque inconscientemente no usamos la lengua tanto para comunicarnos como para identificar a los nuestros. A nuestro clan. Si bien es cierto que la diversidad lingüística está desapareciendo, asombra que lo haga tan lentamente y que incluso resista numantinamente en una época donde todos estamos ya conectados globalmente. Las culturas se vuelven más universales que nunca, pero a su vez nacen pequeñas particularidades que distinguen unos grupos de otros.
El ejemplo extremo de esta tendencia lo observamos en la isla de Gora. Solo tiene 300 km cuadrados, pero aquí se hablan cinco lenguas: el lakon o vuré, el olrat, el koro, el dorig y el nume. El antropólogo Don Kulick describe así la situación en el libro Conectados por la cultura, de Mark Pagel:

Las comunidades papúas han fomentado de forma expresa la diversidad lingüística porque reconocen que el idioma es un indicador destacado de identidad de grupo […] Cierta comunidad [de hablantes de la lengua buian], por ejemplo, ha trocado todas las concordancias de género de su idioma a fin de hacer el masculino y el femenino de un modo completamente opuesto al que emplean los dialectos de su misma lengua que se dan en los pueblos de las inmediaciones. Otras sustituyen vocablos antiguos con otros nuevos a fin de «diferenciarse» de las variantes vecinas.

La tecnología nos conecta, nuestro cerebro no

Si bien internet puede hacer que todos nos relacionemos con todos, nuestros cerebros, fraguados en la Edad de Piedra, y que aún no han tenido la oportunidad de evolucionar ante esta nueva situación (los cerebros evolucionan en espacios de millones de años, y actualmente, incluso, la evolución se ha detenido en gran parte debido a los avances médicos que evitan que los menos aptos continúen reproduciéndose), nuestros cerebros evitarán a toda costa que esa conexión global se produzca.
No sabemos lo que ocurrirá en el futuro, pero podría ser que nunca llegara la anunciada aldea global. Porque, tal vez, crearemos barreras inconscientes. Impondremos peajes a las autopistas culturales. Es decir, nos agruparemos en comunidades pequeñas incluso de manera virtual. Por ejemplo, diversificando las redes sociales y generando redes exclusivas y excluyentes. Algunas comunidades florecientes, incluso, exigen una invitación de uno de sus miembros para poder acceder a ellas. La más reputada es aSmallWorld: sus miembros solo pertenecen a la clase alta o a la VIP, como financieros o actores.
En las redes para establecer contactos románticos o sexuales también se produce una escalada de estratificación. Como ChristianSingles.com, LatinMarcher.com, BlackSinglesConnection.com, USMilitarySingles.com, Gay.com o PlusSizeSingles.com.
Uno de los mayores defensores de que internet, en realidad, nos enroca en nuestras posiciones culturales, es Evgeny Morozov. Y su reflexión debe quedar en el aire al final de este artículo, extraído de su libro El desengaño de internet:

Los tuits no disolverán todas nuestras diferencias nacionales, culturales y religiosas. Es posible que las acentúen. Se ha demostrado que carece de fundamento la creencia ciberutópica en que Internet nos convertirá en ciudadanos del mundo muy tolerantes, ansiosos por reprimir nuestros viles prejuicios y abrir nuestras mentes a lo que vemos en nuestros monitores. En la mayoría de los casos, los únicos que todavía creen en el ideal de una aldea global electrónica son quienes habrían sido cosmopolitas y tolerantes incluso sin Internet: la élite intelectual. La gente normal no lee sitios como Global Voices, un agregador de los post de blogs más interesantes del mundo. En cambio, es mucho más probable que utilice Internet para redescubrir su propia cultura y, me atrevería a decir, su intolerancia nacional.

Por primera vez en la historia, nuestras redes sociales virtuales amplifican y hacen reverberar nuestras emociones, nuestros gustos musicales, nuestras conductas, las modas, las ideas políticas y hasta los mejores vídeos de gatitos. Pero no está claro que esto nos lleve a ser más abiertos y más diversos.
El profesor de la Universidad de Oxford y miembro de la Academia Británica Robin Dunbar, el descubridor de que 150 miembros era el número de personas con las que cuales podemos establecer conexiones sólidas, sugirió en una reciente entrevista cómo encajaría su teoría con las redes sociales de Internet, como Facebook. Según Dunbar, si bien tenemos más acceso a otras personas, no se incrementa nuestra capacidad para sentir verdadera amistad (al menos más allá de los 150 individuos).
Así pues, las nuevas redes del futuro no influirán tanto en la cantidad de conexiones que podamos hacer (aunque sin duda las facilitarán) como en el hecho de que podremos ser enormemente más selectivos con nuestros contactos, incluso encontrando a personas que sean calcos perfectos de nuestras aspiraciones, deseos y manías.
Hasta ahora, a pesar de que sabemos de la existencia de siete mil millones de personas en el planeta, esa cifra, en lo que nos concierte, es como una nube difusa. En realidad somos incapaces de imaginar los miles de nacimientos, muertes, palabras, decisiones, ilusiones… vidas, en suma, que se producen en un solo día. Nuestro cerebro, adaptado a comunidades reducidas de individuos, calibrado para conectar con un máximo de 150 personas, es incapaz de proyectar tantos porvenires como también es incapaz de imaginar los billones de estrellas que salpican el universo.

Tú fuera, tú dentro

La psicología evolutiva ha sugerido que la naturaleza humana tiende a la fragmentación social. No solo porque no somos psicológicamente capaces de mantener relaciones profundas con más de 15o individuos (un número manejable cuando éramos cazadores-recolectores, que fue el contexto donde se fraguó nuestra mente), sino porque tendemos a tropezar en el sesgo endogrupal: nosotros somos mejores que los demás (nosotros entendido como los que pertenecen a un bloque de vecinos, una familia, un equipo de fútbol, una ciudad, una comunidad autónoma, etc.).
Estas dos tendencias probablemente estén detrás del fenómeno de la enorme diversidad lingüística o de que la implantación del esperanto no haya dado sus frutos. Porque inconscientemente no usamos la lengua tanto para comunicarnos como para identificar a los nuestros. A nuestro clan. Si bien es cierto que la diversidad lingüística está desapareciendo, asombra que lo haga tan lentamente y que incluso resista numantinamente en una época donde todos estamos ya conectados globalmente. Las culturas se vuelven más universales que nunca, pero a su vez nacen pequeñas particularidades que distinguen unos grupos de otros.
El ejemplo extremo de esta tendencia lo observamos en la isla de Gora. Solo tiene 300 km cuadrados, pero aquí se hablan cinco lenguas: el lakon o vuré, el olrat, el koro, el dorig y el nume. El antropólogo Don Kulick describe así la situación en el libro Conectados por la cultura, de Mark Pagel:

Las comunidades papúas han fomentado de forma expresa la diversidad lingüística porque reconocen que el idioma es un indicador destacado de identidad de grupo […] Cierta comunidad [de hablantes de la lengua buian], por ejemplo, ha trocado todas las concordancias de género de su idioma a fin de hacer el masculino y el femenino de un modo completamente opuesto al que emplean los dialectos de su misma lengua que se dan en los pueblos de las inmediaciones. Otras sustituyen vocablos antiguos con otros nuevos a fin de «diferenciarse» de las variantes vecinas.

La tecnología nos conecta, nuestro cerebro no

Si bien internet puede hacer que todos nos relacionemos con todos, nuestros cerebros, fraguados en la Edad de Piedra, y que aún no han tenido la oportunidad de evolucionar ante esta nueva situación (los cerebros evolucionan en espacios de millones de años, y actualmente, incluso, la evolución se ha detenido en gran parte debido a los avances médicos que evitan que los menos aptos continúen reproduciéndose), nuestros cerebros evitarán a toda costa que esa conexión global se produzca.
No sabemos lo que ocurrirá en el futuro, pero podría ser que nunca llegara la anunciada aldea global. Porque, tal vez, crearemos barreras inconscientes. Impondremos peajes a las autopistas culturales. Es decir, nos agruparemos en comunidades pequeñas incluso de manera virtual. Por ejemplo, diversificando las redes sociales y generando redes exclusivas y excluyentes. Algunas comunidades florecientes, incluso, exigen una invitación de uno de sus miembros para poder acceder a ellas. La más reputada es aSmallWorld: sus miembros solo pertenecen a la clase alta o a la VIP, como financieros o actores.
En las redes para establecer contactos románticos o sexuales también se produce una escalada de estratificación. Como ChristianSingles.com, LatinMarcher.com, BlackSinglesConnection.com, USMilitarySingles.com, Gay.com o PlusSizeSingles.com.
Uno de los mayores defensores de que internet, en realidad, nos enroca en nuestras posiciones culturales, es Evgeny Morozov. Y su reflexión debe quedar en el aire al final de este artículo, extraído de su libro El desengaño de internet:

Los tuits no disolverán todas nuestras diferencias nacionales, culturales y religiosas. Es posible que las acentúen. Se ha demostrado que carece de fundamento la creencia ciberutópica en que Internet nos convertirá en ciudadanos del mundo muy tolerantes, ansiosos por reprimir nuestros viles prejuicios y abrir nuestras mentes a lo que vemos en nuestros monitores. En la mayoría de los casos, los únicos que todavía creen en el ideal de una aldea global electrónica son quienes habrían sido cosmopolitas y tolerantes incluso sin Internet: la élite intelectual. La gente normal no lee sitios como Global Voices, un agregador de los post de blogs más interesantes del mundo. En cambio, es mucho más probable que utilice Internet para redescubrir su propia cultura y, me atrevería a decir, su intolerancia nacional.

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