24 de septiembre 2018    /   IDEAS
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¿Por qué tu intimidad les intimida tanto?

24 de septiembre 2018    /   IDEAS     por          
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Es tu última frontera. La muralla que nadie debiera traspasar sin tu permiso. Pero también es el botín que todos desean: la Iglesia, los partidos, las empresas, tus padres, tu pareja, tu amante…

Hablamos de tu intimidad. Ese lugar oscuro, húmedo y silencioso en el que eres feliz porque nadie te importuna. Pero es precisamente por eso por lo que la intimidad les intimida tanto. Porque ahí eres libre y esa libertad te hace imprevisible. Te permite vivir con todas las puertas abiertas sin que la moral, las ideologías o los compromisos te digan cuáles puedes cruzar y cuáles no.

Y es en ese microuniverso sin normas en el que todo es natural, aceptable y posible, donde te permites cohabitar con tus propias fantasías. Resides con ellas como el personaje de La Sirenita bajo del mar, es decir, sin arriba y abajo, sin lógica ni propósito. Dejándote llevar al albur de la corriente que con mayor fuerza tire de ti en cada instante.

Es algo tan poderoso que todos quieren robártelo. Y siempre del mismo modo: tratando de penetrar en ella.

Cada poder utiliza su propia técnica. La Iglesia, desde su origen, se ha servido del secreto de confesión. Un procedimiento enormemente eficaz gracias su seductora oferta: tu intimidad a cambio de la salvación eterna.

Los gobiernos, en cambio, utilizan su capacidad normativa. Pero como les resulta muy difícil legislar sobre tus fantasías individuales, suelen centrarse en las colectivas.

Un caso polémico es el reciente intento en España de regular las relaciones sexuales entre parejas. Es decir, en la intimidad compartida. Al tratar de dictar cuáles son las preguntas y las respuestas procedentes en dichas relaciones, lo que pretenden en realidad es controlarlas.

Se supone que la intención es noble. Defender a la parte más vulnerable en dicha relación. Pero ningún problema se soluciona creando otro mayor. Y el control de la intimidad es un problema superlativo. Porque establecer una especie de reglamento de circulación sobre los volubles recodos de la sexualidad no solo es grotesco. Es también peligroso.

Las relaciones sexuales se llaman también relaciones íntimas porque ambas conviven en un mismo territorio: el de la profundización en uno mismo a través de la enajenación. Es decir, de poner en ajeno aspectos de nuestra intimidad generalmente no compartidos.

Por supuesto que hay muchas clases de relaciones sexuales: de pareja, grupales, fortuitas, follamigos… Pero incluso en las más esporádicas y superficiales, existe un componente de intimidad al que ninguna institución debería tener acceso.  Sencillamente porque la intimidad, ese espacio donde deambula la fantasía, el deseo, los pavores, el anhelo y los desenfrenos más secretos, es la esfera de lo recóndito que nos diferencia a los unos de los otros y que nos hace independientes.

La verdadera diversidad no proviene de las razas, las culturas o los idiomas. Proviene de nuestra intimidad, única y soberana. Esa que podemos compartir como queramos, cuando queramos y con quien queramos, sin que nadie la controle.

Porque no es cierto, como dicen los que quieren acceder a ella, que tu intimidad sea un submundo freudiano lleno de perversiones. Tu intimidad es, por esencia, honesta contigo mismo. Y lo seguirá siendo, siempre y cuando nadie consiga visitarla sin tu permiso.

Es tu última frontera. La muralla que nadie debiera traspasar sin tu permiso. Pero también es el botín que todos desean: la Iglesia, los partidos, las empresas, tus padres, tu pareja, tu amante…

Hablamos de tu intimidad. Ese lugar oscuro, húmedo y silencioso en el que eres feliz porque nadie te importuna. Pero es precisamente por eso por lo que la intimidad les intimida tanto. Porque ahí eres libre y esa libertad te hace imprevisible. Te permite vivir con todas las puertas abiertas sin que la moral, las ideologías o los compromisos te digan cuáles puedes cruzar y cuáles no.

Y es en ese microuniverso sin normas en el que todo es natural, aceptable y posible, donde te permites cohabitar con tus propias fantasías. Resides con ellas como el personaje de La Sirenita bajo del mar, es decir, sin arriba y abajo, sin lógica ni propósito. Dejándote llevar al albur de la corriente que con mayor fuerza tire de ti en cada instante.

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Es algo tan poderoso que todos quieren robártelo. Y siempre del mismo modo: tratando de penetrar en ella.

Cada poder utiliza su propia técnica. La Iglesia, desde su origen, se ha servido del secreto de confesión. Un procedimiento enormemente eficaz gracias su seductora oferta: tu intimidad a cambio de la salvación eterna.

Los gobiernos, en cambio, utilizan su capacidad normativa. Pero como les resulta muy difícil legislar sobre tus fantasías individuales, suelen centrarse en las colectivas.

Un caso polémico es el reciente intento en España de regular las relaciones sexuales entre parejas. Es decir, en la intimidad compartida. Al tratar de dictar cuáles son las preguntas y las respuestas procedentes en dichas relaciones, lo que pretenden en realidad es controlarlas.

Se supone que la intención es noble. Defender a la parte más vulnerable en dicha relación. Pero ningún problema se soluciona creando otro mayor. Y el control de la intimidad es un problema superlativo. Porque establecer una especie de reglamento de circulación sobre los volubles recodos de la sexualidad no solo es grotesco. Es también peligroso.

Las relaciones sexuales se llaman también relaciones íntimas porque ambas conviven en un mismo territorio: el de la profundización en uno mismo a través de la enajenación. Es decir, de poner en ajeno aspectos de nuestra intimidad generalmente no compartidos.

Por supuesto que hay muchas clases de relaciones sexuales: de pareja, grupales, fortuitas, follamigos… Pero incluso en las más esporádicas y superficiales, existe un componente de intimidad al que ninguna institución debería tener acceso.  Sencillamente porque la intimidad, ese espacio donde deambula la fantasía, el deseo, los pavores, el anhelo y los desenfrenos más secretos, es la esfera de lo recóndito que nos diferencia a los unos de los otros y que nos hace independientes.

La verdadera diversidad no proviene de las razas, las culturas o los idiomas. Proviene de nuestra intimidad, única y soberana. Esa que podemos compartir como queramos, cuando queramos y con quien queramos, sin que nadie la controle.

Porque no es cierto, como dicen los que quieren acceder a ella, que tu intimidad sea un submundo freudiano lleno de perversiones. Tu intimidad es, por esencia, honesta contigo mismo. Y lo seguirá siendo, siempre y cuando nadie consiga visitarla sin tu permiso.

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Opiniones 1
  • «Un caso polémico es el reciente intento en España de regular las relaciones sexuales entre parejas». Disculpa mi ignorancia, vivo en mi propia isla paradisíaca sin tele ni periódicos. ¿A qué te refieres en ese párrafo? Me ha puesto los pelos de punta al leerlo y me interesa mucho.

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