14 de enero 2015    /   CREATIVIDAD
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¿Por qué nadie me ha enseñado a intuir?

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El presente tiene cierto efecto alucinógeno. Deforma la realidad de tal modo que hace creer que el mundo, que la vida, siempre fue así. Pero esa visión está adulterada. El mundo, antes, era distinto. La razón no dominaba el mundo y todo lo que escapaba a ella no era tachado de magufo. Eso fue cosa de Descartes. El filósofo francés (1596-1650) hizo de la razón el dios supremo y arrojó a los pies de los caballos la intuición, las emociones, las sensaciones y los sentidos.

«Pienso, luego existo», dijo el matemático. En pocos años convenció a otros pensadores y, con el tiempo, a medio mundo. El racionalismo ascendió a la cumbre de la intelectualidad occidental. La razón se había situado por delante de todo lo demás.

Esta idea se convirtió en una máxima. La razón ocuparía la planta noble. La intuición, la emoción y otras capacidades serían desplazadas a la planta baja, con el servicio, allí donde siempre hace frío.

Pero la eternidad se aburre y no permite que algo sea perpetuo. Ni siquiera las teorías de Descartes. Hace años empezaron a ser cuestionadas. El neurólogo Antonio Damasio escribió un libro, en 1994, que replanteaba el racionalismo que había dominado el pensamiento occidental durante más de tres siglos. Se titulaba El error de Descartes.

¿Y cuál fue ese error? Pensar que el cuerpo y la mente son dos piezas tan disociadas como un móvil y una batería. Dos elementos perfectamente separados. Descartes despreciaba la sabiduría oriental que durante miles de años había afirmado lo contrario. Que entre el cuerpo y la mente no hay fronteras.

Damasio, el director del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad de Southern California, se atrevió a contradecir al matemático y aseguró que las emociones y los sentimientos son tan importantes como la razón en la inteligencia humana. El pensamiento racional no es ni el único ni el mejor. Intuir es también una vía de conocimiento imprescindible.

Vanessa Bejarano comparte esta teoría. La fundadora de Beintuitive no llegó a esta conclusión desde la ciencia. Llegó del arte y del diseño. Hace años, cuando se dedicaba a realizar diseños para clientes, descubrió que en las oficinas se desperdicia mucha información, especialmente, la información intuitiva. Ella quería introducir más elementos en sus procesos de trabajo y decidió llamar a lo que hacía ‘diseño empático’ o ‘diseño emocional’. Entonces se preguntó: «¿Por qué nadie me ha enseñado a intuir?».

Bejarano empezó a investigar la intuición, ese conocimiento que llega por vías distintas a la deducción y la razón. Metió sus descubrimientos en el marco de un doctorado y, desde la Academia, se permitió reformular a Descartes: «Existo, luego pienso», dice la investigadora.

«Venimos de la Ilustración. En aquella época decidieron que la determinación era racional y masculina. Nosotros somos hijos de ese pensamiento de Descartes basado en que primero pensamos y después somos. Pero en Beintuitive creemos lo contrario. Primero somos y después pensamos. Esto lo cambia todo. Entramos en un ritmo más lento y más aprovechado», indica. «La naturaleza no sopesa si es mejor razonar o intuir. Nos dota de las dos capacidades. Y aquí es donde aparece la reformulación».

Hay que hacer buenas preguntas. Después has de detenerte y buscar el silencio para escuchar esa otra información que está fuera de la razón

La historia occidental reciente ha volcado toda su atención en la razón. Beintuitive se la da a la intuición. «Las grandes decisiones de tu vida son intuitivas. Todos vamos recogiendo pistas, sin ser conscientes de ello, y de ahí obtenemos una información muy valiosa. Al reconocer todo eso que hay en ti, consigues ser más libre. Vas a tomar una decisión más acorde contigo que con los valores de tu sociedad».

La intuición está ahí, al fondo, sin hacer ruido, recogiendo datos constantemente. «Todo lo que nos rodea nos está enseñando cosas. El entorno está lleno de señales que captamos aunque no nos demos cuenta», explica. «Los grandes creativos son los que saben darse cuenta de lo que hay a su alrededor».

Pero, a veces, la razón, lo aprendido y lo que se espera de nosotros levanta muros de exclusión a la intuición y las emociones. Entonces hay que asaltar el lugar y, para eso, Beintuitive utiliza esta estrategia. «Nos planteamos una pregunta: ¿cómo aprendo a darme cuenta de la información implícita y cómo me influye lo que hay a mi alrededor?». Y a continuación se adentran en el pensamiento y en la toma de decisiones «utilizando el arte, el diseño, la conciencia corporal y el juego».

«Empezamos con el cuestionamiento. Hay que hacer buenas preguntas. Después has de detenerte y buscar el silencio para escuchar esa otra información que está fuera de la razón», especifica. «Todo este pasado de Descartes está tan enganchado en la piel que antes tenemos que hacer algo para limpiarlo. Nosotros pensamos que debe hacerse a través del cuerpo. Respirando, haciendo música con el pulso o utilizando cualquier tipo de lenguaje que estimule la capacidad intuitiva de una persona. También lo hacemos mediante el arte. Dibujando, escribiendo, liberando la creatividad…».

El enfoque de Beintuitive se adentra en la sabiduría de los templos sagrados de Oriente. Allí donde, según la investigadora, «la unidad de cuerpo y mente es incuestionable». Allí donde nada tienen que decir «los valores judeocristianos de fragmentación del cuerpo, la mente y el alma».

Bejarano no se cansa de hablar de la naturaleza. La saca a la conversación una y otra vez. Como si fuese el origen y el final de todo. Lo que realmente es. De ahí surge la intuición, esa arma que a menudo los humanos despreciamos por una decisión completamente imbécil.

Atender solo a una facultad podría ser peligroso. Dicen que «la razón produce monstruos». Igual que una visión del presente con pocas miras puede provocar efectos alucinógenos. Pero para evitar eso también está la intuición. Esos periscopios que van más allá de las gafas y la pantalla del móvil. Eso que, según Bejarano, «muestra esas cosas que hay ahí aunque no estén visibles».

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«Pienso, luego existo», dijo el matemático. En pocos años convenció a otros pensadores y, con el tiempo, a medio mundo. El racionalismo ascendió a la cumbre de la intelectualidad occidental. La razón se había situado por delante de todo lo demás.

Esta idea se convirtió en una máxima. La razón ocuparía la planta noble. La intuición, la emoción y otras capacidades serían desplazadas a la planta baja, con el servicio, allí donde siempre hace frío.

Pero la eternidad se aburre y no permite que algo sea perpetuo. Ni siquiera las teorías de Descartes. Hace años empezaron a ser cuestionadas. El neurólogo Antonio Damasio escribió un libro, en 1994, que replanteaba el racionalismo que había dominado el pensamiento occidental durante más de tres siglos. Se titulaba El error de Descartes.

¿Y cuál fue ese error? Pensar que el cuerpo y la mente son dos piezas tan disociadas como un móvil y una batería. Dos elementos perfectamente separados. Descartes despreciaba la sabiduría oriental que durante miles de años había afirmado lo contrario. Que entre el cuerpo y la mente no hay fronteras.

Damasio, el director del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad de Southern California, se atrevió a contradecir al matemático y aseguró que las emociones y los sentimientos son tan importantes como la razón en la inteligencia humana. El pensamiento racional no es ni el único ni el mejor. Intuir es también una vía de conocimiento imprescindible.

Vanessa Bejarano comparte esta teoría. La fundadora de Beintuitive no llegó a esta conclusión desde la ciencia. Llegó del arte y del diseño. Hace años, cuando se dedicaba a realizar diseños para clientes, descubrió que en las oficinas se desperdicia mucha información, especialmente, la información intuitiva. Ella quería introducir más elementos en sus procesos de trabajo y decidió llamar a lo que hacía ‘diseño empático’ o ‘diseño emocional’. Entonces se preguntó: «¿Por qué nadie me ha enseñado a intuir?».

Bejarano empezó a investigar la intuición, ese conocimiento que llega por vías distintas a la deducción y la razón. Metió sus descubrimientos en el marco de un doctorado y, desde la Academia, se permitió reformular a Descartes: «Existo, luego pienso», dice la investigadora.

«Venimos de la Ilustración. En aquella época decidieron que la determinación era racional y masculina. Nosotros somos hijos de ese pensamiento de Descartes basado en que primero pensamos y después somos. Pero en Beintuitive creemos lo contrario. Primero somos y después pensamos. Esto lo cambia todo. Entramos en un ritmo más lento y más aprovechado», indica. «La naturaleza no sopesa si es mejor razonar o intuir. Nos dota de las dos capacidades. Y aquí es donde aparece la reformulación».

Hay que hacer buenas preguntas. Después has de detenerte y buscar el silencio para escuchar esa otra información que está fuera de la razón

La historia occidental reciente ha volcado toda su atención en la razón. Beintuitive se la da a la intuición. «Las grandes decisiones de tu vida son intuitivas. Todos vamos recogiendo pistas, sin ser conscientes de ello, y de ahí obtenemos una información muy valiosa. Al reconocer todo eso que hay en ti, consigues ser más libre. Vas a tomar una decisión más acorde contigo que con los valores de tu sociedad».

La intuición está ahí, al fondo, sin hacer ruido, recogiendo datos constantemente. «Todo lo que nos rodea nos está enseñando cosas. El entorno está lleno de señales que captamos aunque no nos demos cuenta», explica. «Los grandes creativos son los que saben darse cuenta de lo que hay a su alrededor».

Pero, a veces, la razón, lo aprendido y lo que se espera de nosotros levanta muros de exclusión a la intuición y las emociones. Entonces hay que asaltar el lugar y, para eso, Beintuitive utiliza esta estrategia. «Nos planteamos una pregunta: ¿cómo aprendo a darme cuenta de la información implícita y cómo me influye lo que hay a mi alrededor?». Y a continuación se adentran en el pensamiento y en la toma de decisiones «utilizando el arte, el diseño, la conciencia corporal y el juego».

«Empezamos con el cuestionamiento. Hay que hacer buenas preguntas. Después has de detenerte y buscar el silencio para escuchar esa otra información que está fuera de la razón», especifica. «Todo este pasado de Descartes está tan enganchado en la piel que antes tenemos que hacer algo para limpiarlo. Nosotros pensamos que debe hacerse a través del cuerpo. Respirando, haciendo música con el pulso o utilizando cualquier tipo de lenguaje que estimule la capacidad intuitiva de una persona. También lo hacemos mediante el arte. Dibujando, escribiendo, liberando la creatividad…».

El enfoque de Beintuitive se adentra en la sabiduría de los templos sagrados de Oriente. Allí donde, según la investigadora, «la unidad de cuerpo y mente es incuestionable». Allí donde nada tienen que decir «los valores judeocristianos de fragmentación del cuerpo, la mente y el alma».

Bejarano no se cansa de hablar de la naturaleza. La saca a la conversación una y otra vez. Como si fuese el origen y el final de todo. Lo que realmente es. De ahí surge la intuición, esa arma que a menudo los humanos despreciamos por una decisión completamente imbécil.

Atender solo a una facultad podría ser peligroso. Dicen que «la razón produce monstruos». Igual que una visión del presente con pocas miras puede provocar efectos alucinógenos. Pero para evitar eso también está la intuición. Esos periscopios que van más allá de las gafas y la pantalla del móvil. Eso que, según Bejarano, «muestra esas cosas que hay ahí aunque no estén visibles».

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Opiniones 2
  • Estoy plenamente de acuerdo respecto del valioso aporte que da el conocimiento intuitivo a la toma de decisiones de las personas. Nunca había pensado de esta manera la frase de Descartes
    La había aceptado y es pura racionalidad en desmedro de una concepción integral y de unicidad del ser humano.

  • Aunque estoy muy de acuerdo con la idea que trata de transmitir el artículo, Descartes incluía como procesos imprescindibles del pensamiento racional, la intuición y la deducción. A través de la intuición, solo podemos estar seguros de que pensamos, no que existimos…

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