24 de marzo 2020    /   IDEAS
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¿Adiós al árbol más bello del mundo?

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Sobre gustos no hay nada escrito, vale. Pero si en alguna ocasión te encuentras frente a este árbol en época de floración, nada evitará que te quedes con la boca abierta.

Hablamos del ipé, que es como lo llaman en Brasil. Aunque su especie, con distintos nombres, colores y variantes, está presente en Venezuela, México, Centroamérica, Cuba, Paraguay, Bolivia…

Centrándonos en Brasil, el ipé es un árbol de flores amarillas de indescriptible belleza. Y más aún cuando lo vemos brillar en el Amazonas, rodeado de las copas verdes de sus vecinos (la media es de un ipé por cada diez campos de futbol de arboleda).

Pero esa belleza, como si se tratara de un cuento de hadas, sufre una doble maldición. En primer lugar, la de su madera, resistente al agua, las pestes e incluso el fuego, que la convierte es un material perfecto para tarimas de exterior y piscinas. Y en segundo término la de su corteza, que se emplea como potente fungicida y también, aunque sin una base científica que lo confirme, como tratamiento contra el cáncer.

Siguiendo con el cuento de hadas, tenemos también brujas, lobos y dragones. En este caso, los taladores ilegales del ipé que deambulan por el bosque amazónico beneficiándose de su exterminio.

La estructura económica es similar a la de otras prácticas como el cultivo de la coca o la extracción del coltán. Es decir, una progresión geométrica de los beneficios en cada paso que se da desde la tala hasta el consumo final.

Para que nos hagamos una idea, un oriundo del lugar, provisto de motosierra, cobrará 75 dólares por encontrar y talar un ipé promedio. Pero una vez trasladado al aserradero y cortado en tablas, ese mismo árbol se venderá en 50.000 dólares. Y eso sin tan siquiera haber salido aún del bosque.

Frente a una práctica tan brutal y demoledora están las sastrecillas valientes que se dedican a denunciar una actividad ilegal potenciada tanto por esos desorbitados beneficios como por la insaciable demanda de las constructoras de los países más desarrollados.

Entre ellas están Greenpeace, WWF/Adena y, por supuesto, Global Witness, una ONG especializada en sacar a la luz las relaciones que existen entre la explotación de recursos naturales y la corrupción y violación de derechos humanos.

Su lema es find the facts, expose the story, change the system. Es decir, trabajan desde el rigor y la denuncia para conseguir que las cosas cambien.

Pero las cosas no cambiarán mientras el tráfico ilegal continúe disfrutando de los mencionados beneficios. Es más, puede que el ipé sobreviva gracias a una hermosura que le hace estar presente en infinidad de jardines. Pero no será más que un árbol prisionero al albur del capricho de los humanos, como si se tratara de un tigre en un zoológico.

O lo que es peor, que su existencia solo prevalezca en la memoria de los símbolos. Otras especies similares dentro de la familia de los Tabebuia, de la que forma parte el ipé, han sido elegidas como el árbol nacional del Paraguay o de Venezuela. Pero eso tampoco les garantiza en absoluto su supervivencia.

La naturaleza nos regala cosas que nosotros decapitamos. «El árbol de la vida» protagonizó el pecado original en el paraíso. Pero aquel pecado no lo cometió él, lo cometieron Adán y Eva por no saber respetarlo. Justo lo mismo que seguimos haciendo, a día de hoy, sus descendientes.

Sobre gustos no hay nada escrito, vale. Pero si en alguna ocasión te encuentras frente a este árbol en época de floración, nada evitará que te quedes con la boca abierta.

Hablamos del ipé, que es como lo llaman en Brasil. Aunque su especie, con distintos nombres, colores y variantes, está presente en Venezuela, México, Centroamérica, Cuba, Paraguay, Bolivia…

Centrándonos en Brasil, el ipé es un árbol de flores amarillas de indescriptible belleza. Y más aún cuando lo vemos brillar en el Amazonas, rodeado de las copas verdes de sus vecinos (la media es de un ipé por cada diez campos de futbol de arboleda).

Pero esa belleza, como si se tratara de un cuento de hadas, sufre una doble maldición. En primer lugar, la de su madera, resistente al agua, las pestes e incluso el fuego, que la convierte es un material perfecto para tarimas de exterior y piscinas. Y en segundo término la de su corteza, que se emplea como potente fungicida y también, aunque sin una base científica que lo confirme, como tratamiento contra el cáncer.

Siguiendo con el cuento de hadas, tenemos también brujas, lobos y dragones. En este caso, los taladores ilegales del ipé que deambulan por el bosque amazónico beneficiándose de su exterminio.

La estructura económica es similar a la de otras prácticas como el cultivo de la coca o la extracción del coltán. Es decir, una progresión geométrica de los beneficios en cada paso que se da desde la tala hasta el consumo final.

Para que nos hagamos una idea, un oriundo del lugar, provisto de motosierra, cobrará 75 dólares por encontrar y talar un ipé promedio. Pero una vez trasladado al aserradero y cortado en tablas, ese mismo árbol se venderá en 50.000 dólares. Y eso sin tan siquiera haber salido aún del bosque.

Frente a una práctica tan brutal y demoledora están las sastrecillas valientes que se dedican a denunciar una actividad ilegal potenciada tanto por esos desorbitados beneficios como por la insaciable demanda de las constructoras de los países más desarrollados.

Entre ellas están Greenpeace, WWF/Adena y, por supuesto, Global Witness, una ONG especializada en sacar a la luz las relaciones que existen entre la explotación de recursos naturales y la corrupción y violación de derechos humanos.

Su lema es find the facts, expose the story, change the system. Es decir, trabajan desde el rigor y la denuncia para conseguir que las cosas cambien.

Pero las cosas no cambiarán mientras el tráfico ilegal continúe disfrutando de los mencionados beneficios. Es más, puede que el ipé sobreviva gracias a una hermosura que le hace estar presente en infinidad de jardines. Pero no será más que un árbol prisionero al albur del capricho de los humanos, como si se tratara de un tigre en un zoológico.

O lo que es peor, que su existencia solo prevalezca en la memoria de los símbolos. Otras especies similares dentro de la familia de los Tabebuia, de la que forma parte el ipé, han sido elegidas como el árbol nacional del Paraguay o de Venezuela. Pero eso tampoco les garantiza en absoluto su supervivencia.

La naturaleza nos regala cosas que nosotros decapitamos. «El árbol de la vida» protagonizó el pecado original en el paraíso. Pero aquel pecado no lo cometió él, lo cometieron Adán y Eva por no saber respetarlo. Justo lo mismo que seguimos haciendo, a día de hoy, sus descendientes.

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