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5 de noviembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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El origen de los dichos: Irse por los cerros de Úbeda

5 de noviembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Con lo bonito que es Úbeda y su entorno, y a pesar de eso, seguro que a más de uno os podrían en un apuro si os pidieran que nombrarais un monumento de la ciudad. Ahora, lo de sus cerros seguro que lo domináis.

«Irse por los cerros de Úbeda» es más fácil de lo que parece. Usamos esta expresión cuando queremos dar a entender que alguien se está yendo del tema o que se está extendiendo demasiado. Incluso podemos emplearlo para hablar de algo muy lejano o remoto.

Teorías sobre su origen hay varias. Quizá la más extendida sea la que recurre a un hecho histórico acaecido en 1231 (año arriba, año abajo) en tiempos de las guerras con los almohades.

El rey Fernando III El Santo envió a sus tropas a reconquistar la ciudad de Úbeda y, para prevenir los movimientos enemigos y servir de apoyo en la batalla, envió a vigilar desde los cerros de alrededor al batallón comandado por Álvar Fáñez El Mozo (no confundir con Minaya, amigo del alma del Cid).

Pero he aquí que el renombrado capitán, llegado el momento de presentarse para repartir leña entre los musulmanes, no acudió. Y cuando llegó, la cosa ya estaba hecha y acabada.

Así que el buen rey, Santo que era y de infinita paciencia, le preguntó al Mozo por qué se había retrasado tanto. A lo que contestó con todo su papo que se había perdido por los cerros de Úbeda. Lo que hizo Fernando III después con él, no consta.

No dejó escapar la ocasión el pueblo de quedarse con la excusa y emplearla a su conveniencia. Si hay que mofarse de un cobarde, pues se hace y punto. Lo llevamos en los genes.

Lo más probable es que este capitán Fáñez no acudiera a la cita con la historia porque le pillara en su momento All-Bran y se fuera por la patita abajo del miedo que le daban las cimitarras. Pero otras versiones más benevolentes y románticas justifican su ausencia por andar liado y encandilado con una serrana de los alrededores, cuyo cuerpo le atraía más que el de Infantería. Sea como fuere, la excusa fue magistral y ha quedado para la posteridad.

En versión de José María Iribarren, en lugar de un capitán cobarde, quien pronunciara la frase fue el alcalde de uno de los pueblos de la serranía de Úbeda –o de la misma Úbeda–, que andaba enamoradito perdido de una moza que vivía en los cerros y que le sorbía el seso.

«Una vez, en sesión, le pidieron parecer», cuenta Iribarren, «y como el pobre alcalde empezara a divagar, un munícipe le advirtió: “No se vaya usía por los cerros de Úbeda”».

Sin embargo, según él, la explicación más lógica la da Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana (1611), quien dice sobre los cerros que rodean Úbeda que «…según Estrabón y Ptolomeo, son unos montes de nuestra España. Estos van discurriendo por muchas partes, y toman diversos nombres según los lugares por donde pasan. De aquí nació un proverbio, cuando uno se va despepitando por términos remotos y desproporcionados».

Pues será la versión más cierta, pero qué poquita poesía, ¿no?

Con lo bonito que es Úbeda y su entorno, y a pesar de eso, seguro que a más de uno os podrían en un apuro si os pidieran que nombrarais un monumento de la ciudad. Ahora, lo de sus cerros seguro que lo domináis.

«Irse por los cerros de Úbeda» es más fácil de lo que parece. Usamos esta expresión cuando queremos dar a entender que alguien se está yendo del tema o que se está extendiendo demasiado. Incluso podemos emplearlo para hablar de algo muy lejano o remoto.

Teorías sobre su origen hay varias. Quizá la más extendida sea la que recurre a un hecho histórico acaecido en 1231 (año arriba, año abajo) en tiempos de las guerras con los almohades.

El rey Fernando III El Santo envió a sus tropas a reconquistar la ciudad de Úbeda y, para prevenir los movimientos enemigos y servir de apoyo en la batalla, envió a vigilar desde los cerros de alrededor al batallón comandado por Álvar Fáñez El Mozo (no confundir con Minaya, amigo del alma del Cid).

Pero he aquí que el renombrado capitán, llegado el momento de presentarse para repartir leña entre los musulmanes, no acudió. Y cuando llegó, la cosa ya estaba hecha y acabada.

Así que el buen rey, Santo que era y de infinita paciencia, le preguntó al Mozo por qué se había retrasado tanto. A lo que contestó con todo su papo que se había perdido por los cerros de Úbeda. Lo que hizo Fernando III después con él, no consta.

No dejó escapar la ocasión el pueblo de quedarse con la excusa y emplearla a su conveniencia. Si hay que mofarse de un cobarde, pues se hace y punto. Lo llevamos en los genes.

Lo más probable es que este capitán Fáñez no acudiera a la cita con la historia porque le pillara en su momento All-Bran y se fuera por la patita abajo del miedo que le daban las cimitarras. Pero otras versiones más benevolentes y románticas justifican su ausencia por andar liado y encandilado con una serrana de los alrededores, cuyo cuerpo le atraía más que el de Infantería. Sea como fuere, la excusa fue magistral y ha quedado para la posteridad.

En versión de José María Iribarren, en lugar de un capitán cobarde, quien pronunciara la frase fue el alcalde de uno de los pueblos de la serranía de Úbeda –o de la misma Úbeda–, que andaba enamoradito perdido de una moza que vivía en los cerros y que le sorbía el seso.

«Una vez, en sesión, le pidieron parecer», cuenta Iribarren, «y como el pobre alcalde empezara a divagar, un munícipe le advirtió: “No se vaya usía por los cerros de Úbeda”».

Sin embargo, según él, la explicación más lógica la da Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana (1611), quien dice sobre los cerros que rodean Úbeda que «…según Estrabón y Ptolomeo, son unos montes de nuestra España. Estos van discurriendo por muchas partes, y toman diversos nombres según los lugares por donde pasan. De aquí nació un proverbio, cuando uno se va despepitando por términos remotos y desproporcionados».

Pues será la versión más cierta, pero qué poquita poesía, ¿no?

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