14 de diciembre 2022    /   CINE/TV
por
Ilustración  Alberto Shock

Isabel Coixet: «La cámara es una potente herramienta para ponerla al servicio de gente con causa»

La directora pone imágenes y voz a un caso de violencia de género prescrito en el documental nominado a los Goya 'El techo amarillo'

14 de diciembre 2022    /   CINE/TV     por        Ilustración  Alberto Shock
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En 2018, un grupo de mujeres presentaron una denuncia por abusos sexuales contra dos de sus profesores de un grupo de teatro en Lérida. Los hechos ocurrieron cuando eran adolescentes, entre 2001 y 2008. La vergüenza y el miedo hicieron que esperaran más de 10 años a denunciar, el tiempo que tardaron en madurar y asumir lo que habían vivido.

El caso había prescrito… al menos para la justicia. Porque la opinión pública va a conocer sus caras y escuchar sus testimonios en el documental El techo amarillo, que ha dirigido Isabel Coixet y que se presenta, mañana día 16 de diciembre, en salas de cine de toda España. Este trabajo, que ya ha cosechado varios premios en distintos festivales, ha sido nominado a mejor documental en la próxima edición de los Goya.

 ¿Es el documental el mejor formato para luchar contra las cosas que no te gustan?

No me gusta hablar de luchar porque soy consciente de lo poco que las películas cambian las cosas. Sí que creo que la cámara es una herramienta increíble para ponerla al servicio de gente que tiene causa. En ese caso, me ha servido para dejar constancia de cómo se sienten las víctimas de abusos sexuales, de cómo un entorno hostil hace que te revictimices, de cómo hay gente que consigue superar esas experiencias y llega a hablar serenamente sobre eso, del tiempo que se requiere para ello… Es un documental hecho de una manera contundente y sin discursos, que habla de muchas cosas que las mujeres tienen en la cabeza.

 ¿Qué otras cosas no te gustan como para hacer un documental?

No sé si me gusta o no, pero estoy inmersa en un documental que se va a rodar en varias fases y que gira en torno al cerdo de San Antón. Se trata de un cerdo que, una vez seleccionado y bendecido, pasa un año en libertad en la localidad salmantina de La Alberca. El animal es alimentado y cuidado por el pueblo. Cuando llega a edad adulta es subastado, y los fondos se destinan a una ONG. De momento, seguimos la evolución del animal, que  acabará en un matadero con toda seguridad. 

Reconozco que tengo pocas tesis en este momento y me limito a observarlo y a observarme. Y me surgen muchas preguntas. ¿Cómo justificamos algo así? ¿Cómo nos comemos un bocata de jamón en mitad del rodaje mirando al cerdo alegre en su charco? ¿Cómo vivimos esta contradicción de vincularnos tanto a un animal para luego matarlo? Es un trabajo laborioso que durará años y que forma parte de un proyecto internacional denominado Omnívoro, que va sobre elementos clave de la alimentación en el mundo.

Hablando de alimentación, después de rodar Foody Love, ¿qué tiene que ver la comida con el amor?

Todo tiene que ver con el amor. Dos personas que comparten el amor a la comida tienen muchos números también de compartir otras cosas.

¿Qué tal se trabaja para las plataformas?

Yo solo puedo decir cosas buenas. Como creadora me he sentido muy respetada. Y en cuanto al alcance, esta es la manera de llegar a todas partes, sobre todo para cineastas acostumbrados a hacer una peli que con suerte va a algún festival fuera de tu país, y con mucha suerte se estrena en otro mercado. Que de repente te escriba una chica que lo ha visto a escondidas en Afganistán, Jordania o Pakistán y que gracias a tu trabajo ha descubierto, por ejemplo, que eso de que te gusten las mujeres es una cosa normal en el mundo es muy gratificante. 

Isabel Coixet

¿Qué ha cambiado en tu cine desde Demasiado viejo para morir joven?

Quedan cosas muy concretas. Queda alguien que disfruta en los rodajes, alguien que detrás de una cámara se ha dado cuenta de que tiene una herramienta increíble para contar el mundo. Respecto a mi manera de hacer cine, creo que cada vez es más sencilla, creo que cada vez me doy más cuenta de que hay que ir a lo esencial, que hay que divertirse aunque cuentes una historia superdramática… Quizás lo que cambia es que ahora sé diferenciar mejor lo accesorio de lo importante. Y todo eso se refleja a la hora de contar historias.

¿Te gusta más adaptar o crear guiones?

Yo creo que crear. Adaptar siempre es un reto porque afecta a la obra de otro, y siempre surge el debate entre respetar, cambiar, cuáles son los elementos de una obra que han motivado que quieras adaptarla, y hasta qué punto puedes traicionar ciertas cosas de esa obra. Y ahí entra una negociación que cuando tú escribes cosas tuyas solo tienes que negociar contigo; y encuentro mucho más fácil negociar contigo que con otros.

 ¿Dirías que el mundo del cine es sostenible?

Ahora todo el mundo se quiere sumar al carro de la sostenibilidad. Y muchos hasta alardean de ser pioneros. Yo llevo casi 30 años, desde que empecé en el cine, insistiendo en que nada de botellitas de agua, ni platos de plástico, ni comida de sobra, cuidado con los desperdicios… Son cosas que llevamos años haciendo, al igual que insistiendo en temas de diversidad. Para mí es esencial que los equipos estén integrados tanto por hombres como por mujeres. De hecho, desde siempre, más de la mitad de los cargos de responsabilidad de mis películas están ocupados por mujeres, desde directoras de fotografía a eléctricas.

Pero la realidad es que, como sucede en tantas facetas del arte, en cine sigue habiendo pocas mujeres…

¿Y qué le vamos a hacer? Es un debate tan antiguo lo de tener que ir con la banderita: hombre, mujer, trans, fluido… ¡Qué más da! ¿Tienes talento? Pues adelante.

Y un poco machista también es. Me estoy acordando del caso Million dolar baby [Isabel Coixet rechazó rodar Million dollar baby cuando le negaron un cambio que a Clint Eastwood sí le concedieron]

Cuando uno cuenta las cosas como son parece que la gente no quiere escucharte. La gente quiere escuchar lo que ellos en su cabeza pueden admitir y entender, y las cosas son mucho más complejas. Yo he contado esta historia un montón de veces y siempre te sale un puñado de haters diciendo que yo he criticado a Clint Eastwood… y yo no he dicho eso. Llegados a este punto, me declaro fan número uno de Mariah Carey, la persona a la que más le da igual lo que digan de ella.

No me gusta hablar de luchar porque soy consciente de lo poco que las películas cambian las cosas. Sí que creo que la cámara es una herramienta increíble para ponerla al servicio de gente que tiene causa

¿No te parece que el sector del cine, tan reivindicativo en otras ocasiones, está un poco callado con el tema del cambio climático y el planeta?

Yo creo que estamos todos muy despistados y la gente quiere hacer algo pero no sabe muy bien cómo. De todas formas, en el mundo hay tantos frentes abiertos… Quizás por el documental que te comentaba antes del cerdito —y me he documentado muchísimo— sí te puedo decir que sí que se están haciendo muchas cosas, especialmente relacionadas con la alimentación. Quizás no son las cosas que más se ven, pero sí que se están haciendo cosas. Otra cosa también es que no las queramos ver.

¿Y qué me dices del edadismo? ¿Qué te parece que se oculte y menosprecie la vejez?

Fatal. Primero porque me he preocupado por llevar una vida muy a tope y llena de experiencias interesantes, y lo que diga un youtuber de 23 años me puede parecer interesante o divertido, pero, sinceramente, dudo que me pueda dar lecciones. Y segundo porque no es ni mejor ni peor el ser el más joven o el más mayor.

De momento, no me siento nada mayor. Y mientras tenga energía voy a seguir levantándome a las 5:00 de la mañana para ir a un rodaje, cargando con la cámara y, si lo requiere la toma, tirándome al suelo y embarrándome con los gorrinos. El día que no me apetezca igual decido hablar de otra cosa. Pero hoy me siento con energía para seguir.

 ¿Qué puedes contar de tus próximos trabajos?

Voy hacer la adaptación de una novela muy buena de Sara Mesa, que se llama Un amor, y si los hados se ponen favorables, creo que la dirigiré el año que viene. Va de una mujer que llega de una ciudad a un pueblo muy pequeño y de las cosas que le pasan allí.

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En 2018, un grupo de mujeres presentaron una denuncia por abusos sexuales contra dos de sus profesores de un grupo de teatro en Lérida. Los hechos ocurrieron cuando eran adolescentes, entre 2001 y 2008. La vergüenza y el miedo hicieron que esperaran más de 10 años a denunciar, el tiempo que tardaron en madurar y asumir lo que habían vivido.

El caso había prescrito… al menos para la justicia. Porque la opinión pública va a conocer sus caras y escuchar sus testimonios en el documental El techo amarillo, que ha dirigido Isabel Coixet y que se presenta, mañana día 16 de diciembre, en salas de cine de toda España. Este trabajo, que ya ha cosechado varios premios en distintos festivales, ha sido nominado a mejor documental en la próxima edición de los Goya.

 ¿Es el documental el mejor formato para luchar contra las cosas que no te gustan?

No me gusta hablar de luchar porque soy consciente de lo poco que las películas cambian las cosas. Sí que creo que la cámara es una herramienta increíble para ponerla al servicio de gente que tiene causa. En ese caso, me ha servido para dejar constancia de cómo se sienten las víctimas de abusos sexuales, de cómo un entorno hostil hace que te revictimices, de cómo hay gente que consigue superar esas experiencias y llega a hablar serenamente sobre eso, del tiempo que se requiere para ello… Es un documental hecho de una manera contundente y sin discursos, que habla de muchas cosas que las mujeres tienen en la cabeza.

 ¿Qué otras cosas no te gustan como para hacer un documental?

No sé si me gusta o no, pero estoy inmersa en un documental que se va a rodar en varias fases y que gira en torno al cerdo de San Antón. Se trata de un cerdo que, una vez seleccionado y bendecido, pasa un año en libertad en la localidad salmantina de La Alberca. El animal es alimentado y cuidado por el pueblo. Cuando llega a edad adulta es subastado, y los fondos se destinan a una ONG. De momento, seguimos la evolución del animal, que  acabará en un matadero con toda seguridad. 

Reconozco que tengo pocas tesis en este momento y me limito a observarlo y a observarme. Y me surgen muchas preguntas. ¿Cómo justificamos algo así? ¿Cómo nos comemos un bocata de jamón en mitad del rodaje mirando al cerdo alegre en su charco? ¿Cómo vivimos esta contradicción de vincularnos tanto a un animal para luego matarlo? Es un trabajo laborioso que durará años y que forma parte de un proyecto internacional denominado Omnívoro, que va sobre elementos clave de la alimentación en el mundo.

Hablando de alimentación, después de rodar Foody Love, ¿qué tiene que ver la comida con el amor?

Todo tiene que ver con el amor. Dos personas que comparten el amor a la comida tienen muchos números también de compartir otras cosas.

¿Qué tal se trabaja para las plataformas?

Yo solo puedo decir cosas buenas. Como creadora me he sentido muy respetada. Y en cuanto al alcance, esta es la manera de llegar a todas partes, sobre todo para cineastas acostumbrados a hacer una peli que con suerte va a algún festival fuera de tu país, y con mucha suerte se estrena en otro mercado. Que de repente te escriba una chica que lo ha visto a escondidas en Afganistán, Jordania o Pakistán y que gracias a tu trabajo ha descubierto, por ejemplo, que eso de que te gusten las mujeres es una cosa normal en el mundo es muy gratificante. 

Isabel Coixet

¿Qué ha cambiado en tu cine desde Demasiado viejo para morir joven?

Quedan cosas muy concretas. Queda alguien que disfruta en los rodajes, alguien que detrás de una cámara se ha dado cuenta de que tiene una herramienta increíble para contar el mundo. Respecto a mi manera de hacer cine, creo que cada vez es más sencilla, creo que cada vez me doy más cuenta de que hay que ir a lo esencial, que hay que divertirse aunque cuentes una historia superdramática… Quizás lo que cambia es que ahora sé diferenciar mejor lo accesorio de lo importante. Y todo eso se refleja a la hora de contar historias.

¿Te gusta más adaptar o crear guiones?

Yo creo que crear. Adaptar siempre es un reto porque afecta a la obra de otro, y siempre surge el debate entre respetar, cambiar, cuáles son los elementos de una obra que han motivado que quieras adaptarla, y hasta qué punto puedes traicionar ciertas cosas de esa obra. Y ahí entra una negociación que cuando tú escribes cosas tuyas solo tienes que negociar contigo; y encuentro mucho más fácil negociar contigo que con otros.

 ¿Dirías que el mundo del cine es sostenible?

Ahora todo el mundo se quiere sumar al carro de la sostenibilidad. Y muchos hasta alardean de ser pioneros. Yo llevo casi 30 años, desde que empecé en el cine, insistiendo en que nada de botellitas de agua, ni platos de plástico, ni comida de sobra, cuidado con los desperdicios… Son cosas que llevamos años haciendo, al igual que insistiendo en temas de diversidad. Para mí es esencial que los equipos estén integrados tanto por hombres como por mujeres. De hecho, desde siempre, más de la mitad de los cargos de responsabilidad de mis películas están ocupados por mujeres, desde directoras de fotografía a eléctricas.

Pero la realidad es que, como sucede en tantas facetas del arte, en cine sigue habiendo pocas mujeres…

¿Y qué le vamos a hacer? Es un debate tan antiguo lo de tener que ir con la banderita: hombre, mujer, trans, fluido… ¡Qué más da! ¿Tienes talento? Pues adelante.

Y un poco machista también es. Me estoy acordando del caso Million dolar baby [Isabel Coixet rechazó rodar Million dollar baby cuando le negaron un cambio que a Clint Eastwood sí le concedieron]

Cuando uno cuenta las cosas como son parece que la gente no quiere escucharte. La gente quiere escuchar lo que ellos en su cabeza pueden admitir y entender, y las cosas son mucho más complejas. Yo he contado esta historia un montón de veces y siempre te sale un puñado de haters diciendo que yo he criticado a Clint Eastwood… y yo no he dicho eso. Llegados a este punto, me declaro fan número uno de Mariah Carey, la persona a la que más le da igual lo que digan de ella.

No me gusta hablar de luchar porque soy consciente de lo poco que las películas cambian las cosas. Sí que creo que la cámara es una herramienta increíble para ponerla al servicio de gente que tiene causa

¿No te parece que el sector del cine, tan reivindicativo en otras ocasiones, está un poco callado con el tema del cambio climático y el planeta?

Yo creo que estamos todos muy despistados y la gente quiere hacer algo pero no sabe muy bien cómo. De todas formas, en el mundo hay tantos frentes abiertos… Quizás por el documental que te comentaba antes del cerdito —y me he documentado muchísimo— sí te puedo decir que sí que se están haciendo muchas cosas, especialmente relacionadas con la alimentación. Quizás no son las cosas que más se ven, pero sí que se están haciendo cosas. Otra cosa también es que no las queramos ver.

¿Y qué me dices del edadismo? ¿Qué te parece que se oculte y menosprecie la vejez?

Fatal. Primero porque me he preocupado por llevar una vida muy a tope y llena de experiencias interesantes, y lo que diga un youtuber de 23 años me puede parecer interesante o divertido, pero, sinceramente, dudo que me pueda dar lecciones. Y segundo porque no es ni mejor ni peor el ser el más joven o el más mayor.

De momento, no me siento nada mayor. Y mientras tenga energía voy a seguir levantándome a las 5:00 de la mañana para ir a un rodaje, cargando con la cámara y, si lo requiere la toma, tirándome al suelo y embarrándome con los gorrinos. El día que no me apetezca igual decido hablar de otra cosa. Pero hoy me siento con energía para seguir.

 ¿Qué puedes contar de tus próximos trabajos?

Voy hacer la adaptación de una novela muy buena de Sara Mesa, que se llama Un amor, y si los hados se ponen favorables, creo que la dirigiré el año que viene. Va de una mujer que llega de una ciudad a un pueblo muy pequeño y de las cosas que le pasan allí.

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