Publicado: 04 de septiembre 2023 09:39  /   IDEAS
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La princesa que se carteaba con Descartes

Publicado: 04 de septiembre 2023 09:39  /   IDEAS     por          
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Isabel de Bohemia y del Palatinado era una mujer notable de su época, una figura que parecía sacada de una novela épica. Incluso compartía ribetes onomásticos con algunos de los personajes y geografías de Juego de tronos: nacida en una época de agitación política, su familia se vio obligada a exiliarse a los Países Bajos después de que su padre, Federico V del Palatinado, fuera depuesto tras la Batalla de la Montaña Blanca. Este evento le valió a su padre el apodo del Rey del Invierno, dado que solo pudo gobernar durante una temporada.

A pesar de las circunstancias adversas, Isabel prosperó intelectualmente, convirtiéndose en una respetada filósofa, matemática, teóloga y política. No en vano, desplegaba un talento excepcional para el aprendizaje. Dominaba seis idiomas, incluidos el latín y el griego, y mostraba una destreza notable en matemáticas. Dentro de su familia se le apodaba la Griega, debido a su profundo conocimiento de las temáticas clásicas. Incluso es muy probable que Constantijn Huygens, uno de los principales poetas clásicos del Siglo de Oro neerlandés, fuese uno de sus maestros.

UNA RED DE CORRESPONDENCIA INTELECTUAL

Isabel se acabó convirtiendo en una figura central en la república de las letras de su época, una red de correspondencia intelectual que sentaría las bases para el desarrollo de la ciencia moderna. Y, si bien solo se encontraría con el reputado filósofo francés René Descartes en unas pocas ocasiones, mantuvo con él una correspondencia extensa y sustancial, intercambiando un total de 58 cartas que han sobrevivido hasta hoy.

Esta correspondencia comenzó en 1643 y continuó hasta la inesperada muerte de Descartes en 1650, cuando fue víctima de una neumonía de resultas de haberse tenido que levantar temprano y caminar por un frío castillo para ejercer como tutor de la reina Cristina de Suecia (otra iconoclasta monarca que escandalizó a la Europa del siglo XVII y que, debido a su ambigüedad sexual y su predilección por la indumentaria masculina, se convirtió siglos más tarde en un icono de la comunidad LGTB).

La correspondencia entre Isabel y Descartes es una ventana a su época y a sus respectivos pensamientos y zozobras; llena de cortesía, humor e intimidad, pero también de profundos debates filosóficos. Además, la emancipación intelectual de Isabel propició que llegara, incluso, a cuestionar algunas de las ideas troncales del pensamiento de Descartes, particularmente su famosa teoría del dualismo, que separa la mente del cuerpo. A lo largo de su correspondencia, también continuó sondeando otras tantas inconsistencias de su filosofía, mientras que él, a menudo, se ponía a la defensiva, tratando de explicar y justificar sus pensamientos.

A pesar de todo, su relación siempre fue cordial, incluso rayano en lo romántico, habida cuenta de la forma en que firmaban sus cartas. Él, como «obediente y ferviente servidor de vuestra alteza» y ella, como «tu muy amiga a tu servicio». Lo que no solo reflejaba la deferencia y el respeto mutuo entre ellos, sino el reconocimiento de la diferencia de clases, dado que Isabel pertenecía a una clase social mucho más alta que la de Descartes.

René Descartes. Retrato de Frans Hals

EL PROBLEMA DEL DUALISMO

Isabel le preguntaba a Descartes cómo puede el alma, siendo una sustancia pensante, afectar los cuerpos para producir acciones voluntarias. Descartes, en su respuesta, sugería que la mente es similar a una fuerza, como la gravedad, que opera a distancia.

No obstante, Isabel consideraba insatisfactoria esta explicación porque, según su teoría dualista, la mente es inmaterial y, por lo tanto, no puede interactuar con lo material. Argumentaba así que, si la mente es una fuerza física no descubierta, la explicación de Descartes tendría sentido. Sin embargo, dado que la mente es intencionalmente no física (inmaterial) en su teoría dualista, no podía imaginarse cómo podría interactuar con lo físico (material).

Isabel prosiguió argumentando que entendía que los sentidos le indican que el alma mueve el cuerpo, pero respecto a cómo lo hace, los sentidos no le brindan ninguna respuesta, y tampoco lo hacen el intelecto y la imaginación. Aunque, como siempre, Isabel concluye en tono respetuoso, recordando a Descartes que no podría haber estado a la altura de su reputación de una manera más complaciente que a través de sus aclaraciones y consejos, los cuales valoraba entre los tesoros más grandes que podría poseer.

A pesar de la diplomacia de la princesa, es evidente que Descartes había estado evadiendo algunas de las cuestiones más peliagudas deslizadas por su afilado aguijón intelectual (a no ser que aparecieran nuevas misivas extraviadas en algún archivo polvoriento donde el filósofo por fin abordara aquellas cuestiones).

Como explica el filósofo británico A. C. Grayling en La era del ingenio, parte de la curiosidad que desplegaba Isabel a propósito de las digresiones dualistas de Descartes guardaban relación con el posible efecto de las emociones sobre la salud, tal y como escribió el 24 de mayo de 1645: «Mi cuerpo sufre muchas de las debilidades de mi sexo; se ve afectado con suma facilidad por los problemas del alma y carece del poder para restaurarse cuando el alma está curada (…). A la tristeza no le lleva mucho tiempo obstruir el bazo e infectar el resto de mi cuerpo con sus vapores. Supongo que esta es la fuente de mis décimas de fiebre y mi dolor de garganta…».

Con todo, además del debate, también hubo confesiones sobre sus vidas personales, y hasta la resolución, al alimón, de un problema de matemáticas. Descartes le explicó el problema en una carta y la princesa trabajó en él al mismo tiempo que él. Ambos llegaron a la misma conclusión, pero Descartes admitió que la demostración de Isabel había sido más elegante (y esto es objetivamente cierto, dado que la demostración contiene menos términos).

Descartes incluso le dedicó su libro Principios de la filosofía, reconociendo la agudeza de su mente: «La mayor recompensa que he recibido de mis escritos publicados es que usted ha tenido la amabilidad de leerlos, lo que me ha permitido ser admitido en el círculo de sus conocidos, lo que me ha dado tal conocimiento de sus talentos que creo que sería un servicio a la humanidad registrarlos como un ejemplo para la posteridad».

Isabel de Bohemia. Retrato de Gerrit van Honthorst

DOS NERDS EPISTOLARES

Algunos fragmentos de las cartas también sugieren una relación sentimentalmente cercana entre Descartes e Isabel, extramuros de la correspondencia meramente filosófica o amistosa. Algunos historiadores, pues, han especulado sobre una posible relación romántica entre ellos, aunque no haya pruebas concluyentes.

Por ejemplo, es lo que propone el neurocientífico Erik Hoel en su libro The World Behind the World: Consciousness, Free Will, and the Limits of Science, que describe la relación como la de dos entusiastas de la ciencia, atrapados en el Renacimiento, intercambiando mensajes, encontrándose solo unas pocas veces en persona, quizás bajo la sombra de una intensa pasión.

Sea como fuere, después de la muerte de Descartes, Isabel se quedó desconsolada. Aunque vivió hasta los 72 años, nunca contrajo matrimonio. De hecho, incluso rechazó la propuesta de casamiento de un príncipe (al menos en parte por motivos religiosos). Sin embargo, tuvo una vida plena como soltera, promoviendo las nuevas ideas filosóficas y científicas de la época.

Finalmente, en 1667, ingresó en un convento protestante en Herford, Westfalia, y al cabo de un tiempo fue su abadesa, gobernando sabiamente sobre más de 7.000 personas hasta 1680. Hasta el día de su muerte, el convento también se convirtió en un refugio para todo aquel que huyera de las persecuciones religiosas.

La princesa, tras aquella absorbente relación epistolar con Descartes, fue quizás la primera persona en afirmar explícitamente la naturaleza paradójica del problema mente-cuerpo. La conciencia parece irreductible a lo material, y sin embargo, también sabemos, como Isabel fue la primera en señalar, que los dos no pueden estar completamente separados, porque entonces nunca podrían interactuar. Nunca completamente separados. Como el filósofo y la princesa.

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Isabel de Bohemia y del Palatinado era una mujer notable de su época, una figura que parecía sacada de una novela épica. Incluso compartía ribetes onomásticos con algunos de los personajes y geografías de Juego de tronos: nacida en una época de agitación política, su familia se vio obligada a exiliarse a los Países Bajos después de que su padre, Federico V del Palatinado, fuera depuesto tras la Batalla de la Montaña Blanca. Este evento le valió a su padre el apodo del Rey del Invierno, dado que solo pudo gobernar durante una temporada.

A pesar de las circunstancias adversas, Isabel prosperó intelectualmente, convirtiéndose en una respetada filósofa, matemática, teóloga y política. No en vano, desplegaba un talento excepcional para el aprendizaje. Dominaba seis idiomas, incluidos el latín y el griego, y mostraba una destreza notable en matemáticas. Dentro de su familia se le apodaba la Griega, debido a su profundo conocimiento de las temáticas clásicas. Incluso es muy probable que Constantijn Huygens, uno de los principales poetas clásicos del Siglo de Oro neerlandés, fuese uno de sus maestros.

UNA RED DE CORRESPONDENCIA INTELECTUAL

Isabel se acabó convirtiendo en una figura central en la república de las letras de su época, una red de correspondencia intelectual que sentaría las bases para el desarrollo de la ciencia moderna. Y, si bien solo se encontraría con el reputado filósofo francés René Descartes en unas pocas ocasiones, mantuvo con él una correspondencia extensa y sustancial, intercambiando un total de 58 cartas que han sobrevivido hasta hoy.

Esta correspondencia comenzó en 1643 y continuó hasta la inesperada muerte de Descartes en 1650, cuando fue víctima de una neumonía de resultas de haberse tenido que levantar temprano y caminar por un frío castillo para ejercer como tutor de la reina Cristina de Suecia (otra iconoclasta monarca que escandalizó a la Europa del siglo XVII y que, debido a su ambigüedad sexual y su predilección por la indumentaria masculina, se convirtió siglos más tarde en un icono de la comunidad LGTB).

La correspondencia entre Isabel y Descartes es una ventana a su época y a sus respectivos pensamientos y zozobras; llena de cortesía, humor e intimidad, pero también de profundos debates filosóficos. Además, la emancipación intelectual de Isabel propició que llegara, incluso, a cuestionar algunas de las ideas troncales del pensamiento de Descartes, particularmente su famosa teoría del dualismo, que separa la mente del cuerpo. A lo largo de su correspondencia, también continuó sondeando otras tantas inconsistencias de su filosofía, mientras que él, a menudo, se ponía a la defensiva, tratando de explicar y justificar sus pensamientos.

A pesar de todo, su relación siempre fue cordial, incluso rayano en lo romántico, habida cuenta de la forma en que firmaban sus cartas. Él, como «obediente y ferviente servidor de vuestra alteza» y ella, como «tu muy amiga a tu servicio». Lo que no solo reflejaba la deferencia y el respeto mutuo entre ellos, sino el reconocimiento de la diferencia de clases, dado que Isabel pertenecía a una clase social mucho más alta que la de Descartes.

René Descartes. Retrato de Frans Hals

EL PROBLEMA DEL DUALISMO

Isabel le preguntaba a Descartes cómo puede el alma, siendo una sustancia pensante, afectar los cuerpos para producir acciones voluntarias. Descartes, en su respuesta, sugería que la mente es similar a una fuerza, como la gravedad, que opera a distancia.

No obstante, Isabel consideraba insatisfactoria esta explicación porque, según su teoría dualista, la mente es inmaterial y, por lo tanto, no puede interactuar con lo material. Argumentaba así que, si la mente es una fuerza física no descubierta, la explicación de Descartes tendría sentido. Sin embargo, dado que la mente es intencionalmente no física (inmaterial) en su teoría dualista, no podía imaginarse cómo podría interactuar con lo físico (material).

Isabel prosiguió argumentando que entendía que los sentidos le indican que el alma mueve el cuerpo, pero respecto a cómo lo hace, los sentidos no le brindan ninguna respuesta, y tampoco lo hacen el intelecto y la imaginación. Aunque, como siempre, Isabel concluye en tono respetuoso, recordando a Descartes que no podría haber estado a la altura de su reputación de una manera más complaciente que a través de sus aclaraciones y consejos, los cuales valoraba entre los tesoros más grandes que podría poseer.

A pesar de la diplomacia de la princesa, es evidente que Descartes había estado evadiendo algunas de las cuestiones más peliagudas deslizadas por su afilado aguijón intelectual (a no ser que aparecieran nuevas misivas extraviadas en algún archivo polvoriento donde el filósofo por fin abordara aquellas cuestiones).

Como explica el filósofo británico A. C. Grayling en La era del ingenio, parte de la curiosidad que desplegaba Isabel a propósito de las digresiones dualistas de Descartes guardaban relación con el posible efecto de las emociones sobre la salud, tal y como escribió el 24 de mayo de 1645: «Mi cuerpo sufre muchas de las debilidades de mi sexo; se ve afectado con suma facilidad por los problemas del alma y carece del poder para restaurarse cuando el alma está curada (…). A la tristeza no le lleva mucho tiempo obstruir el bazo e infectar el resto de mi cuerpo con sus vapores. Supongo que esta es la fuente de mis décimas de fiebre y mi dolor de garganta…».

Con todo, además del debate, también hubo confesiones sobre sus vidas personales, y hasta la resolución, al alimón, de un problema de matemáticas. Descartes le explicó el problema en una carta y la princesa trabajó en él al mismo tiempo que él. Ambos llegaron a la misma conclusión, pero Descartes admitió que la demostración de Isabel había sido más elegante (y esto es objetivamente cierto, dado que la demostración contiene menos términos).

Descartes incluso le dedicó su libro Principios de la filosofía, reconociendo la agudeza de su mente: «La mayor recompensa que he recibido de mis escritos publicados es que usted ha tenido la amabilidad de leerlos, lo que me ha permitido ser admitido en el círculo de sus conocidos, lo que me ha dado tal conocimiento de sus talentos que creo que sería un servicio a la humanidad registrarlos como un ejemplo para la posteridad».

Isabel de Bohemia. Retrato de Gerrit van Honthorst

DOS NERDS EPISTOLARES

Algunos fragmentos de las cartas también sugieren una relación sentimentalmente cercana entre Descartes e Isabel, extramuros de la correspondencia meramente filosófica o amistosa. Algunos historiadores, pues, han especulado sobre una posible relación romántica entre ellos, aunque no haya pruebas concluyentes.

Por ejemplo, es lo que propone el neurocientífico Erik Hoel en su libro The World Behind the World: Consciousness, Free Will, and the Limits of Science, que describe la relación como la de dos entusiastas de la ciencia, atrapados en el Renacimiento, intercambiando mensajes, encontrándose solo unas pocas veces en persona, quizás bajo la sombra de una intensa pasión.

Sea como fuere, después de la muerte de Descartes, Isabel se quedó desconsolada. Aunque vivió hasta los 72 años, nunca contrajo matrimonio. De hecho, incluso rechazó la propuesta de casamiento de un príncipe (al menos en parte por motivos religiosos). Sin embargo, tuvo una vida plena como soltera, promoviendo las nuevas ideas filosóficas y científicas de la época.

Finalmente, en 1667, ingresó en un convento protestante en Herford, Westfalia, y al cabo de un tiempo fue su abadesa, gobernando sabiamente sobre más de 7.000 personas hasta 1680. Hasta el día de su muerte, el convento también se convirtió en un refugio para todo aquel que huyera de las persecuciones religiosas.

La princesa, tras aquella absorbente relación epistolar con Descartes, fue quizás la primera persona en afirmar explícitamente la naturaleza paradójica del problema mente-cuerpo. La conciencia parece irreductible a lo material, y sin embargo, también sabemos, como Isabel fue la primera en señalar, que los dos no pueden estar completamente separados, porque entonces nunca podrían interactuar. Nunca completamente separados. Como el filósofo y la princesa.

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