9 de abril 2018    /   CINE/TV
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Isao Takahata: las realidades animadas del creador de ‘Heidi’ y ‘Marco’

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Se nos fue, en un suspiro, Isao Takahata (1935–2018). El cofundador de Studio Ghibli, el gran estudio de animación japonesa. El director de orquesta de miles de infancias representadas en las irrepetibles aventuras de Heidi, Marco y Ana de las tejas verdes. El pacifista, el soñador. El firme defensor de la animación como medio artístico. El compañero,  rival, confidente y gran amigo de Hayao Miyazaki.

Superviviente de un bombardeo estadounidense que redujo su ciudad a cenizas durante la II Guerra Mundial. Tenía nueve años; el menor de siete hermanos. Pilas de cadáveres a su alrededor mientras volvía a casa con una de sus hermanas. Cuarenta y tres años después, en 1988, estrenaría La tumba de las luciérnagas, su mayor éxito. La desgarradora historia de dos niños condenados a sufrir los horrores de la guerra. La inconmensurable belleza de la animación encarnada en tragedia y muerte.

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«Estoy convencido de que la animación es el mejor medio para mostrar lo real. Con las películas de imagen real no se puede mostrar objetivamente la realidad porque hay necesariamente que hacer reconstrucción, a pesar de las apariencias. El dibujo animado, que no busca esconderse de ser una interpretación artística, puede, pues, comprometerse a mostrar lo real», decía el director en una entrevista realizada en 1995.

Más allá de lo lacrimógeno, Takahata, firmaba en La tumba de las luciérnagas una pieza audiovisual exquisita. Una constatación más de lo que la animación japonesa podía llegar a expresar y de lo que la imagen real nunca sería capaz.

En 1991, Only Yesterday (Recuerdos del ayer) volvía a poner de manifiesto el interés de Takahata en el mundo de a pie. Mientras Miyazaki se dedicaba en cuerpo y alma a la fantasía profesada en Totoro, El castillo en el cielo o Nicky, la aprendiz de bruja, su compañero de estudio saludaba al drama romántico. Emocional e intimista, Takahata daba voz propia a la nostalgia de su mujer protagonista para plasmar los miedos y dilemas de una juventud abocada a tomar decisiones demasiado deprisa.

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«No digo que la fantasía esté mal. Yo mismo disfruto del género de vez en cuanto. Sin embargo, no comparto la idea de una audiencia que se emociona al ver a un personaje hacer algo increíble que desafía toda lógica», afirmaba al Japan Times. «Hoy en día, los personajes de muchas de las películas que se estrenan se limitan a superar sus dificultades gracias al poder del amor y al coraje».

Con Pompoko (1994), Takahata realizaba una pequeña incursión en la fantasía a través del folclore japonés. Una fábula ecologista protagonizada por mapaches que venía a denunciar los excesos del hombre. Takahata volvía a valerse de la animación para lanzar un mensaje a su público: en este caso, un claro alegato contra la deforestación de los bosques y la edificación indiscriminada que atenta contra la naturaleza y lo rural.

Su prolífica carrera se vio truncada en 1999 tras estrenar Mis vecinos los Yamada, un fracaso comercial que le llevó a apartarse de la carrera cinematográfica. El relato costumbrista en clave de humor de una familia japonesa no convenció a una audiencia que, de una manera o de otra, precisaba del factor fantástico habitual en Ghibli. A pesar de todo, Mis vecinos los Yamada fue también una pequeña revolución de Takahata: pocas cintas animadas tienen en su haber el regocijo de lo mundano.

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Con una trayectoria rebosante de experimentación y rebeldía, Takahata se embarcó en un largometraje más. Uno que lo alejaría de los focos y del éxito que rodeaba a Miyazaki. Uno que le llevaría ocho años completar. Una vuelta más al folclore japonés para retratar fotograma a fotograma el sentir de una niña de campo convertida en noble. El cuento de la princesa Kaguya se estrenaba en 2013, convirtiéndose en la mayor expresión creativa de Takahama; su consumación como artista y narrador.

Animación alejada de convencionalismos, alejada de aspiraciones comerciales. Kaguya es una obra de arte en sí misma. Una bocanada de aire; un grito de libertad. «Con mis historias trato de animar a la gente a que viva su vida de la forma más intensa posible, que sean la mejor versión de sí mismos y no se dejen distraer por bagatelas como el dinero o el prestigio», confesaba a El Periódico durante la promoción de la película.

El último aliento de Takahata en forma de fantasía terrenal. Una que enfrenta a padres e hijos. Que enfrenta sueños y aspiraciones con realidad y obligaciones. Al amor con la falta de humanidad. A la vida con la muerte. Al ciclo que, de una manera o de otra, siempre llega a su fin. «Nuestra existencia es algo precioso porque es finita. Un día nos vamos a morir y debemos aprovechar al máximo nuestro tiempo, y allanar el camino para aquellos que vendrán después de nosotros». Y qué suerte que pudimos compartir esa finitud con Takahata.

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Se nos fue, en un suspiro, Isao Takahata (1935–2018). El cofundador de Studio Ghibli, el gran estudio de animación japonesa. El director de orquesta de miles de infancias representadas en las irrepetibles aventuras de Heidi, Marco y Ana de las tejas verdes. El pacifista, el soñador. El firme defensor de la animación como medio artístico. El compañero,  rival, confidente y gran amigo de Hayao Miyazaki.

Superviviente de un bombardeo estadounidense que redujo su ciudad a cenizas durante la II Guerra Mundial. Tenía nueve años; el menor de siete hermanos. Pilas de cadáveres a su alrededor mientras volvía a casa con una de sus hermanas. Cuarenta y tres años después, en 1988, estrenaría La tumba de las luciérnagas, su mayor éxito. La desgarradora historia de dos niños condenados a sufrir los horrores de la guerra. La inconmensurable belleza de la animación encarnada en tragedia y muerte.

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«Estoy convencido de que la animación es el mejor medio para mostrar lo real. Con las películas de imagen real no se puede mostrar objetivamente la realidad porque hay necesariamente que hacer reconstrucción, a pesar de las apariencias. El dibujo animado, que no busca esconderse de ser una interpretación artística, puede, pues, comprometerse a mostrar lo real», decía el director en una entrevista realizada en 1995.

Más allá de lo lacrimógeno, Takahata, firmaba en La tumba de las luciérnagas una pieza audiovisual exquisita. Una constatación más de lo que la animación japonesa podía llegar a expresar y de lo que la imagen real nunca sería capaz.

En 1991, Only Yesterday (Recuerdos del ayer) volvía a poner de manifiesto el interés de Takahata en el mundo de a pie. Mientras Miyazaki se dedicaba en cuerpo y alma a la fantasía profesada en Totoro, El castillo en el cielo o Nicky, la aprendiz de bruja, su compañero de estudio saludaba al drama romántico. Emocional e intimista, Takahata daba voz propia a la nostalgia de su mujer protagonista para plasmar los miedos y dilemas de una juventud abocada a tomar decisiones demasiado deprisa.

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«No digo que la fantasía esté mal. Yo mismo disfruto del género de vez en cuanto. Sin embargo, no comparto la idea de una audiencia que se emociona al ver a un personaje hacer algo increíble que desafía toda lógica», afirmaba al Japan Times. «Hoy en día, los personajes de muchas de las películas que se estrenan se limitan a superar sus dificultades gracias al poder del amor y al coraje».

Con Pompoko (1994), Takahata realizaba una pequeña incursión en la fantasía a través del folclore japonés. Una fábula ecologista protagonizada por mapaches que venía a denunciar los excesos del hombre. Takahata volvía a valerse de la animación para lanzar un mensaje a su público: en este caso, un claro alegato contra la deforestación de los bosques y la edificación indiscriminada que atenta contra la naturaleza y lo rural.

Su prolífica carrera se vio truncada en 1999 tras estrenar Mis vecinos los Yamada, un fracaso comercial que le llevó a apartarse de la carrera cinematográfica. El relato costumbrista en clave de humor de una familia japonesa no convenció a una audiencia que, de una manera o de otra, precisaba del factor fantástico habitual en Ghibli. A pesar de todo, Mis vecinos los Yamada fue también una pequeña revolución de Takahata: pocas cintas animadas tienen en su haber el regocijo de lo mundano.

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Con una trayectoria rebosante de experimentación y rebeldía, Takahata se embarcó en un largometraje más. Uno que lo alejaría de los focos y del éxito que rodeaba a Miyazaki. Uno que le llevaría ocho años completar. Una vuelta más al folclore japonés para retratar fotograma a fotograma el sentir de una niña de campo convertida en noble. El cuento de la princesa Kaguya se estrenaba en 2013, convirtiéndose en la mayor expresión creativa de Takahama; su consumación como artista y narrador.

Animación alejada de convencionalismos, alejada de aspiraciones comerciales. Kaguya es una obra de arte en sí misma. Una bocanada de aire; un grito de libertad. «Con mis historias trato de animar a la gente a que viva su vida de la forma más intensa posible, que sean la mejor versión de sí mismos y no se dejen distraer por bagatelas como el dinero o el prestigio», confesaba a El Periódico durante la promoción de la película.

El último aliento de Takahata en forma de fantasía terrenal. Una que enfrenta a padres e hijos. Que enfrenta sueños y aspiraciones con realidad y obligaciones. Al amor con la falta de humanidad. A la vida con la muerte. Al ciclo que, de una manera o de otra, siempre llega a su fin. «Nuestra existencia es algo precioso porque es finita. Un día nos vamos a morir y debemos aprovechar al máximo nuestro tiempo, y allanar el camino para aquellos que vendrán después de nosotros». Y qué suerte que pudimos compartir esa finitud con Takahata.

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