2 de abril 2021    /   DIGITAL
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‘It Takes Two’: «Cariño, nos ha encogido la niña»

'It takes two' nos lleva a una época en la que los videojuegos eran para dos y el cine, para toda la familia. No propone regresar al pasado, más bien reinventar 'Regreso al futuro'. Y adaptarlo a la Playstation

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En los ochenta había muchas menos pantallas, pero estas eran mucho más grandes. Los cines eran enormes y los multisalas, una rareza de periferia. No existía Netflix ni mucho menos los teléfonos inteligentes, y en las casas había una sola televisión presidiendo el salón. Esta limitación en el mundo real tenía sus consecuencias en los mundos de ficción.

El ocio se entendía entonces de forma colectiva. Había menos pantallas, así que se tenía que interpelar a un público objetivo mucho más amplio. En los ochenta las consolas se vendían con dos mandos y al cine iba toda la familia junta. Disfrutaban (o sufrían) comedias de aventuras con el adolescente como objetivo principal, pero con cierta vocación intergeneracional.

Películas como Los Goonies, Regreso al futuro y Gremlins se basaban en argumentos facilones desarrollados de forma divertida. Los buenos eran buenos, los malos malísimos y los padres estaban a por uvas.

It takes two bebe directamente de este cine de aventuras familiar, para añadirle algunos toques Pixar. El nuevo videojuego de Josef Fares (creador de A Way Out) tiene un argumento simple y un desarrollo divertido. Su historia suena tan familiar que agota.

Unos padres demasiado ocupados con sus trabajos pasan de su hija y hasta de su matrimonio, lo que les lleva al divorcio. La niña, al darse cuenta de la situación, usa un libro de autoayuda y un par de muñecos vudú (la pareja debía estar realmente ocupada para ignorar las inquietantes aficiones de su cría).

De esta forma, los protagonistas, por arte de magia, se convierten en sendos muñequitos. Su misión será recuperar su forma original superando una serie de pruebas a través de la cooperación. Unas pruebas que parten de situaciones familiares (la aspiradora que no repararon, las aficiones que abandonaron, la casa del árbol que nunca construyeron para su hija), para acabar reflexionando sobre las relaciones de pareja.

La historia suena ridícula explicada sobre papel, como también lo parecerían muchos éxitos cinematográficos de los ochenta con los que guarda relación. El más evidente es Cariño, he encogido a los niños por mostrar el mundo a ojos de dos diminutos y convertir en mágico y evocador lo cotidiano.

La principal novedad a nivel argumental es que el título no nos pone en la piel de los niños, sino en la de esos padres ausentes que solían ser meros secundarios en el cine de aventuras familiar. Fares conoce a su público y sabe que quienes fueron niños en los ochenta se pueden sentir identificados con estos padres.

Joseph Fares empezó en el mundo del cine, algo que queda patente por todos los referentes cinematográficos mencionados. Pero siente auténtico amor por el mundo de los videojuegos, como dejó claro en su famoso discurso viral Fuck the Oscars. Este amor se nota en cada detalle de It takes two, cuyo hilo argumental es una simple excusa para crear una coctelera de géneros que divierte sin abrumar.

Muchos reconoceran en su historia ecos del cine de los ochenta, pero el homenaje más evidente es el que hace a los juegos cooperativos de aquella época. No es solo en la mecánica del juego (con minijuegos al más puro estilo arcade), sino en el ambiente que consigue crear al otro lado del mando.

Lo mejor de este título es que tiene el potencial de convertir tu salón en un salón de recreativos. La excusa de que la pareja protagonista debe aprender a colaborar se traslada de la pantalla al sofá de casa. Para superar las pruebas de It takes two, los jugadores deben crear estrategias, analizar las pantallas, trazar un plan. Deben colaborar. Al final, el juego consiste más en hablar con tu compañero que en pulsar botones.

La apuesta de este juego es llamativa cuando la industria lleva años ignorando el cooperativo local (con notables excepciones como los anteriores juegos de Fares o el segundo Unravel). Internet ha hecho que el modo cooperativo se limite al entorno online. Los grandes juegos multijugador como Fortnite o Fall Guys apuestan por esta mecánica, haciendo más fácil compartir una partida con un jugador de Japón que con tu pareja o tu compañero de piso.

Los simuladores deportivos (los Fifa, NBA o Need for Speed) son los únicos que han seguido explorando esta modalidad de juego, pero no están pensados para todos los públicos. Por eso parece tan nostálgico y, a la vez, revolucionario volver a la pantalla partida. Por eso es una experiencia tan divertida, porque por un momento parece que el mando de la Playstation se convierte en el de la Mega Drive.

La apuesta de este juego por el cooperativo es tal que es imposible jugarlo solo. Pero no solo las parejas lo pueden disfrutar. Una de las características más llamativas de It Takes Two es que incluye un pase de amigo para invitar a un segundo jugador, que podrá compartir la aventura de forma gratuita desde su consola en modo online.

No se suele usar la primera persona al reseñar un videojuego, pero es conveniente hacerlo con It takes two. Jugué con mi novio y es una experiencia que recomiendo a cualquiera. La necesaria colaboración y su —en ocasiones simplista— análisis sobre las dinámicas del matrimonio hacen que jugarlo en pareja sea una experiencia curiosa. Hay situaciones con las que muchos jugadores pueden identificarse. Hay mecánicas que se explican en pantalla y se replican en el sofá, mando en mano. El juego, además, es entretenido para los grandes jugadores sin ser difícil para los nuevos. No penaliza el error y es muy intuitivo, haciéndolo accesible a cualquiera.

Además, sus constantes cambios hacen que las 12 horas aproximadas de juego se pasen volando. It takes two está dividido en capítulos y en cada uno cambia radicalmente el escenario, la jugabilidad y las herramientas de cada jugador, haciendo posible (y hasta recomendable) jugarlo una segunda vez con el otro personaje. It takes two se convierte, así, en un juego muy divertido, incluso para quienes no jueguen demasiado. Bebe en su argumento de las películas del pasado. Imita en sus mecánicas los juegos del pasado. Y, sin embargo, ofrece algo totalmente nuevo.

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En los ochenta había muchas menos pantallas, pero estas eran mucho más grandes. Los cines eran enormes y los multisalas, una rareza de periferia. No existía Netflix ni mucho menos los teléfonos inteligentes, y en las casas había una sola televisión presidiendo el salón. Esta limitación en el mundo real tenía sus consecuencias en los mundos de ficción.

El ocio se entendía entonces de forma colectiva. Había menos pantallas, así que se tenía que interpelar a un público objetivo mucho más amplio. En los ochenta las consolas se vendían con dos mandos y al cine iba toda la familia junta. Disfrutaban (o sufrían) comedias de aventuras con el adolescente como objetivo principal, pero con cierta vocación intergeneracional.

Películas como Los Goonies, Regreso al futuro y Gremlins se basaban en argumentos facilones desarrollados de forma divertida. Los buenos eran buenos, los malos malísimos y los padres estaban a por uvas.

It takes two bebe directamente de este cine de aventuras familiar, para añadirle algunos toques Pixar. El nuevo videojuego de Josef Fares (creador de A Way Out) tiene un argumento simple y un desarrollo divertido. Su historia suena tan familiar que agota.

Unos padres demasiado ocupados con sus trabajos pasan de su hija y hasta de su matrimonio, lo que les lleva al divorcio. La niña, al darse cuenta de la situación, usa un libro de autoayuda y un par de muñecos vudú (la pareja debía estar realmente ocupada para ignorar las inquietantes aficiones de su cría).

De esta forma, los protagonistas, por arte de magia, se convierten en sendos muñequitos. Su misión será recuperar su forma original superando una serie de pruebas a través de la cooperación. Unas pruebas que parten de situaciones familiares (la aspiradora que no repararon, las aficiones que abandonaron, la casa del árbol que nunca construyeron para su hija), para acabar reflexionando sobre las relaciones de pareja.

La historia suena ridícula explicada sobre papel, como también lo parecerían muchos éxitos cinematográficos de los ochenta con los que guarda relación. El más evidente es Cariño, he encogido a los niños por mostrar el mundo a ojos de dos diminutos y convertir en mágico y evocador lo cotidiano.

La principal novedad a nivel argumental es que el título no nos pone en la piel de los niños, sino en la de esos padres ausentes que solían ser meros secundarios en el cine de aventuras familiar. Fares conoce a su público y sabe que quienes fueron niños en los ochenta se pueden sentir identificados con estos padres.

Joseph Fares empezó en el mundo del cine, algo que queda patente por todos los referentes cinematográficos mencionados. Pero siente auténtico amor por el mundo de los videojuegos, como dejó claro en su famoso discurso viral Fuck the Oscars. Este amor se nota en cada detalle de It takes two, cuyo hilo argumental es una simple excusa para crear una coctelera de géneros que divierte sin abrumar.

Muchos reconoceran en su historia ecos del cine de los ochenta, pero el homenaje más evidente es el que hace a los juegos cooperativos de aquella época. No es solo en la mecánica del juego (con minijuegos al más puro estilo arcade), sino en el ambiente que consigue crear al otro lado del mando.

Lo mejor de este título es que tiene el potencial de convertir tu salón en un salón de recreativos. La excusa de que la pareja protagonista debe aprender a colaborar se traslada de la pantalla al sofá de casa. Para superar las pruebas de It takes two, los jugadores deben crear estrategias, analizar las pantallas, trazar un plan. Deben colaborar. Al final, el juego consiste más en hablar con tu compañero que en pulsar botones.

La apuesta de este juego es llamativa cuando la industria lleva años ignorando el cooperativo local (con notables excepciones como los anteriores juegos de Fares o el segundo Unravel). Internet ha hecho que el modo cooperativo se limite al entorno online. Los grandes juegos multijugador como Fortnite o Fall Guys apuestan por esta mecánica, haciendo más fácil compartir una partida con un jugador de Japón que con tu pareja o tu compañero de piso.

Los simuladores deportivos (los Fifa, NBA o Need for Speed) son los únicos que han seguido explorando esta modalidad de juego, pero no están pensados para todos los públicos. Por eso parece tan nostálgico y, a la vez, revolucionario volver a la pantalla partida. Por eso es una experiencia tan divertida, porque por un momento parece que el mando de la Playstation se convierte en el de la Mega Drive.

La apuesta de este juego por el cooperativo es tal que es imposible jugarlo solo. Pero no solo las parejas lo pueden disfrutar. Una de las características más llamativas de It Takes Two es que incluye un pase de amigo para invitar a un segundo jugador, que podrá compartir la aventura de forma gratuita desde su consola en modo online.

No se suele usar la primera persona al reseñar un videojuego, pero es conveniente hacerlo con It takes two. Jugué con mi novio y es una experiencia que recomiendo a cualquiera. La necesaria colaboración y su —en ocasiones simplista— análisis sobre las dinámicas del matrimonio hacen que jugarlo en pareja sea una experiencia curiosa. Hay situaciones con las que muchos jugadores pueden identificarse. Hay mecánicas que se explican en pantalla y se replican en el sofá, mando en mano. El juego, además, es entretenido para los grandes jugadores sin ser difícil para los nuevos. No penaliza el error y es muy intuitivo, haciéndolo accesible a cualquiera.

Además, sus constantes cambios hacen que las 12 horas aproximadas de juego se pasen volando. It takes two está dividido en capítulos y en cada uno cambia radicalmente el escenario, la jugabilidad y las herramientas de cada jugador, haciendo posible (y hasta recomendable) jugarlo una segunda vez con el otro personaje. It takes two se convierte, así, en un juego muy divertido, incluso para quienes no jueguen demasiado. Bebe en su argumento de las películas del pasado. Imita en sus mecánicas los juegos del pasado. Y, sin embargo, ofrece algo totalmente nuevo.

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