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12 de junio 2018    /   BUSINESS
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Jan van der Heyden: el pintor que se convirtió en el padre de los servicios municipales modernos

12 de junio 2018    /   BUSINESS     por          
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Solemos dejarnos llevar por los cantos de sirena de lo lejano, lo estrambótico, lo exótico, lo extraordinario y lo épico. Sin embargo, a poco que aprendamos a mirar los objetos más cotidianos, llegaremos a dirigir epítetos muy similares a una simple cafetera o una cama.

Nuestra mirada, acomodada a la rutina, deja de percibir el lustre de lo que nos rodea, como el Tyrannosaurus rex es incapaz de percibir lo que no se mueve; o como decía Rafael Sanchez Ferlosio, lo único que hace diferentes a las ciudades es el rótulo de las estaciones.

Para capturar de nuevo lo rutilante de lo más cotidiano hay que contemplar de un modo tan nuevo que debemos recurrir a algunos trucos. El más eficaz consiste en dibujar lo que estamos viendo, porque ello nos obliga a fijarnos en todos los detalles sin dejarnos ni uno (básicamente, si nos dejáramos uno, no podríamos dibujarlo).

Este truco lo solía emplear el crítico de arte y escritor del siglo XIX John Ruskin cuando viajaba. No importaba que el dibujo fuera bueno o no, lo decisivo era examinar cada detalle y plasmarlo en una hoja en blanco. El filósofo Alain de Botton habla del proceso en El arte de viajar en estos términos :

En el proceso de recrear con nuestra propia mano lo que está ante nuestros ojos, se diría que nos movemos naturalmente desde una posición de observadores de la belleza en sentido laxo a otra en la que adquirimos una profunda comprensión de sus partes constitutivas y, por ende, recuerdos más certeros de ella.

El proceso también es bidireccional. Es decir, si nos acostumbramos a pintar las cosas más cotidianas, nuestros ojos se entrenarán de tal modo que también seremos más capaces de repensar la propia cotidianidad. Por ello, nadie mejor que un pintor experto no en pintar paisajes majestuosos o arquitecturas oníricas, sino en plasmar objetos anodinos para reinventarlos.

Fascinación urbanita

Pintar lo cotidiano también te empuja a arrancarle brillos a lo urbano frente a la naturaleza, inherentemente bucólica. Jan van der Heyden lo sabía bien, por ello sus ojos no se dilataban tanto frente a un bosque o una montaña nevada, sino ante el crecimiento desaforado de la ciudad en la que vivía, Ámsterdam, durante el siglo XVII.

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La exquisita planificación urbanística, los nuevos canales, los bosques de mástiles del puerto, las estrechas fachadas de los edificios, la sede para el gobierno municipal, los puentes majestuosos… todo le parecía a Van der Heyden digno de su admiración. Por ello se convirtió en el más grande pintor de paisajes urbanos de la época; la versión urbanita de Rembrandt.

Su estilo era tan detallista que podemos observar cada ladrillo de cada edificación. Probablemente, para alcanzar tal grado de detalle se ayudaba de una lupa y otras herramientas más propias de un entomólogo que de un pintor. Con todo, no buscaba la precisión topográfica, sino la idealización de la ciudad, de modo que hacía concesiones adaptando la arquitectura al entorno para obtener una composición más armónica.

Su mirada, de hecho, se extendió a otras ciudades, buscando siempre aquel detalle que le resultara extraordinariamente ordinario. Sí, su tema predilecto fueron varias vistas de Ámsterdam, pero también vistas de otras ciudades holandesas, flamencas y alemanas. Van der Heyden también creó fantasías arquitectónicas completamente imaginarias, llamadas capricci, como An Architectural Fantasy (1670).

Tal era en entusiasmo del pintor ante los hitos arquitectónicos que le rodeaban que, progresivamente, empezó a plantearse si tal vez podrían mejorarse y hasta protegerse de los imponderables. Una idea que se le grabó a fuego, nunca mejor dicho, cuando se produjo un incendio en un viejo edificio municipal, en la plaza Dam.

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Contra el caos y la fragilidad

Si las ciudades representaban el orden y la entereza frente al caos y la fragilidad de los entornos naturales, Van der Heyden decidió que no bastaba con representar la ciudad y lo cotidiano en un lienzo, sino que debía protegerlo. Así fue como empezó su carrera como padre de los servicios municipales modernos.

El fuego era el enemigo principal de las ciudades, así que su primer invento fue la manguera de cuero para apagar incendios, y más tarde también perfeccionaría la bomba de agua hasta concebir la primera autobomba eficaz. No contento con ello, fundaría un departamento de bomberos y también lo dirigiría.

Para mejorar las técnicas de extinción de incendios, se dedicaría a escribir crónicas exhaustivas de ochenta fuegos originados en la ciudad a fin de mejorar los métodos de control y extinción.

La iluminación nocturna también fue un objetivo importante de Van der Heyden. Por esa razón, inventó la farola de alumbrado público. Las 2.556 farolas que empezaron a iluminar los canales de Ámsterdam, de hecho, fueron instaladas por su iniciativa. Además, estudió cuál podría ser la distancia óptima entre farolas para que la gente pudiera pasear de noche y no tuviera miedo de sufrir un atraco, o qué combinación de aceites era más idónea para usarse como combustible en las mismas.

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A fin de fabricar todas las farolas, autobombas y otros inventos de Van der Heyden en serie, concibió la que podría definirse como la primera línea de ensamblaje del mundo, lo que permitió que trabajadores no cualificados fueran capaces de producir las partes necesarias de cada producto.

Para vendérselos al gobierno municipal a gran escala, al mismo departamento que él dirigía, fundó una empresa con su hermano. El éxito fue tal que muchas ciudades de Europa empezaron a usar sus inventos para mejorar la geografía urbana. A Van der Heyden empezó a conocérsele como el Leonardo da Vinci neerlandés.

Van der Heyden era capaz de imaginar qué necesitaban las ciudades para ser más confortables, seguras y prácticas porque su mirada se paseaba durante horas, días y meses en todos sus detalles más cotidianos. Detalles que pasaban desapercibidos, pero que él necesitaba radiografiar punto por punto para, posteriormente, plasmarlos en un lienzo.

Por ello es lógico que en sus obras casi nunca haya gente. La ciudad es la protagonista. Porque ella estaba puesta al servicio de la gente, era el ecosistema en el que uno podía vivir confortablemente y prosperar.

La pasión de Van der Heyden estaba focalizada en las estructuras externas, en el hábitat, un locus amoenus que aspiraba ser una metrópoli moderna. Una transformación hacia la civilización inspirada por el amor a los detalles nimios. Porque el entorno también favorece la forma de ser y de pensar de sus habitantes (la noción de puntualidad, por ejemplo, no nació hasta el desarrollo del reloj moderno).

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Por eso, quizá, fue la propia metrópoli la que propició el nacimiento de determinadas ideas en la cabeza de Van der Heyden que, a su vez, retroalimentaron la metrópoli. Así tampoco es tan extraño pensar que el concepto de hogar como espacio personal, íntimo y privado posiblemente haya surgido en este lugar y momento de la historia, como recoge el arquitecto Witold Rybczynski en un libro delicioso que hace hincapié en la contemplación de lo más cotidiano: La casa. Historia de una idea.

Ajustando las lentes de Van der Heyden en vuestros ojos, pues, la próxima vez que viajéis, viajad por una ciudad (aunque sea la vuestra). Incluso id más allá y explorad el interior de vuestro propio hogar al modo en que lo hizo el también pintor y escritor francés en su célebre libro Viaje alrededor de mi habitación.

Solemos dejarnos llevar por los cantos de sirena de lo lejano, lo estrambótico, lo exótico, lo extraordinario y lo épico. Sin embargo, a poco que aprendamos a mirar los objetos más cotidianos, llegaremos a dirigir epítetos muy similares a una simple cafetera o una cama.

Nuestra mirada, acomodada a la rutina, deja de percibir el lustre de lo que nos rodea, como el Tyrannosaurus rex es incapaz de percibir lo que no se mueve; o como decía Rafael Sanchez Ferlosio, lo único que hace diferentes a las ciudades es el rótulo de las estaciones.

Para capturar de nuevo lo rutilante de lo más cotidiano hay que contemplar de un modo tan nuevo que debemos recurrir a algunos trucos. El más eficaz consiste en dibujar lo que estamos viendo, porque ello nos obliga a fijarnos en todos los detalles sin dejarnos ni uno (básicamente, si nos dejáramos uno, no podríamos dibujarlo).

Este truco lo solía emplear el crítico de arte y escritor del siglo XIX John Ruskin cuando viajaba. No importaba que el dibujo fuera bueno o no, lo decisivo era examinar cada detalle y plasmarlo en una hoja en blanco. El filósofo Alain de Botton habla del proceso en El arte de viajar en estos términos :

En el proceso de recrear con nuestra propia mano lo que está ante nuestros ojos, se diría que nos movemos naturalmente desde una posición de observadores de la belleza en sentido laxo a otra en la que adquirimos una profunda comprensión de sus partes constitutivas y, por ende, recuerdos más certeros de ella.

El proceso también es bidireccional. Es decir, si nos acostumbramos a pintar las cosas más cotidianas, nuestros ojos se entrenarán de tal modo que también seremos más capaces de repensar la propia cotidianidad. Por ello, nadie mejor que un pintor experto no en pintar paisajes majestuosos o arquitecturas oníricas, sino en plasmar objetos anodinos para reinventarlos.

Fascinación urbanita

Pintar lo cotidiano también te empuja a arrancarle brillos a lo urbano frente a la naturaleza, inherentemente bucólica. Jan van der Heyden lo sabía bien, por ello sus ojos no se dilataban tanto frente a un bosque o una montaña nevada, sino ante el crecimiento desaforado de la ciudad en la que vivía, Ámsterdam, durante el siglo XVII.

503px-portrait_of_jan_van_der_heyden_001_cropped

La exquisita planificación urbanística, los nuevos canales, los bosques de mástiles del puerto, las estrechas fachadas de los edificios, la sede para el gobierno municipal, los puentes majestuosos… todo le parecía a Van der Heyden digno de su admiración. Por ello se convirtió en el más grande pintor de paisajes urbanos de la época; la versión urbanita de Rembrandt.

Su estilo era tan detallista que podemos observar cada ladrillo de cada edificación. Probablemente, para alcanzar tal grado de detalle se ayudaba de una lupa y otras herramientas más propias de un entomólogo que de un pintor. Con todo, no buscaba la precisión topográfica, sino la idealización de la ciudad, de modo que hacía concesiones adaptando la arquitectura al entorno para obtener una composición más armónica.

Su mirada, de hecho, se extendió a otras ciudades, buscando siempre aquel detalle que le resultara extraordinariamente ordinario. Sí, su tema predilecto fueron varias vistas de Ámsterdam, pero también vistas de otras ciudades holandesas, flamencas y alemanas. Van der Heyden también creó fantasías arquitectónicas completamente imaginarias, llamadas capricci, como An Architectural Fantasy (1670).

Tal era en entusiasmo del pintor ante los hitos arquitectónicos que le rodeaban que, progresivamente, empezó a plantearse si tal vez podrían mejorarse y hasta protegerse de los imponderables. Una idea que se le grabó a fuego, nunca mejor dicho, cuando se produjo un incendio en un viejo edificio municipal, en la plaza Dam.

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Contra el caos y la fragilidad

Si las ciudades representaban el orden y la entereza frente al caos y la fragilidad de los entornos naturales, Van der Heyden decidió que no bastaba con representar la ciudad y lo cotidiano en un lienzo, sino que debía protegerlo. Así fue como empezó su carrera como padre de los servicios municipales modernos.

El fuego era el enemigo principal de las ciudades, así que su primer invento fue la manguera de cuero para apagar incendios, y más tarde también perfeccionaría la bomba de agua hasta concebir la primera autobomba eficaz. No contento con ello, fundaría un departamento de bomberos y también lo dirigiría.

Para mejorar las técnicas de extinción de incendios, se dedicaría a escribir crónicas exhaustivas de ochenta fuegos originados en la ciudad a fin de mejorar los métodos de control y extinción.

La iluminación nocturna también fue un objetivo importante de Van der Heyden. Por esa razón, inventó la farola de alumbrado público. Las 2.556 farolas que empezaron a iluminar los canales de Ámsterdam, de hecho, fueron instaladas por su iniciativa. Además, estudió cuál podría ser la distancia óptima entre farolas para que la gente pudiera pasear de noche y no tuviera miedo de sufrir un atraco, o qué combinación de aceites era más idónea para usarse como combustible en las mismas.

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A fin de fabricar todas las farolas, autobombas y otros inventos de Van der Heyden en serie, concibió la que podría definirse como la primera línea de ensamblaje del mundo, lo que permitió que trabajadores no cualificados fueran capaces de producir las partes necesarias de cada producto.

Para vendérselos al gobierno municipal a gran escala, al mismo departamento que él dirigía, fundó una empresa con su hermano. El éxito fue tal que muchas ciudades de Europa empezaron a usar sus inventos para mejorar la geografía urbana. A Van der Heyden empezó a conocérsele como el Leonardo da Vinci neerlandés.

Van der Heyden era capaz de imaginar qué necesitaban las ciudades para ser más confortables, seguras y prácticas porque su mirada se paseaba durante horas, días y meses en todos sus detalles más cotidianos. Detalles que pasaban desapercibidos, pero que él necesitaba radiografiar punto por punto para, posteriormente, plasmarlos en un lienzo.

Por ello es lógico que en sus obras casi nunca haya gente. La ciudad es la protagonista. Porque ella estaba puesta al servicio de la gente, era el ecosistema en el que uno podía vivir confortablemente y prosperar.

La pasión de Van der Heyden estaba focalizada en las estructuras externas, en el hábitat, un locus amoenus que aspiraba ser una metrópoli moderna. Una transformación hacia la civilización inspirada por el amor a los detalles nimios. Porque el entorno también favorece la forma de ser y de pensar de sus habitantes (la noción de puntualidad, por ejemplo, no nació hasta el desarrollo del reloj moderno).

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Por eso, quizá, fue la propia metrópoli la que propició el nacimiento de determinadas ideas en la cabeza de Van der Heyden que, a su vez, retroalimentaron la metrópoli. Así tampoco es tan extraño pensar que el concepto de hogar como espacio personal, íntimo y privado posiblemente haya surgido en este lugar y momento de la historia, como recoge el arquitecto Witold Rybczynski en un libro delicioso que hace hincapié en la contemplación de lo más cotidiano: La casa. Historia de una idea.

Ajustando las lentes de Van der Heyden en vuestros ojos, pues, la próxima vez que viajéis, viajad por una ciudad (aunque sea la vuestra). Incluso id más allá y explorad el interior de vuestro propio hogar al modo en que lo hizo el también pintor y escritor francés en su célebre libro Viaje alrededor de mi habitación.

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