18 de octubre 2012    /   IDEAS
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¿Jaque al Rey?

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A nadie se le escapa que la monarquía española no vive uno de sus mejores momentos. Ni siquiera se le escapa a la Casa Real, que en los últimos meses ha puesto en marcha una operación de imagen sin precedentes. El clima de la crisis no es el más propicio, ni tampoco el descontento con el sistema imperante, pero el estado de salud de la monarquía como forma de Gobierno se agrava ¿Es posible un cambio de ciclo en España?

Crisis de modelo, sí, pero no solo en España. Apenas quedan monarquías en el mundo y aquellas que respetan la democracia están relegadas a papeles meramente representativos y aparecen, con frecuencia, salpicadas de polémicas de importancia variable.

En Europa, cuna del modelo de gobierno monárquico, hay diez países bajo mando real y en prácticamente ninguno están exentos de polémicas. Quizá los casos más conocidos son los de Mónaco y Reino Unido, pero tampoco queda atrás en polémicas la casa real sueca, con rumores de amoríos y embarazos incluídos.

Está también el caso de la realeza belga, un país que estuvo bloqueado durante dos años sin gobierno y que quizá esté condenado a desaparecer. La división entre sus dos comunidades, la flamenca próspera y conservadora al norte, y la valona socialista y francófona al sur, ha puesto al país al borde de la quiebra tantas veces que a parece complicado que la realeza belga pueda hacer demasiado.

Hay monarquías diminutas,  como las de Luxemburgo o Liechtenstein, y monarquías con polémicas de papel cuché, como que la reina holandesa luciera velo por respeto a los musulmanes, si el heredero noruego se casó con una madre soltera plebeya o si el consorte danés dice sentirse «inútil y relegado».

¿Y qué papel cumplen esas monarquías? Suelen ser mucho más transparentes que la nuestra, pero con similar apoyo ciudadano y función representativa. Hay que salir del continente para encontrar reyes que reinen a nivel político, y no siempre en un sentido positivo.

Hay monarquías en África, como por ejemplo en Marruecos, con un enorme poder a nivel legislativo, o en zonas tribales de Nigeria, Camerún, Uganda, Lesoto o Sudáfrica. En Asia está el emperador japonés y los distintos tipos de monarca en Malasia, Brunei, Camboya o Bután. En Oceanía algunas islas tienen reyes en sus distintas expresiones. Y poco más. El resto, repúblicas, dictaduras o formas de gobierno tuteladas de formas más o menos democráticas.

La situación en España

En España las cosas han cambiado enormemente en poco tiempo. Hace un mes El Periódico abría su portada con un sonoro «El Rey no se calla». Ninguna afrenta, ninguna falsedad, pero sí un titular algo chocante para el común de los españoles, acostumbrados como están a que la figura del monarca haya sido incuestionable. No es que no sea cuestionable por imperativo legal, que también, sino por una aceptación generalizada en la sociedad por lo que el rey significó en determinado momento histórico.

Pero muchas veces las portadas de los periódicos no son lo que dicen, ni siquiera lo que muestran, sino lo que comunican. En el imaginario colectivo la redacción del titular se adivina una reconversión de aquel «¿por qué no te callas?» que el monarca espetó a Hugo Chávez en un foro internacional y que, tras décadas de somnolencia, vino a dar un aldabonazo a la vida política de la Casa Real. El rey existe, está ahí. Y habla.

No fue un hecho significativo más allá del choque diplomático y de la anécdota, pero supuso algo. Si la monarquía se ha mantenido en España en ese halo de incuestionabilidad es por tres razones fundamentales. Y una, por sorprendente que sea, es porque no ha hecho ruido. La vida de la familia real nunca había sido escandalosa, ni problemática. Hasta hace poco.

¿Por qué un rey?

El rey es el jefe del Estado, por encima del Gobierno y casi del Congreso, el que sanciona y firma. Pero tanto poder es mero papel mojado: es un cargo representativo que pasea de acto en acto, de discurso en discurso y cuyo mayor servicio es no decir nada. Mensajes de Navidad donde se analiza cada foto y cada palabra, una condena por cada atentado, mensajes de unidad, algún chascarrillo con la prensa. El máximo responsable político del país solo ha molestado cuando, paradójicamente, se ha metido en política y ha perdido ese halo beatífico de neutralidad que le servía de escudo. El mejor ejemplo, sus recientes palabras sobre Cataluña.

El segundo gran motivo por el que la monarquía se ha mantenido en España es posiblemente la tradición. No es que España sea un país monárquico, es más que eso. La Primera República no duró ni dos años de infernales inestabilidades, con golpes de estado y declaraciones de independencia. La Segunda República duró ocho años de los que apenas tres fueron bajo un gobierno de izquierdas. A pesar de esa brevísima experiencia el término se ha demonizado en España. Es tal la perversión histórica de la dictadura que depuso al gobierno mediante un golpe de estado que la república se concibe como una idea de izquierdas.

Tan de izquierdas como la Alemania de hoy en día, que no solo es una república sino que acoge más de una Constitución. O como el Estados Unidos actual con sus estados dentro del gran Estado. En España, a juzgar por nuestra historia, no hemos sabido vivir sin rey. Tanto da si este era español, francés o germano, si nacía en Roma y se casaba con una griega. rey, a fin de cuentas.

El tercer motivo, seguramente el más importante, fue el papel del rey en la Transición. La historia oficial cuenta que su acción posibilitó la desactivación del estado franquista y, años después, su mediación evitó el triunfo del golpe de estado de 1981. Su cargo parece, a ojos de la sociedad, un premio de por vida por el servicio prestado a la patria en un periodo que la gran mayoría de los españoles recuerda con añoranza por los acuerdos alcanzados. Los asesinados por los grupos terroristas de la época y los represaliados que vieron amnistiados a sus captores quizá piensen distinto.

Críticas y cambios

Más allá de aceptar o no estos tres puntos, quienes cuestionan la monarquía como sistema político lo hacen por varios motivos que confluyen en el mismo. Los costes de mantener a la familia real, de más de ocho millones de euros anuales. La esencia poco democrática de un cargo vitalicio y hereditario. Los beneficios que da el cargo, no solo en forma de llamativos regalos y cesiones, sino también en lo legal: el rey es inviolable por ley, lo que implica que aunque cometiera un delito nadie podría exigirle responsabilidades.

A todo eso habría que añadir la normativa vigente respecto a la sucesión al trono, según la cual todavía se otorga el trono en preferencia al varón. Esto, ahora mismo, no supone demasiado problema más allá de la ética dado que, en caso de relevo en el cargo, el heredero es el príncipe, hijo menor del rey, pero hijo varón, lo que le vale ser el heredero. Distinta suerte encontramos en el siguiente salto generacional, con la infanta Leonor como primogénita… mujer.

Hace una década nadie hubiera cuestionado que Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia, que así se llama el príncipe, fuera a tener problemas para ocupar el lugar de su padre. Posiblemente ahora tampoco, pero sí es cierto que un buen número de problemas o sucesos desagradables han tenido lugar en los últimos años que han hecho que el descontento crezca. No es un debate auténtico este, pero subyace. Y en algunos momentos, lógicamente, emerge.

En estos últimos meses la operación de lavado de cara ha sido radical. En agosto del año pasado, Alberto Aza dejaba la jefatura de la Casa del Rey tras nueve años de trabajo y 74 años a sus espaldas. Su principal labor: empezar a mostrar el perfil más regio del príncipe, cuyas apariciones se hicieron cada vez más frecuentes, hasta el punto de ganar protagonismo de cara a un futuro que siempre se ha especulado no demasiado largo por rumores sobre la salud del monarca, que él mismo desmintió.

En su lugar se colocaba alguien con una enorme experiencia: Rafael Spottorno, que fuera durante una década secretario general de la institución. A los pocos meses de ese cambio se concretaba el primer recorte en el presupuesto de la Casa Real, apenas un 2%, y una serie de gestos inéditos. Solo dos semanas después de ese recorte el Rey pidió perdón ante las cámaras. Lo hizo porque se lesionó en África mientras estaba de safari cazando elefantes en pleno auge de la crisis económica.

Olvidado aquel episodio unos meses después la Casa Real renovó su página web y prometió «más transparencia». Solo unos días después firmaba una cibercarta real calificando de «quimeras» las aspiraciones independentistas catalanas en pleno apogeo de la polémica. ¿La intención? Seguramente recobrar la iniciativa y el peso político de su figura y, en la medida de lo posible, intentar atajar un problema.  Pero la página web no es la única novedad en la críptica comunicación de la institución real: está previsto que se ponga en marcha un programa en la televisión pública para vender las bondades de la corona.

Incidentes, familia y salud

Todos esos gestos responden a una serie de problemas obvios, evidenciados, por ejemplo, en el hecho de que la infanta Elena, la primogénita del Rey, fuera relegada fuera de la tribuna real y se colocara en la de invitados junto a las autoridades políticas. ¿Protocolo o parche para tapar otros problemas? Suena más bien a una excusa sobre lo primero para actuar sobre lo segundo.

Además del incidente ya comentado con Hugo Chávez que tuvo lugar en noviembre de 2007, un año antes se vio envuelto en la acusación de haber abatido a un oso al que previamente habían emborrachado y, a principios de este año, el ya mencionado safari de caza de elefantes en Botswana por el que tuvo que disculparse y que le costó una lesión de cadera. En aquel viaje además se dio a conocer la frecuente presencia de una princesa alemana que acompañaba al monarca en muchos viajes, lo que abrió ciertas especulaciones sobre la vida privada del rey.

Precisamente otro problema para la Casa Real han sido sus cada vez más frecuentes achaques y caídas. Solo en la última década le han operado de varices (año 2001), le han extirpado un tumor benigno del pulmón (año 2010), le han realizado una intervención en el talón de aquiles y otra en la rodilla, se supo que tiene serios problemas de audición, apareció con un ojo morado (todo eso, el año pasado) y se ha fracturado la cadera derecha, parte del cuerpo sobre la que sufrió una nueva luxación días después (en ambos casos, este año).

Es tal el cambio que se percibe en el tratamiento recibido por el rey en estos años que un médico de los que le trataba tuvo un incidente verbal al hablar de él tras una de sus hospitalizaciones.

Además de por el propio monarca, en los últimos años los problemas para la institución han llegado también a través de sus descendientes. La infanta Elena vivió «un cese de convivencia temporal» con Jaime de Marichalar. Es decir, una separación que acabó en divorcio. La figura de Marichalar ya era de por sí controvertida ya que sus problemas de salud fueron asociados al consumo de drogas por una revista que, pese a ser denunciada, ganó el juicio por el caso. El divorcio, inédito en la familia real, cayó en el olvido hasta que un accidente hizo que Froilán, hijo de la pareja, se disparara en un pie manejando un arma de caza prohibida mientras estaba con Marichalar.

Pero es Cristina la que más problemas causa a la familia en la actualidad. Su marido, Iñaki Urdangarín, está en el centro de un turbio caso de corrupción que le ha llevado incluso a declarar ante el juez. Entre las acusaciones, que se valió de su presencia en la familia real para forzar algunas de las operaciones de las que se lucraba. Desde finales del año pasado empezó a dejar de asistir a actos oficiales de la institución y, hasta que tuvo que comparecer en el juzgado, se mudaron a Washington, donde fue cazado por periodistas huyendo de las cámaras.

Junto a las infantas, tampoco el matrimonio de los príncipes de Asturias ha estado libre de problemas. A las críticas a que el heredero se casara con una plebeya se unieron pronto las desavenencias familiares de la familia de la Princesa, no ya porque sus padres estuvieran divorciados, con la complicación protocolaria que eso supone, sino porque fue imputada en un caso de alzamiento de bienes. Y los problemas no han sido solo legales: la hermana de la princesa se suicidó en una de las páginas más trágicas de la historia reciente de la Casa Real.

La propia Letizia fue criticada ya en el día en el que se anunció su compromiso de boda porque interrumpió al heredero real mientras hablaba, algo que no pasó de anécdota. Pero una de las principales críticas fue el secuestro de un ejemplar de la revista satírica El Jueves por mostrar una caricatura de la pareja manteniendo relaciones sexuales y alardeando de no hacer nada.

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A nadie se le escapa que la monarquía española no vive uno de sus mejores momentos. Ni siquiera se le escapa a la Casa Real, que en los últimos meses ha puesto en marcha una operación de imagen sin precedentes. El clima de la crisis no es el más propicio, ni tampoco el descontento con el sistema imperante, pero el estado de salud de la monarquía como forma de Gobierno se agrava ¿Es posible un cambio de ciclo en España?

Crisis de modelo, sí, pero no solo en España. Apenas quedan monarquías en el mundo y aquellas que respetan la democracia están relegadas a papeles meramente representativos y aparecen, con frecuencia, salpicadas de polémicas de importancia variable.

En Europa, cuna del modelo de gobierno monárquico, hay diez países bajo mando real y en prácticamente ninguno están exentos de polémicas. Quizá los casos más conocidos son los de Mónaco y Reino Unido, pero tampoco queda atrás en polémicas la casa real sueca, con rumores de amoríos y embarazos incluídos.

Está también el caso de la realeza belga, un país que estuvo bloqueado durante dos años sin gobierno y que quizá esté condenado a desaparecer. La división entre sus dos comunidades, la flamenca próspera y conservadora al norte, y la valona socialista y francófona al sur, ha puesto al país al borde de la quiebra tantas veces que a parece complicado que la realeza belga pueda hacer demasiado.

Hay monarquías diminutas,  como las de Luxemburgo o Liechtenstein, y monarquías con polémicas de papel cuché, como que la reina holandesa luciera velo por respeto a los musulmanes, si el heredero noruego se casó con una madre soltera plebeya o si el consorte danés dice sentirse «inútil y relegado».

¿Y qué papel cumplen esas monarquías? Suelen ser mucho más transparentes que la nuestra, pero con similar apoyo ciudadano y función representativa. Hay que salir del continente para encontrar reyes que reinen a nivel político, y no siempre en un sentido positivo.

Hay monarquías en África, como por ejemplo en Marruecos, con un enorme poder a nivel legislativo, o en zonas tribales de Nigeria, Camerún, Uganda, Lesoto o Sudáfrica. En Asia está el emperador japonés y los distintos tipos de monarca en Malasia, Brunei, Camboya o Bután. En Oceanía algunas islas tienen reyes en sus distintas expresiones. Y poco más. El resto, repúblicas, dictaduras o formas de gobierno tuteladas de formas más o menos democráticas.

La situación en España

En España las cosas han cambiado enormemente en poco tiempo. Hace un mes El Periódico abría su portada con un sonoro «El Rey no se calla». Ninguna afrenta, ninguna falsedad, pero sí un titular algo chocante para el común de los españoles, acostumbrados como están a que la figura del monarca haya sido incuestionable. No es que no sea cuestionable por imperativo legal, que también, sino por una aceptación generalizada en la sociedad por lo que el rey significó en determinado momento histórico.

Pero muchas veces las portadas de los periódicos no son lo que dicen, ni siquiera lo que muestran, sino lo que comunican. En el imaginario colectivo la redacción del titular se adivina una reconversión de aquel «¿por qué no te callas?» que el monarca espetó a Hugo Chávez en un foro internacional y que, tras décadas de somnolencia, vino a dar un aldabonazo a la vida política de la Casa Real. El rey existe, está ahí. Y habla.

No fue un hecho significativo más allá del choque diplomático y de la anécdota, pero supuso algo. Si la monarquía se ha mantenido en España en ese halo de incuestionabilidad es por tres razones fundamentales. Y una, por sorprendente que sea, es porque no ha hecho ruido. La vida de la familia real nunca había sido escandalosa, ni problemática. Hasta hace poco.

¿Por qué un rey?

El rey es el jefe del Estado, por encima del Gobierno y casi del Congreso, el que sanciona y firma. Pero tanto poder es mero papel mojado: es un cargo representativo que pasea de acto en acto, de discurso en discurso y cuyo mayor servicio es no decir nada. Mensajes de Navidad donde se analiza cada foto y cada palabra, una condena por cada atentado, mensajes de unidad, algún chascarrillo con la prensa. El máximo responsable político del país solo ha molestado cuando, paradójicamente, se ha metido en política y ha perdido ese halo beatífico de neutralidad que le servía de escudo. El mejor ejemplo, sus recientes palabras sobre Cataluña.

El segundo gran motivo por el que la monarquía se ha mantenido en España es posiblemente la tradición. No es que España sea un país monárquico, es más que eso. La Primera República no duró ni dos años de infernales inestabilidades, con golpes de estado y declaraciones de independencia. La Segunda República duró ocho años de los que apenas tres fueron bajo un gobierno de izquierdas. A pesar de esa brevísima experiencia el término se ha demonizado en España. Es tal la perversión histórica de la dictadura que depuso al gobierno mediante un golpe de estado que la república se concibe como una idea de izquierdas.

Tan de izquierdas como la Alemania de hoy en día, que no solo es una república sino que acoge más de una Constitución. O como el Estados Unidos actual con sus estados dentro del gran Estado. En España, a juzgar por nuestra historia, no hemos sabido vivir sin rey. Tanto da si este era español, francés o germano, si nacía en Roma y se casaba con una griega. rey, a fin de cuentas.

El tercer motivo, seguramente el más importante, fue el papel del rey en la Transición. La historia oficial cuenta que su acción posibilitó la desactivación del estado franquista y, años después, su mediación evitó el triunfo del golpe de estado de 1981. Su cargo parece, a ojos de la sociedad, un premio de por vida por el servicio prestado a la patria en un periodo que la gran mayoría de los españoles recuerda con añoranza por los acuerdos alcanzados. Los asesinados por los grupos terroristas de la época y los represaliados que vieron amnistiados a sus captores quizá piensen distinto.

Críticas y cambios

Más allá de aceptar o no estos tres puntos, quienes cuestionan la monarquía como sistema político lo hacen por varios motivos que confluyen en el mismo. Los costes de mantener a la familia real, de más de ocho millones de euros anuales. La esencia poco democrática de un cargo vitalicio y hereditario. Los beneficios que da el cargo, no solo en forma de llamativos regalos y cesiones, sino también en lo legal: el rey es inviolable por ley, lo que implica que aunque cometiera un delito nadie podría exigirle responsabilidades.

A todo eso habría que añadir la normativa vigente respecto a la sucesión al trono, según la cual todavía se otorga el trono en preferencia al varón. Esto, ahora mismo, no supone demasiado problema más allá de la ética dado que, en caso de relevo en el cargo, el heredero es el príncipe, hijo menor del rey, pero hijo varón, lo que le vale ser el heredero. Distinta suerte encontramos en el siguiente salto generacional, con la infanta Leonor como primogénita… mujer.

Hace una década nadie hubiera cuestionado que Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia, que así se llama el príncipe, fuera a tener problemas para ocupar el lugar de su padre. Posiblemente ahora tampoco, pero sí es cierto que un buen número de problemas o sucesos desagradables han tenido lugar en los últimos años que han hecho que el descontento crezca. No es un debate auténtico este, pero subyace. Y en algunos momentos, lógicamente, emerge.

En estos últimos meses la operación de lavado de cara ha sido radical. En agosto del año pasado, Alberto Aza dejaba la jefatura de la Casa del Rey tras nueve años de trabajo y 74 años a sus espaldas. Su principal labor: empezar a mostrar el perfil más regio del príncipe, cuyas apariciones se hicieron cada vez más frecuentes, hasta el punto de ganar protagonismo de cara a un futuro que siempre se ha especulado no demasiado largo por rumores sobre la salud del monarca, que él mismo desmintió.

En su lugar se colocaba alguien con una enorme experiencia: Rafael Spottorno, que fuera durante una década secretario general de la institución. A los pocos meses de ese cambio se concretaba el primer recorte en el presupuesto de la Casa Real, apenas un 2%, y una serie de gestos inéditos. Solo dos semanas después de ese recorte el Rey pidió perdón ante las cámaras. Lo hizo porque se lesionó en África mientras estaba de safari cazando elefantes en pleno auge de la crisis económica.

Olvidado aquel episodio unos meses después la Casa Real renovó su página web y prometió «más transparencia». Solo unos días después firmaba una cibercarta real calificando de «quimeras» las aspiraciones independentistas catalanas en pleno apogeo de la polémica. ¿La intención? Seguramente recobrar la iniciativa y el peso político de su figura y, en la medida de lo posible, intentar atajar un problema.  Pero la página web no es la única novedad en la críptica comunicación de la institución real: está previsto que se ponga en marcha un programa en la televisión pública para vender las bondades de la corona.

Incidentes, familia y salud

Todos esos gestos responden a una serie de problemas obvios, evidenciados, por ejemplo, en el hecho de que la infanta Elena, la primogénita del Rey, fuera relegada fuera de la tribuna real y se colocara en la de invitados junto a las autoridades políticas. ¿Protocolo o parche para tapar otros problemas? Suena más bien a una excusa sobre lo primero para actuar sobre lo segundo.

Además del incidente ya comentado con Hugo Chávez que tuvo lugar en noviembre de 2007, un año antes se vio envuelto en la acusación de haber abatido a un oso al que previamente habían emborrachado y, a principios de este año, el ya mencionado safari de caza de elefantes en Botswana por el que tuvo que disculparse y que le costó una lesión de cadera. En aquel viaje además se dio a conocer la frecuente presencia de una princesa alemana que acompañaba al monarca en muchos viajes, lo que abrió ciertas especulaciones sobre la vida privada del rey.

Precisamente otro problema para la Casa Real han sido sus cada vez más frecuentes achaques y caídas. Solo en la última década le han operado de varices (año 2001), le han extirpado un tumor benigno del pulmón (año 2010), le han realizado una intervención en el talón de aquiles y otra en la rodilla, se supo que tiene serios problemas de audición, apareció con un ojo morado (todo eso, el año pasado) y se ha fracturado la cadera derecha, parte del cuerpo sobre la que sufrió una nueva luxación días después (en ambos casos, este año).

Es tal el cambio que se percibe en el tratamiento recibido por el rey en estos años que un médico de los que le trataba tuvo un incidente verbal al hablar de él tras una de sus hospitalizaciones.

Además de por el propio monarca, en los últimos años los problemas para la institución han llegado también a través de sus descendientes. La infanta Elena vivió «un cese de convivencia temporal» con Jaime de Marichalar. Es decir, una separación que acabó en divorcio. La figura de Marichalar ya era de por sí controvertida ya que sus problemas de salud fueron asociados al consumo de drogas por una revista que, pese a ser denunciada, ganó el juicio por el caso. El divorcio, inédito en la familia real, cayó en el olvido hasta que un accidente hizo que Froilán, hijo de la pareja, se disparara en un pie manejando un arma de caza prohibida mientras estaba con Marichalar.

Pero es Cristina la que más problemas causa a la familia en la actualidad. Su marido, Iñaki Urdangarín, está en el centro de un turbio caso de corrupción que le ha llevado incluso a declarar ante el juez. Entre las acusaciones, que se valió de su presencia en la familia real para forzar algunas de las operaciones de las que se lucraba. Desde finales del año pasado empezó a dejar de asistir a actos oficiales de la institución y, hasta que tuvo que comparecer en el juzgado, se mudaron a Washington, donde fue cazado por periodistas huyendo de las cámaras.

Junto a las infantas, tampoco el matrimonio de los príncipes de Asturias ha estado libre de problemas. A las críticas a que el heredero se casara con una plebeya se unieron pronto las desavenencias familiares de la familia de la Princesa, no ya porque sus padres estuvieran divorciados, con la complicación protocolaria que eso supone, sino porque fue imputada en un caso de alzamiento de bienes. Y los problemas no han sido solo legales: la hermana de la princesa se suicidó en una de las páginas más trágicas de la historia reciente de la Casa Real.

La propia Letizia fue criticada ya en el día en el que se anunció su compromiso de boda porque interrumpió al heredero real mientras hablaba, algo que no pasó de anécdota. Pero una de las principales críticas fue el secuestro de un ejemplar de la revista satírica El Jueves por mostrar una caricatura de la pareja manteniendo relaciones sexuales y alardeando de no hacer nada.

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