13 de noviembre 2017    /   CREATIVIDAD
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Del jardín al lienzo: artistas que diseñaron, cuidaron y pintaron sus paraísos

13 de noviembre 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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Hasta mediados del siglo XVIII, los jardines habían sido eminentemente geométricos. Hasta que irrumpió la línea curva sobre el verde y recordó que la naturaleza era eso; que la belleza, también. El paso del jardín barroco al jardín paisajista se produjo por varios motivos, entre los que destacó la aparición del jardinero profesional (y paisajista), el interés que despertó la jardinería en los poetas y el movimiento horticultural.

Pero hubo un motivo que podía abarcarlos todos: la creciente necesidad de volver a la naturaleza y de diseñar un paraíso propio que, a su vez, fuera fuente de inspiración sin salir de casa. Monet reconoció en alguna ocasión que, si se había convertido en pintor, posiblemente había sido gracias a las flores.

«En el siglo XVIII serán los jardines botánicos, enriquecidos por las especies llegadas a Europa del Nuevo Mundo y Oriente o bien al revés, llevadas de aquí para allá en un intento de reproducir en todas partes, mediante cotos creados y arbóreos, la felicidad de la huella paradisíaca», escribe Mario Sanz en Pequeños paraísos. El espíritu de los jardines.

La influencia del jardín chino fue crucial para franceses e ingleses. Ya los chinos distinguían huerto y jardín como lugares de contemplación y trabajo, respectivamente. «Al huayuan van los aristócratas, letrados y poetas; al pu, los horticultores y jardineros, y aunque los límites entre uno y otro no están claros, con frecuencia solían ser contiguos como en las casa de campo inglesas de la época victoriana», escribe Mario Sanz.

Los jardineros profesionales aparecieron en el siglo XVII en Inglaterra. Solían ser ellos quienes vendían sus diseños a los propietarios de amplios terrenos. «Aunque conocemos los nombres de los grandes creadores, cuya fama llegó a ser similar a la de los grandes arquitectos y pintores, después había una gran lista de jardineros anónimos que, trabajando asiduamente en los numerosos jardines de la familia real, aristócratas, banqueros y políticos, construyeron un gran número de ellos por toda Inglaterra a lo largo del siglo XVIII», escribe en un artículo José Miguel Morales Folguera, catedrático de Historia del arte en la Universidad de Málaga y especialista en la historia del jardín.

Según escribe este experto en jardines, Humphry Repton, arquitecto paisajista, inventó el término jardinero paisajista, que servía para nombrar tanto a este tipo de pintor como al jardinero.

Hubo otros artistas que se interesaron desde entonces en los jardines, no solo como fuente de inspiración, sino como parte de su obra. Varios artistas convertidos en jardineros aprendieron horticultura y diseñaron y trabajaron en los mismos jardines que después dibujarían. Eran artistas en su propio paraíso.

En su ensayo, Sanz parafrasea así al arquitecto Rubió i Tudurí: «Nuestra humana ansiedad paradisíaca sería la nostalgia por una época geológica llamada Plioceno en la que el clima era siempre primaveral, la alimentación vegetariana abundante y nuestros antepasados antropoidoes pocos y pacíficos». Un ansia de primavera y paz que Mircea Eliade relacionaba con «el deseo de encontrarse siempre y sin esfuerzo en el corazón del mundo».

Bosques, jardines y arboledas nos relajan, según Sanz, porque compartimos forma con los árboles: «Arbóreo en su estructura, el sistema nervioso es en nosotros un eco de esa vegetalidad, y quizá por eso nos tranquilizan tanto los bosques, jardines y arboledas». No en vano, los Kanak de Melanesia utilizan la misma palabra (kara) para designar la piel humana y la corteza de los árboles.

Monet: paisajes de agua y luz

Giverny (Normandía), un lugar de menos de 300 habitantes, fue el pueblo que eligió Monet para alejarse de la ciudad y acercarse al campo. Pero el de Giverny, hoy un punto turístico, no fue el primer jardín del artista. En Sainte-Adresse, Normandía, comenzó su interés en los jardines, incitado por su amigo y también pintor Eugène Boudin, que solía trabajar fuera del estudio. Fue allí donde pintó un jardín, el jardín de aquella casa, en 1866.

Aquello se convirtió en una obsesión tal que llegó a pintar 250 cuadros solo de nenúfares que él mismo plantó. Trajo tantos nenúfares de otros países que las autoridades del pueblo le pidieron que parara, por miedo a que perjudicaran a las plantas autóctonas.

Su recién estrenada afición por pintar al aire libre le llevó a trabajar en una barca sobre el Sena. Monet siguió pintando rodeado de verde, a menudo, con amigos, pero no tuvo su propio jardín hasta que se instaló en Argenteuil. En 1878 se mudó a Vétheuil. Allí no solo se interesó por la belleza, sino por trabajar la tierra y empezó a cultivar sus propias legumbres.

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A Giverny no llegó hasta 1883, pero nunca más se marchó de allí. No era lo que él esperaba: le gustaba la casa, pero no encontró qué pintar en su entorno. Hasta que decidió convertirlo en su estudio y lugar de inspiración: allí comenzó, con ayuda del jardinero Felix Breuil, su más ambicioso jardín.

Tanto amaba sus flores, sus nenúfares, que cuentan que Monet solía escribir cartas a sus hijos para preguntar por el estado de sus plantas. Él mismo, en una carta dirijida a Gustav Gefroym, definió los jardines como «paisajes de agua y luz convertidos en obsesión».

Marjorelle: una planta, un color

Marjorelle tenía su propio color, el azul Marjorelle. Lo patentó en 1930 y tenía una clara inspiración: el azulejo marroquí. El pintor francés dedicó a su jardín más o menos el mismo tiempo que Monet a Giverny: cuatro décadas. Durante todo ese tiempo, plantó unas 300 especies alrededor de su casa en Marrakech. Las paredes, por su parte, adoptaron el color del artista.

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Marjorelle se trasladó a Marrakech en 1919 y en 1924 compró un terreno que fue ampliando hasta llegar las cuatro hectáreas. Desde entonces, fue trayendo hasta su jardín cactus, palmeras, bambús, plantas de jardín y acuáticas, cientos de especies que iba buscando por todo el mundo.

Como lugar de recogimiento e inspiración no le sirvió durante mucho tiempo: sus imponentes jardines se abrieron al público en 1947 y desde 1980 pertenecen a Yves Saint Laurent.

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Frida: un lugar para nacer y morir

Tan azul como la casa de Marjorelle, puede que más, La Casa Azul de Frida Kahlo tiene el honor de haber visto a la artista en todas sus etapas vitales. En la Casa Azul nació, creció, amó, sufrió, trabajó, enfermó y murió. En México D.F., en el barrio de Coyoacán, está ese lugar que albergó a Frida y que fue su refugio entre 1907 y 1954.

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Su padre construyó y también perdió, por razones políticas, la casa. Cuando Frida Kahlo se casó con Diego Rivera, este recuperó la casa que después compartieron con Trotski. Fue la llegada de Trotski lo que les llevó a ampliar la casa, a construir un muro que le salvara la vida al ruso y, de paso, con más espacio, plantar el jardín que inspiraba a la artista.

Frida no solo observaba el jardín y cuidaba los cactus y plantas que luego pintaba: allí también se sumergía en libros de botánica. A su alrededor había cactus viejitos, magueyes, nopales y biznagas. También cultivó albaricoqueros, naranjos y granados.

Sorolla: flores con besos

A Sorolla, la idea de su jardín le vino en Andalucía. El pintor valenciano quedó prendado de los patios andaluces que contempló, especialmente, en Sevilla y en Granada y que le sirvieron de inspiración, primero para sus cuadros y, después, para su propio vergel.

Sorolla estableció un vínculo muy especial con su mujer a través de los jardines: de ellos solía cortar las flores que le enviaba «con besos» y ambos cuidaban sus plantas. Para Sorolla, su jardín fue mucho más que punto de inspiración y estudio solitario y silencioso: fue un lugar para el disfrute social y familiar.

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Recientemente, CaixaForum Sevilla acogió la exposición Sorolla. Un jardín para pintar. Además de cuadros, la muestra incluía cartas, documentos en los que el artista hablaba de sus plantas y hasta un espacio en el que las familias podían construir su propio jardín al estilo Sorolla.

Si Monet enviaba cartas a sus hijos para preguntar cómo estaban sus flores, al valenciano no he hizo falta recurrir al género epistolar: ya se encargaba su hija de informar continuamente de los avances de sus flores. Tampoco necesitó comprar cartas perfumadas. Siempre tenía flores.

Hasta mediados del siglo XVIII, los jardines habían sido eminentemente geométricos. Hasta que irrumpió la línea curva sobre el verde y recordó que la naturaleza era eso; que la belleza, también. El paso del jardín barroco al jardín paisajista se produjo por varios motivos, entre los que destacó la aparición del jardinero profesional (y paisajista), el interés que despertó la jardinería en los poetas y el movimiento horticultural.

Pero hubo un motivo que podía abarcarlos todos: la creciente necesidad de volver a la naturaleza y de diseñar un paraíso propio que, a su vez, fuera fuente de inspiración sin salir de casa. Monet reconoció en alguna ocasión que, si se había convertido en pintor, posiblemente había sido gracias a las flores.

«En el siglo XVIII serán los jardines botánicos, enriquecidos por las especies llegadas a Europa del Nuevo Mundo y Oriente o bien al revés, llevadas de aquí para allá en un intento de reproducir en todas partes, mediante cotos creados y arbóreos, la felicidad de la huella paradisíaca», escribe Mario Sanz en Pequeños paraísos. El espíritu de los jardines.

La influencia del jardín chino fue crucial para franceses e ingleses. Ya los chinos distinguían huerto y jardín como lugares de contemplación y trabajo, respectivamente. «Al huayuan van los aristócratas, letrados y poetas; al pu, los horticultores y jardineros, y aunque los límites entre uno y otro no están claros, con frecuencia solían ser contiguos como en las casa de campo inglesas de la época victoriana», escribe Mario Sanz.

Los jardineros profesionales aparecieron en el siglo XVII en Inglaterra. Solían ser ellos quienes vendían sus diseños a los propietarios de amplios terrenos. «Aunque conocemos los nombres de los grandes creadores, cuya fama llegó a ser similar a la de los grandes arquitectos y pintores, después había una gran lista de jardineros anónimos que, trabajando asiduamente en los numerosos jardines de la familia real, aristócratas, banqueros y políticos, construyeron un gran número de ellos por toda Inglaterra a lo largo del siglo XVIII», escribe en un artículo José Miguel Morales Folguera, catedrático de Historia del arte en la Universidad de Málaga y especialista en la historia del jardín.

Según escribe este experto en jardines, Humphry Repton, arquitecto paisajista, inventó el término jardinero paisajista, que servía para nombrar tanto a este tipo de pintor como al jardinero.

Hubo otros artistas que se interesaron desde entonces en los jardines, no solo como fuente de inspiración, sino como parte de su obra. Varios artistas convertidos en jardineros aprendieron horticultura y diseñaron y trabajaron en los mismos jardines que después dibujarían. Eran artistas en su propio paraíso.

En su ensayo, Sanz parafrasea así al arquitecto Rubió i Tudurí: «Nuestra humana ansiedad paradisíaca sería la nostalgia por una época geológica llamada Plioceno en la que el clima era siempre primaveral, la alimentación vegetariana abundante y nuestros antepasados antropoidoes pocos y pacíficos». Un ansia de primavera y paz que Mircea Eliade relacionaba con «el deseo de encontrarse siempre y sin esfuerzo en el corazón del mundo».

Bosques, jardines y arboledas nos relajan, según Sanz, porque compartimos forma con los árboles: «Arbóreo en su estructura, el sistema nervioso es en nosotros un eco de esa vegetalidad, y quizá por eso nos tranquilizan tanto los bosques, jardines y arboledas». No en vano, los Kanak de Melanesia utilizan la misma palabra (kara) para designar la piel humana y la corteza de los árboles.

Monet: paisajes de agua y luz

Giverny (Normandía), un lugar de menos de 300 habitantes, fue el pueblo que eligió Monet para alejarse de la ciudad y acercarse al campo. Pero el de Giverny, hoy un punto turístico, no fue el primer jardín del artista. En Sainte-Adresse, Normandía, comenzó su interés en los jardines, incitado por su amigo y también pintor Eugène Boudin, que solía trabajar fuera del estudio. Fue allí donde pintó un jardín, el jardín de aquella casa, en 1866.

Aquello se convirtió en una obsesión tal que llegó a pintar 250 cuadros solo de nenúfares que él mismo plantó. Trajo tantos nenúfares de otros países que las autoridades del pueblo le pidieron que parara, por miedo a que perjudicaran a las plantas autóctonas.

Su recién estrenada afición por pintar al aire libre le llevó a trabajar en una barca sobre el Sena. Monet siguió pintando rodeado de verde, a menudo, con amigos, pero no tuvo su propio jardín hasta que se instaló en Argenteuil. En 1878 se mudó a Vétheuil. Allí no solo se interesó por la belleza, sino por trabajar la tierra y empezó a cultivar sus propias legumbres.

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A Giverny no llegó hasta 1883, pero nunca más se marchó de allí. No era lo que él esperaba: le gustaba la casa, pero no encontró qué pintar en su entorno. Hasta que decidió convertirlo en su estudio y lugar de inspiración: allí comenzó, con ayuda del jardinero Felix Breuil, su más ambicioso jardín.

Tanto amaba sus flores, sus nenúfares, que cuentan que Monet solía escribir cartas a sus hijos para preguntar por el estado de sus plantas. Él mismo, en una carta dirijida a Gustav Gefroym, definió los jardines como «paisajes de agua y luz convertidos en obsesión».

Marjorelle: una planta, un color

Marjorelle tenía su propio color, el azul Marjorelle. Lo patentó en 1930 y tenía una clara inspiración: el azulejo marroquí. El pintor francés dedicó a su jardín más o menos el mismo tiempo que Monet a Giverny: cuatro décadas. Durante todo ese tiempo, plantó unas 300 especies alrededor de su casa en Marrakech. Las paredes, por su parte, adoptaron el color del artista.

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Marjorelle se trasladó a Marrakech en 1919 y en 1924 compró un terreno que fue ampliando hasta llegar las cuatro hectáreas. Desde entonces, fue trayendo hasta su jardín cactus, palmeras, bambús, plantas de jardín y acuáticas, cientos de especies que iba buscando por todo el mundo.

Como lugar de recogimiento e inspiración no le sirvió durante mucho tiempo: sus imponentes jardines se abrieron al público en 1947 y desde 1980 pertenecen a Yves Saint Laurent.

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Frida: un lugar para nacer y morir

Tan azul como la casa de Marjorelle, puede que más, La Casa Azul de Frida Kahlo tiene el honor de haber visto a la artista en todas sus etapas vitales. En la Casa Azul nació, creció, amó, sufrió, trabajó, enfermó y murió. En México D.F., en el barrio de Coyoacán, está ese lugar que albergó a Frida y que fue su refugio entre 1907 y 1954.

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Su padre construyó y también perdió, por razones políticas, la casa. Cuando Frida Kahlo se casó con Diego Rivera, este recuperó la casa que después compartieron con Trotski. Fue la llegada de Trotski lo que les llevó a ampliar la casa, a construir un muro que le salvara la vida al ruso y, de paso, con más espacio, plantar el jardín que inspiraba a la artista.

Frida no solo observaba el jardín y cuidaba los cactus y plantas que luego pintaba: allí también se sumergía en libros de botánica. A su alrededor había cactus viejitos, magueyes, nopales y biznagas. También cultivó albaricoqueros, naranjos y granados.

Sorolla: flores con besos

A Sorolla, la idea de su jardín le vino en Andalucía. El pintor valenciano quedó prendado de los patios andaluces que contempló, especialmente, en Sevilla y en Granada y que le sirvieron de inspiración, primero para sus cuadros y, después, para su propio vergel.

Sorolla estableció un vínculo muy especial con su mujer a través de los jardines: de ellos solía cortar las flores que le enviaba «con besos» y ambos cuidaban sus plantas. Para Sorolla, su jardín fue mucho más que punto de inspiración y estudio solitario y silencioso: fue un lugar para el disfrute social y familiar.

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Recientemente, CaixaForum Sevilla acogió la exposición Sorolla. Un jardín para pintar. Además de cuadros, la muestra incluía cartas, documentos en los que el artista hablaba de sus plantas y hasta un espacio en el que las familias podían construir su propio jardín al estilo Sorolla.

Si Monet enviaba cartas a sus hijos para preguntar cómo estaban sus flores, al valenciano no he hizo falta recurrir al género epistolar: ya se encargaba su hija de informar continuamente de los avances de sus flores. Tampoco necesitó comprar cartas perfumadas. Siempre tenía flores.

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