20 de noviembre 2019    /   CIENCIA
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El (otro) hombre del tiempo: así se crea la hora oficial de España

20 de noviembre 2019    /   CIENCIA     por          
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El pasado 27 de octubre, mientras todos los relojes de España cambiaban de hora, había cinco que permanecían inalterables. Los cinco relojes más importantes del país, los que determinan la hora de todos los demás. Estos cinco relojes atómicos siempre mantienen la hora del meridiano de Greenwich, pero aún así preguntan constantemente a sus homólogos mundiales si tienen hora. Constantemente. ¿Qué hora es? ¿Qué hora es? ¿Qué hora es? Así cientos de miles de veces al día, en una comprobación sistemática que acaba haciendo media entre los mejores relojes del mundo para dar lugar a la hora internacional oficial.

Francisco Javier Galindo Mendoza es el responsable de estos cinco relojes, la persona encargada de la hora oficial de España. Será también uno de los ponentes del próximo evento TedXCádizUniversity, centrado precisamente en el tiempo.

De alguien como Galindo, uno esperaría que llevara un sofisticado reloj digno de James Bond. Pero el director derriba mitos confesando que tiene «un Casio bastante normalito, pero está radiocontrolado, eso sí». De alguien como Galindo uno esperaría algún título rimbombante como maestro de los relojes o garante del tiempo. Pero la realidad, una vez más, resta épica al relato: Galindo es director del Real Instituto y Observatorio de la Armada. Es en este lugar, sito en San Fernando de Cádiz, donde se fabrica la hora que marcará el resto del país. Así se fijó en un real decreto de 1976, pero ya antes, mucho antes de esta fecha, el lugar era, de forma oficiosa, el responsable del tiempo en nuestro país. 

Los relojes pueden ser más útiles que una brújula para determinar la posición de un barco en el mar. Siempre se han utilizado las estrellas para conjeturar la posición náutica, pero esa técnica ganó mucho en precisión cuando se empezaron a desarrollar los primeros relojes. «Las estrellas que ves a las 11 de la noche nada tienen que ver con las que ves a las 6 de la mañana», explica Galindo. «Esto servía al navegante para orientarse, y solo podía hacerlo si tenía la hora perfectamente sincronizada con el lugar del que había salido». Ese lugar era la dependencia de la Armada en Cádiz. Por eso lleva, desde el siglo XVIII, marcando el minuto en este campo. De forma literal. 

Javier Galindo Mendoza

LA REDEFINICIÓN DEL TIEMPO

Este pasado tan preciso es lo que hizo que, cuando se cambió de paradigma temporal, el Real Instituto y Observatorio de la Armada se encontrara en una posición privilegiada. Galindo se refiere a ese momento como «la redefinición del tiempo» y hace referencia a «cuando la hora dejó de definirse en función de los astros para hacerlo con relojes atómicos». Pero este es un relato sobre el tiempo así que sincronicemos y empecemos la historia desde el principio.  

No fueron los barcos sino los trenes los que obligaron a todos los países a ponerse de acuerdo en un tema hoy tan objetivo como la hora. «Hasta mediados del siglo XIX nadie se preocupaba por esto, no era tan importante», explica Galindo. «Pero entonces llega la Revolución Industrial y se empiezan a desarrollar las vías ferroviarias. La diferencia a la hora de medir el tiempo creaba cierta inseguridad con las conexiones entre trenes y los transbordos», concluye, «así que tuvieron que unificar criterios». 

No hablamos de que Portugal tuviera una hora menos, sino de que la falta de sincronización entre relojes internacionales pudiera suponer diferencias de 5 o 10 minutos muy difíciles de calcular. Difíciles a menos que existiera una red internacional en conexión constante, como se empezó a crear entonces. 

Hubo dos factores más que añadieron importancia al concepto del tiempo y necesidad a su precisión. Por un lado la invención del reloj de péndulo, mucho más preciso que los relojes de las iglesias que se usaban hasta entonces; y por otro lado, el trabajo. En la Revolución Industrial los puestos se automatizan, se tasan, se controlan. En este contexto la medición del tiempo supone una manera de medir también la eficiencia.

El tiempo se empezó a medir para no perderse en alta mar, para no escaquearse del trabajo o no perder el tren. Pero en la actualidad tiene muchas más funciones. «Quién no hace hoy día una transacción con el Estado en ventanilla única», se pregunta Galindo, «o unas gestiones en el banco, en la bolsa… Para todas estas actividades la etiqueta de tiempo es necesaria. La coordinación en las telecomunicaciones, en la tecnología, necesita de un tiempo preciso», concluye. En un mundo cada vez más tecnológico, la precisión se mide en nanosegundos y la necesidad de un tiempo oficial internacional es más que evidente.

Para ejemplificar la precisión de los actuales dispositivos lo mejor es echar la vista al pasado. Un buen reloj de péndulo del siglo XIX podía perder cuatro o cinco segundos al día. Un reloj de cuarzo del todo a un euro puede perder un segundo cada 15 días. Pues bien, un reloj atómico suele perder un segundo cada 150.000 años.

«Cuando un reloj es tan bueno puedes ver los defectos del Sol», aventura Galindo. «Aquí no solo aprecias la rotación y la traslación de la Tierra, sino cómo varía debido a fenómenos como un terremoto o un movimiento interior de masas que cambie sus características de giro. Todas estas cosas las ponen de manifiesto los relojes atómicos».

Para la configuración de la hora oficial internacional se usan 450 de estos relojes. Se comparan, se traza una media y es entonces cuando se pueden apreciar y corregir las pequeñas variaciones de un país a otro. «Lo ideal es que un reloj no se desvíe más de 100 nanosegundos, y nuestra escala es de más menos cinco, así que es muy muy buena», confirma Galindo con orgullo. «Especialmente si tenemos en cuenta que nosotros tenemos cinco relojes atómicos y dos de hidrógeno activo [otro método muy preciso]. Piensa en Washington, por ejemplo, que tiene 80 y 20 respectivamente».  

Con unos datos tan impactantes cuesta pensar que el tiempo de los relojes atómicos esté llegando a su fin. Pero así es. «Ahora estamos trabajando en los relojes ópticos, que trabajan en una banda de frecuencia mucho mayor, que nos van a meter todavía mucho más dentro del átomo», explica Galindo. Para entendernos, estos nuevos dispositivos serán mil veces  más precisos que los actuales. Y estarán entre nosotros cerca de 2026. Quizá para entonces hablemos, una vez más, de la redefinición del tiempo. 

 

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El pasado 27 de octubre, mientras todos los relojes de España cambiaban de hora, había cinco que permanecían inalterables. Los cinco relojes más importantes del país, los que determinan la hora de todos los demás. Estos cinco relojes atómicos siempre mantienen la hora del meridiano de Greenwich, pero aún así preguntan constantemente a sus homólogos mundiales si tienen hora. Constantemente. ¿Qué hora es? ¿Qué hora es? ¿Qué hora es? Así cientos de miles de veces al día, en una comprobación sistemática que acaba haciendo media entre los mejores relojes del mundo para dar lugar a la hora internacional oficial.

Francisco Javier Galindo Mendoza es el responsable de estos cinco relojes, la persona encargada de la hora oficial de España. Será también uno de los ponentes del próximo evento TedXCádizUniversity, centrado precisamente en el tiempo.

De alguien como Galindo, uno esperaría que llevara un sofisticado reloj digno de James Bond. Pero el director derriba mitos confesando que tiene «un Casio bastante normalito, pero está radiocontrolado, eso sí». De alguien como Galindo uno esperaría algún título rimbombante como maestro de los relojes o garante del tiempo. Pero la realidad, una vez más, resta épica al relato: Galindo es director del Real Instituto y Observatorio de la Armada. Es en este lugar, sito en San Fernando de Cádiz, donde se fabrica la hora que marcará el resto del país. Así se fijó en un real decreto de 1976, pero ya antes, mucho antes de esta fecha, el lugar era, de forma oficiosa, el responsable del tiempo en nuestro país. 

Los relojes pueden ser más útiles que una brújula para determinar la posición de un barco en el mar. Siempre se han utilizado las estrellas para conjeturar la posición náutica, pero esa técnica ganó mucho en precisión cuando se empezaron a desarrollar los primeros relojes. «Las estrellas que ves a las 11 de la noche nada tienen que ver con las que ves a las 6 de la mañana», explica Galindo. «Esto servía al navegante para orientarse, y solo podía hacerlo si tenía la hora perfectamente sincronizada con el lugar del que había salido». Ese lugar era la dependencia de la Armada en Cádiz. Por eso lleva, desde el siglo XVIII, marcando el minuto en este campo. De forma literal. 

Javier Galindo Mendoza

LA REDEFINICIÓN DEL TIEMPO

Este pasado tan preciso es lo que hizo que, cuando se cambió de paradigma temporal, el Real Instituto y Observatorio de la Armada se encontrara en una posición privilegiada. Galindo se refiere a ese momento como «la redefinición del tiempo» y hace referencia a «cuando la hora dejó de definirse en función de los astros para hacerlo con relojes atómicos». Pero este es un relato sobre el tiempo así que sincronicemos y empecemos la historia desde el principio.  

No fueron los barcos sino los trenes los que obligaron a todos los países a ponerse de acuerdo en un tema hoy tan objetivo como la hora. «Hasta mediados del siglo XIX nadie se preocupaba por esto, no era tan importante», explica Galindo. «Pero entonces llega la Revolución Industrial y se empiezan a desarrollar las vías ferroviarias. La diferencia a la hora de medir el tiempo creaba cierta inseguridad con las conexiones entre trenes y los transbordos», concluye, «así que tuvieron que unificar criterios». 

No hablamos de que Portugal tuviera una hora menos, sino de que la falta de sincronización entre relojes internacionales pudiera suponer diferencias de 5 o 10 minutos muy difíciles de calcular. Difíciles a menos que existiera una red internacional en conexión constante, como se empezó a crear entonces. 

Hubo dos factores más que añadieron importancia al concepto del tiempo y necesidad a su precisión. Por un lado la invención del reloj de péndulo, mucho más preciso que los relojes de las iglesias que se usaban hasta entonces; y por otro lado, el trabajo. En la Revolución Industrial los puestos se automatizan, se tasan, se controlan. En este contexto la medición del tiempo supone una manera de medir también la eficiencia.

El tiempo se empezó a medir para no perderse en alta mar, para no escaquearse del trabajo o no perder el tren. Pero en la actualidad tiene muchas más funciones. «Quién no hace hoy día una transacción con el Estado en ventanilla única», se pregunta Galindo, «o unas gestiones en el banco, en la bolsa… Para todas estas actividades la etiqueta de tiempo es necesaria. La coordinación en las telecomunicaciones, en la tecnología, necesita de un tiempo preciso», concluye. En un mundo cada vez más tecnológico, la precisión se mide en nanosegundos y la necesidad de un tiempo oficial internacional es más que evidente.

Para ejemplificar la precisión de los actuales dispositivos lo mejor es echar la vista al pasado. Un buen reloj de péndulo del siglo XIX podía perder cuatro o cinco segundos al día. Un reloj de cuarzo del todo a un euro puede perder un segundo cada 15 días. Pues bien, un reloj atómico suele perder un segundo cada 150.000 años.

«Cuando un reloj es tan bueno puedes ver los defectos del Sol», aventura Galindo. «Aquí no solo aprecias la rotación y la traslación de la Tierra, sino cómo varía debido a fenómenos como un terremoto o un movimiento interior de masas que cambie sus características de giro. Todas estas cosas las ponen de manifiesto los relojes atómicos».

Para la configuración de la hora oficial internacional se usan 450 de estos relojes. Se comparan, se traza una media y es entonces cuando se pueden apreciar y corregir las pequeñas variaciones de un país a otro. «Lo ideal es que un reloj no se desvíe más de 100 nanosegundos, y nuestra escala es de más menos cinco, así que es muy muy buena», confirma Galindo con orgullo. «Especialmente si tenemos en cuenta que nosotros tenemos cinco relojes atómicos y dos de hidrógeno activo [otro método muy preciso]. Piensa en Washington, por ejemplo, que tiene 80 y 20 respectivamente».  

Con unos datos tan impactantes cuesta pensar que el tiempo de los relojes atómicos esté llegando a su fin. Pero así es. «Ahora estamos trabajando en los relojes ópticos, que trabajan en una banda de frecuencia mucho mayor, que nos van a meter todavía mucho más dentro del átomo», explica Galindo. Para entendernos, estos nuevos dispositivos serán mil veces  más precisos que los actuales. Y estarán entre nosotros cerca de 2026. Quizá para entonces hablemos, una vez más, de la redefinición del tiempo. 

 

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