22 agosto, 2018    /   CIENCIA
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Jean Purdy, la olvidada madre de la fecundación ‘in vitro’

22 agosto, 2018    /   CIENCIA     por
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Una exposición en el Museo de Ciencias de Londres conmemora estos días uno de los mayores hitos de la historia, uno de esos que son aún más impactantes porque revientan un tabú que nos ha acompañado desde siempre. Hace cuarenta años, el 25 de julio de 1978, nacía Louise Brown, el primer ser humano concebido fuera de un útero, un logro que se atrevía a derribar la barrera de la infertilidad y que contribuiría a redefinir el concepto de familia.

La muestra recorre todos los hitos de una técnica que se calcula que ha traído a la vida a aproximadamente ocho millones de personas y que, aunque sigue despertando las iras de los integristas más despiadados, se ha insertado en la normalidad, al menos en países como el nuestro.

Sus inicios fueron complejos: los insultos y las descalificaciones que se dedicaron tanto a los científicos como a las desesperadas parejas que se ofrecieron voluntarias para las investigaciones fueron habituales incluso entre la prensa seria. «Frankenbebés» fue lo más suave que se dijo.

Cuando las portadas mostraron que el fruto de lo que era definido como un experimento antinatural, lejos de ser un monstruo horroroso, era un bebé adorable, la discusión se esfumó como por ensalmo.

Jean Purdy, en el laboratorio (Bourn Hall)
Jean Purdy, en el laboratorio (Bourn Hall)

Montar una exposición sobre un logro como este, tan lleno de matices, obliga a una gran labor de síntesis para que quepa en el reducido espacio de una sala. Connie Orbach, su comisaria, tenía claro que había un aspecto que debía estar presente sí o sí: el trabajo de Jean Purdy como una de las artífices de aquella primera inseminación viable. Hasta ahora, se reconocía sobre todo el papel de sus compañeros Robert Edwards y Patrick Steptoe.

«Está claro que Purdy fue básica para la fecundación in vitro (IVF)», escribe Orbach en la web del museo, «pero incluso hoy su nombre raramente es mencionado. Cuando nos preguntamos por qué pasa esto, podríamos atribuirlo a su trágica y temprana muerte en 1985, que cercenó su vida en su mejor momento y le impidió participar en los muchos libros y documentales que vinieron después».

«Pero esta es, probablemente, solo una parte de la explicación. Patrick Steptoe falleció en 1988, poco después de Purdy, pero también mucho antes de que le fuera concedido el Premio Nobel a Robert Edwards por su trabajo en 2010. El nombre de Steptoe no parece haberse perdido en el transcurso del tiempo.»

Imagen de la exposición "IVF: 6 Million Babies Later" (Museum of Science, Londres)
Imagen de la exposición “IVF: 6 Million Babies Later” (Museum of Science, Londres)

La culpa del olvido no corresponde a sus compañeros varones. Ellos mencionaban a Purdy cada vez que se planteaba un reconocimiento. Edwards, por ejemplo, batalló para que la placa que la Sociedad de Biología les dedicó en la clínica de Bourn Hall en Cambridge, fundada por ellos, la incluyera. Pero su nombre no se grabó hasta 2015.

Este verano, Louise Brown y Grace MacDonald, madre del primer varón probeta, han descubierto una lápida nueva en la tumba de Purdy, reconociendo por fin su verdadero peso en la investigación (imagen que puede verse encabezando este artículo, por cortesía de Bourn Hall).

Un peso crucial. En 1968, Edwards y Steptoe solo tenían acceso a las técnicas que permitían extraer un óvulo del cuerpo de una mujer para restituirlo una vez fecundado. Pero cómo lograr ese paso intermedio, la fecundación, se les escapaba: el método debía desarrollarse desde cero. Entonces Purdy fue contratada como técnica de laboratorio, pero enseguida se involucró en todos los aspectos del proceso y se convirtió en una figura clave durante los diez años que se tardó en alcanzar resultados viables.

Para delimitar de manera fundada la contribución de Purdy, la revista Reproductive Biomedicine & Society Online ha publicado un estudio en el que se analizan todos los datos disponibles sobre ese período, incluidos los diarios del equipo y hasta las minutas de gastos y comidas, para así establecer quiénes estaban presentes en cada una de las fases de un proceso que fue lento y, en muchos casos, frustrante.

A lo largo de todo ese tiempo, evidentemente, los tres fueron pasando por todo tipo de circunstancias personales que, en ocasiones, les hicieron alejarse temporalmente del laboratorio. La misma Purdy, por ejemplo, pasó varios meses cuidando de su madre, afectada por una enfermedad que terminaría con su vida, lo que la obligó a trasladarse a varios cientos de kilómetros de la clínica.

El dato más contundente que arroja el estudio es que los únicos períodos en los que el trabajo se detenía eran cuando Purdy tenía que ausentarse. El resto de circunstancias, incluidas las operaciones de cadera de Steptoe o las obligaciones académicas de Edwards, nunca llegaron a paralizar la actividad.

Portada del "Evening News" con la noticia del nacimiento de Louise Brown
Portada del “Evening News” con la noticia del nacimiento de Louise Brown

Por si esto no bastara, están las 26 publicaciones académicas firmadas por ella junto a Edwards, y que la reconocen como la primera persona en describir la formación del blastocito, el estado temprano del embrión humano que determina la viabilidad del futuro bebé. O el hecho de que sus ojos fueron los primeros en observar la división celular que nueve meses más tarde se convertiría en Louise Brown, quien hoy se ha unido a la batalla para reivindicar su nombre. 

Entonces, ¿cuáles son las razones de este olvido o de que, en todo caso, únicamente se le reconozca su contribución a título de «enfermera», «comadrona» o simplemente como «ayudante»? Es inevitable volver a los roles que hoy siguen vigentes, y mucho más hace cuatro décadas. Los periodistas tendían a reducir a cualquier mujer que pusiera el pie en un quirófano o un laboratorio a un papel secundario. Pero lo sorprendente es que, en 2018 y en plena revisión del papel de las mujeres en la historia, este esfuerzo aún tenga que ser noticia.

«La cooperación de Jean se volvió crucial. Ya no éramos sólo Patrick y yo. Nos habíamos vuelto un trío». Esta frase del nobel Edwards en sus memorias habría tenido que bastar para que el nombre de Purdy figurase desde hace años en el Olimpo de la medicina moderna. Sin embargo, la restitución ha llegado cuando ninguno de los tres ha podido verlo.

En estos momentos, muchas mujeres trabajan integradas en equipos de laboratorio que firmarán los éxitos de las próximas décadas. Ojalá ellas tengan mejor suerte.

Una exposición en el Museo de Ciencias de Londres conmemora estos días uno de los mayores hitos de la historia, uno de esos que son aún más impactantes porque revientan un tabú que nos ha acompañado desde siempre. Hace cuarenta años, el 25 de julio de 1978, nacía Louise Brown, el primer ser humano concebido fuera de un útero, un logro que se atrevía a derribar la barrera de la infertilidad y que contribuiría a redefinir el concepto de familia.

La muestra recorre todos los hitos de una técnica que se calcula que ha traído a la vida a aproximadamente ocho millones de personas y que, aunque sigue despertando las iras de los integristas más despiadados, se ha insertado en la normalidad, al menos en países como el nuestro.

Sus inicios fueron complejos: los insultos y las descalificaciones que se dedicaron tanto a los científicos como a las desesperadas parejas que se ofrecieron voluntarias para las investigaciones fueron habituales incluso entre la prensa seria. «Frankenbebés» fue lo más suave que se dijo.

Cuando las portadas mostraron que el fruto de lo que era definido como un experimento antinatural, lejos de ser un monstruo horroroso, era un bebé adorable, la discusión se esfumó como por ensalmo.

Jean Purdy, en el laboratorio (Bourn Hall)
Jean Purdy, en el laboratorio (Bourn Hall)

Montar una exposición sobre un logro como este, tan lleno de matices, obliga a una gran labor de síntesis para que quepa en el reducido espacio de una sala. Connie Orbach, su comisaria, tenía claro que había un aspecto que debía estar presente sí o sí: el trabajo de Jean Purdy como una de las artífices de aquella primera inseminación viable. Hasta ahora, se reconocía sobre todo el papel de sus compañeros Robert Edwards y Patrick Steptoe.

«Está claro que Purdy fue básica para la fecundación in vitro (IVF)», escribe Orbach en la web del museo, «pero incluso hoy su nombre raramente es mencionado. Cuando nos preguntamos por qué pasa esto, podríamos atribuirlo a su trágica y temprana muerte en 1985, que cercenó su vida en su mejor momento y le impidió participar en los muchos libros y documentales que vinieron después».

«Pero esta es, probablemente, solo una parte de la explicación. Patrick Steptoe falleció en 1988, poco después de Purdy, pero también mucho antes de que le fuera concedido el Premio Nobel a Robert Edwards por su trabajo en 2010. El nombre de Steptoe no parece haberse perdido en el transcurso del tiempo.»

Imagen de la exposición "IVF: 6 Million Babies Later" (Museum of Science, Londres)
Imagen de la exposición “IVF: 6 Million Babies Later” (Museum of Science, Londres)

La culpa del olvido no corresponde a sus compañeros varones. Ellos mencionaban a Purdy cada vez que se planteaba un reconocimiento. Edwards, por ejemplo, batalló para que la placa que la Sociedad de Biología les dedicó en la clínica de Bourn Hall en Cambridge, fundada por ellos, la incluyera. Pero su nombre no se grabó hasta 2015.

Este verano, Louise Brown y Grace MacDonald, madre del primer varón probeta, han descubierto una lápida nueva en la tumba de Purdy, reconociendo por fin su verdadero peso en la investigación (imagen que puede verse encabezando este artículo, por cortesía de Bourn Hall).

Un peso crucial. En 1968, Edwards y Steptoe solo tenían acceso a las técnicas que permitían extraer un óvulo del cuerpo de una mujer para restituirlo una vez fecundado. Pero cómo lograr ese paso intermedio, la fecundación, se les escapaba: el método debía desarrollarse desde cero. Entonces Purdy fue contratada como técnica de laboratorio, pero enseguida se involucró en todos los aspectos del proceso y se convirtió en una figura clave durante los diez años que se tardó en alcanzar resultados viables.

Para delimitar de manera fundada la contribución de Purdy, la revista Reproductive Biomedicine & Society Online ha publicado un estudio en el que se analizan todos los datos disponibles sobre ese período, incluidos los diarios del equipo y hasta las minutas de gastos y comidas, para así establecer quiénes estaban presentes en cada una de las fases de un proceso que fue lento y, en muchos casos, frustrante.

A lo largo de todo ese tiempo, evidentemente, los tres fueron pasando por todo tipo de circunstancias personales que, en ocasiones, les hicieron alejarse temporalmente del laboratorio. La misma Purdy, por ejemplo, pasó varios meses cuidando de su madre, afectada por una enfermedad que terminaría con su vida, lo que la obligó a trasladarse a varios cientos de kilómetros de la clínica.

El dato más contundente que arroja el estudio es que los únicos períodos en los que el trabajo se detenía eran cuando Purdy tenía que ausentarse. El resto de circunstancias, incluidas las operaciones de cadera de Steptoe o las obligaciones académicas de Edwards, nunca llegaron a paralizar la actividad.

Portada del "Evening News" con la noticia del nacimiento de Louise Brown
Portada del “Evening News” con la noticia del nacimiento de Louise Brown

Por si esto no bastara, están las 26 publicaciones académicas firmadas por ella junto a Edwards, y que la reconocen como la primera persona en describir la formación del blastocito, el estado temprano del embrión humano que determina la viabilidad del futuro bebé. O el hecho de que sus ojos fueron los primeros en observar la división celular que nueve meses más tarde se convertiría en Louise Brown, quien hoy se ha unido a la batalla para reivindicar su nombre. 

Entonces, ¿cuáles son las razones de este olvido o de que, en todo caso, únicamente se le reconozca su contribución a título de «enfermera», «comadrona» o simplemente como «ayudante»? Es inevitable volver a los roles que hoy siguen vigentes, y mucho más hace cuatro décadas. Los periodistas tendían a reducir a cualquier mujer que pusiera el pie en un quirófano o un laboratorio a un papel secundario. Pero lo sorprendente es que, en 2018 y en plena revisión del papel de las mujeres en la historia, este esfuerzo aún tenga que ser noticia.

«La cooperación de Jean se volvió crucial. Ya no éramos sólo Patrick y yo. Nos habíamos vuelto un trío». Esta frase del nobel Edwards en sus memorias habría tenido que bastar para que el nombre de Purdy figurase desde hace años en el Olimpo de la medicina moderna. Sin embargo, la restitución ha llegado cuando ninguno de los tres ha podido verlo.

En estos momentos, muchas mujeres trabajan integradas en equipos de laboratorio que firmarán los éxitos de las próximas décadas. Ojalá ellas tengan mejor suerte.

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