27 de marzo 2015    /   CREATIVIDAD
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El matemático que hace arte con la luz

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Eran los años 70 en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) y un joven llamado Jim Campbell intentaba no volverse loco. Estudiaba ingeniería electrónica y matemáticas en uno de los centros más exigentes del planeta. «Era un ambiente muy neurótico. Necesitaba hacer algo para no enloquecer y empecé a interesarme por el arte», cuenta el estadounidense en el Espacio Fundación Telefónica, en Madrid.
Campbell ha venido hasta aquí para presentar la mayor exhibición que se ha hecho hasta ahora de su obra desde que empezó a experimentar con la luz. Eso ocurrió en los 90. El ingeniero contó que en aquella época empezó a interesarse por «la interactividad». Comenzó a cuestionarse qué ocurre si un humano y una pieza se mezclan en una galería y de ahí surgieron piezas como Digital Watch.
La obra espera al visitante, en la entrada, a la derecha. La oscuridad de la sala lleva inevitablemente a la luz de esa imagen en la pared. Es un reloj analógico que va marcando los segundos. Entre la rotación de las agujas se cruzan imágenes de personas. Esos individuos son los visitantes que miran el reloj. Pero hay algo en la escena que produce un leve mareo. El visitante ve ahí el reflejo de sus actos cinco segundos después. «En esta pieza intento provocar la sensación de que no tenemos el control del tiempo», explica Campbell.
Este recorrido por la tercera planta del Espacio Fundación Telefónica en Madrid, titulado Ritmos de luz, es una reflexión del artista sobre «el espacio, el tiempo y la memoria», según Laura Fernández Ordaz, directora de arte de esta fundación. «Es una muestra sensorial, experiencial y experimental, que hace guiños constantes a la historia del arte del siglo XX. Muchas piezas recuerdan al puntillismo, minimalismo, futurismo o apropiacionismo».
Un día, en su intento de escapar de una demencia llena de fórmulas y teoremas, Campbell vio la luz. Descubrió que con las matemáticas y la ingeniería no solo se construyen puentes y computadoras. También se hace y se transforma la luz. Empezó a trabajar con el cine, las instalaciones, el LED, y la alta y la baja resolución. Comenzó a explorar cómo sería el mundo en dos dimensiones y a superponer imágenes precisas para crear obras abstractas.
En 2003 el Gobierno de EEUU alertó al mundo de los presuntos planes maléficos de la antigua Babilonia. Irak escondía armas de destrucción masiva capaces de achicharrar a toda la humanidad en un solo segundo. Bush sacó sus tropas y las envió al lugar donde suponía que guardaban el veneno. Un año después muchos estadounidenses salieron a la calle a gritar contra esa guerra. Campbell se metió entre los manifestantes y tomó miles de fotos. Después las pasó al ordenador y las amontonó unas encima de otras hasta convertirlas en una imagen donde ya no se reconocía nada. «Descubrí que hacía falta superponer 14 fotos para que apareciera una imagen abstracta», indicó Campbell mientras explicaba, pieza por pieza, toda la exposición.
En el itinerario hay una puerta que lleva a una sala más oscura aún. En ese espacio están las últimas horas que vivió su hermano. Hay palabras, emociones y hasta su respiración. Todo transformado en la intensidad y la proyección de una luz. «Es una presencia emocional», relata el hombre que nació en Chicago hace seis décadas. «En esta sala están representados veinticinco momentos que vivió mi hermano antes de morir».
Queda una última sala por montar. Está llena de bombillas y de cables, y uno tiene la sensación de que está viendo las tripas de Campbell. Después de observar más de veinte piezas del artista es inevitable establecer un paralelismo entre la obra y su autor. En ambos casos la ingeniería y la tecnología quedan siempre en la parte atrás. Campbell aprovecha sus conocimientos científicos pero dice que solo hace arte. Las obras se construyen sobre saberes técnicos pero, al mirarlas, solo hay arte. Es el deseo y, a la vez, la identidad de este cineasta: «Siempre escondo la tecnología y me centro en la imagen».
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Eran los años 70 en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) y un joven llamado Jim Campbell intentaba no volverse loco. Estudiaba ingeniería electrónica y matemáticas en uno de los centros más exigentes del planeta. «Era un ambiente muy neurótico. Necesitaba hacer algo para no enloquecer y empecé a interesarme por el arte», cuenta el estadounidense en el Espacio Fundación Telefónica, en Madrid.
Campbell ha venido hasta aquí para presentar la mayor exhibición que se ha hecho hasta ahora de su obra desde que empezó a experimentar con la luz. Eso ocurrió en los 90. El ingeniero contó que en aquella época empezó a interesarse por «la interactividad». Comenzó a cuestionarse qué ocurre si un humano y una pieza se mezclan en una galería y de ahí surgieron piezas como Digital Watch.
La obra espera al visitante, en la entrada, a la derecha. La oscuridad de la sala lleva inevitablemente a la luz de esa imagen en la pared. Es un reloj analógico que va marcando los segundos. Entre la rotación de las agujas se cruzan imágenes de personas. Esos individuos son los visitantes que miran el reloj. Pero hay algo en la escena que produce un leve mareo. El visitante ve ahí el reflejo de sus actos cinco segundos después. «En esta pieza intento provocar la sensación de que no tenemos el control del tiempo», explica Campbell.
Este recorrido por la tercera planta del Espacio Fundación Telefónica en Madrid, titulado Ritmos de luz, es una reflexión del artista sobre «el espacio, el tiempo y la memoria», según Laura Fernández Ordaz, directora de arte de esta fundación. «Es una muestra sensorial, experiencial y experimental, que hace guiños constantes a la historia del arte del siglo XX. Muchas piezas recuerdan al puntillismo, minimalismo, futurismo o apropiacionismo».
Un día, en su intento de escapar de una demencia llena de fórmulas y teoremas, Campbell vio la luz. Descubrió que con las matemáticas y la ingeniería no solo se construyen puentes y computadoras. También se hace y se transforma la luz. Empezó a trabajar con el cine, las instalaciones, el LED, y la alta y la baja resolución. Comenzó a explorar cómo sería el mundo en dos dimensiones y a superponer imágenes precisas para crear obras abstractas.
En 2003 el Gobierno de EEUU alertó al mundo de los presuntos planes maléficos de la antigua Babilonia. Irak escondía armas de destrucción masiva capaces de achicharrar a toda la humanidad en un solo segundo. Bush sacó sus tropas y las envió al lugar donde suponía que guardaban el veneno. Un año después muchos estadounidenses salieron a la calle a gritar contra esa guerra. Campbell se metió entre los manifestantes y tomó miles de fotos. Después las pasó al ordenador y las amontonó unas encima de otras hasta convertirlas en una imagen donde ya no se reconocía nada. «Descubrí que hacía falta superponer 14 fotos para que apareciera una imagen abstracta», indicó Campbell mientras explicaba, pieza por pieza, toda la exposición.
En el itinerario hay una puerta que lleva a una sala más oscura aún. En ese espacio están las últimas horas que vivió su hermano. Hay palabras, emociones y hasta su respiración. Todo transformado en la intensidad y la proyección de una luz. «Es una presencia emocional», relata el hombre que nació en Chicago hace seis décadas. «En esta sala están representados veinticinco momentos que vivió mi hermano antes de morir».
Queda una última sala por montar. Está llena de bombillas y de cables, y uno tiene la sensación de que está viendo las tripas de Campbell. Después de observar más de veinte piezas del artista es inevitable establecer un paralelismo entre la obra y su autor. En ambos casos la ingeniería y la tecnología quedan siempre en la parte atrás. Campbell aprovecha sus conocimientos científicos pero dice que solo hace arte. Las obras se construyen sobre saberes técnicos pero, al mirarlas, solo hay arte. Es el deseo y, a la vez, la identidad de este cineasta: «Siempre escondo la tecnología y me centro en la imagen».
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Opiniones 3
  • Siempre me ha parecido único el arte abstracto, es como poner a pintar tu imaginación, compartirla e incentivar en alguien más la creatividad. Cada espectador le da un nombre, un origen, una forma a la obra abstracta ¡Mágico! Tomar el puntillismo y llevarlo a nivel de lo abstracto es una proeza, una innovación que hay que aplaudir. Gabino Amaya Cacho es el precursor de esta tendencia, sin duda, antes o después de ella, su trabajo es admirable. Cacho también pintó cuadros destacados como Neptuno, El Morralero, Concierto para Venus, Girls playing in the tree, Icarus and Daedalus y The dream of Jacob.

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