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30 de octubre 2019    /   ENTRETENIMIENTO
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Las lecciones del Joker: la ficción moderna necesita explicar por qué las cosas son como son

30 de octubre 2019    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Hasta ahora el Joker era malo porque sí. Sencillamente estaba loco y su objetivo vital era sembrar el caos y la destrucción. Era la expresión básica de cualquier villano de ficción tradicional: un malo a tiempo completo que actúa como antagonista de un bueno que, por oposición, era bueno a tiempo completo.

Sin embargo, el estreno de la última película de la saga de Batman ha venido de la mano de una muy rentable controversia: en Estados Unidos muchos han visto en la cinta una peligrosa legitimación de la desobediencia civil y una ruptura frontal con un tabú social extendido, como es el silencio alrededor del trastorno mental. Hasta las fuerzas de seguridad alertaron de posibles incidentes violentos durante el estreno.

Porque resulta que, según explica el metraje, el Joker no es malo porque sí. En realidad es un enfermo mental al que la sociedad ha dejado de lado y encuentra en la rebelión una forma de expresión. De hecho ni lo busca, sencillamente acontece. El caos, el absurdo, el reírse ante una situación dramática: exactamente lo que a él le hace ser un marginado exportado para todos. Una imposición contra otra.

Nada de ese argumento es nuevo ni original. En realidad hace tiempo que la ficción abandonó los personajes tan planos. Los buenos –particularmente Batman– son personajes atribulados, a veces taciturnos y con serias contradicciones morales. Los malos –como el Joker– son víctimas de circunstancias ajenas que acaban tomando malas decisiones por un desencadenante indeseado.

Así pues, ¿por qué la controversia? En realidad la película no necesita al Joker ni a Batman. No es, para nada, una cinta de superhéroes, más allá de que utiliza el universo concreto de la franquicia para dotar de significado al relato. Y esa es justamente la clave de todo: la película no ha gustado a algunos porque trata de explicar cosas.

LA IMPORTANCIA DEL RELATO

La saga de Batman detectó el filón hace años: una de las últimas películas exploraba la lógica antisistémica como acción de los malos. El objetivo de su plan era enterrar a la Policía (literalmente, pero sin matarlos) para que el caos pudiera reinar en la superficie. La anarquía. Y eso, claro, no era permisible.

Fue otro de tantos ejemplos recientes, el guiño de Hollywood a la crisis de desencanto que vive la sociedad: el terrorista bueno de V de vendetta, las distopías orwellianas en formato palomitero de Los juegos del hambre o la saga de Divergente, e incluso los mensajes neoconservadores en las ficciones animadas de Pixar. En realidad casi todas las ficciones modernas sumergen mensajes políticos y sociales en argumentos previsibles.

La figura del Joker, sin embargo, siempre había sido un filón por explotar. Y los responsables de la franquicia vieron que la brillante intepretación deL personaje encarnada por Heath Ledger le dio una nueva dimensión. El trágico fallecimiento del actor terminó de mitificar la producción. Por tanto, era cuestión de tiempo que profundizaran en el relato.

Lo que hace la cinta es dotar de contexto, añadir explicación. Por más que los argumentos sigan siendo planos, el espectador ahora necesita un relato detrás de los hechos. No basta con que le digan qué sucede –que el personaje es malo– sino que necesita entender qué le ha llevado hasta ahí.

Dotar de una explicación, sin embargo, alerta a muchos. A grandes rasgos, una sociedad que tolera mal los grises entiende que explicar es lo mismo que justificar. De ahí que se tema una reacción violenta a través de lo que las autoridades ven como una peligrosa legitimación de la causa: si hay gente que no encaja en la sociedad que se vea identificada con el Joker, quizá den el paso a hacer lo que él.

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EXPLICAR NO ES JUSTIFICAR

Esa lógica es la misma que explica muchas dinámicas políticas modernas. En realidad nada sucede porque sí, sino que todo es consecuencia de algo anterior y, por tanto, tendrá consecuencias en el futuro. Pero hacer tal razonamiento no siempre es tolerable.

Sucede, por ejemplo, cuando alguien afirma que el Holocausto –por poner el ejemplo del crimen más atroz de la humanidad– tuvo explicación política. Claro que la tuvo: una Alemania derrotada y humillada por el Pacto de Versalles acabó entregándose a un líder populista y carismático que supo pulsar la fibra del nacionalismo herido y orientó el desencanto hacia la construcción de un imperio. La autoridad y la ira eran las herramientas, y las víctimas fueron el enemigo común con el que se taparon las heridas del país.

Por poner un ejemplo más cercano, también ha sucedido en España cuando se ha criticado a líderes políticos por decir que la violencia de ETA responde a motivaciones políticas. Claro que es así: hay un origen político y una finalidad política, más allá de que los medios para alcanzarla no tengan que ver con la política.

El problema es que socialmente se interpretan ambas argumentaciones como una legitimación de lo sucedido.

EL FIN DE LA PREDESTINACIÓN

En la política, como ahora también sucede en la ficción, el relato es la clave. Quien cuenta cómo pasaron las cosas es quien acaba colgándose la medalla. Y en eso el cine siempre ha tenido un papel primordial: basta ver la evolución de la percepción de la gente respecto a qué país lideró la derrota del nazismo tras la Segunda Guerra Mundial (una pista: aunque Hollywood nos lo haya hecho creer, no fue EEUU).

El contexto, los motivos, el cómo y el porqué se vuelven en ocasiones incómodos. Por eso se intenta vincular la explicación con la adhesión. Por eso el Joker parece peligroso.

Esa búsqueda del contexto supone, a la vez, una enmienda final a la lógica argumental de las ficciones tradicionales porque supone cuestionar la idea de la predestinación. Así, los héroes modernos pueden ser nadie –como trata de hacer la última trilogía de Star Wars, en la que la protagonista es (hasta ahora) alguien ajeno a la familia Skywalker– y los antihéroes pueden tener motivos de peso para ser lo que son.

Quizá el Joker no estaba tan loco.

Imagen de portada:  Bottle Top Photography/Shutterstock

Hasta ahora el Joker era malo porque sí. Sencillamente estaba loco y su objetivo vital era sembrar el caos y la destrucción. Era la expresión básica de cualquier villano de ficción tradicional: un malo a tiempo completo que actúa como antagonista de un bueno que, por oposición, era bueno a tiempo completo.

Sin embargo, el estreno de la última película de la saga de Batman ha venido de la mano de una muy rentable controversia: en Estados Unidos muchos han visto en la cinta una peligrosa legitimación de la desobediencia civil y una ruptura frontal con un tabú social extendido, como es el silencio alrededor del trastorno mental. Hasta las fuerzas de seguridad alertaron de posibles incidentes violentos durante el estreno.

Porque resulta que, según explica el metraje, el Joker no es malo porque sí. En realidad es un enfermo mental al que la sociedad ha dejado de lado y encuentra en la rebelión una forma de expresión. De hecho ni lo busca, sencillamente acontece. El caos, el absurdo, el reírse ante una situación dramática: exactamente lo que a él le hace ser un marginado exportado para todos. Una imposición contra otra.

Nada de ese argumento es nuevo ni original. En realidad hace tiempo que la ficción abandonó los personajes tan planos. Los buenos –particularmente Batman– son personajes atribulados, a veces taciturnos y con serias contradicciones morales. Los malos –como el Joker– son víctimas de circunstancias ajenas que acaban tomando malas decisiones por un desencadenante indeseado.

Así pues, ¿por qué la controversia? En realidad la película no necesita al Joker ni a Batman. No es, para nada, una cinta de superhéroes, más allá de que utiliza el universo concreto de la franquicia para dotar de significado al relato. Y esa es justamente la clave de todo: la película no ha gustado a algunos porque trata de explicar cosas.

LA IMPORTANCIA DEL RELATO

La saga de Batman detectó el filón hace años: una de las últimas películas exploraba la lógica antisistémica como acción de los malos. El objetivo de su plan era enterrar a la Policía (literalmente, pero sin matarlos) para que el caos pudiera reinar en la superficie. La anarquía. Y eso, claro, no era permisible.

Fue otro de tantos ejemplos recientes, el guiño de Hollywood a la crisis de desencanto que vive la sociedad: el terrorista bueno de V de vendetta, las distopías orwellianas en formato palomitero de Los juegos del hambre o la saga de Divergente, e incluso los mensajes neoconservadores en las ficciones animadas de Pixar. En realidad casi todas las ficciones modernas sumergen mensajes políticos y sociales en argumentos previsibles.

La figura del Joker, sin embargo, siempre había sido un filón por explotar. Y los responsables de la franquicia vieron que la brillante intepretación deL personaje encarnada por Heath Ledger le dio una nueva dimensión. El trágico fallecimiento del actor terminó de mitificar la producción. Por tanto, era cuestión de tiempo que profundizaran en el relato.

Lo que hace la cinta es dotar de contexto, añadir explicación. Por más que los argumentos sigan siendo planos, el espectador ahora necesita un relato detrás de los hechos. No basta con que le digan qué sucede –que el personaje es malo– sino que necesita entender qué le ha llevado hasta ahí.

Dotar de una explicación, sin embargo, alerta a muchos. A grandes rasgos, una sociedad que tolera mal los grises entiende que explicar es lo mismo que justificar. De ahí que se tema una reacción violenta a través de lo que las autoridades ven como una peligrosa legitimación de la causa: si hay gente que no encaja en la sociedad que se vea identificada con el Joker, quizá den el paso a hacer lo que él.

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EXPLICAR NO ES JUSTIFICAR

Esa lógica es la misma que explica muchas dinámicas políticas modernas. En realidad nada sucede porque sí, sino que todo es consecuencia de algo anterior y, por tanto, tendrá consecuencias en el futuro. Pero hacer tal razonamiento no siempre es tolerable.

Sucede, por ejemplo, cuando alguien afirma que el Holocausto –por poner el ejemplo del crimen más atroz de la humanidad– tuvo explicación política. Claro que la tuvo: una Alemania derrotada y humillada por el Pacto de Versalles acabó entregándose a un líder populista y carismático que supo pulsar la fibra del nacionalismo herido y orientó el desencanto hacia la construcción de un imperio. La autoridad y la ira eran las herramientas, y las víctimas fueron el enemigo común con el que se taparon las heridas del país.

Por poner un ejemplo más cercano, también ha sucedido en España cuando se ha criticado a líderes políticos por decir que la violencia de ETA responde a motivaciones políticas. Claro que es así: hay un origen político y una finalidad política, más allá de que los medios para alcanzarla no tengan que ver con la política.

El problema es que socialmente se interpretan ambas argumentaciones como una legitimación de lo sucedido.

EL FIN DE LA PREDESTINACIÓN

En la política, como ahora también sucede en la ficción, el relato es la clave. Quien cuenta cómo pasaron las cosas es quien acaba colgándose la medalla. Y en eso el cine siempre ha tenido un papel primordial: basta ver la evolución de la percepción de la gente respecto a qué país lideró la derrota del nazismo tras la Segunda Guerra Mundial (una pista: aunque Hollywood nos lo haya hecho creer, no fue EEUU).

El contexto, los motivos, el cómo y el porqué se vuelven en ocasiones incómodos. Por eso se intenta vincular la explicación con la adhesión. Por eso el Joker parece peligroso.

Esa búsqueda del contexto supone, a la vez, una enmienda final a la lógica argumental de las ficciones tradicionales porque supone cuestionar la idea de la predestinación. Así, los héroes modernos pueden ser nadie –como trata de hacer la última trilogía de Star Wars, en la que la protagonista es (hasta ahora) alguien ajeno a la familia Skywalker– y los antihéroes pueden tener motivos de peso para ser lo que son.

Quizá el Joker no estaba tan loco.

Imagen de portada:  Bottle Top Photography/Shutterstock

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Opiniones 5
  • Respecto a quien derrotó a los nazis (y a los japoneses, cuyo ejercito era muy superior y mejor organizado que el de los nazis, una pista, Stalin pudo financiar la guerra contra Alemania, gracias al dinero que le llegaba desde EEUU)

  • En realidad la película de Joker no explica nada sobre la maldad del personaje. Te da su propia visión, la subjetiva desde su propia imagen en el espejo. Para nada es una explicación, de hecho la ambigüedad de todo lo que ocurre te hace ver que el tipo es un malvado por que sí. Simplemente él tiene su propio discurso y su propia justificación pero esto es así porque siempre es así. Y por este motivo es tan grandiosa la película. Quedas fascinado por el personaje pues sabes que es un monstruo pero al darte como expectador su propia justificación se te hace humano: comprendes al monstruo, llegas a quererlo y cuando lo quieres te explota la mierda en la cara. Todo es mentira. Si no se entiende eso, no se entiende nada. Y esto es así en la realidad: el amor perverso, el amor tóxico, el amor hacia un ser malvado no seria posible de otra forma mas que siendo enpaticos con su mentira.

  • Y, además, siguiendo con el tema debe incorporarse la variable de la libertad. Él es libre y decide, decide, sí decide hacer el mal. Tenía muchas otras opciones bajo las mismas circunstancias. Por tanto, eliminar ese factor falsea completamente cualquier argumento. El Joker de esta peli es un
    malvado porque sí, disfruta haciendo el mal, y no está enfermo. La medicación nunca la tomó, mas bien parece que a la que se la da es a la madre.

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