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9 de septiembre 2019    /   CREATIVIDAD
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Jorge Carrión: «Las librerías que permitan que las personas se conozcan son las que tienen más futuro»

9 de septiembre 2019    /   CREATIVIDAD     por          
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Jorge Carrión va a Ikea a comprar billies, orquídeas y albóndigas, y de paso roba lápices. Los necesita para subrayar sus libros y hacer anotaciones. A veces los usa, de forma meditada, como separadores de páginas y a veces aparecen, por olvido, dentro de un libro que dejó de leer en cualquier punto y seguido. «Me encanta la dimensión plástica del libro», dice. «Me recuerda a jugar con plastilina».

Apunta ideas, señala frases, dobla esquinas de páginas. Mete billetes de avión y de tren por los capítulos. Arranca el adhesivo del código de barras y lo pega en la contracubierta para recordar dónde lo compró. «Es una especie de lazo genético que indica la procedencia del libro», explica.

Es algo que este escritor y periodista hace por impulso, pero, si le pides una justificación, la tiene. Habla de la conexión entre las manos y el cerebro que describió Richard Sennet en su libro El artesano. Los pensamientos pueden quedar en el aire. Esfumarse. Evaporarse. Pero lo que se toca se sella. «Yo recuerdo lo que he subrayado, lo que he tocado, lo que he doblado. Utilizo todas las formas posibles de convertir el libro en memoria manual. Convertir el libro en una caja donde hay objetos es una forma de trabajar mi memoria».

Esto lo descubrió con el tiempo. Al principio, cuando el doctor en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona aún era un niño, los libros eran paseos. De su casa a la biblioteca y de su casa a la librería. Mediaban pocas calles entre los dos edificios, pero suficientes para hacerle entender que «hay un diálogo entre la biblioteca y la librería que converge en tu propia biblioteca de casa».

El director del Máster en Creación Literaria de la Pompeu y colaborador del New York Times en español acabó obsesionado con las librerías. Las buscó allá donde iba; las buscaba para leerlas y escribirlas. Y ocurrió lo inevitable: sus visitas se hicieron libro, Librerías (Anagrama, 2013).

Este mes de septiembre, Jorge Carrión publica un nuevo libro que reúne más viajes, algunas entrevistas y profundas reflexiones sobre la lectura. Contra Amazon (Galaxia Gutenberg, 2019) es un libro que se asoma al futuro de las bibliotecas y que, cuando hace falta, peregrina al pasado para rescatar historias tan impresionantes como esta que leyó del escritor Alberto Manguel en Una historia de la lectura:

En el siglo X, en Persia, el gran visir al-Sahib ibn Abbad al-Qasim, con el fin de no separarse de su colección de 17.000 volúmenes durante sus viajes, se la hacía transportar por una caravana de cuatrocientos camellos adiestrados para caminar en orden alfabético.

«Es una imagen preciosa de la cultura cuando viaja», observa Carrión. «La cultura, incluso cuando viaja, no cede al caos. Para eso leemos, para eso estudiamos».

Tú ordenas tu biblioteca y ella se va desordenando.

Me doy cuenta de que la voy ordenando cada tres o cuatro años, casi siempre por una mudanza. Este verano la he ordenado de nuevo y me parece un ejercicio maravilloso y necesario. Tengo que estar conectado con mi biblioteca y ordenarla es el modo de hacer esa reconexión.

Siempre que la reordeno me deshago de un centenar de libros que ya no voy a utilizar. Me encuentro con libros repetidos y ese es el indicador de que es el momento de ordenarla: significa que ya no sabes ni los que tienes. Intento no pasar de los 6.000 o 7.000 libros porque más allá de esa cantidad, ya no controlo lo que tengo.

El librero italiano Romano Montroni dice que en las librerías no debe haber un servicio de limpieza. El librero ha de quitar el polvo de los libros porque es el modo de saber qué libros tiene y cuáles puede recomendar. Ocurre lo mismo con la biblioteca personal: tienes que limpiarla, ordenarla, mimarla, para saber cómo te puede ayudar y nutrir.

Dices que las librerías han sido para ti lo que las iglesias fueron en algún momento para tu madre.

Yo no he vivido la fe católica que vivieron en España las generaciones anteriores a la mía, pero en las librerías he encontrado esa sensación de comunidad, de recogimiento, de concentración, de respeto que supongo que otras personas encuentran en los templos. La palabra religión viene de religare, de volver a ligar el vínculo entre el creyente y la divinidad. Ese sería el objetivo de visitar un templo: hacer un vínculo. Y yo diría que en las librerías y las bibliotecas todavía es posible reconectarse con una relación que está en crisis: la del ser humano con el libro como un objeto importante. Todavía somos la cultura del libro.

Los historiadores decidieron llamar al humano actual homo sapiens sapiens pero, para ti, podría haber sido el homo bibliotecario porque dices que el orden alfabético o el orden por géneros o por pasiones ya forma parte de nuestro ADN.

Llevamos tantos siglos ordenando libros y documentos que hay una dimensión muy importante en nuestro cerebro con forma de un archivo. Puestos a decidir qué es lo humano, ese tipo de criterios vinculados con la biblioteconomía y la documentación serían importantes. Amazon ve todos los productos igual: una aspiradora, un dron, una pizza, un libro. En cambio, este homo bibliotecario, esta dimensión libresca nuestra, no nos hace ver igual una dron o una pizza que un libro.

Las librerías pequeñas, las librerías de autor, ¿son la personalidad del librero desplegada en una serie de libros?

Estas librerías, de no más de 10.000 o 15.000 volúmenes, muestran una radiografía del cerebro y del corazón del librero. Ahí están sus intereses y sus amores. En lo que pone en el escaparate y en la mesa de novedades puedes ver lo que es más importante para él: lo que quiere vender y prescribir. A mí me interesan mucho los libreros excéntricos, heterodoxos, que crean mesas y anaqueles con asociaciones inesperadas, siguiendo la consigna de Aby Warburg de la distancia extraña y secreta entre libros. De pronto, una estantería propone una relación entre autores, temas, épocas que tú nunca hubieras relacionado.

En Contra Amazon cuentas que en Japón y en Portugal has encontrado librerías en las que hay que pagar una entrada como si fueran un museo.

Nunca me llevo las manos a la cabeza cuando hay una novedad cultural. No me parece descabellado que si hay que pagar para entrar a un museo, también haya que pagar para acceder a una librería con dimensión de museo. Habría que ver hasta qué punto Bunkitsu, en Tokio, y Lello, en Oporto, son librerías reales. Bunkitsu es un coworking donde hay libros de consulta y libros en venta. Lello es un museo; es un lugar muy extraño. Es muy bonito, pero su belleza no justifica la fama. Mucha gente cree que va a conocer la librería de Harry Potter, pero es un malentendido. No está demostrada ninguna relación entre la librería y la película, pero da igual: ya se ha convertido en un icono turístico.

Bunkitsu y Lello son dos excepciones en el mundo. Lo que sí hay son librerías de socios y librerías que usan fórmulas de filiación para asegurar su continuidad. No me parece extraño que se busquen otros modos de financiación. En un museo o en Netflix no puedes entrar a curiosear y durante siglos sí lo hemos podido hacer en las librerías. Tienen que ir encontrando su modo de sobrevivir y uno, por qué no, podría ser una cuota de acceso. Imagino un club cultural que, por una cuota mensual, tienes acceso a talleres, charlas, a comprar equis libros al mes. Aplicar lógicas de otros espacios a las librerías del siglo XXI.

Describes bibliotecas literarias como las de Alonso Quijano y el capitán Nemo. ¿Qué has encontrado ahí?

Google Books ve el mundo desde una perspectiva algorítmica, pero nuestro modo de verlo es tan distinta todavía que incluso en películas de ciencia ficción, como Interstellar, o series de fantasía, como Juego de tronos, encontramos bibliotecas. Somos incapaces de pensar el mundo, incluso desde la ciencia más avanzada, sin situar en su centro una biblioteca.

En Solaris, el protagonista pasa mucho más tiempo en la biblioteca de la nave espacial leyendo sobre el planeta Solaris que saliendo a explorarlo. Creo que el ser humano está muy anclado en esa idea que decía Borges de que el mundo tiene forma de biblioteca. Durante mucho tiempo me ha interesado leer esto en clásicos como el Quijote, La biblioteca de Babel y en muchas novelas de Jules Verne, porque imaginó bibliotecas en muchos terrenos, no solo en la nave de Veinte mil leguas de viaje submarino.

¿Dónde has encontrado las librerías que más te han sorprendido?

Estoy muy fascinado con las librerías y las bibliotecas de China. Es muy interesante lo que está pasando ahí en términos culturales, y las librerías y bibliotecas están jugando un papel fundamental en la transformación del país en un imperio definitivo. Vi una librería increíble que se llama Page One. Hay, al menos, seis librerías dentro y cada una tiene un diseño, una arquitectura y una atmósfera diferente. No cierra en las 24 horas del día: es una experiencia vértigo constante.

Aunque estuve allí y me encantó, y en The Kid’s Republic, que me encantó también, lo más sorprendente es que hay librerías fascinantes por todo el país. Es más, las más importantes e impresionantes no están en Pekín ni en Shanghái. Están en ciudades que no son conocidas por los occidentales, pero que están albergando proyectos urbanísticos, económicos y tecnológicos increíbles y, con ellos, aparecen grandes bibliotecas y librerías. Aparte tengo mis propios fetiches y preferencias, como la Biblioteca Pública de Nueva York, las librerías Strand y Mc Nally Jackson de Nueva York, y tantas otras. Pero si tuviera que decir dónde está pasando algo magnífico, en términos librescos, yo diría que en China. En Pekín se siente el nervio del futuro.

Amazon ha arruinado a muchas librerías. Pero hay otro asunto importante: este hipermercado planetario tiene un poder brutal para difundir ideología en los productos que recomienda, destaca y promociona.

Totalmente. Cuando publiqué el «Manifiesto contra Amazon», en la revista JotDown, pretendía llamar la atención ante un nuevo hábito que se había tomado de un modo irreflexivo. Mucha gente compraba en Amazon porque era rápido, fácil, sin haberse parado a pensar por qué lo hacía.

En ese artículo decía que a mí no me gusta que me espíen (en un Kindle pueden ver, en cada momento, dónde está mi atención) y decía algo más: en el correo electrónico y en las redes sociales, tú puedes mentir respecto a tus datos (tu lugar de residencia, tu teléfono, tus datos bancarios). En cambio, en Amazon, tienes que dar tus datos correctos para poder utilizar el servicio. Hablamos de una compañía que no está controlada ni regulada debidamente y que tiene los datos bancarios de una masa importantísima de ciudadanos.

Desde que publiqué el manifiesto, que tuvo mucho eco en EEUU, en Portugal y en Francia, podía haberlo actualizado, pero creo que es mejor mantenerlo en su indignación y en su juego inicial. Hoy se podría hablar también de la cantidad de versiones falsas que se están vendiendo de los libros clásicos. Les han cambiado las palabras, les han cambiado frases, pero el lector no lo sabe y lo compra porque es más barato que la edición auténtica. Lo contaba un reportaje de The New York Times: están difundiendo versiones muy peligrosas de libros políticos como 1984, de George Orwell.

También se podría hablar de la precariedad de los repartidores. Hay muchos temas. Pero el título del manifiesto es más simbólico que práctico. Yo no llamo al boicot a Amazon. Me encantan algunas series de Amazon Prime Video, como La fabulosa señora Ms. Maisel. Puedes ver una serie en la plataforma sin que eso altere el sistema de un modo nocivo. En cambio, si compras libros en Amazon, sí que estás alimentando una tendencia que puede perjudicar a las librerías y al mundo editorial. Es una empresa que opera casi en monopolio. Está obligando a las editoriales a venderles libros a un precio que hace peligrar su supervivencia.

Ese artículo de The New York Times fue un nuevo mazazo. Pensábamos que las mentiras solo corrían por el papel de prensa y las redes digitales. Pero han traspasado la tapa dura. A las fake news se unen los fake books.

Lo que está ocurriendo con las plataformas es que todas se están dirigiendo hacia un terreno muy inquietante. Facebook, en el modo en que ayudó al Brexit, a Trump. Youtube, porque se ha demostrado que el algoritmo tiende a favorecer el fascismo. Y Amazon, que también lo están utilizando para eso.

¿Cómo imaginas el futuro de las librerías?

Nunca habrá un único modelo de librería. Seguirán existiendo las librerías de bibliofilia: pequeñas, anacrónicas, desconectadas, con un librero antipático pero, de algún modo, carismático. Pero diría que las librerías que tienen más posibilidad de sobrevivir a largo plazo son las que diseñen experiencias intelectuales y también emocionales. Una de las grandes amenazas de las ciudades es la economía de la soledad (ya la mitad de la población encuentra pareja por internet).

En este contexto, las librerías se han convertido en espacios de encuentro, de contacto, de diálogo, de amistad y de relaciones personales en grupo. Creo que las librerías que apuesten por experiencias intelectuales y emocionales, y que permitan que las personas con intereses compartidos se conozcan, se acompañen y se quieran, son las que tienen más futuro.

Imagen de portada: Jorge Carrión, en la Biblioteca Nacional de Argentina. Foto de Beto Gutiérrez.

Jorge Carrión va a Ikea a comprar billies, orquídeas y albóndigas, y de paso roba lápices. Los necesita para subrayar sus libros y hacer anotaciones. A veces los usa, de forma meditada, como separadores de páginas y a veces aparecen, por olvido, dentro de un libro que dejó de leer en cualquier punto y seguido. «Me encanta la dimensión plástica del libro», dice. «Me recuerda a jugar con plastilina».

Apunta ideas, señala frases, dobla esquinas de páginas. Mete billetes de avión y de tren por los capítulos. Arranca el adhesivo del código de barras y lo pega en la contracubierta para recordar dónde lo compró. «Es una especie de lazo genético que indica la procedencia del libro», explica.

Es algo que este escritor y periodista hace por impulso, pero, si le pides una justificación, la tiene. Habla de la conexión entre las manos y el cerebro que describió Richard Sennet en su libro El artesano. Los pensamientos pueden quedar en el aire. Esfumarse. Evaporarse. Pero lo que se toca se sella. «Yo recuerdo lo que he subrayado, lo que he tocado, lo que he doblado. Utilizo todas las formas posibles de convertir el libro en memoria manual. Convertir el libro en una caja donde hay objetos es una forma de trabajar mi memoria».

Esto lo descubrió con el tiempo. Al principio, cuando el doctor en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona aún era un niño, los libros eran paseos. De su casa a la biblioteca y de su casa a la librería. Mediaban pocas calles entre los dos edificios, pero suficientes para hacerle entender que «hay un diálogo entre la biblioteca y la librería que converge en tu propia biblioteca de casa».

El director del Máster en Creación Literaria de la Pompeu y colaborador del New York Times en español acabó obsesionado con las librerías. Las buscó allá donde iba; las buscaba para leerlas y escribirlas. Y ocurrió lo inevitable: sus visitas se hicieron libro, Librerías (Anagrama, 2013).

Este mes de septiembre, Jorge Carrión publica un nuevo libro que reúne más viajes, algunas entrevistas y profundas reflexiones sobre la lectura. Contra Amazon (Galaxia Gutenberg, 2019) es un libro que se asoma al futuro de las bibliotecas y que, cuando hace falta, peregrina al pasado para rescatar historias tan impresionantes como esta que leyó del escritor Alberto Manguel en Una historia de la lectura:

En el siglo X, en Persia, el gran visir al-Sahib ibn Abbad al-Qasim, con el fin de no separarse de su colección de 17.000 volúmenes durante sus viajes, se la hacía transportar por una caravana de cuatrocientos camellos adiestrados para caminar en orden alfabético.

«Es una imagen preciosa de la cultura cuando viaja», observa Carrión. «La cultura, incluso cuando viaja, no cede al caos. Para eso leemos, para eso estudiamos».

Tú ordenas tu biblioteca y ella se va desordenando.

Me doy cuenta de que la voy ordenando cada tres o cuatro años, casi siempre por una mudanza. Este verano la he ordenado de nuevo y me parece un ejercicio maravilloso y necesario. Tengo que estar conectado con mi biblioteca y ordenarla es el modo de hacer esa reconexión.

Siempre que la reordeno me deshago de un centenar de libros que ya no voy a utilizar. Me encuentro con libros repetidos y ese es el indicador de que es el momento de ordenarla: significa que ya no sabes ni los que tienes. Intento no pasar de los 6.000 o 7.000 libros porque más allá de esa cantidad, ya no controlo lo que tengo.

El librero italiano Romano Montroni dice que en las librerías no debe haber un servicio de limpieza. El librero ha de quitar el polvo de los libros porque es el modo de saber qué libros tiene y cuáles puede recomendar. Ocurre lo mismo con la biblioteca personal: tienes que limpiarla, ordenarla, mimarla, para saber cómo te puede ayudar y nutrir.

Dices que las librerías han sido para ti lo que las iglesias fueron en algún momento para tu madre.

Yo no he vivido la fe católica que vivieron en España las generaciones anteriores a la mía, pero en las librerías he encontrado esa sensación de comunidad, de recogimiento, de concentración, de respeto que supongo que otras personas encuentran en los templos. La palabra religión viene de religare, de volver a ligar el vínculo entre el creyente y la divinidad. Ese sería el objetivo de visitar un templo: hacer un vínculo. Y yo diría que en las librerías y las bibliotecas todavía es posible reconectarse con una relación que está en crisis: la del ser humano con el libro como un objeto importante. Todavía somos la cultura del libro.

Los historiadores decidieron llamar al humano actual homo sapiens sapiens pero, para ti, podría haber sido el homo bibliotecario porque dices que el orden alfabético o el orden por géneros o por pasiones ya forma parte de nuestro ADN.

Llevamos tantos siglos ordenando libros y documentos que hay una dimensión muy importante en nuestro cerebro con forma de un archivo. Puestos a decidir qué es lo humano, ese tipo de criterios vinculados con la biblioteconomía y la documentación serían importantes. Amazon ve todos los productos igual: una aspiradora, un dron, una pizza, un libro. En cambio, este homo bibliotecario, esta dimensión libresca nuestra, no nos hace ver igual una dron o una pizza que un libro.

Las librerías pequeñas, las librerías de autor, ¿son la personalidad del librero desplegada en una serie de libros?

Estas librerías, de no más de 10.000 o 15.000 volúmenes, muestran una radiografía del cerebro y del corazón del librero. Ahí están sus intereses y sus amores. En lo que pone en el escaparate y en la mesa de novedades puedes ver lo que es más importante para él: lo que quiere vender y prescribir. A mí me interesan mucho los libreros excéntricos, heterodoxos, que crean mesas y anaqueles con asociaciones inesperadas, siguiendo la consigna de Aby Warburg de la distancia extraña y secreta entre libros. De pronto, una estantería propone una relación entre autores, temas, épocas que tú nunca hubieras relacionado.

En Contra Amazon cuentas que en Japón y en Portugal has encontrado librerías en las que hay que pagar una entrada como si fueran un museo.

Nunca me llevo las manos a la cabeza cuando hay una novedad cultural. No me parece descabellado que si hay que pagar para entrar a un museo, también haya que pagar para acceder a una librería con dimensión de museo. Habría que ver hasta qué punto Bunkitsu, en Tokio, y Lello, en Oporto, son librerías reales. Bunkitsu es un coworking donde hay libros de consulta y libros en venta. Lello es un museo; es un lugar muy extraño. Es muy bonito, pero su belleza no justifica la fama. Mucha gente cree que va a conocer la librería de Harry Potter, pero es un malentendido. No está demostrada ninguna relación entre la librería y la película, pero da igual: ya se ha convertido en un icono turístico.

Bunkitsu y Lello son dos excepciones en el mundo. Lo que sí hay son librerías de socios y librerías que usan fórmulas de filiación para asegurar su continuidad. No me parece extraño que se busquen otros modos de financiación. En un museo o en Netflix no puedes entrar a curiosear y durante siglos sí lo hemos podido hacer en las librerías. Tienen que ir encontrando su modo de sobrevivir y uno, por qué no, podría ser una cuota de acceso. Imagino un club cultural que, por una cuota mensual, tienes acceso a talleres, charlas, a comprar equis libros al mes. Aplicar lógicas de otros espacios a las librerías del siglo XXI.

Describes bibliotecas literarias como las de Alonso Quijano y el capitán Nemo. ¿Qué has encontrado ahí?

Google Books ve el mundo desde una perspectiva algorítmica, pero nuestro modo de verlo es tan distinta todavía que incluso en películas de ciencia ficción, como Interstellar, o series de fantasía, como Juego de tronos, encontramos bibliotecas. Somos incapaces de pensar el mundo, incluso desde la ciencia más avanzada, sin situar en su centro una biblioteca.

En Solaris, el protagonista pasa mucho más tiempo en la biblioteca de la nave espacial leyendo sobre el planeta Solaris que saliendo a explorarlo. Creo que el ser humano está muy anclado en esa idea que decía Borges de que el mundo tiene forma de biblioteca. Durante mucho tiempo me ha interesado leer esto en clásicos como el Quijote, La biblioteca de Babel y en muchas novelas de Jules Verne, porque imaginó bibliotecas en muchos terrenos, no solo en la nave de Veinte mil leguas de viaje submarino.

¿Dónde has encontrado las librerías que más te han sorprendido?

Estoy muy fascinado con las librerías y las bibliotecas de China. Es muy interesante lo que está pasando ahí en términos culturales, y las librerías y bibliotecas están jugando un papel fundamental en la transformación del país en un imperio definitivo. Vi una librería increíble que se llama Page One. Hay, al menos, seis librerías dentro y cada una tiene un diseño, una arquitectura y una atmósfera diferente. No cierra en las 24 horas del día: es una experiencia vértigo constante.

Aunque estuve allí y me encantó, y en The Kid’s Republic, que me encantó también, lo más sorprendente es que hay librerías fascinantes por todo el país. Es más, las más importantes e impresionantes no están en Pekín ni en Shanghái. Están en ciudades que no son conocidas por los occidentales, pero que están albergando proyectos urbanísticos, económicos y tecnológicos increíbles y, con ellos, aparecen grandes bibliotecas y librerías. Aparte tengo mis propios fetiches y preferencias, como la Biblioteca Pública de Nueva York, las librerías Strand y Mc Nally Jackson de Nueva York, y tantas otras. Pero si tuviera que decir dónde está pasando algo magnífico, en términos librescos, yo diría que en China. En Pekín se siente el nervio del futuro.

Amazon ha arruinado a muchas librerías. Pero hay otro asunto importante: este hipermercado planetario tiene un poder brutal para difundir ideología en los productos que recomienda, destaca y promociona.

Totalmente. Cuando publiqué el «Manifiesto contra Amazon», en la revista JotDown, pretendía llamar la atención ante un nuevo hábito que se había tomado de un modo irreflexivo. Mucha gente compraba en Amazon porque era rápido, fácil, sin haberse parado a pensar por qué lo hacía.

En ese artículo decía que a mí no me gusta que me espíen (en un Kindle pueden ver, en cada momento, dónde está mi atención) y decía algo más: en el correo electrónico y en las redes sociales, tú puedes mentir respecto a tus datos (tu lugar de residencia, tu teléfono, tus datos bancarios). En cambio, en Amazon, tienes que dar tus datos correctos para poder utilizar el servicio. Hablamos de una compañía que no está controlada ni regulada debidamente y que tiene los datos bancarios de una masa importantísima de ciudadanos.

Desde que publiqué el manifiesto, que tuvo mucho eco en EEUU, en Portugal y en Francia, podía haberlo actualizado, pero creo que es mejor mantenerlo en su indignación y en su juego inicial. Hoy se podría hablar también de la cantidad de versiones falsas que se están vendiendo de los libros clásicos. Les han cambiado las palabras, les han cambiado frases, pero el lector no lo sabe y lo compra porque es más barato que la edición auténtica. Lo contaba un reportaje de The New York Times: están difundiendo versiones muy peligrosas de libros políticos como 1984, de George Orwell.

También se podría hablar de la precariedad de los repartidores. Hay muchos temas. Pero el título del manifiesto es más simbólico que práctico. Yo no llamo al boicot a Amazon. Me encantan algunas series de Amazon Prime Video, como La fabulosa señora Ms. Maisel. Puedes ver una serie en la plataforma sin que eso altere el sistema de un modo nocivo. En cambio, si compras libros en Amazon, sí que estás alimentando una tendencia que puede perjudicar a las librerías y al mundo editorial. Es una empresa que opera casi en monopolio. Está obligando a las editoriales a venderles libros a un precio que hace peligrar su supervivencia.

Ese artículo de The New York Times fue un nuevo mazazo. Pensábamos que las mentiras solo corrían por el papel de prensa y las redes digitales. Pero han traspasado la tapa dura. A las fake news se unen los fake books.

Lo que está ocurriendo con las plataformas es que todas se están dirigiendo hacia un terreno muy inquietante. Facebook, en el modo en que ayudó al Brexit, a Trump. Youtube, porque se ha demostrado que el algoritmo tiende a favorecer el fascismo. Y Amazon, que también lo están utilizando para eso.

¿Cómo imaginas el futuro de las librerías?

Nunca habrá un único modelo de librería. Seguirán existiendo las librerías de bibliofilia: pequeñas, anacrónicas, desconectadas, con un librero antipático pero, de algún modo, carismático. Pero diría que las librerías que tienen más posibilidad de sobrevivir a largo plazo son las que diseñen experiencias intelectuales y también emocionales. Una de las grandes amenazas de las ciudades es la economía de la soledad (ya la mitad de la población encuentra pareja por internet).

En este contexto, las librerías se han convertido en espacios de encuentro, de contacto, de diálogo, de amistad y de relaciones personales en grupo. Creo que las librerías que apuesten por experiencias intelectuales y emocionales, y que permitan que las personas con intereses compartidos se conozcan, se acompañen y se quieran, son las que tienen más futuro.

Imagen de portada: Jorge Carrión, en la Biblioteca Nacional de Argentina. Foto de Beto Gutiérrez.

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Opiniones 2
  • Frase inmortal: «Los pensamientos pueden quedar en el aire. Esfumarse. Evaporarse. Pero lo que se toca se sella.» Anoto la cita para la historia.

    También estàn las palabras, citas y dibujos para cristalizar pensamientos. No importa si son de tinta o de píxeles. Ordenar, relacionar, clasificar y categorizar viejos o nuevos archivos digitales es otro arte emergente que necesita del saber del humano y de la máquina de hoy.

    Pero si algo tienen los libros que no tienen los píxeles y los datos son sus olores, su tacto y su polvo, sobretodo los encuadernados en piel. Esto no se aprecia en Amazon. El de la encuadernación es otro oficio que ha pasado a la historia incluso antes de la eclosión de Amazon. Algunos libros huelen a Sábado de casco antiguo de Barcelona de los años 70 y 80, cuando en estas librerías excéntricas y apasionadas como el dueño loco se cazaban piezas únicas. El siguiente paso era ir una calle mas allá, al encuadernador con las presas, a debatir (como con el sastre) sobre la textura, tipo de piel, color, tamaños y fuentes grabadas y selladas en el lomo de cada presa. Cada libro, cada época, cada tema y cada género vestían, calzaban, palpaban y olían distinto, ya con la mente puesta en la colección y la estantería. Los mejores libros son los fluidos: aquellos que cambian su tacto y su olor conforme avanza la lectura y los que permanecen invariantes a la memoria una vez conocidos.

  • Anoto esta gran cita para el futuro: «La cultura, incluso cuando viaja, no cede al caos. Para eso leemos, para eso estudiamos».
    Poco importa si es cultura digital, amalógica, egipcia o babilónica, pero la digital viaja mucho mas deprisa. Permanece y permanecerá siempre acelerando y nos pilló a todos desprevenidos.

    Discrepo en que se haya demostrado que el algoritmo tienda a favorecer el fascismo. Los fascistas somos los humanos y su política. Proyectamos en el algoritmo, cual chivo expiatorio, la mala leche que llevsmos ante la última oleada de intolerancia fascista contra ldiversidad cultural que nos atenaza, pero también ante la picaresca humana y el conservadurismo de siempre. El algoritmo aprende automáticamente de sus datos cada vez mas massivos y de sus errores, pero los que no aprendemos al mismo ritmo somos los humanos. Es duro reconocerlo desde el humanismo mas ludista, que se está viendo superado por un transhumanismo mas optimista y abierto al cambio y a la máquina inteligente.
    El transhumanismo siempre estará en guerra contra religiones conservadoras que coartan su libertad, creatividad., optimismo, ambiciones y aspiraciones sin límite.

    Soy un apasionado de IKEA, poca gente ha comprado allí tantos BILLIES como yo, pero es otra multinacional que también se ha cargado un oficio mas antiguo que el de bibliotecario: y librero: el de carpintero y mueblero, y también tendrán que reinventarse. La cultura DIY y Maker es imparable, y con tecnología y algoritmos de datos massivos, sostenible. Lo que no es sostenible es la carencia de lrelaciones sociales y personales y placenteras reales, tan propias del pasado, y nos tendremos que reimaginar primero para reinventarnos después.

    En resumen, los que se autoregulan son precisamente las máquinas y los algoritmos, y los que no nos autoregulamos ante tanto cambio somos los humanos. Por ello soy partidario de la simbiosis y cooperación de ambas realidades, en un mundo aceleradamente diverso y superando axiomas y religiones.

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