19 de febrero 2016    /   BUSINESS
por
 

Trabajas menos de lo que crees (y no lo sabes)

19 de febrero 2016    /   BUSINESS     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

Todos los días escuchamos quejas sobre la cantidad de tiempo dedicada al trabajo. El estrés es insoportable y, para colmo, las horas de oficina se han extendido a niveles sin precedentes en nuestra historia reciente. Pero, esperen. Ha llegado el momento de dejar de engañarnos.

Para empezar, la semana laboral de 40 horas y las vacaciones pagadas de 30 días al año se implantaron en España en 1983, lo que significa que la inmensa mayoría de los trabajadores hoy en activo se incorporaron al mercado laboral después de esa fecha. Ellos —todos nosotros en realidad— no vivieron la enorme transformación que supuso aquello y el crudo reemplazo de los larguísimos turnos de la industria y la agricultura por los del sector servicios. Por eso, se omiten las comparaciones con lo que vivieron sus padres y abuelos en el campo, las fábricas y el pequeño comercio. No es que no haya precedentes en la historia reciente, es que no los buscamos.

Puede que estemos más interconectados y que los trabajos exijan más implicación, formación y desgaste intelectual, pero no se puede decir que las jornadas sean más largas

De todos modos, tampoco hace falta remontarse demasiado en el tiempo para observar que las jornadas se han reducido. Eso es lo que ocurrió, según un estudio de los profesores Michael Huberman y Chris Minns, entre 1980 y 2000 en diez de los catorce países desarrollados que analizaron. Las horas de oficina se mantuvieron estables en Canadá, aumentaron en Suecia y Estados Unidos, y en España cayeron casi un 8%. Puede que estemos más interconectados y que los trabajos exijan más implicación, formación y desgaste intelectual, pero no se puede decir que las jornadas sean más largas.

De hecho, las cifras de las jornadas en muchos países quizás estén infladas, como ocurre en Estados Unidos. Hace cuatro años, dos sociólogos, John P. Robinson y Jonathan Gershuny, tuvieron la perversa idea de comparar las horas de trabajo que hacemos todos los días con las que recordamos haber hecho. Las primeras las calcularon con los datos que les proporcionaron cientos de estadounidenses que apuntaban diariamente en sus cuadernos la duración de la jornada laboral que acababan de terminar. Las segundas las extrajeron de las respuestas de las personas a los institutos de estadística sobre el tiempo medio que recordaban haber pasado en la oficina todas las semanas.

 

De exageraciones y abuelos

Los desfases fueron considerables y alcanzaron de media 3,4 horas a la semana. Los que más exageraron sus jornadas —‘recordaron’ entre seis y diez horas de más— fueron los cuerpos de seguridad y la policía, los abogados, los médicos y los profesores que dan clase a menores de 12 años. Se demostró que los médicos y abogados estadounidenses, que suelen presumir de jornadas maratonianas de 80 horas semanales, no llegaban de media ni siquiera a la mitad. Robinson y Gershuny les pidieron con sorna que dejaran de mentir en los cócteles olvidando que los abogados pueden tener interés en inflar sus agendas porque facturan por horas.

España, por supuesto, también exagera. Una de las muestras más espectaculares tiene que ver con la implicación de los abuelos en la educación de los nietos. Se entiende que, si se vuelcan tanto, es porque sus hijos no dan abasto por culpa de los horarios de sus trabajos y los escasos recursos con los que cuentan para enviarlos a una guardería o contratar a un cuidador.

La cifra que más aparece en los medios son las siete horas que dedican uno de cada cuatro abuelos a sus nietos, según la última encuesta europea (Share). Lo que suele omitirse, sin embargo, es que el 25% de los que les destinan esas horas casi coincide con el 21% de los mayores que viven en casa de sus hijos, de acuerdo con los datos del Imserso. Tampoco se menciona que, según Share, España se encuentra por debajo de una media de 23 países europeos que incluyen a Rusia y Suiza, porque únicamente el 48% de los abuelos procura algún cuidado —aunque sea esporádico— a sus nietos.

Se demostró que los médicos y abogados estadounidenses, que suelen presumir de jornadas maratonianas de 80 horas semanales, no llegaban de media ni siquiera a la mitad

Las grandes preguntas son por qué tantos millones de personas, dentro y fuera de Estados Unidos, sacan pecho por sacrificar toda su vida personal en el altar del dios trabajo y cuál es el motivo de que otros tantos tengan la percepción sincera de que sus jornadas son mucho más largas hasta el punto de que los medios que moldean la opinión pública están convencidos de que los abuelos han tenido que intervenir como auténticos bomberos. Los cuatro motivos más probables parecen el enorme prestigio asociado al trabajo duro, el impacto del estrés en la percepción del tiempo, dos curiosos efectivos psicológicos de nombre misterioso y lo que Jonathan Crary describió como el mundo del 24/7.  

Ese mundo, según el pensador, «ha puesto a internet a trabajar a sus órdenes», porque «la Red es un lugar que no entiende el concepto del descanso» y «ahí las tiendas siempre están abiertas y la actividad vive en una especie de no tiempo». Las pantallas de nuestros móviles, siempre encendidas y expectantes, garantizan así una conectividad que trasciende y desprecia límites tradicionales como los de los horarios, las vacaciones, la oscuridad o el sueño. Si respondemos un correo electrónico de trabajo a las doce de la noche desde la cama, es imposible que no tengamos la sensación de que la jornada de trabajo se ha alargado.  

 

La mente juega con nosotros

Los dos curiosos efectos psicológicos a los que nos referimos tienen nombres misteriosos, pero explican en parte por qué a los licenciados en filosofía les gusta ver telebasura por la noche. Se llaman carga cognitiva y agotamiento del ego. El primero se refiere a que nuestra capacidad de concentración y atención diaria es limitada y a que a veces sencillamente la consumimos entera (aunque lo intentemos, ya no podemos concentrarnos en otra actividad). El agotamiento del ego ocurre cuando no llegamos a ese límite, pero el esfuerzo de concentración ha sido lo suficientemente intenso como para quitarnos las ganas de concentrarnos otra vez (podríamos hacerlo, pero no nos apetece).

Precisamente porque los trabajos cada vez son más intelectuales y exigen más atención y capacidad de análisis, resulta más sencillo acabar el día mentalmente hecho polvo o sencillamente desmotivado. Así es por lo que podemos pensar (equivocadamente) que hemos trabajado más horas.

Necesitamos sentirnos ocupados y vivir desbordados de trabajo (o crearnos la ficción de que lo estamos) para no tener que enfrentarnos a la soledad

Otra curiosa jugada de nuestra mente está relacionada con la percepción del tiempo. En mayo del año 2000, un equipo de psiquiatras liderado por Charles Morgan demostró que el estrés ralentiza la percepción del tiempo, porque, conforme aumenta la presión, liberamos más y más cantidad de un neurotransmisor llamado NPY, que es el que nos ayuda a no perder totalmente los estribos en situaciones extremas. La sensación de estrés en Estados Unidos ha aumentado un 18% para las mujeres y un 24% para los hombres entre 1983 y 2009 según un estudio de la Universidad Carnegie Mellon. Si la principal fuente de ansiedad está relacionada con el trabajo y ha ocurrido lo mismo en el resto del mundo desarrollado, no resulta extraño que a millones de personas las horas en la oficina se les hayan hecho mucho más largas de lo que son en realidad.

¿Y qué hay del enorme prestigio asociado al trabajo duro? Según la Fundación para la Salud Mental, en Reino Unido, «socializar e invertir tiempo en tejer relaciones sociales se considera menos importante que actividades productivas como el trabajo». Tener un empleo de horarios exigentes nos da un aura de dignidad y prestigio social que nunca nos reportaría decir que tenemos amigos o que hemos conocido gente nueva. Además, advierte la institución británica, en un entorno donde proliferan la soledad y el aislamiento mientras los viejos vínculos comunitarios se disuelven, la oficina se convierte en uno de los principales antídotos contra esa sensación de abandono.

En definitiva, necesitamos sentirnos ocupados y vivir desbordados de trabajo (o crearnos la ficción de que lo estamos) para no tener que enfrentarnos a la soledad, a la falta de conexión con los demás y a la dura tarea de reflexionar sobre quiénes somos realmente y hacia dónde dirigimos —o nos dirigen— nuestras vidas.    

 

Todos los días escuchamos quejas sobre la cantidad de tiempo dedicada al trabajo. El estrés es insoportable y, para colmo, las horas de oficina se han extendido a niveles sin precedentes en nuestra historia reciente. Pero, esperen. Ha llegado el momento de dejar de engañarnos.

Para empezar, la semana laboral de 40 horas y las vacaciones pagadas de 30 días al año se implantaron en España en 1983, lo que significa que la inmensa mayoría de los trabajadores hoy en activo se incorporaron al mercado laboral después de esa fecha. Ellos —todos nosotros en realidad— no vivieron la enorme transformación que supuso aquello y el crudo reemplazo de los larguísimos turnos de la industria y la agricultura por los del sector servicios. Por eso, se omiten las comparaciones con lo que vivieron sus padres y abuelos en el campo, las fábricas y el pequeño comercio. No es que no haya precedentes en la historia reciente, es que no los buscamos.

Puede que estemos más interconectados y que los trabajos exijan más implicación, formación y desgaste intelectual, pero no se puede decir que las jornadas sean más largas

De todos modos, tampoco hace falta remontarse demasiado en el tiempo para observar que las jornadas se han reducido. Eso es lo que ocurrió, según un estudio de los profesores Michael Huberman y Chris Minns, entre 1980 y 2000 en diez de los catorce países desarrollados que analizaron. Las horas de oficina se mantuvieron estables en Canadá, aumentaron en Suecia y Estados Unidos, y en España cayeron casi un 8%. Puede que estemos más interconectados y que los trabajos exijan más implicación, formación y desgaste intelectual, pero no se puede decir que las jornadas sean más largas.

De hecho, las cifras de las jornadas en muchos países quizás estén infladas, como ocurre en Estados Unidos. Hace cuatro años, dos sociólogos, John P. Robinson y Jonathan Gershuny, tuvieron la perversa idea de comparar las horas de trabajo que hacemos todos los días con las que recordamos haber hecho. Las primeras las calcularon con los datos que les proporcionaron cientos de estadounidenses que apuntaban diariamente en sus cuadernos la duración de la jornada laboral que acababan de terminar. Las segundas las extrajeron de las respuestas de las personas a los institutos de estadística sobre el tiempo medio que recordaban haber pasado en la oficina todas las semanas.

 

De exageraciones y abuelos

Los desfases fueron considerables y alcanzaron de media 3,4 horas a la semana. Los que más exageraron sus jornadas —‘recordaron’ entre seis y diez horas de más— fueron los cuerpos de seguridad y la policía, los abogados, los médicos y los profesores que dan clase a menores de 12 años. Se demostró que los médicos y abogados estadounidenses, que suelen presumir de jornadas maratonianas de 80 horas semanales, no llegaban de media ni siquiera a la mitad. Robinson y Gershuny les pidieron con sorna que dejaran de mentir en los cócteles olvidando que los abogados pueden tener interés en inflar sus agendas porque facturan por horas.

España, por supuesto, también exagera. Una de las muestras más espectaculares tiene que ver con la implicación de los abuelos en la educación de los nietos. Se entiende que, si se vuelcan tanto, es porque sus hijos no dan abasto por culpa de los horarios de sus trabajos y los escasos recursos con los que cuentan para enviarlos a una guardería o contratar a un cuidador.

La cifra que más aparece en los medios son las siete horas que dedican uno de cada cuatro abuelos a sus nietos, según la última encuesta europea (Share). Lo que suele omitirse, sin embargo, es que el 25% de los que les destinan esas horas casi coincide con el 21% de los mayores que viven en casa de sus hijos, de acuerdo con los datos del Imserso. Tampoco se menciona que, según Share, España se encuentra por debajo de una media de 23 países europeos que incluyen a Rusia y Suiza, porque únicamente el 48% de los abuelos procura algún cuidado —aunque sea esporádico— a sus nietos.

Se demostró que los médicos y abogados estadounidenses, que suelen presumir de jornadas maratonianas de 80 horas semanales, no llegaban de media ni siquiera a la mitad

Las grandes preguntas son por qué tantos millones de personas, dentro y fuera de Estados Unidos, sacan pecho por sacrificar toda su vida personal en el altar del dios trabajo y cuál es el motivo de que otros tantos tengan la percepción sincera de que sus jornadas son mucho más largas hasta el punto de que los medios que moldean la opinión pública están convencidos de que los abuelos han tenido que intervenir como auténticos bomberos. Los cuatro motivos más probables parecen el enorme prestigio asociado al trabajo duro, el impacto del estrés en la percepción del tiempo, dos curiosos efectivos psicológicos de nombre misterioso y lo que Jonathan Crary describió como el mundo del 24/7.  

Ese mundo, según el pensador, «ha puesto a internet a trabajar a sus órdenes», porque «la Red es un lugar que no entiende el concepto del descanso» y «ahí las tiendas siempre están abiertas y la actividad vive en una especie de no tiempo». Las pantallas de nuestros móviles, siempre encendidas y expectantes, garantizan así una conectividad que trasciende y desprecia límites tradicionales como los de los horarios, las vacaciones, la oscuridad o el sueño. Si respondemos un correo electrónico de trabajo a las doce de la noche desde la cama, es imposible que no tengamos la sensación de que la jornada de trabajo se ha alargado.  

 

La mente juega con nosotros

Los dos curiosos efectos psicológicos a los que nos referimos tienen nombres misteriosos, pero explican en parte por qué a los licenciados en filosofía les gusta ver telebasura por la noche. Se llaman carga cognitiva y agotamiento del ego. El primero se refiere a que nuestra capacidad de concentración y atención diaria es limitada y a que a veces sencillamente la consumimos entera (aunque lo intentemos, ya no podemos concentrarnos en otra actividad). El agotamiento del ego ocurre cuando no llegamos a ese límite, pero el esfuerzo de concentración ha sido lo suficientemente intenso como para quitarnos las ganas de concentrarnos otra vez (podríamos hacerlo, pero no nos apetece).

Precisamente porque los trabajos cada vez son más intelectuales y exigen más atención y capacidad de análisis, resulta más sencillo acabar el día mentalmente hecho polvo o sencillamente desmotivado. Así es por lo que podemos pensar (equivocadamente) que hemos trabajado más horas.

Necesitamos sentirnos ocupados y vivir desbordados de trabajo (o crearnos la ficción de que lo estamos) para no tener que enfrentarnos a la soledad

Otra curiosa jugada de nuestra mente está relacionada con la percepción del tiempo. En mayo del año 2000, un equipo de psiquiatras liderado por Charles Morgan demostró que el estrés ralentiza la percepción del tiempo, porque, conforme aumenta la presión, liberamos más y más cantidad de un neurotransmisor llamado NPY, que es el que nos ayuda a no perder totalmente los estribos en situaciones extremas. La sensación de estrés en Estados Unidos ha aumentado un 18% para las mujeres y un 24% para los hombres entre 1983 y 2009 según un estudio de la Universidad Carnegie Mellon. Si la principal fuente de ansiedad está relacionada con el trabajo y ha ocurrido lo mismo en el resto del mundo desarrollado, no resulta extraño que a millones de personas las horas en la oficina se les hayan hecho mucho más largas de lo que son en realidad.

¿Y qué hay del enorme prestigio asociado al trabajo duro? Según la Fundación para la Salud Mental, en Reino Unido, «socializar e invertir tiempo en tejer relaciones sociales se considera menos importante que actividades productivas como el trabajo». Tener un empleo de horarios exigentes nos da un aura de dignidad y prestigio social que nunca nos reportaría decir que tenemos amigos o que hemos conocido gente nueva. Además, advierte la institución británica, en un entorno donde proliferan la soledad y el aislamiento mientras los viejos vínculos comunitarios se disuelven, la oficina se convierte en uno de los principales antídotos contra esa sensación de abandono.

En definitiva, necesitamos sentirnos ocupados y vivir desbordados de trabajo (o crearnos la ficción de que lo estamos) para no tener que enfrentarnos a la soledad, a la falta de conexión con los demás y a la dura tarea de reflexionar sobre quiénes somos realmente y hacia dónde dirigimos —o nos dirigen— nuestras vidas.    

 

Compártelo twitter facebook whatsapp
El efecto Prius o cómo aparentar puede ayudar al medio ambiente
Zealous, una startup por amor al arte
Los 10 mayores clubs de fútbol invierten más en fichajes que las 10 primeras compañías en I+D
Hoteles por horas sin el estigma de los love hotels
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 6
  • Gonzalo, está claro que eres empleado por cuenta ajena. Este estudio se cae en el caso de 6000000 de españoles, todos los que son funcionarios o autónomos (empresarios o autoempleados) Los primeros tienen la hora de desayuno por narices y todos los días de asuntos propios por obligación, con lo que trabajan menos de 40 horas, muchas menos. En cuanto a los otros, conozco a pocos que tengan 30 días de vacaciones, no pueden. Y trabajan más de 40 horas, te lo aseguro. Otra cosa es que pierdan mucho el tiempo, todos, empleados por cuenta ajena, funcionarios y autónomos. Podríamos trabajar mucho menos como dices, pero no sabemos hacerlo.

    • Hola Pablo:

      Gracias por tu interés.

      No, en realidad soy periodista freelance. Si lo relees, el párrafo de la semana de 40 horas no asume que todos los españoles trabajan 40 horas. Sirve de argumento para demostrar dos cosas: 1) que hemos olvidado lo que trabajaban las generaciones anteriores y por eso nos cuesta tomarlas como referencia; 2) que en general las condiciones laborales han mejorado y las jornadas se han reducido si comparamos el período previo y posterior a 1983. Solo es eso.

      Un saludo,

      G.

  • «En definitiva, necesitamos sentirnos ocupados y vivir desbordados de trabajo (o crearnos la ficción de que lo estamos) para no tener que enfrentarnos a la soledad, a la falta de conexión con los demás y a la dura tarea de reflexionar sobre quiénes somos realmente y hacia dónde dirigimos —o nos dirigen— nuestras vidas.»
    LA CRUDA REALIDAD.

  • Estupendo artículo Gonzalo.

    Mi experiencia de los últimos años a través de La Fábrica del Tempo es precisamente esa, los profesionales tienen la sensación de trabajar más horas de las que realmente trabajan. Cuando nos ponemos a analizar datos a través del uso de técnicas de time tracking en empresas, en la mayoría de los casos las horas trabajadas son menos de 6/día para jornadas de 8 horas. Sin embargo, el tiempo en la oficina, con el portátil o el móvil es mucho mayor, y por eso la percepción del tiempo trabajado es mucho mayor.

    Nosotros estamos trabajando en esta línea para ayudar a profesionales a que conozcan mejor a qué dedican su tiempo para poder organizarse mejor, y sobre todo, para que pasen mucho menos tiempo en la oficina.

    No se trata de trabajar más, se trata de trabajar mejor.

  • Querido Gonzalo:
    Solo quería decirte que admitir que la situación laboral era peor en generaciones pasadas no es excluyente de querer ir a mejor. Si hablamos de conciliación también hay cosas que tu omites; como el hecho de que en generaciones pasadas a menudo la mujer se quedaba cuidando de los hijos (la sociedad se organizaba de otra forma y la mujer salía perjudicada; pero el cuidado de los hijos quedaba garantizado), o que aunque muchos abuelos pasen menos de 7 horas al día con sus nietos eso no quiere decir que no sean ellos los que los recogen del cole y pasan la tarde con ellos (lo que se traduce en que padres e hijos casi no pasan tiempo juntos).
    En fin, la verdad es que me ha resultado muy retrógrado tu artículo. Pienso que una sociedad siempre debe aspirar a mejorar.

    • Hola Marta:

      Gracias por comentar. Ya sabes que los autores estamos para aclarar, no para discutir lo que cada uno piensa del artículo.

      Por eso, quería aclarar dos cosas:

      1) No está escrito en ningún lugar del artículo que no debamos aspirar a mejorar sino que, simplemente, ahora trabajamos menos horas que antes, aunque sintamos que trabajamos más que nunca y que nunca habíamos estado tan explotados.

      2) Tampoco digo que los abuelos no apoyen a las familias, sino que hay que evitar las exageraciones que se leen en la prensa: los abuelos que pasan siete horas con los nietos lo hacen porque, normalmente, viven en la misma casa; el 52% de los abuelos no proporciona ni siquiera un cuidado esporádico a los nietos (cosa que no critico, cada cual tendrá sus motivos); además, es fácil imaginar que no todos los que integran el 48% restante, aunque sean muchos, van a buscarlos al colegio y pasan las tardes con ellos de lunes a viernes.

      ¿Los abuelos ayudan? Claro que sí Marta, y es estupendo. Pero lo que yo sostengo es esto: en un debate sincero, no debemos exagerar ni el apoyo que nos dan ni el apoyo y la atención que les procuramos nosotros.

      Un saludo.

  • Comentarios cerrados.

    El rollo legal de las cookies

    La Ley 34/2002 nos obliga a avisarte de que usamos cookies propias y de terceros (ni de cuartos ni de quintos) con objetivos estadísticos y de sesión y para mostrarte la 'publi' que nos da de comer. Tenemos una política de cookies majísima y bla bla bla. Si continúas navegando, asumimos que aceptas y que todo guay. Si no te parece bien, huye y vuelve por donde has venido, que nadie te obliga a entrar aquí. Pincha este enlace para conocer los detalles. Tranquilo, este mensaje solo sale una vez. Esperamos.

    ACEPTAR
    Aviso de cookies
    Publicidad