7 de marzo 2018    /   IDEAS
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ilustracion  Uve Portillo para Alternative Movie Posters

Sherlock Holmes se llamaba Joseph Bell: así nació el detective

7 de marzo 2018    /   IDEAS     por        ilustracion  Uve Portillo para Alternative Movie Posters
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La originalidad no existe. Son los padres. Lo decía el misimo Arthur Conan Doyle en sus Memorias y aventuras: «Ningún escritor es absolutamente original. Siempre entronca en algún punto con ese viejo árbol del que él es una rama».

Él debió pertenecer a una acacia antigua y maltrecha. Al menos una tan vieja como la novela criminal que constituyó durante siglos el género más popular de la literatura. De dicho árbol sobresalió una vez una rama llamada género detectivesco cuyo origen se remontaba al siglo II a.C., pero de la que, en 1887, brotó un personaje que lo cambiaría todo. Un detective que vivía en el 221B de Baker Street, en Londres. Se llamaba Sherlock Holmes y su trabajo era saber lo que otros no sabían. Desde entonces nada fue lo mismo.

Es un lugar común afirmar que el antecesor directo de Sherlock Holmes es Auguste Dupin, el detective creado por Edgar Allan Poe que en Los crímenes de la calle Morgue resolvía que a madame y mademoiselle L’Espanaye las había asesinado brutalmente un orangután de la especie Borneo. Sin embargo, aun siendo Poe una influencia innegable, el origen del mítico detective es anterior al descubrimiento de Dupin por parte de Conan Doyle. Todo empezó en un aula de la Universidad, con un profesor llamado Joseph Bell.

Muchas de las características de Holmes están íntimamente ligadas a la vida de Conan Doyle y así lo demuestra Arthur y Sherlock, genial ensayo de Michael Sims, investigador literario habitual de las páginas de The New York Times y The Washington Post. En España, Alpha Decay acaba de publicarlo gracias a una traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona y el resultado es tan endiabladamente fascinante como leer de nuevo Estudio en escarlata o El signo de los cuatro.

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De detectives bíblicos e ilustrados

Los estudiosos del tema convienen en describir que en el libro bíblico de Daniel se narraba el primer misterio del ‘cuarto cerrado’ de la historia, y el protagonista homónimo fue el encargado de desvelarlo.

En aquella historia, el rey persa de Ciro adoraba a Bel y, como prueba de sus milagros, aseguraba que todas las noches dejaba 12 botellas de vino y 40 ovejas junto a una estatua de la deidad. Cerraba a cal y canto la estancia de la ofrenda y, a la mañana siguiente, las ofrendas habían sido consumidas. Daniel, sin embargo, esparció un poco de ceniza en el suelo de la habitación y, la noche siguiente, le demostró, utilizando la observación, que había huellas en el suelo y una trampilla oculta bajo la estatua. Resultaba que los monjes entraban todas las noches a darse un auténtico banquete por allí.

Más de dos milenios después, allá por el 1740, Voltaire escribió Zadig o el destino. Narraba la historia de un filósofo babilónico que, en una de sus aventuras, se encontraba caminando por los jardines de la reina cuando un eunuco le preguntó si había visto al perro desaparecido de su majestad. «Querrás decir perra», puntualizó Zadig, «y acaba de parir, cojea de la pata delantera izquierda y tiene las orejas largas». Ante tal descripción el eunuco le pidió que le dijese dónde la había visto, a lo que Zadig –haciendo gala de una petulancia que luego veríamos en Holmes–, contestó que ni había visto a la perra ni sabía que la reina tuviese mascota.

Tras la discusión, se pierde también un caballo y al preguntarle a Zadig por el animal, responde de nuevo con una serie de detalles de lo más sorprendente para al final afirmar que tampoco ha visto al equino. Acusado de haber secuestrado a los animales, Zadig es mandado azotar y justo en ese momento aparecen los animales que a saber qué andaban haciendo. Zadig explicó que había dicho aquello porque en la arena del jardín se podían ver unas huellas de perro cuya pata delantera era un poco más débil. Y que entre ellas había, además, rastros característicos de unas mamas colgantes. Y que con el caballo había utilizado el mismo método de deducción.

Conan Doyle no sabía de las desventuras de Daniel ni de Zadig hasta que conoció a Joseph Bell en la Universidad de Edimburgo en 1870.

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El doctor Joseph Bell y el poder de la observación

«Voltaire nos enseñó el método Zadig y todo buen profesor de medicina o cirugía ejemplifica a diario en su enseñanza ese método y sus resultados», diría el doctor Joseph Bell –Joe para los amigos–, antes de expresar lo que opinaba de un paciente que acababa de entrar en el aula. Lo había llevado hasta allí un joven estudiante de medicina de 17 años llamado Arthur Doyle.

Ante la mirada de los alumnos, el doctor se quedó unos segundos en silencio observando al señor de mediana edad que tenía delante. Sin que este abriese la boca, el doctor dijo: «Enhorabuena: veo que ha servido en el ejército y se ha licenciado hace poco». A lo que el paciente respondió con un escueto, «Así es, señor». Entonces Bell terminó su parlamento diciendo, «además ha sido suboficial destinado en Barbados». Así era.

Bell explicó que había deducido que el hombre había estado en el ejército porque no se había quitado el sombrero al entrar, que aún estaba moreno de haber servido, que su aire de autoridad nos decía que no era un soldado raso y que sus pies hinchados nos decían que sufría elefantiasis, una enfermedad típica del Caribe y rara en Gran Bretaña, que un suboficial podría padecer tras haber estado en Barbados.

«Debemos enseñar a los estudiantes a observar atentamente. Para interesarlos en esta tarea, conviene que los profesores les mostremos cuántas cosas puede la observación experta descubrir en asuntos como el pasado, la nacionalidad y la ocupación de un paciente», afirmaba Bell.

Aquella demostración, tan teatral como absolutamente brillante, del poder de la observación y la deducción, cambiarían la vida del joven que había acompañado hasta aquella sala al suboficial. Un estudiante de medicina de 17 años llamado Arthur Ignatius Conan Doyle. Desde entonces, el futuro escritor no se perdió una sola clase de Bell, que se convirtió en su profesor favorito.

Asistió a todas las clases prácticas que el doctor impartía, todos los viernes, en el anfiteatro quirúrgico del hospital de Edimburgo. Quería aprender a pensar como lo hacía aquel profesional que diagnosticaba solo con la mirada.

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Hacer real la magia deductiva

Bell les hablaba a sus alumnos de lecturas que él consideraba imprescindibles. Era un hombre religioso y les habló del libro de Daniel; un pensador, y por eso les recomendó a Voltaire; pero también era un hombre de ciencia y les conminó a no dejarse llevar por sus suposiciones y siempre siempre, contrastar con datos sus pesquisas.

Dos años después, tras haber impartido cirugía operatoria en la universidad, Bell fue nombrado cirujano jefe del hospital de Edimburgo y tuvo que alejarse de las aulas. Sin embargo, los cirujanos podían elegir a estudiantes que les ayudasen en las consultas. El doctor eligió entonces al futuro creador de Sherlock Holmes, a quien tenía por uno de sus alumnos más prometedores.

Arthur asumió la oportunidad con entusiasmo y pasó a convertirse en el ayudante del cirujano y docente que más admiraba. Alguien que valoraba la observación y la paciencia, que miraba con otros ojos la realidad y que la interpretaba. Escarbaba más allá de lo superficial y lo que encontraba le decía lo que quería saber.

Todos los días, Arthur se sentaba junto con otros compañeros, en una sala contigua a las consultas del doctor Bell. Allí recibía a los pacientes y tomaba nota de sus declaraciones y estimaba su derivación a Bell u a otros especialistas. Pero resultaba que el genio del célebre doctor era conocido en el hospital y aquello le granjeó fama entre los enfermos, que decían que allí les podía ver un hombre que sabía lo que tenían sin someterles a días de dolorosas pruebas médicas. Para la mayoría, aquello era magia. Para Conan Doyle era una forma de aprender cómo funcionaba la mente de Bell. Así, con el tiempo, llegó a escribir lo que pensaba que diría luego su tutor, confirmando sus pesquisas y su habilidad en su libreta, en silencio.

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El joven ayudante llegaba a vérselas con las dolencias y heridas de hasta 80 pacientes al día que luego se sometían a la mirada de Joseph Bell. Algunos de ellos, casos nada fáciles de diagnosticar. Un día Arthur hizo pasar a la consulta a una mujer que tenía una dermatitis ciertamente rara.

«Viene usted de Burntisland, ¿verdad? ¿Qué tal la travesía? Veo que ha pasado usted por la calle Inverleith Row…», soltó Bell ante la estupefacción de la mujer. Ella asintió y levantó las manos para enseñarle su enfermedad; le describió su irritación y el dolor que sentía. «Debe usted dejar la fábrica de linóleo», sentenció el cirujano.

Entonces les explicó a los alumnos que la mujer tenía acento de la región de Fife, que llevaba arcilla roja en los zapatos y la única arcilla roja en 30 kilómetros a la redonda del hospital era la de la calle Inverleith Row. Y que lo que tenía en las manos presentaba signos semejantes a otros pacientes de Burntisland que había tenido, la ciudad más cercana a Fife, en la que había una fábrica de linóleo que podía provocar esa dermatitis. Doyle miró su libreta y se sorprendió al ver que sus pistas iban en el mismo sendero que las de Bell. Estaba aprendiendo a pensar como él.

El último año de carrera, el escritor se embarcó en un ballenero. Para cuando volvió solo podía pensar en una cosa: estaba ansioso por contar sus experiencias, por narrar aventuras. Pero tenía que ganarse la vida. Así que abrió su propia consulta en la calle Elm Grove de Portsmouth. No tenía dinero para pagar la calefacción y durmió las primeras semanas con el abrigo puesto. Pero con el tiempo llegó a conseguir cierta fama entre los enfermos del lugar: era hábil e inteligente y, además, no tenía problemas en recetar medicinas que podían prohibirse en cualquier momento. Doyle aprendió también que se podía sacar un dinerillo haciendo de farmacéutico y guiñando el ojo.

Cuando tuvo para poco más que tinta y papel, se decidió a escribir algunos relatos. Un día, tras haberse roto la mano con algunas aventuras cortas, pensó que había llegado el momento de escribir una novela. Entonces se imaginó como podría ser un personaje que tuviese la inteligencia de Joseph Bell pero que, en lugar de curar a pacientes, resolviese crímenes.

Después escribió sobre el papel de un cuaderno rojo que utilizaba para anotar sus ideas: «Título de novela: Una madeja enredada». Miró el título de la obra que estaba a punto de escribir y pensó que aquello no le gustaba. Le dio vueltas y pensó como lo llamaría Joseph Bell… Tachó lo que había escrito y estampó «Estudio en escarlata».

La originalidad no existe. Son los padres. Lo decía el misimo Arthur Conan Doyle en sus Memorias y aventuras: «Ningún escritor es absolutamente original. Siempre entronca en algún punto con ese viejo árbol del que él es una rama».

Él debió pertenecer a una acacia antigua y maltrecha. Al menos una tan vieja como la novela criminal que constituyó durante siglos el género más popular de la literatura. De dicho árbol sobresalió una vez una rama llamada género detectivesco cuyo origen se remontaba al siglo II a.C., pero de la que, en 1887, brotó un personaje que lo cambiaría todo. Un detective que vivía en el 221B de Baker Street, en Londres. Se llamaba Sherlock Holmes y su trabajo era saber lo que otros no sabían. Desde entonces nada fue lo mismo.

Es un lugar común afirmar que el antecesor directo de Sherlock Holmes es Auguste Dupin, el detective creado por Edgar Allan Poe que en Los crímenes de la calle Morgue resolvía que a madame y mademoiselle L’Espanaye las había asesinado brutalmente un orangután de la especie Borneo. Sin embargo, aun siendo Poe una influencia innegable, el origen del mítico detective es anterior al descubrimiento de Dupin por parte de Conan Doyle. Todo empezó en un aula de la Universidad, con un profesor llamado Joseph Bell.

Muchas de las características de Holmes están íntimamente ligadas a la vida de Conan Doyle y así lo demuestra Arthur y Sherlock, genial ensayo de Michael Sims, investigador literario habitual de las páginas de The New York Times y The Washington Post. En España, Alpha Decay acaba de publicarlo gracias a una traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona y el resultado es tan endiabladamente fascinante como leer de nuevo Estudio en escarlata o El signo de los cuatro.

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De detectives bíblicos e ilustrados

Los estudiosos del tema convienen en describir que en el libro bíblico de Daniel se narraba el primer misterio del ‘cuarto cerrado’ de la historia, y el protagonista homónimo fue el encargado de desvelarlo.

En aquella historia, el rey persa de Ciro adoraba a Bel y, como prueba de sus milagros, aseguraba que todas las noches dejaba 12 botellas de vino y 40 ovejas junto a una estatua de la deidad. Cerraba a cal y canto la estancia de la ofrenda y, a la mañana siguiente, las ofrendas habían sido consumidas. Daniel, sin embargo, esparció un poco de ceniza en el suelo de la habitación y, la noche siguiente, le demostró, utilizando la observación, que había huellas en el suelo y una trampilla oculta bajo la estatua. Resultaba que los monjes entraban todas las noches a darse un auténtico banquete por allí.

Más de dos milenios después, allá por el 1740, Voltaire escribió Zadig o el destino. Narraba la historia de un filósofo babilónico que, en una de sus aventuras, se encontraba caminando por los jardines de la reina cuando un eunuco le preguntó si había visto al perro desaparecido de su majestad. «Querrás decir perra», puntualizó Zadig, «y acaba de parir, cojea de la pata delantera izquierda y tiene las orejas largas». Ante tal descripción el eunuco le pidió que le dijese dónde la había visto, a lo que Zadig –haciendo gala de una petulancia que luego veríamos en Holmes–, contestó que ni había visto a la perra ni sabía que la reina tuviese mascota.

Tras la discusión, se pierde también un caballo y al preguntarle a Zadig por el animal, responde de nuevo con una serie de detalles de lo más sorprendente para al final afirmar que tampoco ha visto al equino. Acusado de haber secuestrado a los animales, Zadig es mandado azotar y justo en ese momento aparecen los animales que a saber qué andaban haciendo. Zadig explicó que había dicho aquello porque en la arena del jardín se podían ver unas huellas de perro cuya pata delantera era un poco más débil. Y que entre ellas había, además, rastros característicos de unas mamas colgantes. Y que con el caballo había utilizado el mismo método de deducción.

Conan Doyle no sabía de las desventuras de Daniel ni de Zadig hasta que conoció a Joseph Bell en la Universidad de Edimburgo en 1870.

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El doctor Joseph Bell y el poder de la observación

«Voltaire nos enseñó el método Zadig y todo buen profesor de medicina o cirugía ejemplifica a diario en su enseñanza ese método y sus resultados», diría el doctor Joseph Bell –Joe para los amigos–, antes de expresar lo que opinaba de un paciente que acababa de entrar en el aula. Lo había llevado hasta allí un joven estudiante de medicina de 17 años llamado Arthur Doyle.

Ante la mirada de los alumnos, el doctor se quedó unos segundos en silencio observando al señor de mediana edad que tenía delante. Sin que este abriese la boca, el doctor dijo: «Enhorabuena: veo que ha servido en el ejército y se ha licenciado hace poco». A lo que el paciente respondió con un escueto, «Así es, señor». Entonces Bell terminó su parlamento diciendo, «además ha sido suboficial destinado en Barbados». Así era.

Bell explicó que había deducido que el hombre había estado en el ejército porque no se había quitado el sombrero al entrar, que aún estaba moreno de haber servido, que su aire de autoridad nos decía que no era un soldado raso y que sus pies hinchados nos decían que sufría elefantiasis, una enfermedad típica del Caribe y rara en Gran Bretaña, que un suboficial podría padecer tras haber estado en Barbados.

«Debemos enseñar a los estudiantes a observar atentamente. Para interesarlos en esta tarea, conviene que los profesores les mostremos cuántas cosas puede la observación experta descubrir en asuntos como el pasado, la nacionalidad y la ocupación de un paciente», afirmaba Bell.

Aquella demostración, tan teatral como absolutamente brillante, del poder de la observación y la deducción, cambiarían la vida del joven que había acompañado hasta aquella sala al suboficial. Un estudiante de medicina de 17 años llamado Arthur Ignatius Conan Doyle. Desde entonces, el futuro escritor no se perdió una sola clase de Bell, que se convirtió en su profesor favorito.

Asistió a todas las clases prácticas que el doctor impartía, todos los viernes, en el anfiteatro quirúrgico del hospital de Edimburgo. Quería aprender a pensar como lo hacía aquel profesional que diagnosticaba solo con la mirada.

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Hacer real la magia deductiva

Bell les hablaba a sus alumnos de lecturas que él consideraba imprescindibles. Era un hombre religioso y les habló del libro de Daniel; un pensador, y por eso les recomendó a Voltaire; pero también era un hombre de ciencia y les conminó a no dejarse llevar por sus suposiciones y siempre siempre, contrastar con datos sus pesquisas.

Dos años después, tras haber impartido cirugía operatoria en la universidad, Bell fue nombrado cirujano jefe del hospital de Edimburgo y tuvo que alejarse de las aulas. Sin embargo, los cirujanos podían elegir a estudiantes que les ayudasen en las consultas. El doctor eligió entonces al futuro creador de Sherlock Holmes, a quien tenía por uno de sus alumnos más prometedores.

Arthur asumió la oportunidad con entusiasmo y pasó a convertirse en el ayudante del cirujano y docente que más admiraba. Alguien que valoraba la observación y la paciencia, que miraba con otros ojos la realidad y que la interpretaba. Escarbaba más allá de lo superficial y lo que encontraba le decía lo que quería saber.

Todos los días, Arthur se sentaba junto con otros compañeros, en una sala contigua a las consultas del doctor Bell. Allí recibía a los pacientes y tomaba nota de sus declaraciones y estimaba su derivación a Bell u a otros especialistas. Pero resultaba que el genio del célebre doctor era conocido en el hospital y aquello le granjeó fama entre los enfermos, que decían que allí les podía ver un hombre que sabía lo que tenían sin someterles a días de dolorosas pruebas médicas. Para la mayoría, aquello era magia. Para Conan Doyle era una forma de aprender cómo funcionaba la mente de Bell. Así, con el tiempo, llegó a escribir lo que pensaba que diría luego su tutor, confirmando sus pesquisas y su habilidad en su libreta, en silencio.

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El joven ayudante llegaba a vérselas con las dolencias y heridas de hasta 80 pacientes al día que luego se sometían a la mirada de Joseph Bell. Algunos de ellos, casos nada fáciles de diagnosticar. Un día Arthur hizo pasar a la consulta a una mujer que tenía una dermatitis ciertamente rara.

«Viene usted de Burntisland, ¿verdad? ¿Qué tal la travesía? Veo que ha pasado usted por la calle Inverleith Row…», soltó Bell ante la estupefacción de la mujer. Ella asintió y levantó las manos para enseñarle su enfermedad; le describió su irritación y el dolor que sentía. «Debe usted dejar la fábrica de linóleo», sentenció el cirujano.

Entonces les explicó a los alumnos que la mujer tenía acento de la región de Fife, que llevaba arcilla roja en los zapatos y la única arcilla roja en 30 kilómetros a la redonda del hospital era la de la calle Inverleith Row. Y que lo que tenía en las manos presentaba signos semejantes a otros pacientes de Burntisland que había tenido, la ciudad más cercana a Fife, en la que había una fábrica de linóleo que podía provocar esa dermatitis. Doyle miró su libreta y se sorprendió al ver que sus pistas iban en el mismo sendero que las de Bell. Estaba aprendiendo a pensar como él.

El último año de carrera, el escritor se embarcó en un ballenero. Para cuando volvió solo podía pensar en una cosa: estaba ansioso por contar sus experiencias, por narrar aventuras. Pero tenía que ganarse la vida. Así que abrió su propia consulta en la calle Elm Grove de Portsmouth. No tenía dinero para pagar la calefacción y durmió las primeras semanas con el abrigo puesto. Pero con el tiempo llegó a conseguir cierta fama entre los enfermos del lugar: era hábil e inteligente y, además, no tenía problemas en recetar medicinas que podían prohibirse en cualquier momento. Doyle aprendió también que se podía sacar un dinerillo haciendo de farmacéutico y guiñando el ojo.

Cuando tuvo para poco más que tinta y papel, se decidió a escribir algunos relatos. Un día, tras haberse roto la mano con algunas aventuras cortas, pensó que había llegado el momento de escribir una novela. Entonces se imaginó como podría ser un personaje que tuviese la inteligencia de Joseph Bell pero que, en lugar de curar a pacientes, resolviese crímenes.

Después escribió sobre el papel de un cuaderno rojo que utilizaba para anotar sus ideas: «Título de novela: Una madeja enredada». Miró el título de la obra que estaba a punto de escribir y pensó que aquello no le gustaba. Le dio vueltas y pensó como lo llamaría Joseph Bell… Tachó lo que había escrito y estampó «Estudio en escarlata».

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