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30 de marzo 2016    /   CINE/TV
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¿Sufres de neurosis? Luke Skywalker te puede ayudar

30 de marzo 2016    /   CINE/TV     por          
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En 1977, la vida del antropólogo Joseph Campbell sufrió un giro inusual para un profesor de universidad y, además, lo hizo por un asunto totalmente ajeno a la investigación científica.

El estreno y posterior éxito de La guerra de las galaxias provocó que la obra de este discípulo de Carl Gustav Jung y estudioso de los mitos llegase al gran público. Georges Lucas, autor de la saga, reconoció que su obra debía mucho a El héroe de las mil caras, uno de los trabajos más conocidos de Campbell, en la que el antropólogo explica la estructura de los mitos, su función en nuestra sociedad y, más concretamente, el «camino del héroe».

Según Campbell, todo héroe que se precie se debate entre dos mundos, el ordinario y el sobrenatural o extraordinario. Además, todos debían enfrentarse a un desafío. Todos debían negarse a emprender dicha aventura. Todos encontraban un mentor más experimentado o una fuerza sobrenatural que los adiestraba. Todos se enfrentaban a peligros que suponían cambios traumáticos en ellos, entre los que cabe la mutilación o la pérdida de un ser querido. Todos sufrían un renacimiento o resurrección que los transformaba en una persona distinta a la que comenzó la aventura y, finalmente, todos regresaban a su lugar de origen, poseedores de una sabiduría que servirá de ayuda a aquellos que los esperan en el mundo ordinario.

Una evolución que George Lucas sabía que tenía sobrada eficacia narrativa desde hacía siglos y que era válida para cualquier héroe en cualquier época. Desde Gilgamesh a Odiseo, Eneas y, por supuesto, Luke Skywalker, Han Solo o, en palabras de Campbell, el mismísimo John Lennon.

De hecho, la admiración que el director de Star Wars profesaba por Campbell hizo que se encontrasen en diferentes ocasiones en el Rancho Skywalker, hasta el punto de que fue ese el escenario de El poder del mito, una serie de entrevistas documentales que el periodista Bill Moyers realizó con Campbell entre 1985 y 1986.

La transcripción ampliada de esos encuentros, completada con nuevos textos, ha sido recientemente recuperada con ese mismo título por la editorial Capitán Swing.

Joseph Campbell había nacido en el estado de Nueva York en el seno de una familia católica. Desde pequeño y gracias a su padre, comenzó a familiarizarse con la cultura y tradiciones de los nativos norteamericanos y, aunque se licenció en Literatura Inglesa y Medieval, comenzó de manera autodidacta estudios de antropología.

Durante la depresión de 1929, Campbell se encontró con que no tenía trabajo. Estuvo así durante cinco años. «No me sentía pobre», declaró, «solo que no tenía dinero. En aquel entonces la gente era muy buena entre sí. Por ejemplo, yo descubrí a Frobenius. Me asaltó repentinamente y tuve que leer todo lo que hubiera escrito Frobenius. Así que escribí a una librería que había descubierto en la ciudad de Nueva York y me mandaron todos aquellos libros diciéndome que no tenía que pagarlos hasta que no consiguiera un empleo… cosa que sucedió cuatro años después».

Durante todo ese tiempo estuvo preparándose como antropólogo, residiendo en una humilde cabaña del condado de Woodstock que su dueño alquilaba por 20 dólares anuales a jóvenes prometedores en el mundo de las artes.

Su formación católica, sus conocimientos de la cultura nativa americana, su posterior contacto con las tradiciones de la India y Oriente y los cuatro años de estudios en el campo de la antropología permitieron a Campbell determinar que en todas esas civilizaciones existía un elemento común: el mito.

Además, su interés por la obra de Carl Gustav Jung le mostraría que muchos de esos mitos trascendían lugares geográficos y momentos temporales estando presentes aunque revestidos de diferentes apariencias en la práctica totalidad de esas culturas, conclusión que aportaba a sus investigaciones una complejidad mayor de la de obras de otros antropólogos de renombre como Fazer o Eliade.

El mito, pensaba Campbell, era algo más que una narración fantástica tradicional que se había transmitido a lo largo de los siglos, hasta el punto de tener una importante función tanto para la sociedad en la que surge como para los individuos de esa comunidad.

El primero de sus libros en solitario sobre el tema sería El héroe de las mil caras, publicado en 1948 con el título de Cómo leer un mito, al que seguirían, entre otros muchos trabajos, los cuatro tomos de Las máscaras de Dios, La imagen del mito y El poder del mito.

Mientras que la mayoría de sus obras podrían ser consideradas textos científicos, El poder del mito tiene una vocación eminentemente divulgativa hasta el punto de ser un texto muy indicado para aquellos que quieran familiarizarse con la obra de Campbell antes de abordar obras más densas.

Guiado a través de las preguntas de Bill Moyers, Joseph Campbell va desgranando las bases de sus investigaciones y explicando la importancia que los mitos, a pesar de lo que pensemos, continúan teniendo en nuestra civilización y en nuestra vida, tanto consciente como inconsciente.

En palabras de Campbell, los humanos actuales tenemos «el mismo cuerpo, con los mismos órganos y energías que el hombre de Cromañón hace treinta mil años. Al vivir una vida humana en la ciudad de Nueva York o al vivirla en las cavernas, pasas por los mismos estadios de la infancia, la llegada de la madurez sexual, la transformación de la dependencia infantil en la responsabilidad de la vida adulta, el matrimonio; después la decadencia del cuerpo, la pérdida gradual de sus poderes y la muerte. Tienes el mismo cuerpo, las mismas experiencias corporales, de ahí que respondas a las mismas imágenes».

Campbell incluso incorpora a sus investigaciones toda la información y memoria que el ser humano trae consigo desde el momento de su nacimiento: «el bebé sabe qué hacer con el pezón en la boca. Hay todo un sistema de acción innata que, cuando lo vemos en animales, lo llamamos instinto. Es la base biológica. Pero entonces pueden suceder algunas cosas que hacen repulsivos, difíciles, atemorizantes o pecaminosos algunos actos que uno se siente impulsado a realizar, y es entonces cuando empezamos a padecer nuestros más molestos problemas psicológicos».

De esta forma, aunque cambien el aspecto externo de la narración según la sociedad en la que aparezcan, el mensaje que subyace al mito permanece y puede servirnos para explicar y resolver esos problemas psicológicos que surgen de la divergencia entre nuestros deseos y los límites de nuestro entorno.

El problema que surge entonces es el de saber interpretar esos mitos que no se manifiestan, precisamente, de una forma clara e inequívoca, sino a través de metáforas y símbolos. «Si piensas que la metáfora constituye en sí misma la referencia, sería como ir a un restaurante, pedir la carta, ver la palabra chuleta escrita ahí y empezar a comerse la carta», explica Campbell.

La interpretación de las metáforas correspondería a aquellos que están familiarizados con lo elevado y que, en el caso de los mitos, serían los chamanes en sentido estricto o en sentido figurado, por ejemplo, los antropólogos o psicoterapeutas.

Ante este hecho, Moyers pregunta si los sacerdotes actuales podrían ser sujetos capaces de interpretar el mito, algo que Campbell rechaza: «La diferencia entre un sacerdote y un chamán es que el sacerdote es un funcionario, y un chamán es alguien que ha recorrido una experiencia. En nuestra tradición es el monje el que busca la experiencia, mientras que el sacerdote es el que ha estudiado para servir a la comunidad» y, continúa, la autoridad del chamán «procede de una experiencia psicológica, no de una ordenación social», como sucede con el sacerdote.

A continuación, Campbell introduce el concepto de «ritual», al cual define como «la representación de un mito. Al participar de un ritual estás participando de un rito», dice. De ahí la importancia de que los rituales se mantengan en muchas de las actividades de la sociedad, no tanto por cuestiones de mera tradición o estética, sino porque permiten interpretar un misterio de nuestra vida.

El matrimonio, las tomas de posesión de los gobernantes, la teatralidad de los juicios, las graduaciones de los estudiantes entendidas como ritos de paso al mundo adulto, incluso las misas o cualquier otro acto religioso, son eventos que nos permiten entrar en contacto con el mito y, en consecuencia, entender un poco mejor cómo funciona el entorno en el que vivimos y lo que somos.

Los rituales son un vehículo para abstraernos de la realidad cotidiana que habitamos pero, se queja Campbell, «los rituales que antes eran portadores de una realidad interior, ahora son meras formas», y carga contra las renovaciones que, en ese sentido, han incorporado instituciones como la Iglesia católica modernizando el rito, eliminando el latín, oficiando la misa de frente a los fieles o cambiando la estructura de las iglesias y catedrales haciéndolas más diáfanas y elegantes. «En la catedral no existe el menor interés por la visibilidad. La mayor parte de lo que sucede tiene lugar fuera de tu campo de visión. Pero lo importante allí es el símbolo, no el espectáculo. El espectáculo se lo saben todos de memoria. Lo conocen desde los seis años».

Llegamos aquí a otro de los puntos claves de los postulados de Campbell. El que se refiere a cómo la arquitectura de una ciudad es también reflejo de ese material simbólico y vehículo de transmisión del mito.

Las catedrales, los palacios, los edificios públicos dan mucha información sobre las bases en las que se asienta la sociedad que los construyó. «Cuando te acercas a una ciudad medieval, la catedral es lo más alto que hay. Cuando te acercas a una ciudad del siglo XVIII el palacio político es el más alto. Y cuando te acercas a una ciudad moderna, los edificios más altos son los de oficinas, los centros de la vida económica».

Si el mito es tan trascendente en nuestra estructura social y especialmente en nuestra construcción personal, ¿quiénes son hoy en día los transmisores de ese material mítico?, pregunta Bill Moyers a Joseph Campbell quien, sin dudar, responde que los escritores y los poetas.

Campbell, quien en su juventud dividió el día en tres periodos de 8 horas dedicando dos de ellos a la lectura y uno a dormir, anima a leer todo aquello que tenga un vínculo emocional con el lector aunque esté ajeno a las modas o las tendencias del mercado editorial: «lee libros buenos, escritos por buenos escritores. Tu mente ascenderá a ese nivel y tendrás un hermoso, suave y prolongado éxtasis. Cuando encuentres un autor que realmente te atrape, lee todo lo que haya escrito. No digas “Oh, ahora quiero ver qué hizo fulano” y no te molestes en absoluto con la lista de best sellers. Lee todo lo que ese autor tenga para darte. Y después, lee lo que él haya leído. Comprobarás que el mundo se abre de un modo consecuente con un cierto punto de vista», dice antes de enunciar el siguiente estadio de su razonamiento: «el camino de la felicidad».

Para Campbell, solo el proyecto vital que está en armonía con nuestros verdaderos intereses personales será un proyecto satisfactorio, incluso cuando se desarrolle al margen del concepto que de éxito tiene la sociedad o, lo que es lo mismo, un éxito social no necesariamente estará en relación con un éxito personal. Es más, esa divergencia es, según el antropólogo y discípulo de Jung, una de las causas de la esquizofrenia y la neurosis en mayor o menor grado.

Llegados a este punto, Campbell, como el héroe y como esas personas que en su búsqueda de la felicidad han de recorrer todas las etapas de su aventura, regresa a la aldea de donde salió pero con más sabiduría y portador de un mensaje que compartir con su comunidad.

Un mensaje que se resume en el hecho arriba enunciado de que esa brecha entre la realidad que se vive y la realidad que se desea vivir es más sencilla de armonizar recurriendo a los mitos y a todo el simbolismo que contienen, aunque, como advierte, citando a Carl Gustav Jung: «más te vale no dejarte atrapar en una situación simbólica. No tienes que morir en la realidad, físicamente. Todo lo que tienes que hacer es morir espiritualmente y renacer a un modo de vida más amplio».

O lo que es lo mismo, «aprender de experiencia de Luke debes tú, inmolarte o perder mano, necesario no ser».

En 1977, la vida del antropólogo Joseph Campbell sufrió un giro inusual para un profesor de universidad y, además, lo hizo por un asunto totalmente ajeno a la investigación científica.

El estreno y posterior éxito de La guerra de las galaxias provocó que la obra de este discípulo de Carl Gustav Jung y estudioso de los mitos llegase al gran público. Georges Lucas, autor de la saga, reconoció que su obra debía mucho a El héroe de las mil caras, uno de los trabajos más conocidos de Campbell, en la que el antropólogo explica la estructura de los mitos, su función en nuestra sociedad y, más concretamente, el «camino del héroe».

Según Campbell, todo héroe que se precie se debate entre dos mundos, el ordinario y el sobrenatural o extraordinario. Además, todos debían enfrentarse a un desafío. Todos debían negarse a emprender dicha aventura. Todos encontraban un mentor más experimentado o una fuerza sobrenatural que los adiestraba. Todos se enfrentaban a peligros que suponían cambios traumáticos en ellos, entre los que cabe la mutilación o la pérdida de un ser querido. Todos sufrían un renacimiento o resurrección que los transformaba en una persona distinta a la que comenzó la aventura y, finalmente, todos regresaban a su lugar de origen, poseedores de una sabiduría que servirá de ayuda a aquellos que los esperan en el mundo ordinario.

Una evolución que George Lucas sabía que tenía sobrada eficacia narrativa desde hacía siglos y que era válida para cualquier héroe en cualquier época. Desde Gilgamesh a Odiseo, Eneas y, por supuesto, Luke Skywalker, Han Solo o, en palabras de Campbell, el mismísimo John Lennon.

De hecho, la admiración que el director de Star Wars profesaba por Campbell hizo que se encontrasen en diferentes ocasiones en el Rancho Skywalker, hasta el punto de que fue ese el escenario de El poder del mito, una serie de entrevistas documentales que el periodista Bill Moyers realizó con Campbell entre 1985 y 1986.

La transcripción ampliada de esos encuentros, completada con nuevos textos, ha sido recientemente recuperada con ese mismo título por la editorial Capitán Swing.

Joseph Campbell había nacido en el estado de Nueva York en el seno de una familia católica. Desde pequeño y gracias a su padre, comenzó a familiarizarse con la cultura y tradiciones de los nativos norteamericanos y, aunque se licenció en Literatura Inglesa y Medieval, comenzó de manera autodidacta estudios de antropología.

Durante la depresión de 1929, Campbell se encontró con que no tenía trabajo. Estuvo así durante cinco años. «No me sentía pobre», declaró, «solo que no tenía dinero. En aquel entonces la gente era muy buena entre sí. Por ejemplo, yo descubrí a Frobenius. Me asaltó repentinamente y tuve que leer todo lo que hubiera escrito Frobenius. Así que escribí a una librería que había descubierto en la ciudad de Nueva York y me mandaron todos aquellos libros diciéndome que no tenía que pagarlos hasta que no consiguiera un empleo… cosa que sucedió cuatro años después».

Durante todo ese tiempo estuvo preparándose como antropólogo, residiendo en una humilde cabaña del condado de Woodstock que su dueño alquilaba por 20 dólares anuales a jóvenes prometedores en el mundo de las artes.

Su formación católica, sus conocimientos de la cultura nativa americana, su posterior contacto con las tradiciones de la India y Oriente y los cuatro años de estudios en el campo de la antropología permitieron a Campbell determinar que en todas esas civilizaciones existía un elemento común: el mito.

Además, su interés por la obra de Carl Gustav Jung le mostraría que muchos de esos mitos trascendían lugares geográficos y momentos temporales estando presentes aunque revestidos de diferentes apariencias en la práctica totalidad de esas culturas, conclusión que aportaba a sus investigaciones una complejidad mayor de la de obras de otros antropólogos de renombre como Fazer o Eliade.

El mito, pensaba Campbell, era algo más que una narración fantástica tradicional que se había transmitido a lo largo de los siglos, hasta el punto de tener una importante función tanto para la sociedad en la que surge como para los individuos de esa comunidad.

El primero de sus libros en solitario sobre el tema sería El héroe de las mil caras, publicado en 1948 con el título de Cómo leer un mito, al que seguirían, entre otros muchos trabajos, los cuatro tomos de Las máscaras de Dios, La imagen del mito y El poder del mito.

Mientras que la mayoría de sus obras podrían ser consideradas textos científicos, El poder del mito tiene una vocación eminentemente divulgativa hasta el punto de ser un texto muy indicado para aquellos que quieran familiarizarse con la obra de Campbell antes de abordar obras más densas.

Guiado a través de las preguntas de Bill Moyers, Joseph Campbell va desgranando las bases de sus investigaciones y explicando la importancia que los mitos, a pesar de lo que pensemos, continúan teniendo en nuestra civilización y en nuestra vida, tanto consciente como inconsciente.

En palabras de Campbell, los humanos actuales tenemos «el mismo cuerpo, con los mismos órganos y energías que el hombre de Cromañón hace treinta mil años. Al vivir una vida humana en la ciudad de Nueva York o al vivirla en las cavernas, pasas por los mismos estadios de la infancia, la llegada de la madurez sexual, la transformación de la dependencia infantil en la responsabilidad de la vida adulta, el matrimonio; después la decadencia del cuerpo, la pérdida gradual de sus poderes y la muerte. Tienes el mismo cuerpo, las mismas experiencias corporales, de ahí que respondas a las mismas imágenes».

Campbell incluso incorpora a sus investigaciones toda la información y memoria que el ser humano trae consigo desde el momento de su nacimiento: «el bebé sabe qué hacer con el pezón en la boca. Hay todo un sistema de acción innata que, cuando lo vemos en animales, lo llamamos instinto. Es la base biológica. Pero entonces pueden suceder algunas cosas que hacen repulsivos, difíciles, atemorizantes o pecaminosos algunos actos que uno se siente impulsado a realizar, y es entonces cuando empezamos a padecer nuestros más molestos problemas psicológicos».

De esta forma, aunque cambien el aspecto externo de la narración según la sociedad en la que aparezcan, el mensaje que subyace al mito permanece y puede servirnos para explicar y resolver esos problemas psicológicos que surgen de la divergencia entre nuestros deseos y los límites de nuestro entorno.

El problema que surge entonces es el de saber interpretar esos mitos que no se manifiestan, precisamente, de una forma clara e inequívoca, sino a través de metáforas y símbolos. «Si piensas que la metáfora constituye en sí misma la referencia, sería como ir a un restaurante, pedir la carta, ver la palabra chuleta escrita ahí y empezar a comerse la carta», explica Campbell.

La interpretación de las metáforas correspondería a aquellos que están familiarizados con lo elevado y que, en el caso de los mitos, serían los chamanes en sentido estricto o en sentido figurado, por ejemplo, los antropólogos o psicoterapeutas.

Ante este hecho, Moyers pregunta si los sacerdotes actuales podrían ser sujetos capaces de interpretar el mito, algo que Campbell rechaza: «La diferencia entre un sacerdote y un chamán es que el sacerdote es un funcionario, y un chamán es alguien que ha recorrido una experiencia. En nuestra tradición es el monje el que busca la experiencia, mientras que el sacerdote es el que ha estudiado para servir a la comunidad» y, continúa, la autoridad del chamán «procede de una experiencia psicológica, no de una ordenación social», como sucede con el sacerdote.

A continuación, Campbell introduce el concepto de «ritual», al cual define como «la representación de un mito. Al participar de un ritual estás participando de un rito», dice. De ahí la importancia de que los rituales se mantengan en muchas de las actividades de la sociedad, no tanto por cuestiones de mera tradición o estética, sino porque permiten interpretar un misterio de nuestra vida.

El matrimonio, las tomas de posesión de los gobernantes, la teatralidad de los juicios, las graduaciones de los estudiantes entendidas como ritos de paso al mundo adulto, incluso las misas o cualquier otro acto religioso, son eventos que nos permiten entrar en contacto con el mito y, en consecuencia, entender un poco mejor cómo funciona el entorno en el que vivimos y lo que somos.

Los rituales son un vehículo para abstraernos de la realidad cotidiana que habitamos pero, se queja Campbell, «los rituales que antes eran portadores de una realidad interior, ahora son meras formas», y carga contra las renovaciones que, en ese sentido, han incorporado instituciones como la Iglesia católica modernizando el rito, eliminando el latín, oficiando la misa de frente a los fieles o cambiando la estructura de las iglesias y catedrales haciéndolas más diáfanas y elegantes. «En la catedral no existe el menor interés por la visibilidad. La mayor parte de lo que sucede tiene lugar fuera de tu campo de visión. Pero lo importante allí es el símbolo, no el espectáculo. El espectáculo se lo saben todos de memoria. Lo conocen desde los seis años».

Llegamos aquí a otro de los puntos claves de los postulados de Campbell. El que se refiere a cómo la arquitectura de una ciudad es también reflejo de ese material simbólico y vehículo de transmisión del mito.

Las catedrales, los palacios, los edificios públicos dan mucha información sobre las bases en las que se asienta la sociedad que los construyó. «Cuando te acercas a una ciudad medieval, la catedral es lo más alto que hay. Cuando te acercas a una ciudad del siglo XVIII el palacio político es el más alto. Y cuando te acercas a una ciudad moderna, los edificios más altos son los de oficinas, los centros de la vida económica».

Si el mito es tan trascendente en nuestra estructura social y especialmente en nuestra construcción personal, ¿quiénes son hoy en día los transmisores de ese material mítico?, pregunta Bill Moyers a Joseph Campbell quien, sin dudar, responde que los escritores y los poetas.

Campbell, quien en su juventud dividió el día en tres periodos de 8 horas dedicando dos de ellos a la lectura y uno a dormir, anima a leer todo aquello que tenga un vínculo emocional con el lector aunque esté ajeno a las modas o las tendencias del mercado editorial: «lee libros buenos, escritos por buenos escritores. Tu mente ascenderá a ese nivel y tendrás un hermoso, suave y prolongado éxtasis. Cuando encuentres un autor que realmente te atrape, lee todo lo que haya escrito. No digas “Oh, ahora quiero ver qué hizo fulano” y no te molestes en absoluto con la lista de best sellers. Lee todo lo que ese autor tenga para darte. Y después, lee lo que él haya leído. Comprobarás que el mundo se abre de un modo consecuente con un cierto punto de vista», dice antes de enunciar el siguiente estadio de su razonamiento: «el camino de la felicidad».

Para Campbell, solo el proyecto vital que está en armonía con nuestros verdaderos intereses personales será un proyecto satisfactorio, incluso cuando se desarrolle al margen del concepto que de éxito tiene la sociedad o, lo que es lo mismo, un éxito social no necesariamente estará en relación con un éxito personal. Es más, esa divergencia es, según el antropólogo y discípulo de Jung, una de las causas de la esquizofrenia y la neurosis en mayor o menor grado.

Llegados a este punto, Campbell, como el héroe y como esas personas que en su búsqueda de la felicidad han de recorrer todas las etapas de su aventura, regresa a la aldea de donde salió pero con más sabiduría y portador de un mensaje que compartir con su comunidad.

Un mensaje que se resume en el hecho arriba enunciado de que esa brecha entre la realidad que se vive y la realidad que se desea vivir es más sencilla de armonizar recurriendo a los mitos y a todo el simbolismo que contienen, aunque, como advierte, citando a Carl Gustav Jung: «más te vale no dejarte atrapar en una situación simbólica. No tienes que morir en la realidad, físicamente. Todo lo que tienes que hacer es morir espiritualmente y renacer a un modo de vida más amplio».

O lo que es lo mismo, «aprender de experiencia de Luke debes tú, inmolarte o perder mano, necesario no ser».

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Opiniones 3
  • Campell es un gran autor y un buen referente para todo aquel que quiera profundizar en la mitologia desde una vertiente antropológica.
    Eliade es otro de los grandes, con una vertiente mas simbólica y basada en la religión.
    Los dos son complementarios, aunque Campbell es mas accesible, y el haberlo leído previamente permite entender en mas profundidad y disfrutar a Eliade.

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