12 noviembre, 2018    /   BUSINESS
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Jóvenes Buda: los chinos que pasan del materialismo

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Lo desvelaba un estudio de Ipsos en 2013: los ciudadanos chinos son los más materialistas del mundo. El 71% de los jóvenes mide su éxito en función de la cantidad de cosas que poseen.

Hace unos años, se convirtió en viral un vídeo en el que un grupo de jóvenes chinas confesaban que a la hora de buscar pareja, el dinero era una condición sine qua non. Mientras, el cantante Sun Hui popularizaba una canción titulada precisamente No tengo coche, no tengo casa, en la que se reconocía abocado a la soledad por no cumplir con tal requisito.

El pragmatismo impera entre la juventud china. Aunque generalizar sobre una sociedad tan mastodóntica y compleja es un suicidio. Mientras algunos milenials piensan en cambiar de móvil antes de quitar el protector de pantalla del que ya tienen, hay muestras de que la obsesión con el materialismo podría estar decreciendo.

Una investigación reciente de Agility Research en la que se entrevistó a varias decenas de nacidos entre 1995 y 2000, aportó un jugoso titular: muchos de los encuestados se autodenominaban «jóvenes Buda». Comprar y tener cosas carece de interés para ellos. Sin embargo, la mitad reconoce no hacer ascos al lujo ya que es algo que no creen que tenga que asociarse con lo material.

Realidades que rayan lo paradójico desde un punto de vista occidental. «En China, las religiones de salvación no llegaron a acaparar el poder estatal propio de muchos países occidentales de herencia cristiana. Por eso, en general, la de China es una cultura más orientada al “más acá”, aunque eso no acarree necesariamente una mentalidad materialista», explica Javier Telletxea.

Según el sociólogo y autor del blog Historias de China, en el país asiático no existe una visión tan contradictoria ni negativa frente al dinero «porque históricamente han vivido al margen del dilema occidental de disfrutar de la riqueza o ganar la salvación». «En China –añade– asegurar la prosperidad del linaje era, y sigue siendo para muchos, un mandamiento moral porque favorece la continuidad y el bienestar de la familia como organismo intergeneracional, y es a través de este logro como se obtiene la salvación personal».

El gobierno chino ha suspendido la emisión de la serie BoJack Horseman temeroso de que la sinceridad cínica de su protagonista acabe contagiando a los jóvenes

Sobre la búsqueda interior y la vuelta a algunos de los valores tradicionales chinos, trata el documental Summoning the Recluse. La cinta se hace eco de la realidad de jóvenes que llevan al límite su huida de las grandes urbes, donde todo a su alrededor les impele al consumo y a un ritmo de vida frenético. Hartos de las cenas con amigos y los karaokes, los protagonistas se retiran a la montaña, para conseguir eso a lo que de forma tan recurrente se refieren los libros de autoayuda: encontrarse a sí mismos.

Un anhelo de recogimiento que nada tiene que ver con la de los tradicionales ermitaños. Los nuevos anacoretas no renuncian a tener móvil; prefieren mantener contacto con sus seres queridos.

Los jóvenes budas han despertado el interés de medios de comunicación y consultoras. Los estudios los muestran como un grupo heterogéneo y esquivo a las etiquetas. The Straits Times, de Singapur, conversó con algunos. El cansancio ante las altas expectativas puestas en ellos y cierto conformismo parecían ser los únicos puntos en común.

Arengas como las del presidente Xi Jinping apelando a los jóvenes a esforzarse para conseguir «el sueño chino» no calan entre ellos. No aspiran a ser los mejores y se conforman con estar dentro de la media en todas las facetas de la vida.

Desencanto y falta de ambición que han desembocado en fenómenos como el sang, que toma su nombre del carácter chino que significa funeral. Pesimismo, ironía y cinismo definen a esta subcultura que se ha propagado en los últimos meses por las redes y que mantiene inquietas a las autoridades chinas. De ahí las presiones a los medios audiovisuales chinos para difundir contenidos más positivos o la suspensión de la serie BoJack Horseman, conocida por su sinceridad cínica, una de las más populares entre los sang, y que algunas voces achacan a esa apuesta del gobierno por el optimismo.

Y mientras desde la República se lucha para evitar que sus jóvenes se conviertan en unos tristes, Zhao Zengliang, uno de los sang más populares, proclama en Reuters: «Los medios de comunicación nos han hecho tragar demasiadas historias de éxito. Sang es una protesta calmada contra la presión implacable de la sociedad para alcanzar el ideal tradicional del éxito. Una manera de admitir que simplemente no podemos hacerlo».

Lo desvelaba un estudio de Ipsos en 2013: los ciudadanos chinos son los más materialistas del mundo. El 71% de los jóvenes mide su éxito en función de la cantidad de cosas que poseen.

Hace unos años, se convirtió en viral un vídeo en el que un grupo de jóvenes chinas confesaban que a la hora de buscar pareja, el dinero era una condición sine qua non. Mientras, el cantante Sun Hui popularizaba una canción titulada precisamente No tengo coche, no tengo casa, en la que se reconocía abocado a la soledad por no cumplir con tal requisito.

El pragmatismo impera entre la juventud china. Aunque generalizar sobre una sociedad tan mastodóntica y compleja es un suicidio. Mientras algunos milenials piensan en cambiar de móvil antes de quitar el protector de pantalla del que ya tienen, hay muestras de que la obsesión con el materialismo podría estar decreciendo.

Una investigación reciente de Agility Research en la que se entrevistó a varias decenas de nacidos entre 1995 y 2000, aportó un jugoso titular: muchos de los encuestados se autodenominaban «jóvenes Buda». Comprar y tener cosas carece de interés para ellos. Sin embargo, la mitad reconoce no hacer ascos al lujo ya que es algo que no creen que tenga que asociarse con lo material.

Realidades que rayan lo paradójico desde un punto de vista occidental. «En China, las religiones de salvación no llegaron a acaparar el poder estatal propio de muchos países occidentales de herencia cristiana. Por eso, en general, la de China es una cultura más orientada al “más acá”, aunque eso no acarree necesariamente una mentalidad materialista», explica Javier Telletxea.

Según el sociólogo y autor del blog Historias de China, en el país asiático no existe una visión tan contradictoria ni negativa frente al dinero «porque históricamente han vivido al margen del dilema occidental de disfrutar de la riqueza o ganar la salvación». «En China –añade– asegurar la prosperidad del linaje era, y sigue siendo para muchos, un mandamiento moral porque favorece la continuidad y el bienestar de la familia como organismo intergeneracional, y es a través de este logro como se obtiene la salvación personal».

El gobierno chino ha suspendido la emisión de la serie BoJack Horseman temeroso de que la sinceridad cínica de su protagonista acabe contagiando a los jóvenes

Sobre la búsqueda interior y la vuelta a algunos de los valores tradicionales chinos, trata el documental Summoning the Recluse. La cinta se hace eco de la realidad de jóvenes que llevan al límite su huida de las grandes urbes, donde todo a su alrededor les impele al consumo y a un ritmo de vida frenético. Hartos de las cenas con amigos y los karaokes, los protagonistas se retiran a la montaña, para conseguir eso a lo que de forma tan recurrente se refieren los libros de autoayuda: encontrarse a sí mismos.

Un anhelo de recogimiento que nada tiene que ver con la de los tradicionales ermitaños. Los nuevos anacoretas no renuncian a tener móvil; prefieren mantener contacto con sus seres queridos.

Los jóvenes budas han despertado el interés de medios de comunicación y consultoras. Los estudios los muestran como un grupo heterogéneo y esquivo a las etiquetas. The Straits Times, de Singapur, conversó con algunos. El cansancio ante las altas expectativas puestas en ellos y cierto conformismo parecían ser los únicos puntos en común.

Arengas como las del presidente Xi Jinping apelando a los jóvenes a esforzarse para conseguir «el sueño chino» no calan entre ellos. No aspiran a ser los mejores y se conforman con estar dentro de la media en todas las facetas de la vida.

Desencanto y falta de ambición que han desembocado en fenómenos como el sang, que toma su nombre del carácter chino que significa funeral. Pesimismo, ironía y cinismo definen a esta subcultura que se ha propagado en los últimos meses por las redes y que mantiene inquietas a las autoridades chinas. De ahí las presiones a los medios audiovisuales chinos para difundir contenidos más positivos o la suspensión de la serie BoJack Horseman, conocida por su sinceridad cínica, una de las más populares entre los sang, y que algunas voces achacan a esa apuesta del gobierno por el optimismo.

Y mientras desde la República se lucha para evitar que sus jóvenes se conviertan en unos tristes, Zhao Zengliang, uno de los sang más populares, proclama en Reuters: «Los medios de comunicación nos han hecho tragar demasiadas historias de éxito. Sang es una protesta calmada contra la presión implacable de la sociedad para alcanzar el ideal tradicional del éxito. Una manera de admitir que simplemente no podemos hacerlo».

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