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15 de junio 2015    /   CINE/TV
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Juego de tronos: China da un golpe de estado en Hollywood

15 de junio 2015    /   CINE/TV     por          
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La sumisión más eficaz siempre ha sido la voluntaria y el silencio más duradero no es hijo del pánico, sino de la promesa de riquezas inimaginables. China ha convencido a Hollywood y a los señores de las series de que la autocensura es un buen negocio, porque es el negocio del que depende su supervivencia en Beverly Hills.
Las operaciones de las multinacionales del gigante asiático se han sucedido durante la crisis y han penetrado en todos los órganos vitales de la industria: la producción, la distribución y los medios de comunicación que informan sobre ella. Wanda, la inmobiliaria que sueña con controlar el Atlético de Madrid, compró en 2012 la segunda mayor cadena de salas de cine en Estados Unidos (AMC) y está negociando la adquisición de la Metro Goldwyn-Mayer y de la productora de Mad Men (Lionsgate). Huayi Bros financiará todas las películas de la firma independiente STX Entertainment desde ahora hasta 2017 (sus estrenos están a tan solo meses de llegar a España y cuentan con protagonistas como Matthew McConaughey). Los gigantes Baidu, Alibaba y Tencent se han hecho con la distribución exclusiva en China no solo de películas y series en streaming, sino también de la gran revista americana The Hollywood Reporter, que hace la cobertura más seria, profunda y reconocida del sector.
Esa es una vía para condicionar los contenidos de la factoría de los sueños. Otra es someter las series a un proceso de aprobación previa por parte de las autoridades, suspender la emisión de The Big Bang Theory para demostrar que iban en serio o mutilar Juego de Tronos hasta asemejarla a un triste documental sobre la Edad Media. En estas circunstancias, se produce un cuello de botella por el que los productores de contenidos se pelean por complacer al censor. Los culebrones surcoreanos, tan famosos en Asia como lo fueron los venezolanos en España, llevan meses enviando sus capítulos y guiones por adelantado a Pekín. En Seúl los consideran el cebo natural para millones de turistas chinos sedientos de experiencias únicas, cosméticos milagrosos y agrandamientos de labios. Por lo que se ve, los censores chinos y los millonarios de Los Ángeles tienen algo en común: les gustan las bocas grandes siempre que sepan cuándo guardar silencio.

China ha convencido a Hollywood de que la autocensura es un buen negocio, porque es el negocio del que depende su supervivencia en Beverly Hills


Pero las series no son las únicas que se someten a cirugía. También cambian de chapa y pintura las 34 películas extranjeras que permiten estrenar todos los años. No cabe ni una más y los criterios para seleccionarlas son, por supuesto, arbitrarios…, tanto como los que permitieron no recortar un solo fotograma de la serie House of Cards porque le encanta a Wang Qishan, uno de los principales líderes del Gobierno chino, porque subraya las miserias de la política de Washington (mientras ellos censuran rápidamente los escándalos locales para dar impresión de limpieza) y porque, cuando muestra las malas prácticas de los funcionarios chinos, eso permite justificar con casos ficticios la campaña anticorrupción con la que el presidente Xi Jinping está purgando el Partido Comunista.
Los productores de Transformers tenían presente esa arbitrariedad y, por eso, según The Hollywood Reporter, Paramount rodó escenas en Pekín y Hong Kong, incluyó entre sus personajes a la estrella local Li Bingbing, agregó propaganda política a favor del gobierno comunista e hizo que sus protagonistas apagasen su sed en un abrasador desierto estadounidense con un buen trago de Red Bull chino. Podían decir que tenía más sentido que ver predicando a Moisés con un reloj de pulsera en Los Diez Mandamientos o que aquellas huellas de camiones en la arena donde se disputaría la carrera de cuadrigas de Ben-Hur.
 
Sin héroes de película
Los productores de Amanecer Rojo, un remake estrenado en 2012, lo iban a tener más difícil de justificar. Pocos meses antes de su lanzamiento, se filtró que el argumento trataba sobre una invasión del ejército chino en territorio estadounidense. Los medios chinos, que sabían cómo acaban los que invaden Estados Unidos en las películas americanas, montaron en cólera. En un trabajo de postproducción digital impecable, Metro Goldwyn-Mayer reemplazó a los soldados del ejército chino por norcoreanos. En la versión original de 1984 nadie reemplazó a los soldados soviéticos que fueron derrotados, alguien podría decir que de forma humillante, por un grupo de aguerridos adolescentes de media melena y hombreras capitaneados por Patrick Swayze y Charlie Sheen.
Son pocas las empresas de contenidos y artistas extranjeros que no se han dejado seducir por las demandas de Pekín. Así, en el quicio del siglo XXI, Disney llegó a aceptar que fueran las juventudes del Partido Comunista quienes dieran a conocer masivamente a Mickey Mouse, el Pato Donald o Cenicienta. Se rumoreó que pondrían el mismo celo que cuando tuvieron que difundir las excelencias del maoísmo, y, por eso, algunos diplomáticos, con veneno en la lengua, bautizaron la maniobra como ‘Mickey Mao’. Pocos años después, Bob Dylan y los Rolling Stones reconocieron que enviaban los títulos de las canciones que iban a tocar en los conciertos en China a los censores por adelantado. Le preguntaron a Dylan si había influido en su ánimo que las autoridades le hubieran prohibido interpretar Blowin’ in the Wind y Desolation Row. Respondió que no pensaba cantarlas de todas formas —el autor piensa que las nuevas generaciones apenas las conocen— y que su repertorio era muy amplio.
LehaKoK / Shutterstock.com
LehaKoK / Shutterstock.com

China ha puesto la proa hacia el control de parte de los contenidos que se generan en Hollywood, ya sea mediante la compra de las productoras, el dominio de la distribución o la censura (y, sobre todo, autocensura) de sus series y películas. El argumento más frecuente es que todo ello lo hace para seguir adoctrinando a su población, para aprender rápidamente de las mejores empresas de entretenimiento y para calmar la sed de un país que se convertirá en 2020 en el mayor mercado cinematográfico del planeta, según las estimaciones de la consultora Ernst & Young. Existe un motivo adicional: cambiar su imagen ante los ojos del mundo en un momento en el que la factoría de los sueños necesita alejarse del sueño americano para prevenir los bostezos de los espectadores asiáticos o africanos. Soñar y dormir no es lo mismo.
Como afirma el veterano analista de cine y televisión de la BBC Tom Brook, las películas que revientan las taquillas internacionales, es decir, la gran aspiración de Hollywood en estos momentos, poseen argumentos lo suficientemente planos e inocuos como para no ofender a nadie. Buscan (aun más que antes) una respuesta visceral más que intelectual en el espectador. Los diálogos son simples para que nada se pierda en la traducción (los chistes inteligentes. La ironía o los juegos de palabras sufren así el tijeretazo de la autocensura), y, por supuesto, los actores no se eligen sólo por sus cualidades (físicas e interpretativas), sino que contar ahora con la nacionalidad o la raza mayoritaria en un gran mercado es un plus fundamental. Para evitar situaciones excesivamente rocambolescas, hay productoras, como Marvel, que añaden personajes, tramas y diálogos locales a sus cintas solo en el lugar de destino. Eso fue lo que hicieron con Iron Man en el gigante asiático y así la convirtieron en una de las primera películas que podía personalizarse por países. Marvel se había superado: el Hombre de Acero (traducción española) sería ensamblado en China igual que un Volvo.
 
Vacío de poder y de argumentos
La segunda potencia mundial interviene, por lo tanto, en un momento de grave indefinición en Los Ángeles y en Nueva York, los dos grandes focos donde las series y las películas nacen, se producen, mueren y, con suerte, resucitan en la televisión o en los móviles. Ansiosos por complacer a cientos de millones de personas, van perdiendo gradualmente su identidad, aunque conservan determinados valores claramente identificables con Estados Unidos y Occidente y, en más de una ocasión, con las prioridades de la política exterior americana. Esto último se explica porque proyectan muchas veces a la primera potencia mundial como un gran modelo de éxito y porque las películas que tocan aspectos relacionados con las operaciones de los servicios secretos cuentan con la cooperación de la oficina que tiene la CIA en Los Ángeles, cuyos agentes actúan frecuentemente como consultores externos (esto lo ha documentado, sin recurrir a torpes teorías de la conspiración, Tricia Jenkins en The CIA in Hollywood: How the Agency Shapes Film and Television). Parece obvio que la caza de brujas del macartismo no ocurrió porque numerosos creadores y guionistas hicieran propaganda comunista, sino porque hicieron la propaganda equivocada en el momento equivocado.
Aprovechando la indefinición estadounidense y la prueba de que la industria del entretenimiento puede trabajar codo con codo con espías y generales sin perder viabilidad económica e impacto comercial, China está interviniendo para aprender a proyectar sus propios valores y convertirse así en la misma referencia cultural que ha supuesto durante décadas su vecino del otro lado del Pacífico. Aspiran a ser la vara de medir que otras sociedades y otras culturas utilicen para comprenderse a sí mismas y valorar su desarrollo, su modernidad y su justicia. Si quieres innovar, no debes pensar en Silicon Valley, sino en Shenzhén; si quieres codearte con los masters del universo, tu ciudad es Shanghái o Hong Kong,  no Nueva York; y si quieres salvar el mundo, eso no se hace en Washington…, se ha hecho durante cientos de años en Pekín. No seas antiguo, aprende de Bob Dylan.

Se trata de una alianza pasajera, ambigua y precaria que persistirá lo que duren sus intereses en común y su dependencia mutua


Y aquí se suele detener el análisis de los expertos en semiótica y cultura mientras deslizan expresiones que caben difícilmente por la puerta como ‘imperialismo cultural’, ‘hollywoodización’ o ‘manipulación de los símbolos’, conceptos mucho más elegantes que mugrientas bañeras llenas de dinero o genios de la política y la comunicación que solo conocieron a Maquiavelo en la escuela de negocios. Sin embargo, estos conspiradores tan poco abstractos empujan las manivelas del poder en sentidos profundamente concretos.
Mientras Hollywood y los señores de las series se entregaban con sus películas y fórmulas al amor romántico y a la denuncia de los lobbies y corruptelas de Washington, la industria del entretenimiento (sobre todo cine y televisión, pero también música), es decir, ellos mismos, invertían, según el Center for Responsive Politics, casi 1.000 millones de dólares en presionar y seducir a los legisladores americanos mediante sus lobbies para que defendieran sus intereses desde 1995 hasta hoy por la mañana.
Son ellos los que llevaron a Obama a doblegar a España con la imposición de la Ley Sinde y  los que están intentando demonizar al sector francés de la cultura por intentar proteger las ayudas públicas en el Tratado de Libre Comercio entre Europa y Estados Unidos mientras ellos se garantizan las suyas. Son ellos, en definitiva, los nuevos aliados de China, porque depende de ella su futuro a corto y medio plazo. Se trata de una alianza pasajera, ambigua y precaria que persistirá lo que duren sus intereses en común y su dependencia mutua…, pero no se puede negar que sus intereses están alineados y que el gigante asiático ha conseguido algo que no aparecía ni en los delirios más grandiosos de Stalin y Joe McCarthy. Han conseguido que la fábrica de los sueños de América haga realidad los sueños de sus adversarios.

La sumisión más eficaz siempre ha sido la voluntaria y el silencio más duradero no es hijo del pánico, sino de la promesa de riquezas inimaginables. China ha convencido a Hollywood y a los señores de las series de que la autocensura es un buen negocio, porque es el negocio del que depende su supervivencia en Beverly Hills.
Las operaciones de las multinacionales del gigante asiático se han sucedido durante la crisis y han penetrado en todos los órganos vitales de la industria: la producción, la distribución y los medios de comunicación que informan sobre ella. Wanda, la inmobiliaria que sueña con controlar el Atlético de Madrid, compró en 2012 la segunda mayor cadena de salas de cine en Estados Unidos (AMC) y está negociando la adquisición de la Metro Goldwyn-Mayer y de la productora de Mad Men (Lionsgate). Huayi Bros financiará todas las películas de la firma independiente STX Entertainment desde ahora hasta 2017 (sus estrenos están a tan solo meses de llegar a España y cuentan con protagonistas como Matthew McConaughey). Los gigantes Baidu, Alibaba y Tencent se han hecho con la distribución exclusiva en China no solo de películas y series en streaming, sino también de la gran revista americana The Hollywood Reporter, que hace la cobertura más seria, profunda y reconocida del sector.
Esa es una vía para condicionar los contenidos de la factoría de los sueños. Otra es someter las series a un proceso de aprobación previa por parte de las autoridades, suspender la emisión de The Big Bang Theory para demostrar que iban en serio o mutilar Juego de Tronos hasta asemejarla a un triste documental sobre la Edad Media. En estas circunstancias, se produce un cuello de botella por el que los productores de contenidos se pelean por complacer al censor. Los culebrones surcoreanos, tan famosos en Asia como lo fueron los venezolanos en España, llevan meses enviando sus capítulos y guiones por adelantado a Pekín. En Seúl los consideran el cebo natural para millones de turistas chinos sedientos de experiencias únicas, cosméticos milagrosos y agrandamientos de labios. Por lo que se ve, los censores chinos y los millonarios de Los Ángeles tienen algo en común: les gustan las bocas grandes siempre que sepan cuándo guardar silencio.

China ha convencido a Hollywood de que la autocensura es un buen negocio, porque es el negocio del que depende su supervivencia en Beverly Hills


Pero las series no son las únicas que se someten a cirugía. También cambian de chapa y pintura las 34 películas extranjeras que permiten estrenar todos los años. No cabe ni una más y los criterios para seleccionarlas son, por supuesto, arbitrarios…, tanto como los que permitieron no recortar un solo fotograma de la serie House of Cards porque le encanta a Wang Qishan, uno de los principales líderes del Gobierno chino, porque subraya las miserias de la política de Washington (mientras ellos censuran rápidamente los escándalos locales para dar impresión de limpieza) y porque, cuando muestra las malas prácticas de los funcionarios chinos, eso permite justificar con casos ficticios la campaña anticorrupción con la que el presidente Xi Jinping está purgando el Partido Comunista.
Los productores de Transformers tenían presente esa arbitrariedad y, por eso, según The Hollywood Reporter, Paramount rodó escenas en Pekín y Hong Kong, incluyó entre sus personajes a la estrella local Li Bingbing, agregó propaganda política a favor del gobierno comunista e hizo que sus protagonistas apagasen su sed en un abrasador desierto estadounidense con un buen trago de Red Bull chino. Podían decir que tenía más sentido que ver predicando a Moisés con un reloj de pulsera en Los Diez Mandamientos o que aquellas huellas de camiones en la arena donde se disputaría la carrera de cuadrigas de Ben-Hur.
 
Sin héroes de película
Los productores de Amanecer Rojo, un remake estrenado en 2012, lo iban a tener más difícil de justificar. Pocos meses antes de su lanzamiento, se filtró que el argumento trataba sobre una invasión del ejército chino en territorio estadounidense. Los medios chinos, que sabían cómo acaban los que invaden Estados Unidos en las películas americanas, montaron en cólera. En un trabajo de postproducción digital impecable, Metro Goldwyn-Mayer reemplazó a los soldados del ejército chino por norcoreanos. En la versión original de 1984 nadie reemplazó a los soldados soviéticos que fueron derrotados, alguien podría decir que de forma humillante, por un grupo de aguerridos adolescentes de media melena y hombreras capitaneados por Patrick Swayze y Charlie Sheen.
Son pocas las empresas de contenidos y artistas extranjeros que no se han dejado seducir por las demandas de Pekín. Así, en el quicio del siglo XXI, Disney llegó a aceptar que fueran las juventudes del Partido Comunista quienes dieran a conocer masivamente a Mickey Mouse, el Pato Donald o Cenicienta. Se rumoreó que pondrían el mismo celo que cuando tuvieron que difundir las excelencias del maoísmo, y, por eso, algunos diplomáticos, con veneno en la lengua, bautizaron la maniobra como ‘Mickey Mao’. Pocos años después, Bob Dylan y los Rolling Stones reconocieron que enviaban los títulos de las canciones que iban a tocar en los conciertos en China a los censores por adelantado. Le preguntaron a Dylan si había influido en su ánimo que las autoridades le hubieran prohibido interpretar Blowin’ in the Wind y Desolation Row. Respondió que no pensaba cantarlas de todas formas —el autor piensa que las nuevas generaciones apenas las conocen— y que su repertorio era muy amplio.
LehaKoK / Shutterstock.com
LehaKoK / Shutterstock.com

China ha puesto la proa hacia el control de parte de los contenidos que se generan en Hollywood, ya sea mediante la compra de las productoras, el dominio de la distribución o la censura (y, sobre todo, autocensura) de sus series y películas. El argumento más frecuente es que todo ello lo hace para seguir adoctrinando a su población, para aprender rápidamente de las mejores empresas de entretenimiento y para calmar la sed de un país que se convertirá en 2020 en el mayor mercado cinematográfico del planeta, según las estimaciones de la consultora Ernst & Young. Existe un motivo adicional: cambiar su imagen ante los ojos del mundo en un momento en el que la factoría de los sueños necesita alejarse del sueño americano para prevenir los bostezos de los espectadores asiáticos o africanos. Soñar y dormir no es lo mismo.
Como afirma el veterano analista de cine y televisión de la BBC Tom Brook, las películas que revientan las taquillas internacionales, es decir, la gran aspiración de Hollywood en estos momentos, poseen argumentos lo suficientemente planos e inocuos como para no ofender a nadie. Buscan (aun más que antes) una respuesta visceral más que intelectual en el espectador. Los diálogos son simples para que nada se pierda en la traducción (los chistes inteligentes. La ironía o los juegos de palabras sufren así el tijeretazo de la autocensura), y, por supuesto, los actores no se eligen sólo por sus cualidades (físicas e interpretativas), sino que contar ahora con la nacionalidad o la raza mayoritaria en un gran mercado es un plus fundamental. Para evitar situaciones excesivamente rocambolescas, hay productoras, como Marvel, que añaden personajes, tramas y diálogos locales a sus cintas solo en el lugar de destino. Eso fue lo que hicieron con Iron Man en el gigante asiático y así la convirtieron en una de las primera películas que podía personalizarse por países. Marvel se había superado: el Hombre de Acero (traducción española) sería ensamblado en China igual que un Volvo.
 
Vacío de poder y de argumentos
La segunda potencia mundial interviene, por lo tanto, en un momento de grave indefinición en Los Ángeles y en Nueva York, los dos grandes focos donde las series y las películas nacen, se producen, mueren y, con suerte, resucitan en la televisión o en los móviles. Ansiosos por complacer a cientos de millones de personas, van perdiendo gradualmente su identidad, aunque conservan determinados valores claramente identificables con Estados Unidos y Occidente y, en más de una ocasión, con las prioridades de la política exterior americana. Esto último se explica porque proyectan muchas veces a la primera potencia mundial como un gran modelo de éxito y porque las películas que tocan aspectos relacionados con las operaciones de los servicios secretos cuentan con la cooperación de la oficina que tiene la CIA en Los Ángeles, cuyos agentes actúan frecuentemente como consultores externos (esto lo ha documentado, sin recurrir a torpes teorías de la conspiración, Tricia Jenkins en The CIA in Hollywood: How the Agency Shapes Film and Television). Parece obvio que la caza de brujas del macartismo no ocurrió porque numerosos creadores y guionistas hicieran propaganda comunista, sino porque hicieron la propaganda equivocada en el momento equivocado.
Aprovechando la indefinición estadounidense y la prueba de que la industria del entretenimiento puede trabajar codo con codo con espías y generales sin perder viabilidad económica e impacto comercial, China está interviniendo para aprender a proyectar sus propios valores y convertirse así en la misma referencia cultural que ha supuesto durante décadas su vecino del otro lado del Pacífico. Aspiran a ser la vara de medir que otras sociedades y otras culturas utilicen para comprenderse a sí mismas y valorar su desarrollo, su modernidad y su justicia. Si quieres innovar, no debes pensar en Silicon Valley, sino en Shenzhén; si quieres codearte con los masters del universo, tu ciudad es Shanghái o Hong Kong,  no Nueva York; y si quieres salvar el mundo, eso no se hace en Washington…, se ha hecho durante cientos de años en Pekín. No seas antiguo, aprende de Bob Dylan.

Se trata de una alianza pasajera, ambigua y precaria que persistirá lo que duren sus intereses en común y su dependencia mutua


Y aquí se suele detener el análisis de los expertos en semiótica y cultura mientras deslizan expresiones que caben difícilmente por la puerta como ‘imperialismo cultural’, ‘hollywoodización’ o ‘manipulación de los símbolos’, conceptos mucho más elegantes que mugrientas bañeras llenas de dinero o genios de la política y la comunicación que solo conocieron a Maquiavelo en la escuela de negocios. Sin embargo, estos conspiradores tan poco abstractos empujan las manivelas del poder en sentidos profundamente concretos.
Mientras Hollywood y los señores de las series se entregaban con sus películas y fórmulas al amor romántico y a la denuncia de los lobbies y corruptelas de Washington, la industria del entretenimiento (sobre todo cine y televisión, pero también música), es decir, ellos mismos, invertían, según el Center for Responsive Politics, casi 1.000 millones de dólares en presionar y seducir a los legisladores americanos mediante sus lobbies para que defendieran sus intereses desde 1995 hasta hoy por la mañana.
Son ellos los que llevaron a Obama a doblegar a España con la imposición de la Ley Sinde y  los que están intentando demonizar al sector francés de la cultura por intentar proteger las ayudas públicas en el Tratado de Libre Comercio entre Europa y Estados Unidos mientras ellos se garantizan las suyas. Son ellos, en definitiva, los nuevos aliados de China, porque depende de ella su futuro a corto y medio plazo. Se trata de una alianza pasajera, ambigua y precaria que persistirá lo que duren sus intereses en común y su dependencia mutua…, pero no se puede negar que sus intereses están alineados y que el gigante asiático ha conseguido algo que no aparecía ni en los delirios más grandiosos de Stalin y Joe McCarthy. Han conseguido que la fábrica de los sueños de América haga realidad los sueños de sus adversarios.

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