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9 de junio 2016    /   CINE/TV
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Juego de tronos y cómo se difunden las mentiras

9 de junio 2016    /   CINE/TV     por          
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Juego de tronos es una excusa para hablar de cómo aceptamos la historia oficial o la que promueve una figura de autoridad. El tema no es nuevo, pero no está agotado. Cada día, una institución pública o un medio de comunicación o un partido político tergiversa hechos propios y ajenos. Cada día, hay personas corrientes que difunden las mentiras por fanatismo o por pereza o por creer que promueve la verdad. La excusa para hablar de esto está en la representación de teatro a la que asiste Arya Stark en la sexta temporada de la serie HBO.

Los falsos Eddard y Tyrion
Los falsos Eddard y Tyrion

La obra de teatro tergiversa por completo las figuras de Eddard Stark y Tyrion Lannister. Eddard es retratado como estúpido, ambicioso, deshonesto y vulgar. Tyrion, como mezquino y de crueldad gratuita. La obra considera que ambos personajes conspiraron para conseguir el Trono de Hierro. Por otra parte, se ofrece un retrato benevolente de Joffrey. Sin duda, es la versión oficial de los hechos, la que promueve la casa Lannister.

El pueblo de Braavos —que no debe vasallaje a Los Siete Reinos acepta la versión oficial; llora por Joffrey y aborrece a Eddard y Tyrion. Los actores ambulantes tienen parte de culpa. Tal y como una auténtica compañía medieval, representan una historia popular que el público conoce o cree conocer.

El pueblo no pretende una lección de Historia ni recibir información, solo busca risas. Por otro lado, los personajes de Desembarco del Rey pertenecen a una potencia extranjera. El público no ve al rey cruel sino a un joven que muere y la madre que lo llora. Un argumento simple que incluso conmueve a Arya. (La joven Stark diferencia entre la Cersei que conoce y la Cersei ficticia).

La mentira tiene más a favor que en contra para extenderse: cuenta con el desinterés del público; la dificultad para viajar y la falta de una fuente de noticias alternativa. Quizá miremos a Braavos con condescendencia o incluso asco, pero no somos distintos a los braavosis, émulos, no olvidemos, de personas corrientes de la Edad Media, de personas reales.

Una parte del público de nuestro tiempo acepta la mentira de la autoridad. La diferencia con los braavosis está en que otra parte escoge las mentiras no oficiales. Uno y otro público cometen un error: contrastar.

Hoy podemos, si el bolsillo lo permite, viajar al país más lejano en apenas 24 horas y conocer la realidad de la calle. Tenemos Skype, correo electrónico y otros medios para contactar con personas de otros continentes. Podemos con varios clics conocer las distintas versiones sobre un hecho que dan distintos medios. Sin embargo, la mayoría de las personas no lo hace.

Cuando la verdad aparece, irrefutable, a la que solo se oponen los fanáticos, ya no importa. La verdad está ya constreñida entre las mentiras. Es la fuerza de la mentira: es tan fácil crear una como complicado deshacerla. Para empezar, la difusión de la verdad no siempre recorre los mismos caminos y quizá no sea tan atractiva como la mentira. Por otro lado quien miente, aunque obligado por ley o por vergüenza a decir la verdad, lo hace con la boca pequeña. (Excepto los medios radicales de uno y otro color que no mueven posiciones).

Recordemos que la FE DE ERRATAS de la prensa escrita aparece entre anuncios de toldos y necrológicas.

Otro vicio ayuda a difundir las mentiras: se prefiere el entretenimiento a la verdad. Un entretenimiento que no siempre tiene que ver con las risas. Entretienen el sensacionalismo condensado en un titular de prensa, un tuit, un exabrupto en una tertulia política. Entretenimiento que irrita o indigna o hace reír. Quizá en el cuerpo de una noticia esté la verdad, pero implica leer demasiado; sin embargo el titular es un torpedo. Como ‘mentir sin querer queriendo’, como diría el Chavo del Ocho. Para muchos lectores, el cuerpo equivale a texto de relleno.

Necesitamos ordenar el mundo y necesitamos hacerlo ya, ahora. Queremos el mundo como una cuchara que  ponemos en el hueco de las cucharas. Guardar y listo. (Que un enano avieso asesinara a un rey joven es una idea simple como una cuchara). Pereza intelectual, pereza tecnológica. Una (única) fuente de información coloca una etiqueta clara: «Esta es la verdad». Una verdad etiquetada que pasa de unas personas a otras porque pocos quieren estar fuera de la corriente de difusión la que sea. Una etiqueta que, cuando se revela falsa, no importa: se toma otra.

Juego de tronos es una excusa para hablar de cómo aceptamos la historia oficial o la que promueve una figura de autoridad. El tema no es nuevo, pero no está agotado. Cada día, una institución pública o un medio de comunicación o un partido político tergiversa hechos propios y ajenos. Cada día, hay personas corrientes que difunden las mentiras por fanatismo o por pereza o por creer que promueve la verdad. La excusa para hablar de esto está en la representación de teatro a la que asiste Arya Stark en la sexta temporada de la serie HBO.

Los falsos Eddard y Tyrion
Los falsos Eddard y Tyrion

La obra de teatro tergiversa por completo las figuras de Eddard Stark y Tyrion Lannister. Eddard es retratado como estúpido, ambicioso, deshonesto y vulgar. Tyrion, como mezquino y de crueldad gratuita. La obra considera que ambos personajes conspiraron para conseguir el Trono de Hierro. Por otra parte, se ofrece un retrato benevolente de Joffrey. Sin duda, es la versión oficial de los hechos, la que promueve la casa Lannister.

El pueblo de Braavos —que no debe vasallaje a Los Siete Reinos acepta la versión oficial; llora por Joffrey y aborrece a Eddard y Tyrion. Los actores ambulantes tienen parte de culpa. Tal y como una auténtica compañía medieval, representan una historia popular que el público conoce o cree conocer.

El pueblo no pretende una lección de Historia ni recibir información, solo busca risas. Por otro lado, los personajes de Desembarco del Rey pertenecen a una potencia extranjera. El público no ve al rey cruel sino a un joven que muere y la madre que lo llora. Un argumento simple que incluso conmueve a Arya. (La joven Stark diferencia entre la Cersei que conoce y la Cersei ficticia).

La mentira tiene más a favor que en contra para extenderse: cuenta con el desinterés del público; la dificultad para viajar y la falta de una fuente de noticias alternativa. Quizá miremos a Braavos con condescendencia o incluso asco, pero no somos distintos a los braavosis, émulos, no olvidemos, de personas corrientes de la Edad Media, de personas reales.

Una parte del público de nuestro tiempo acepta la mentira de la autoridad. La diferencia con los braavosis está en que otra parte escoge las mentiras no oficiales. Uno y otro público cometen un error: contrastar.

Hoy podemos, si el bolsillo lo permite, viajar al país más lejano en apenas 24 horas y conocer la realidad de la calle. Tenemos Skype, correo electrónico y otros medios para contactar con personas de otros continentes. Podemos con varios clics conocer las distintas versiones sobre un hecho que dan distintos medios. Sin embargo, la mayoría de las personas no lo hace.

Cuando la verdad aparece, irrefutable, a la que solo se oponen los fanáticos, ya no importa. La verdad está ya constreñida entre las mentiras. Es la fuerza de la mentira: es tan fácil crear una como complicado deshacerla. Para empezar, la difusión de la verdad no siempre recorre los mismos caminos y quizá no sea tan atractiva como la mentira. Por otro lado quien miente, aunque obligado por ley o por vergüenza a decir la verdad, lo hace con la boca pequeña. (Excepto los medios radicales de uno y otro color que no mueven posiciones).

Recordemos que la FE DE ERRATAS de la prensa escrita aparece entre anuncios de toldos y necrológicas.

Otro vicio ayuda a difundir las mentiras: se prefiere el entretenimiento a la verdad. Un entretenimiento que no siempre tiene que ver con las risas. Entretienen el sensacionalismo condensado en un titular de prensa, un tuit, un exabrupto en una tertulia política. Entretenimiento que irrita o indigna o hace reír. Quizá en el cuerpo de una noticia esté la verdad, pero implica leer demasiado; sin embargo el titular es un torpedo. Como ‘mentir sin querer queriendo’, como diría el Chavo del Ocho. Para muchos lectores, el cuerpo equivale a texto de relleno.

Necesitamos ordenar el mundo y necesitamos hacerlo ya, ahora. Queremos el mundo como una cuchara que  ponemos en el hueco de las cucharas. Guardar y listo. (Que un enano avieso asesinara a un rey joven es una idea simple como una cuchara). Pereza intelectual, pereza tecnológica. Una (única) fuente de información coloca una etiqueta clara: «Esta es la verdad». Una verdad etiquetada que pasa de unas personas a otras porque pocos quieren estar fuera de la corriente de difusión la que sea. Una etiqueta que, cuando se revela falsa, no importa: se toma otra.

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