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2 de abril 2018    /   CREATIVIDAD
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Juegos de mesa victorianos que vas a querer enmarcar

2 de abril 2018    /   CREATIVIDAD     por          
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Hace décadas, una pareja inglesa descubrió que podía compartir una afición y la elevó a la categoría de obsesión. Ellen y Arthur Liman empezaron a buscar juegos de mesa georgianos y victorianos. Juntos y de manera desesperada recorrieron tiendas de antigüedades, ventas de garaje, casas de subastas, mercadillos y páginas web en busca de antiguos objetos cotidianos que habían alcanzado un valor incalculable.

Para Ellen, pintora, los juegos de mesa antiguos se habían convertido en piezas de arte; para Arthur, abogado, eran pedazos de historia que podía tocar. Su obsesión hizo que un objeto pasara a ser inseparable: la linterna. Iban tan temprano en busca de juegos que a veces ni había amanecido. Su único objetivo, como si su afición fuera habitual, era llegar antes que la competencia y llevarse todos los juegos que encontraran. ¿Por qué?

En los siglos XVIII y XIX, los juegos de mesa ingleses eran auténticas obras de arte pintadas a mano. Además de sorprender por su belleza, estos juegos aportan información sobre la cultura inglesa de la época victoriana y su forma de entender el mundo, puesto que más allá del entretenimiento y la divulgación, se trataba de juegos moralizantes en algunos casos.

Ahora, Ellen Liman ha reunido los juegos que coleccionó con su marido y que él catalogó. El volumen, titulado Georgian and Victorian Board Games: The Liman Collection (editado por Pointed Leaf Press) contiene ilustraciones de hasta 50 juegos. Como dejó Arthur por escrito, las piezas de su colección servirían tanto para ponerlas sobre la mesa y jugar como para enmarcarlas por el mero placer de contemplarlas.

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Su colección, probablemente la más rica en juegos de mesa georgianos y victorianos, abarca desde 1790 hasta 1850, época en la que se dejaron de pintar a mano.

Lo que Ellen no sabía, cuando se dispuso a reunir aquello que tanto la había unido a su difunto esposo, era que él había dejado escrito un texto sobre estos juegos. Lo encontró en un cajón veinte años después de su muerte. Las palabras de su marido son las que abren el libro.

«En la época previa a la radio, la televisión, el fonógrafo y las imágenes en movimiento, las familias tuvieron que proporcionarse su propio entretenimiento hogareño. Así que esta necesidad coincidió, en parte, con la introducción de los juegos de mesa», escribió Arthur Liman.

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En el siglo XVII había aparecido el juego de mesa más básico. Al principio, no incluían dados por sus asociaciones con el tipo de juegos del que se pretendía mantener alejados a los niños. Los juegos de mesa fueron evolucionando a lo largo de los dos siglos posteriores, cuando alcanzaron su apogeo.

Se trataba de grabados sobre lino que coloreaban a mano mujeres de pocos recursos y niños hasta mediados del siglo XIX. En Inglaterra se convirtieron en piezas de arte didácticas en las que convivían la astronomía, la ética, las matemáticas, la historia y la geografía.

A Arthur Liman, estos juegos le parecían «una ventana a los hábitos morales de su época», puesto que todos ellos cuentan, a su manera, «lo que los ingleses de los siglos XVIII y XIX consideraban bueno, malo, divertido y relevante».

«No fue casualidad que estos juegos surgieran de la industria de la impresión, que acababa de inventar la literatura infantil como género. Los avances en la fabricación ayudaron a los artistas y a los impresores a crear juegos atractivos, duraderos y relativamente asequibles para las clases medias en expansión», escribió Robin Hoffman, investigador especializado en literatura infantil victoriana y cultura impresa británica.

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Para Hoffman, la colección Liman es mucho más que un documento histórico: «nos permite seguir el curso de la Revolución Industrial y la expansión del Imperio Británico, así como las actitudes cambiantes en cuanto a la niñez y la educación».

Los juegos de temática geográfica surgieron y proliferaron a medida que el imperio se expandía, para dar a conocer las colonias, pero también para enseñar a los niños ingleses cuál era su lugar en el mundo: el centro.

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En algunos de estos juegos proliferaron prejuicios sobre otros lugares y topónimos que, sin ser los oficiales, se aproximaban más a los intereses imperialistas británicos. Como suele ocurrir en los mapas, aquellos que los crean tienden a colocarse en el centro del mundo. Los juegos de mesa de contenido geográfico no eran la excepción.

En este sentido, destaca Voyage Around the World, de 1830. «Si el jugador cayera en Calcuta, leería sobre la sofocación de 146 soldados ingleses en El agujero negro en 1756 y perdería un turno «para lamentar la barbaridad».

Por otro lado, si cayera en París, sería enviado a «parar durante dos turnos para disfrutar en esta ciudad gay». En este juego, los habitantes de Tripoli eran «todos piratas» y Australia recibe un nombre de prisión: Fort Jackson. Llegar a Londres, cómo no, significaba ganar.

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Hace décadas, una pareja inglesa descubrió que podía compartir una afición y la elevó a la categoría de obsesión. Ellen y Arthur Liman empezaron a buscar juegos de mesa georgianos y victorianos. Juntos y de manera desesperada recorrieron tiendas de antigüedades, ventas de garaje, casas de subastas, mercadillos y páginas web en busca de antiguos objetos cotidianos que habían alcanzado un valor incalculable.

Para Ellen, pintora, los juegos de mesa antiguos se habían convertido en piezas de arte; para Arthur, abogado, eran pedazos de historia que podía tocar. Su obsesión hizo que un objeto pasara a ser inseparable: la linterna. Iban tan temprano en busca de juegos que a veces ni había amanecido. Su único objetivo, como si su afición fuera habitual, era llegar antes que la competencia y llevarse todos los juegos que encontraran. ¿Por qué?

En los siglos XVIII y XIX, los juegos de mesa ingleses eran auténticas obras de arte pintadas a mano. Además de sorprender por su belleza, estos juegos aportan información sobre la cultura inglesa de la época victoriana y su forma de entender el mundo, puesto que más allá del entretenimiento y la divulgación, se trataba de juegos moralizantes en algunos casos.

Ahora, Ellen Liman ha reunido los juegos que coleccionó con su marido y que él catalogó. El volumen, titulado Georgian and Victorian Board Games: The Liman Collection (editado por Pointed Leaf Press) contiene ilustraciones de hasta 50 juegos. Como dejó Arthur por escrito, las piezas de su colección servirían tanto para ponerlas sobre la mesa y jugar como para enmarcarlas por el mero placer de contemplarlas.

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Su colección, probablemente la más rica en juegos de mesa georgianos y victorianos, abarca desde 1790 hasta 1850, época en la que se dejaron de pintar a mano.

Lo que Ellen no sabía, cuando se dispuso a reunir aquello que tanto la había unido a su difunto esposo, era que él había dejado escrito un texto sobre estos juegos. Lo encontró en un cajón veinte años después de su muerte. Las palabras de su marido son las que abren el libro.

«En la época previa a la radio, la televisión, el fonógrafo y las imágenes en movimiento, las familias tuvieron que proporcionarse su propio entretenimiento hogareño. Así que esta necesidad coincidió, en parte, con la introducción de los juegos de mesa», escribió Arthur Liman.

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En el siglo XVII había aparecido el juego de mesa más básico. Al principio, no incluían dados por sus asociaciones con el tipo de juegos del que se pretendía mantener alejados a los niños. Los juegos de mesa fueron evolucionando a lo largo de los dos siglos posteriores, cuando alcanzaron su apogeo.

Se trataba de grabados sobre lino que coloreaban a mano mujeres de pocos recursos y niños hasta mediados del siglo XIX. En Inglaterra se convirtieron en piezas de arte didácticas en las que convivían la astronomía, la ética, las matemáticas, la historia y la geografía.

A Arthur Liman, estos juegos le parecían «una ventana a los hábitos morales de su época», puesto que todos ellos cuentan, a su manera, «lo que los ingleses de los siglos XVIII y XIX consideraban bueno, malo, divertido y relevante».

«No fue casualidad que estos juegos surgieran de la industria de la impresión, que acababa de inventar la literatura infantil como género. Los avances en la fabricación ayudaron a los artistas y a los impresores a crear juegos atractivos, duraderos y relativamente asequibles para las clases medias en expansión», escribió Robin Hoffman, investigador especializado en literatura infantil victoriana y cultura impresa británica.

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Para Hoffman, la colección Liman es mucho más que un documento histórico: «nos permite seguir el curso de la Revolución Industrial y la expansión del Imperio Británico, así como las actitudes cambiantes en cuanto a la niñez y la educación».

Los juegos de temática geográfica surgieron y proliferaron a medida que el imperio se expandía, para dar a conocer las colonias, pero también para enseñar a los niños ingleses cuál era su lugar en el mundo: el centro.

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En algunos de estos juegos proliferaron prejuicios sobre otros lugares y topónimos que, sin ser los oficiales, se aproximaban más a los intereses imperialistas británicos. Como suele ocurrir en los mapas, aquellos que los crean tienden a colocarse en el centro del mundo. Los juegos de mesa de contenido geográfico no eran la excepción.

En este sentido, destaca Voyage Around the World, de 1830. «Si el jugador cayera en Calcuta, leería sobre la sofocación de 146 soldados ingleses en El agujero negro en 1756 y perdería un turno «para lamentar la barbaridad».

Por otro lado, si cayera en París, sería enviado a «parar durante dos turnos para disfrutar en esta ciudad gay». En este juego, los habitantes de Tripoli eran «todos piratas» y Australia recibe un nombre de prisión: Fort Jackson. Llegar a Londres, cómo no, significaba ganar.

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