5 de marzo 2018    /   CREATIVIDAD
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El proceso creativo de Julio Camba: escribir como digerir

5 de marzo 2018    /   CREATIVIDAD     por          
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A Julio Camba no le gustaba escribir. Habría preferido morirse de hambre antes que ser escritor. Así lo dijo, pero hizo justo lo contrario. De un hombre que no soportaba leer en bibliotecas porque le daban ganas de fumar y que no fumaba en cuartos para fumadores porque le daban ganas de leer, no sorprende que no tuviera ningún interés en el ejercicio metódico de su oficio. Ni que para escribir renegara de los escritorios. Para leer prefería la cama, a poder ser, una de un hotel; y también una visera verde.

Cuando escuchaba y volcaba sobre el papel, el periodista gallego se sentía tan peluquero como calamar y avestruz. Y también temía volverse idiota.

Camba quiso desmitificar los tópicos que envolvían su trabajo y por eso no dudó en burlarse de la inspiración y admitir que no decía más que tonterías por el bien común. Así lo expuso en una de sus columnas: «La cuestión es pasar el rato, y yo no quiero callarme una tontería que pueda divertirnos a todos para dármelas de hombre serio y sesudo».

Pero esas tonterías estaban especialmente reservadas al escritor diario. Aquel que se enfrenta al papel en blanco todos los días y tiene que entregar una columna irremediablemente antes de irse a dormir, tiene derecho a no decir genialidades –ni a vivirlas– constantemente.

«Si hoy escribimos una tontería, también ayer hemos escrito otra y es de esperar que mañana lancemos una nueva. Nuestra tontería tiene una perfecta continuidad en el tiempo, y el lector no la advierte porque ha olvidado su comienzo y no adivina su fin», escribió.

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Su proceso creativo, si le hubiéramos preguntado a él, posiblemente habría sido inexistente. Pero las columnas recogidas por Francisco Fuster en Maneras de ser periodista (Libros del KO), permiten vislumbrar a un hombre cuya creatividad siempre aparecía en un café o en la calle, nunca ante paisajes bucólicos. Para crear, Camba necesitaba el bullicio de la gente. Así lo resumía él: «En plena naturaleza soy hombre muerto».

El peligro de volverse idiota

Camba creía que los escritores se volvían idiotas cuantos más seguidores tenían. Un día recibió una carta de un admirador. Era un señor de un pequeño pueblo de Guadalajara. El arousano comenzó a sentir miedo ante la posibilidad de defraudar al único hombre que le había halagado por carta.

Cada vez que empezaba a escribir, pensaba en él. A medida que avanzaba, se preguntaba si «le gustará este tema al señor de Guadalajara». Borró, rehizo, y llegó a una conclusión: «Ahora comprendo por qué tantos escritores malos tienen tantos y tan buenos admiradores. Con dos admiradores más, yo me volveré completamente idiota».

A mí me parece, cuando escribo, que escribo en un escaparate, como unas muchachas que escriben en unos escaparates de Londres para hacer la réclame de unas plumas estilográficas, y que todo el mundo me ve. Entonces me siento invadido de vergüenza

Él ya se sentía observado cuando escribía, porque se dirigía a sus lectores como si con ellos compartiera una tertulia de bar. Lo que él quería era que, cuando escribiera desde el extranjero, sus lectores acudieran a su cita diaria con él como quien acude a un buen amigo para preguntarle si es verdad lo que dicen los periódicos.

El señor de Guadalajara solo vino a acrecentar esa sensación en un hombre que, al menos al principio, era tímido. La vergüenza quedó también reflejada en una columna en la que lamentó dedicarse al texto corto: ese era el que se leía.

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Cuando más admirado se sintió Camba fue precisamente en la época en la que no escribió. Él se reconocía escritor poco fecundo y era capaz de arrancar así una columna: «Hace exactamente 10 meses que el autor de estas líneas no lo ha sido de ningunas otras». Tampoco ocultó que la pereza era su «vicio central» y su «pasión única». Convertir su trabajo en puro ocio era su único anhelo.

Contra la inspiración

«A mí la naturaleza me produce una sola inspiración: la de dormir», escribió pensando en el mar, fuente de inspiración para tantos. Camba creía que era muy fácil robar todo el romanticismo al mar. Sacar un poco de agua y dejarla en una palangana era suficiente para que el mar fuera de todo menos inspirador. Bueno, para quienes creyeran en la inspiración. Él tenía claro que eso no existía y que, de existir, no tenía ningún sentido que acudiera a los escritores y no a los cerrajeros y a los panaderos.

Camba decía que, cuando se creía que un escritor trabajaba solo bajo el influjo de la inspiración, el profesional de las letras «ponía una cara más alelada». Ese gesto, sumado al aumento de incongruencias, era lo que le permitía que «se le consideraba más cerca de la creación genial».

Lo fácil es concluir que un escritor que no cree en la inspiración es un hombre metódico que, fiel a unas rutinas, se esfuerza a diario por alcanzar el texto perfecto. Pues tampoco. Julio Camba odiaba escribir, o eso quiso hacer creer a sus lectores para quitarse méritos.

Fiel a la creencia de que es el autor el que genera la inspiración dentro de sí, y no alguien que la espera, trató de exponer los medios para obtenerla: «El más común consiste, como ya hemos dicho, en soplar y resoplar, y tiene un carácter esencialmente neumático, pero también hay quien se inspira rascándose el occipucio o royéndose las uñas».

…yo no podría trabajar nunca en una forma metódica. Yo no puedo leer en una biblioteca, que es, sin embargo, un establecimiento organizado para la lectura. Leo en la cama, que es un mueble hecho para dormir; pero en una biblioteca no leo». «Y así como no puedo leer en una biblioteca donde me entran ganas de fumar, ni puedo fumar en un smoking-room, donde me entran ganas de leer, así no puedo tampoco escribir en un escritorio.

«¿Por qué procedimiento se transformaba nuestra conversación en artículos y noticias?», se preguntó. Para Camba, los periódicos se hacían solos. Entre cafeína, nicotina y charla, el periodista descubría que el periódico, de pronto, estaba hecho. Hablaba la experiencia: «Yo, el abajo firmante, he ‘trabajado’ durante dos años en un periódico que se hacía solo. Ordinariamente, los redactores nos reuníamos en torno de una mesa muy grande, pedíamos café y comenzábamos a charlar y a fumar pitillos».

Desplegable incluido en el libro Maneras de ser periodista
Desplegable incluido en el libro Maneras de ser periodista

En su intento constante de restar importancia a su proceso creativo, Camba llegó a sugerir el paralelismo más escatológico posible con elegancia. Lo dijo sin decirlo: «Para hacer un artículo yo me encierro por las tardes en un cuarto con un poco de papel. Allí comienzo a hacer esfuerzos y el artículo sale. Unas veces sale fácil, fluido, abundante; otras sale duro, difícil y escaso, pero siempre sale».

Decía Camba que él en sus crónicas se veía como «una rana que estuviese en un frasco de alcohol» y que su sistema digestivo producía artículos como si se tratara de un avestruz. La rana no fue el único animal con el que se comparó al hablar de su trabajo. El calamar se le antojó muy parecido al periodista por dos razones: «Puede tomar a voluntad el color que más le convenga y en que se defiende con la tinta».

El avestruz, por su parte, «lo convierte todo en cosa de comer y lo digiere todo: el articulista lo reduce todo a un artículo periodístico». Ese era, en resumen, su problema con el mar: que él podía reducir toda su hermosura a una columna.

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A Julio Camba no le gustaba escribir. Habría preferido morirse de hambre antes que ser escritor. Así lo dijo, pero hizo justo lo contrario. De un hombre que no soportaba leer en bibliotecas porque le daban ganas de fumar y que no fumaba en cuartos para fumadores porque le daban ganas de leer, no sorprende que no tuviera ningún interés en el ejercicio metódico de su oficio. Ni que para escribir renegara de los escritorios. Para leer prefería la cama, a poder ser, una de un hotel; y también una visera verde.

Cuando escuchaba y volcaba sobre el papel, el periodista gallego se sentía tan peluquero como calamar y avestruz. Y también temía volverse idiota.

Camba quiso desmitificar los tópicos que envolvían su trabajo y por eso no dudó en burlarse de la inspiración y admitir que no decía más que tonterías por el bien común. Así lo expuso en una de sus columnas: «La cuestión es pasar el rato, y yo no quiero callarme una tontería que pueda divertirnos a todos para dármelas de hombre serio y sesudo».

Pero esas tonterías estaban especialmente reservadas al escritor diario. Aquel que se enfrenta al papel en blanco todos los días y tiene que entregar una columna irremediablemente antes de irse a dormir, tiene derecho a no decir genialidades –ni a vivirlas– constantemente.

«Si hoy escribimos una tontería, también ayer hemos escrito otra y es de esperar que mañana lancemos una nueva. Nuestra tontería tiene una perfecta continuidad en el tiempo, y el lector no la advierte porque ha olvidado su comienzo y no adivina su fin», escribió.

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Su proceso creativo, si le hubiéramos preguntado a él, posiblemente habría sido inexistente. Pero las columnas recogidas por Francisco Fuster en Maneras de ser periodista (Libros del KO), permiten vislumbrar a un hombre cuya creatividad siempre aparecía en un café o en la calle, nunca ante paisajes bucólicos. Para crear, Camba necesitaba el bullicio de la gente. Así lo resumía él: «En plena naturaleza soy hombre muerto».

El peligro de volverse idiota

Camba creía que los escritores se volvían idiotas cuantos más seguidores tenían. Un día recibió una carta de un admirador. Era un señor de un pequeño pueblo de Guadalajara. El arousano comenzó a sentir miedo ante la posibilidad de defraudar al único hombre que le había halagado por carta.

Cada vez que empezaba a escribir, pensaba en él. A medida que avanzaba, se preguntaba si «le gustará este tema al señor de Guadalajara». Borró, rehizo, y llegó a una conclusión: «Ahora comprendo por qué tantos escritores malos tienen tantos y tan buenos admiradores. Con dos admiradores más, yo me volveré completamente idiota».

A mí me parece, cuando escribo, que escribo en un escaparate, como unas muchachas que escriben en unos escaparates de Londres para hacer la réclame de unas plumas estilográficas, y que todo el mundo me ve. Entonces me siento invadido de vergüenza

Él ya se sentía observado cuando escribía, porque se dirigía a sus lectores como si con ellos compartiera una tertulia de bar. Lo que él quería era que, cuando escribiera desde el extranjero, sus lectores acudieran a su cita diaria con él como quien acude a un buen amigo para preguntarle si es verdad lo que dicen los periódicos.

El señor de Guadalajara solo vino a acrecentar esa sensación en un hombre que, al menos al principio, era tímido. La vergüenza quedó también reflejada en una columna en la que lamentó dedicarse al texto corto: ese era el que se leía.

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Cuando más admirado se sintió Camba fue precisamente en la época en la que no escribió. Él se reconocía escritor poco fecundo y era capaz de arrancar así una columna: «Hace exactamente 10 meses que el autor de estas líneas no lo ha sido de ningunas otras». Tampoco ocultó que la pereza era su «vicio central» y su «pasión única». Convertir su trabajo en puro ocio era su único anhelo.

Contra la inspiración

«A mí la naturaleza me produce una sola inspiración: la de dormir», escribió pensando en el mar, fuente de inspiración para tantos. Camba creía que era muy fácil robar todo el romanticismo al mar. Sacar un poco de agua y dejarla en una palangana era suficiente para que el mar fuera de todo menos inspirador. Bueno, para quienes creyeran en la inspiración. Él tenía claro que eso no existía y que, de existir, no tenía ningún sentido que acudiera a los escritores y no a los cerrajeros y a los panaderos.

Camba decía que, cuando se creía que un escritor trabajaba solo bajo el influjo de la inspiración, el profesional de las letras «ponía una cara más alelada». Ese gesto, sumado al aumento de incongruencias, era lo que le permitía que «se le consideraba más cerca de la creación genial».

Lo fácil es concluir que un escritor que no cree en la inspiración es un hombre metódico que, fiel a unas rutinas, se esfuerza a diario por alcanzar el texto perfecto. Pues tampoco. Julio Camba odiaba escribir, o eso quiso hacer creer a sus lectores para quitarse méritos.

Fiel a la creencia de que es el autor el que genera la inspiración dentro de sí, y no alguien que la espera, trató de exponer los medios para obtenerla: «El más común consiste, como ya hemos dicho, en soplar y resoplar, y tiene un carácter esencialmente neumático, pero también hay quien se inspira rascándose el occipucio o royéndose las uñas».

…yo no podría trabajar nunca en una forma metódica. Yo no puedo leer en una biblioteca, que es, sin embargo, un establecimiento organizado para la lectura. Leo en la cama, que es un mueble hecho para dormir; pero en una biblioteca no leo». «Y así como no puedo leer en una biblioteca donde me entran ganas de fumar, ni puedo fumar en un smoking-room, donde me entran ganas de leer, así no puedo tampoco escribir en un escritorio.

«¿Por qué procedimiento se transformaba nuestra conversación en artículos y noticias?», se preguntó. Para Camba, los periódicos se hacían solos. Entre cafeína, nicotina y charla, el periodista descubría que el periódico, de pronto, estaba hecho. Hablaba la experiencia: «Yo, el abajo firmante, he ‘trabajado’ durante dos años en un periódico que se hacía solo. Ordinariamente, los redactores nos reuníamos en torno de una mesa muy grande, pedíamos café y comenzábamos a charlar y a fumar pitillos».

Desplegable incluido en el libro Maneras de ser periodista
Desplegable incluido en el libro Maneras de ser periodista

En su intento constante de restar importancia a su proceso creativo, Camba llegó a sugerir el paralelismo más escatológico posible con elegancia. Lo dijo sin decirlo: «Para hacer un artículo yo me encierro por las tardes en un cuarto con un poco de papel. Allí comienzo a hacer esfuerzos y el artículo sale. Unas veces sale fácil, fluido, abundante; otras sale duro, difícil y escaso, pero siempre sale».

Decía Camba que él en sus crónicas se veía como «una rana que estuviese en un frasco de alcohol» y que su sistema digestivo producía artículos como si se tratara de un avestruz. La rana no fue el único animal con el que se comparó al hablar de su trabajo. El calamar se le antojó muy parecido al periodista por dos razones: «Puede tomar a voluntad el color que más le convenga y en que se defiende con la tinta».

El avestruz, por su parte, «lo convierte todo en cosa de comer y lo digiere todo: el articulista lo reduce todo a un artículo periodístico». Ese era, en resumen, su problema con el mar: que él podía reducir toda su hermosura a una columna.

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