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15 de octubre 2013    /   ENTRETENIMIENTO
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Karma, una mirada fotográfica al interior (de los coches)

15 de octubre 2013    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Vivimos en nuestros mundos, cada uno diferente, único y especial. Ahí desarrollamos sensibilidades, fobias y seguridades, las que nos hacen sentirnos cómodos dentro de un lugar que controlamos. Los coches son prolongaciones de las zonas de confort, burbujas de paz dentro de un caos organizado.

Se trata de una necesidad del ser humano. Todos necesitan su espacio, un lugar en el que el corazón deje de latir a cien por hora, en el que se deje de sudar y de temblar. Solo por el hecho de estar ahí. Cada uno encuentra este lugar, ese estado, a su manera y cada manera es innegociable, inquebrantable e indiscutible porque forma parte de cada cual.

El fotógrafo Óscar Monzón se ha pasado cuatro años construyendo Karma, retando a la delgada línea que separa lo privado de lo público, un límite que se hace más difuso cuando el espacio íntimo es un automóvil. «Siempre he sufrido una atracción hacia los coches, aún no sé por qué, y así he desembocado en este proyecto», explica el propio fotógrafo. «He exprimido el motivo del coche todo lo que he podido. Para pasar tanto tiempo fotografiando lo mismo necesito tener un en enganche que vaya más allá de lo documental».

El estudio antropológico de Monzón ha sido, por lo tanto, ajeno y también propio. Confiesa que le ha marcado profundamente el ambiente de los clubes de techno, que mezclan luces estroboscópicas, sonidos repetitivos, tecnología y personas, entre otras muchas cosas. «Todos estos elementos los he podido reencontrar mediante la técnica que utilizo y con el coche como motivo», señala.

Karma muestra, según su autor, «el estado de alerta en el que nos encontramos cuando estamos en grupo, que es más o menos intenso según el entorno. El coche permite desconectar de esa presión pero dentro aún del espacio público, con lo cual es posible encontrar actitudes muy diferentes de las que encontraría fuera de él, mucho más trabajando de noche».

Monzón no ha querido ocultarse en ningún momento. La reacción ante la invasión también forma parte de la sensación de intimidad. «Quería que mi presencia fuera evidente y por eso utilicé el flash, para darle al fotografiado la oportunidad de expresarse, de reaccionar», declara el fotógrafo malagueño.

El libro habla de agresividad y aislamiento, de desorden y soledad, de interacción humana y de «violencia y potencia contenida de las máquinas que conducimos». Han sido muchas noches, muchas horas y muchos disparos hasta conseguir cada imagen en condiciones lamentables de luz, en situaciones muy complicadas. Monzón quería confrontar fotografía e intimidad y el trabajo avanzó hasta desnudar la relación entre los humanos y sus vehículos, que es algo que le llamaba desde hace años. «¿Qué carencias, instintos y anhelos hay en el ser humano como especie para construir estas máquinas y abusar así de ellas, para que tengan estas formas que recuerdan a depredadores?», se pregunta.

La respuesta, su respuesta, está en Karma, editado por Dalpine.

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Vivimos en nuestros mundos, cada uno diferente, único y especial. Ahí desarrollamos sensibilidades, fobias y seguridades, las que nos hacen sentirnos cómodos dentro de un lugar que controlamos. Los coches son prolongaciones de las zonas de confort, burbujas de paz dentro de un caos organizado.

Se trata de una necesidad del ser humano. Todos necesitan su espacio, un lugar en el que el corazón deje de latir a cien por hora, en el que se deje de sudar y de temblar. Solo por el hecho de estar ahí. Cada uno encuentra este lugar, ese estado, a su manera y cada manera es innegociable, inquebrantable e indiscutible porque forma parte de cada cual.

El fotógrafo Óscar Monzón se ha pasado cuatro años construyendo Karma, retando a la delgada línea que separa lo privado de lo público, un límite que se hace más difuso cuando el espacio íntimo es un automóvil. «Siempre he sufrido una atracción hacia los coches, aún no sé por qué, y así he desembocado en este proyecto», explica el propio fotógrafo. «He exprimido el motivo del coche todo lo que he podido. Para pasar tanto tiempo fotografiando lo mismo necesito tener un en enganche que vaya más allá de lo documental».

El estudio antropológico de Monzón ha sido, por lo tanto, ajeno y también propio. Confiesa que le ha marcado profundamente el ambiente de los clubes de techno, que mezclan luces estroboscópicas, sonidos repetitivos, tecnología y personas, entre otras muchas cosas. «Todos estos elementos los he podido reencontrar mediante la técnica que utilizo y con el coche como motivo», señala.

Karma muestra, según su autor, «el estado de alerta en el que nos encontramos cuando estamos en grupo, que es más o menos intenso según el entorno. El coche permite desconectar de esa presión pero dentro aún del espacio público, con lo cual es posible encontrar actitudes muy diferentes de las que encontraría fuera de él, mucho más trabajando de noche».

Monzón no ha querido ocultarse en ningún momento. La reacción ante la invasión también forma parte de la sensación de intimidad. «Quería que mi presencia fuera evidente y por eso utilicé el flash, para darle al fotografiado la oportunidad de expresarse, de reaccionar», declara el fotógrafo malagueño.

El libro habla de agresividad y aislamiento, de desorden y soledad, de interacción humana y de «violencia y potencia contenida de las máquinas que conducimos». Han sido muchas noches, muchas horas y muchos disparos hasta conseguir cada imagen en condiciones lamentables de luz, en situaciones muy complicadas. Monzón quería confrontar fotografía e intimidad y el trabajo avanzó hasta desnudar la relación entre los humanos y sus vehículos, que es algo que le llamaba desde hace años. «¿Qué carencias, instintos y anhelos hay en el ser humano como especie para construir estas máquinas y abusar así de ellas, para que tengan estas formas que recuerdan a depredadores?», se pregunta.

La respuesta, su respuesta, está en Karma, editado por Dalpine.

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