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20 de marzo 2015    /   IDEAS
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Forzados a tomarse vacaciones

20 de marzo 2015    /   IDEAS     por          
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Karoshi, este término japonés que transmite suavidad  con su morfología mullida, esa ‘sh’ que suena a geisha para los profanos en el idioma nipón, está purgado de toda belleza; significa ‘muerte por exceso de trabajo’.
La sabiduría popular aprendida dicta que pocos momentos se esperan con más avidez a lo largo del año que las vacaciones. Muchas veces el trabajador tiene que pelear (amablemente o no tanto) con su supervisor por los días y las fechas. No a todo supervisor le sienta bien que el trabajador se tome vacaciones y, si es un punto canalla, pone zancadillas para evitarlo. Pero lo que sucede mucho más raramente es que el trabajador, motu proprio, evite irse de vacaciones.
No sucede en muchos sitios –al menos en España resulta insólito– pero sí en Japón, donde el Gobierno quiere aprobar una ley para que sea ilegal no cogerse vacaciones. Es decir, para que se pueda multar o procesar a un trabajador por no tomarse su debido descanso cada año. La medida está orientada a acabar con los karoshi y, en general, con el estrés brutal que muchos acusan en el trabajo. Japón arrastra este problema desde hace décadas. El primer caso considerado como muerte por exceso de trabajo data de 1969, cuando un empleado del departamento de ventas del principal periódico japonés murió súbitamente con 29 años.
Poco tiene que ver la cultura japonesa del trabajo con la española, por poner un ejemplo opuesto. Dejando de lado los clichés de la vagancia y el escaqueo –que últimamente parecen haberse cambiado por términos tan de moda como explotación y precariedad–,mientras una jornada de 40 horas que llega a las 50 y a las 60 con los ratos extra (no pagados) nos parece agotadora, en Japón están documentados casos de 110 horas de trabajo semanales. Estas eran las que llegó a hacer el señor Kanameda para una compañía de comida rápida antes de morir con 34 años.

 busy.pochi bajo licencia CC
busy.pochi bajo licencia CC

Esas 110 horas que Kanameda llegó a trabajar alguna semana casi triplican la jornada típica de 40 horas semanales. Una semana solo tiene 168 horas, así que a este japonés a veces solo le quedaban 58 horas para ir y volver del trabajo, comer y suponemos que dormir un poco. Es el propio trabajador el que decide imponerse este rigor laboral sobrehumano. Pero tampoco a ningún responsable en la empresa se le ocurrió contratar a otras dos personas, que habrían cumplido las 110 horas a la semana y alguna más sin necesidad de que alguien muriera.
Esta cultura del trabajo no existe en España, pero la crisis ha sido la excusa perfecta para hacer eslóganes corporativos de frases como «hay que arrimar el hombro», «está la cosa mu mal» o «estamos todos en la cuerda floja». Unos más que otros, claro. La conclusión es: a trabajar más. Sin embargo, el milagro económico japonés después de la Segunda Guerra Mundial no se obró por arte de magia. La productividad se disparó porque las empresas lograron ser ultraeficientes. Fue en este caldo de cultivo donde se crearon unas condiciones de trabajo que premian la intensidad, la continua mejora y, sobre todo, castigan todo lo que suponga pérdida de productividad.
En una situación de crisis muchas empresas quieren hacer más con menos y es inevitable que los empleados acaben contagiándose de esta filosofía. Se empieza trabajando más horas a regañadientes, después se hace por norma y al cabo de una temporada nadie se pregunta por qué se sale dos horas tarde cada día del trabajo. De aquí a dejarse días de vacaciones sin disfrutar hay un paso. No hay que llegar a una situación tan extrema como los casos de los karoshi. En Estados Unidos no es obligatorio dar vacaciones y el pasado año casi la mitad de los trabajadores no se tomaron ni un solo día.
Si en 1936, el gobierno francés firmó con los sindicatos los Acuerdos de Matignon, que garantizaban vacaciones pagadas a los trabajadores, no han tenido que pasar ni 80 años para que otro gobierno, el japonés, tenga que obligar por ley a los trabajadores a que se las tomen. Después de los Acuerdos de Matignon, el resto de países fueron adoptando paulatinamente las vacaciones pagadas. Y Japón, ¿creará escuela con esto?
Patrick Gensel bajo licencia CC
Patrick Gensel bajo licencia CC

 
Imagen de portada:  ben+maggie bajo licencia CC

Karoshi, este término japonés que transmite suavidad  con su morfología mullida, esa ‘sh’ que suena a geisha para los profanos en el idioma nipón, está purgado de toda belleza; significa ‘muerte por exceso de trabajo’.
La sabiduría popular aprendida dicta que pocos momentos se esperan con más avidez a lo largo del año que las vacaciones. Muchas veces el trabajador tiene que pelear (amablemente o no tanto) con su supervisor por los días y las fechas. No a todo supervisor le sienta bien que el trabajador se tome vacaciones y, si es un punto canalla, pone zancadillas para evitarlo. Pero lo que sucede mucho más raramente es que el trabajador, motu proprio, evite irse de vacaciones.
No sucede en muchos sitios –al menos en España resulta insólito– pero sí en Japón, donde el Gobierno quiere aprobar una ley para que sea ilegal no cogerse vacaciones. Es decir, para que se pueda multar o procesar a un trabajador por no tomarse su debido descanso cada año. La medida está orientada a acabar con los karoshi y, en general, con el estrés brutal que muchos acusan en el trabajo. Japón arrastra este problema desde hace décadas. El primer caso considerado como muerte por exceso de trabajo data de 1969, cuando un empleado del departamento de ventas del principal periódico japonés murió súbitamente con 29 años.
Poco tiene que ver la cultura japonesa del trabajo con la española, por poner un ejemplo opuesto. Dejando de lado los clichés de la vagancia y el escaqueo –que últimamente parecen haberse cambiado por términos tan de moda como explotación y precariedad–,mientras una jornada de 40 horas que llega a las 50 y a las 60 con los ratos extra (no pagados) nos parece agotadora, en Japón están documentados casos de 110 horas de trabajo semanales. Estas eran las que llegó a hacer el señor Kanameda para una compañía de comida rápida antes de morir con 34 años.

 busy.pochi bajo licencia CC
busy.pochi bajo licencia CC

Esas 110 horas que Kanameda llegó a trabajar alguna semana casi triplican la jornada típica de 40 horas semanales. Una semana solo tiene 168 horas, así que a este japonés a veces solo le quedaban 58 horas para ir y volver del trabajo, comer y suponemos que dormir un poco. Es el propio trabajador el que decide imponerse este rigor laboral sobrehumano. Pero tampoco a ningún responsable en la empresa se le ocurrió contratar a otras dos personas, que habrían cumplido las 110 horas a la semana y alguna más sin necesidad de que alguien muriera.
Esta cultura del trabajo no existe en España, pero la crisis ha sido la excusa perfecta para hacer eslóganes corporativos de frases como «hay que arrimar el hombro», «está la cosa mu mal» o «estamos todos en la cuerda floja». Unos más que otros, claro. La conclusión es: a trabajar más. Sin embargo, el milagro económico japonés después de la Segunda Guerra Mundial no se obró por arte de magia. La productividad se disparó porque las empresas lograron ser ultraeficientes. Fue en este caldo de cultivo donde se crearon unas condiciones de trabajo que premian la intensidad, la continua mejora y, sobre todo, castigan todo lo que suponga pérdida de productividad.
En una situación de crisis muchas empresas quieren hacer más con menos y es inevitable que los empleados acaben contagiándose de esta filosofía. Se empieza trabajando más horas a regañadientes, después se hace por norma y al cabo de una temporada nadie se pregunta por qué se sale dos horas tarde cada día del trabajo. De aquí a dejarse días de vacaciones sin disfrutar hay un paso. No hay que llegar a una situación tan extrema como los casos de los karoshi. En Estados Unidos no es obligatorio dar vacaciones y el pasado año casi la mitad de los trabajadores no se tomaron ni un solo día.
Si en 1936, el gobierno francés firmó con los sindicatos los Acuerdos de Matignon, que garantizaban vacaciones pagadas a los trabajadores, no han tenido que pasar ni 80 años para que otro gobierno, el japonés, tenga que obligar por ley a los trabajadores a que se las tomen. Después de los Acuerdos de Matignon, el resto de países fueron adoptando paulatinamente las vacaciones pagadas. Y Japón, ¿creará escuela con esto?
Patrick Gensel bajo licencia CC
Patrick Gensel bajo licencia CC

 
Imagen de portada:  ben+maggie bajo licencia CC

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