Publicado: 19 de octubre 2023 08:36  /   CIENCIA
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Kevin R. Wittmann: «Los mapas mienten maravillosamente»

El historiador del arte e investigador canario hace un recorrido por la historia de la cartografía desde la óptica cultural, psicológica y artística de los mapas.

Publicado: 19 de octubre 2023 08:36  /   CIENCIA     por          
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la huella de los mapas

No éramos cartógrafos, pero sabíamos dibujar mapas cuando jugábamos a piratas y escondíamos tesoros en imaginarias islas desiertas. Eran planos sencillos, con apenas un par de montañas, un sendero que rodeaba el islote y una palmera de forma extraña señalada con una enorme cruz. Ahí se encontraba el tesoro.

Es cierto que lo aprendimos de las películas y de los libros, pero ya teníamos inoculado el afán de registrar en un papel cómo era aquel territorio en el que se movía nuestra imaginación. Será porque, como dice Kevin R. Wittmann, «somos lo que cartografiamos», y entonces gozábamos de una felicidad sin curvas, ni barrancos ni giros inesperados.

Wittmann es historiador del arte y doctor en la Universidad de La Laguna (Tenerife) y divulgador, y ha centrado su línea de investigación en la historia de la cartografía desde la óptica de la historia cultural y de las mentalidades. También es el autor del libro La huella de los mapas. Cartografías de lo humano, publicado recientemente por geoPlaneta.

la huella de los mapas

«En cierta manera, nos representamos a nosotros mismos en función de los mapas; es decir, representamos nuestra propia visión del mundo a través de la representación cartográfica. Nuestra visión y la información que queremos transmitir», aclara el investigador.

Y al hacerlo, ya sea consciente o inconscientemente, nos retratamos a nosotros mismos en ellos, trasmitimos de esta forma una imagen propia y de los demás. «A fin de cuentas, un mapa es un texto, y como texto, como elemento cultural, nos define de alguna manera. Pero, claro, hay que saber leerlos en ese sentido y tener en cuenta que un mapa es mucho más que una representación gráfica de un territorio».

A lo largo del libro, Wittmann nos lleva de la mano por la historia de los mapas desde los orígenes de la humanidad hasta hoy. Una recopilación de historias que muestran cómo esos mapas han marcado nuestra forma de entender el mundo y cómo cada civilización, cada cultura, cada pueblo han ido definiéndose a sí mismos a través de su relación con el territorio que ocupaban y con el que les quedaba más lejos.

la huella de los mapas
Mapa de Abauntz

Y si algo queda claro después de leer su libro es que no hay una definición exacta de lo que es un mapa. Porque, además de esas representaciones que estamos acostumbrados a manejar y a ver, un mapa puede ser también una canción, como las songlines de los aborígenes australianos, o incluso un peinado, como los que hacen las palenqueras colombianas.

la huella de los mapas
El Hundidto, peinado de trenzas de Palenque (Colombia)

«A mí me gusta pensar que un mapa es algo así como la representación gráfica de conceptos espaciales, más allá del soporte en el que se realicen y de la forma en que se hagan. Por supuesto, no es una definición canónica ni completa, pero no es mal punto de partida», se anima a describir Wittmann. «A partir de eso, se puede reflexionar sobre todos los tentáculos, todas las patas y flecos que tiene la representación cartográfica o el concepto de mapa y que se nos quedan atrás».

De hecho, según el estudio que hizo un geógrafo hace unos años con el propósito de investigar todas las definiciones que se han hecho de los mapas a partir del siglo XVII, existen más de 300 diferentes. Y eso, dice el historiador del arte y autor de La huella de los mapas, habla de la complejidad del concepto cartográfico.

Más allá de la pura representación geográfica de un territorio

Lo cierto es que un mapa no se limita solo a describir un territorio y a representarlo sobre un plano. Eso es lo más básico, pero hay mapas y conceptos que manejamos con términos cartográficos que no representan necesariamente un territorio. Son los llamados mapas conceptuales, por ejemplo.

«Muchas veces partimos de la base de que es obvio que una representación cartográfica, más allá del material con el que esté hecha, tiene una base física, está hecha con un material, sea papel, cañas, la propia arena… Pero también los mapas invisibles tienen una importancia fundamental en determinadas culturas y en nuestra propia vida; lo que se llama mapas cognitivos, desde el punto de vista psicológico. Pensamos en términos cartográficos muchas veces, la mayoría del tiempo», corrobora Kevin R. Wittmann.

la huella de los mapas

«También los mapas que no se representan en una superficie hablan mucho de la identidad de una determinada sociedad». El ejemplo más claro son las songlines australianas, la manera en la que los aborígenes de aquel país cartografían el territorio a partir de canciones. «Esos mapas no están representados en ningún sitio, sino en la propia cultura, en la propia mente, en la propia idea colectiva que tienen los aborígenes australianos de diferentes culturas de entender y cartografiar su propio territorio».

Tampoco es necesario que un mapa represente un territorio real. Basta pensar en los que hizo Tolkien de la Tierra Media, o el del Macondo de Cien años de soledad o los que ideó Jonathan Swift en Los viajes de Gulliver, y así hasta un largo etcétera. De alguna manera, al cartografiar esos territorios imaginarios los hacemos reales, nos apropiamos de su orografía, de sus habitantes, de su cultura. Lo que no existe se convierte en verdad gracias a ser dibujado.

La huella de los mapas
Mapa de España de Lilian Lancaster
La huella de los mapas
Edgware, de Ed Fairburn (2018).

Al fin y al cabo, la imaginación siempre ha estado presente en los mapas. Qué era, si no, aquel Hic sunt dracones que se podía leer en ciertos mapamundis medievales antes del descubrimiento de américa, en los que se representaban monstruos y seres fantasiosos para describir lo desconocido a partir de ese punto.

Qué sería del ser humano sin la imaginación, se pregunta Wittmannn. Y esto, afirma, es también absolutamente clave en la representación cartográfica. Nos cuesta aceptar que un mapa también puede mentirnos porque le exigimos veracidad, porque lo entendemos como una representación fiel, objetiva, de un territorio. Pero cuando nos damos cuenta de que la imaginación, también de una forma voluntaria o involuntaria, está muy presente en la representación cartográfica a lo largo de la historia, aprendemos a valorar también los mapas de otra manera.

La huella de los mapas
Mapamundi de la edición de la ‘Geografía’ de Nicolaus Germanus (1467).

«En cualquier caso —aclara el autor de La huella de los mapas—, el diálogo, ese matrimonio entre elementos reales y legendarios o imaginarios es clave en nuestra forma de entender el mundo. De hecho, hoy es una práctica más o menos asentada o habitual que los cartógrafos y cartógrafas utilicen determinados detalles como marca de agua, como forma de anticiparse a posibles infracciones de los derechos de reproducción, representando callecitas que no existen o islas en el océano que realmente no están ahí, pero que son una especie de firma del cartógrafo y que son utilizados como argumento jurídico en el caso de que un mapa se plagie».

La huella de los mapas
Disco celeste de Nebra.

«Por tanto, creemos que conocemos el mundo de alguna manera, porque creemos que lo hemos cartografiado por completo, que lo conocemos en su totalidad», continúa explicando, «pero ese mundo no es tal y como nosotros lo representamos y, por tanto, como nosotros lo aprendemos y lo entendemos. Un lugar se hace real en la medida en que lo imaginamos y entramos en ese juego. Y eso es muy importante en la cartografía literaria y en los mapas literarios».

«Por ejemplo, la propia Tierra Media de Tolkien, la entendemos como parte de nuestra cultura popular y, de alguna manera, forma parte de nuestra vida también. Por supuesto, es un mapa de un territorio que no existe, pero existe en la medida en que forma parte de nuestra educación cultural. Por tanto, lo imaginario y lo simbólico también forma parte de esa representación del mundo, por mucho que esa representación la queramos hacer lo más fiable posible y lo más real posible».

La huella de los mapas
‘Warlugulong’, obra de Clifford Possum Tjapaltjarri (1977).

La dudosa (e inexistente) neutralidad de los mapas

En cualquier caso, un mapa es cualquier cosa menos neutral e inocente. «La atención al contexto cambia nuestra percepción de los mapas y del mundo en que vivimos», afirma Kevin R. Wittmannn en el libro. Porque un mapa siempre tiene un motivo detrás, un objetivo, una idea que representar. «Tener en cuenta el contexto en el que se realiza un mapa, por qué se realiza, por quién se realiza y para quién se hace es fundamental para entenderlo en toda su magnitud».

Un mapa, asegura Wittmannn, siempre, por definición, implica una elección de información. «Mostramos lo que queremos mostrar y escondemos lo que queremos esconder, porque también los silencios en los mapas son muy importantes. Muchas veces, los silencios hablan más que la propia información que está a la vista. Y esto sigue ocurriendo hoy».

Y pone el ejemplo de lo que ocurrió en 2011 con Google Maps, cuando el gobierno brasileño pidió a esa compañía que eliminara las favelas de los mapas de su aplicación para mejorar su imagen de país de cara al próximo Mundial de fútbol que se celebraría en Brasil. «Esto implica y demuestra que un mapa es también una herramienta de poder», concluye el historiador del arte.

La huella de los mapas
Serio-Comic War Map, de Fred W. Rose (1877).

Así pues, los mapas no son neutrales porque no pueden serlo, partiendo de que es imposible representar una esfera (el planeta) en una superficie plana sin que sufra ciertas deformaciones. De ahí la conocida frase de que «los mapas mienten maravillosamente». Porque por mucho que tendamos a identificar la representación de un país como ese país, no es así, es solo una representación distorsionada y bastante selectiva de él.

«El mapa se ha utilizado en muchas ocasiones como herramienta diplomática. El mundo en que vivimos, desde un punto de vista geopolítico, está configurado por mapas, y muchas de las tensiones diplomáticas y conflictos bélicos a lo largo de la historia (estamos viendo ahora uno terrible entre Palestina e Israel) tienen su origen, de alguna manera, en una representación cartográfica», asegura Wittmannn.

«Por tanto, los mapas, en el sentido de que definen un mundo, una imagen del mundo, la imagen del mundo que se muestra a los demás, son herramientas que pueden llegar a ser bastante peligrosas y nunca son neutrales. Por mucho que se intente, no lo son. Y cuando se intenta que no lo sean, pueden llegar a ser bastante peligrosas y destructivas», concluye.

No éramos cartógrafos, pero sabíamos dibujar mapas cuando jugábamos a piratas y escondíamos tesoros en imaginarias islas desiertas. Eran planos sencillos, con apenas un par de montañas, un sendero que rodeaba el islote y una palmera de forma extraña señalada con una enorme cruz. Ahí se encontraba el tesoro.

Es cierto que lo aprendimos de las películas y de los libros, pero ya teníamos inoculado el afán de registrar en un papel cómo era aquel territorio en el que se movía nuestra imaginación. Será porque, como dice Kevin R. Wittmann, «somos lo que cartografiamos», y entonces gozábamos de una felicidad sin curvas, ni barrancos ni giros inesperados.

Wittmann es historiador del arte y doctor en la Universidad de La Laguna (Tenerife) y divulgador, y ha centrado su línea de investigación en la historia de la cartografía desde la óptica de la historia cultural y de las mentalidades. También es el autor del libro La huella de los mapas. Cartografías de lo humano, publicado recientemente por geoPlaneta.

la huella de los mapas

«En cierta manera, nos representamos a nosotros mismos en función de los mapas; es decir, representamos nuestra propia visión del mundo a través de la representación cartográfica. Nuestra visión y la información que queremos transmitir», aclara el investigador.

Y al hacerlo, ya sea consciente o inconscientemente, nos retratamos a nosotros mismos en ellos, trasmitimos de esta forma una imagen propia y de los demás. «A fin de cuentas, un mapa es un texto, y como texto, como elemento cultural, nos define de alguna manera. Pero, claro, hay que saber leerlos en ese sentido y tener en cuenta que un mapa es mucho más que una representación gráfica de un territorio».

A lo largo del libro, Wittmann nos lleva de la mano por la historia de los mapas desde los orígenes de la humanidad hasta hoy. Una recopilación de historias que muestran cómo esos mapas han marcado nuestra forma de entender el mundo y cómo cada civilización, cada cultura, cada pueblo han ido definiéndose a sí mismos a través de su relación con el territorio que ocupaban y con el que les quedaba más lejos.

la huella de los mapas
Mapa de Abauntz

Y si algo queda claro después de leer su libro es que no hay una definición exacta de lo que es un mapa. Porque, además de esas representaciones que estamos acostumbrados a manejar y a ver, un mapa puede ser también una canción, como las songlines de los aborígenes australianos, o incluso un peinado, como los que hacen las palenqueras colombianas.

la huella de los mapas
El Hundidto, peinado de trenzas de Palenque (Colombia)

«A mí me gusta pensar que un mapa es algo así como la representación gráfica de conceptos espaciales, más allá del soporte en el que se realicen y de la forma en que se hagan. Por supuesto, no es una definición canónica ni completa, pero no es mal punto de partida», se anima a describir Wittmann. «A partir de eso, se puede reflexionar sobre todos los tentáculos, todas las patas y flecos que tiene la representación cartográfica o el concepto de mapa y que se nos quedan atrás».

De hecho, según el estudio que hizo un geógrafo hace unos años con el propósito de investigar todas las definiciones que se han hecho de los mapas a partir del siglo XVII, existen más de 300 diferentes. Y eso, dice el historiador del arte y autor de La huella de los mapas, habla de la complejidad del concepto cartográfico.

Más allá de la pura representación geográfica de un territorio

Lo cierto es que un mapa no se limita solo a describir un territorio y a representarlo sobre un plano. Eso es lo más básico, pero hay mapas y conceptos que manejamos con términos cartográficos que no representan necesariamente un territorio. Son los llamados mapas conceptuales, por ejemplo.

«Muchas veces partimos de la base de que es obvio que una representación cartográfica, más allá del material con el que esté hecha, tiene una base física, está hecha con un material, sea papel, cañas, la propia arena… Pero también los mapas invisibles tienen una importancia fundamental en determinadas culturas y en nuestra propia vida; lo que se llama mapas cognitivos, desde el punto de vista psicológico. Pensamos en términos cartográficos muchas veces, la mayoría del tiempo», corrobora Kevin R. Wittmann.

la huella de los mapas

«También los mapas que no se representan en una superficie hablan mucho de la identidad de una determinada sociedad». El ejemplo más claro son las songlines australianas, la manera en la que los aborígenes de aquel país cartografían el territorio a partir de canciones. «Esos mapas no están representados en ningún sitio, sino en la propia cultura, en la propia mente, en la propia idea colectiva que tienen los aborígenes australianos de diferentes culturas de entender y cartografiar su propio territorio».

Tampoco es necesario que un mapa represente un territorio real. Basta pensar en los que hizo Tolkien de la Tierra Media, o el del Macondo de Cien años de soledad o los que ideó Jonathan Swift en Los viajes de Gulliver, y así hasta un largo etcétera. De alguna manera, al cartografiar esos territorios imaginarios los hacemos reales, nos apropiamos de su orografía, de sus habitantes, de su cultura. Lo que no existe se convierte en verdad gracias a ser dibujado.

La huella de los mapas
Mapa de España de Lilian Lancaster
La huella de los mapas
Edgware, de Ed Fairburn (2018).

Al fin y al cabo, la imaginación siempre ha estado presente en los mapas. Qué era, si no, aquel Hic sunt dracones que se podía leer en ciertos mapamundis medievales antes del descubrimiento de américa, en los que se representaban monstruos y seres fantasiosos para describir lo desconocido a partir de ese punto.

Qué sería del ser humano sin la imaginación, se pregunta Wittmannn. Y esto, afirma, es también absolutamente clave en la representación cartográfica. Nos cuesta aceptar que un mapa también puede mentirnos porque le exigimos veracidad, porque lo entendemos como una representación fiel, objetiva, de un territorio. Pero cuando nos damos cuenta de que la imaginación, también de una forma voluntaria o involuntaria, está muy presente en la representación cartográfica a lo largo de la historia, aprendemos a valorar también los mapas de otra manera.

La huella de los mapas
Mapamundi de la edición de la ‘Geografía’ de Nicolaus Germanus (1467).

«En cualquier caso —aclara el autor de La huella de los mapas—, el diálogo, ese matrimonio entre elementos reales y legendarios o imaginarios es clave en nuestra forma de entender el mundo. De hecho, hoy es una práctica más o menos asentada o habitual que los cartógrafos y cartógrafas utilicen determinados detalles como marca de agua, como forma de anticiparse a posibles infracciones de los derechos de reproducción, representando callecitas que no existen o islas en el océano que realmente no están ahí, pero que son una especie de firma del cartógrafo y que son utilizados como argumento jurídico en el caso de que un mapa se plagie».

La huella de los mapas
Disco celeste de Nebra.

«Por tanto, creemos que conocemos el mundo de alguna manera, porque creemos que lo hemos cartografiado por completo, que lo conocemos en su totalidad», continúa explicando, «pero ese mundo no es tal y como nosotros lo representamos y, por tanto, como nosotros lo aprendemos y lo entendemos. Un lugar se hace real en la medida en que lo imaginamos y entramos en ese juego. Y eso es muy importante en la cartografía literaria y en los mapas literarios».

«Por ejemplo, la propia Tierra Media de Tolkien, la entendemos como parte de nuestra cultura popular y, de alguna manera, forma parte de nuestra vida también. Por supuesto, es un mapa de un territorio que no existe, pero existe en la medida en que forma parte de nuestra educación cultural. Por tanto, lo imaginario y lo simbólico también forma parte de esa representación del mundo, por mucho que esa representación la queramos hacer lo más fiable posible y lo más real posible».

La huella de los mapas
‘Warlugulong’, obra de Clifford Possum Tjapaltjarri (1977).

La dudosa (e inexistente) neutralidad de los mapas

En cualquier caso, un mapa es cualquier cosa menos neutral e inocente. «La atención al contexto cambia nuestra percepción de los mapas y del mundo en que vivimos», afirma Kevin R. Wittmannn en el libro. Porque un mapa siempre tiene un motivo detrás, un objetivo, una idea que representar. «Tener en cuenta el contexto en el que se realiza un mapa, por qué se realiza, por quién se realiza y para quién se hace es fundamental para entenderlo en toda su magnitud».

Un mapa, asegura Wittmannn, siempre, por definición, implica una elección de información. «Mostramos lo que queremos mostrar y escondemos lo que queremos esconder, porque también los silencios en los mapas son muy importantes. Muchas veces, los silencios hablan más que la propia información que está a la vista. Y esto sigue ocurriendo hoy».

Y pone el ejemplo de lo que ocurrió en 2011 con Google Maps, cuando el gobierno brasileño pidió a esa compañía que eliminara las favelas de los mapas de su aplicación para mejorar su imagen de país de cara al próximo Mundial de fútbol que se celebraría en Brasil. «Esto implica y demuestra que un mapa es también una herramienta de poder», concluye el historiador del arte.

La huella de los mapas
Serio-Comic War Map, de Fred W. Rose (1877).

Así pues, los mapas no son neutrales porque no pueden serlo, partiendo de que es imposible representar una esfera (el planeta) en una superficie plana sin que sufra ciertas deformaciones. De ahí la conocida frase de que «los mapas mienten maravillosamente». Porque por mucho que tendamos a identificar la representación de un país como ese país, no es así, es solo una representación distorsionada y bastante selectiva de él.

«El mapa se ha utilizado en muchas ocasiones como herramienta diplomática. El mundo en que vivimos, desde un punto de vista geopolítico, está configurado por mapas, y muchas de las tensiones diplomáticas y conflictos bélicos a lo largo de la historia (estamos viendo ahora uno terrible entre Palestina e Israel) tienen su origen, de alguna manera, en una representación cartográfica», asegura Wittmannn.

«Por tanto, los mapas, en el sentido de que definen un mundo, una imagen del mundo, la imagen del mundo que se muestra a los demás, son herramientas que pueden llegar a ser bastante peligrosas y nunca son neutrales. Por mucho que se intente, no lo son. Y cuando se intenta que no lo sean, pueden llegar a ser bastante peligrosas y destructivas», concluye.

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