2 de enero 2017    /   DIGITAL
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Kierkegaard, el seductor que desveló los trucos de su oficio

2 de enero 2017    /   DIGITAL     por          
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Algunas películas de ciencia ficción ya han adelantado la posibilidad de que te enamores de un robot. Pero en ellas, generalmente, las máquinas actúan tan sólo como psiquiatras de pacotilla. Es decir, repitiendo tu última frase, convertida en pregunta, con el fin de que continúes hablando.

  • Doctor, es que con ella me siento diferente.
  • ¿Diferente?
  • Sí, no sé, me ha devuelto las ganas de vivir.
  • ¿Las ganas de vivir?
  • Ya lo creo, incluso me ha cambiado el carácter.
  • ¿El carácter?
  • Bueno, antes era más tímido y ahora me atrevo a hablar con todo el mundo.

La fórmula, aunque tosca, termina germinando un sentimiento de empatía que puede confundirse con cierta forma de afecto. Eso sí, un afecto superficial del que podemos deshacernos con sólo desconectar el androide.

Pero la seducción más profunda, esa que nos enajena hasta el punto de sentir dolor ante la ausencia del otro, suele aparecer por un lugar diferente. Concretamente, desde el inacabable mundo de la ficción, convertida en eso que ahora, como si lo acabáramos descubrir, llamamos storytelling.

Las historias que nos hechizan generan una fascinación emocional que inevitablemente proyectamos sobre el emisor de las mismas. Muchos han sido los personajes de ficción que se han servido de ellas para alcanzar sus objetivos. Desde Sherezade (la buena) hasta Tenorio (el malo). Pero de todos ellos, el más diabólico, aunque también el menos conocido, es el personaje de Kierkegaard en su novela Diario del seductor. En ella, el satánico personaje describe sus aptitudes de la siguiente manera:

«Soy experto en contar una historia de modo que no se pierda el hilo ni que el final venga demasiado pronto. Conservar a los oyentes en una cierta tensión de espíritu, convencerme por medio de divagaciones de naturaleza episódica de cuál es el final que cada uno desea a la historia, conservarlos siempre desorientados acerca del camino que los acontecimientos pueden tomar es mi mayor placer».

Y para rematar, continúa diciendo:

«Servirme de dobles significados, de modo que los oyentes sólo perciban uno de ellos, y sólo después, repentinamente, vengan a darse cuenta de que mis palabras podían tener otro sentido: ese es mi arte».

Turing, en su famoso test sobre la inteligencia de los ordenadores, declaraba que una máquina piensa si es capaz de hacerle creer a su interlocutor que es un ser humano. Pero ahora hay que dar un paso más y decir: un robot seduce cuando es capaz de contarle historias a un ser humano hasta conseguir enamorarle. Es decir, hasta dominar ese maléfico arte tan bien retratado por Pierre Choderlos de Laclos en Las amistades peligrosas.

Últimamente se ha escrito bastante sobre el desarrollo de robots como unidades de placer sexual. La tecnología actual permitirá desarrollar modelos extremadamente sofisticados dentro de nada. Pero apenas se habla sobre esta otra implantación, mucho más impredecible: la de los androides programados para fabular historias según tu estado de ánimo. A fin de cuentas, el poder de la narrativa reside en su capacidad para hacernos creer en lo que no vemos. Y ese poder, en el  software de una máquina, podría llegar a convencernos justo de eso: de que un robot no es un robot.

Algunas películas de ciencia ficción ya han adelantado la posibilidad de que te enamores de un robot. Pero en ellas, generalmente, las máquinas actúan tan sólo como psiquiatras de pacotilla. Es decir, repitiendo tu última frase, convertida en pregunta, con el fin de que continúes hablando.

  • Doctor, es que con ella me siento diferente.
  • ¿Diferente?
  • Sí, no sé, me ha devuelto las ganas de vivir.
  • ¿Las ganas de vivir?
  • Ya lo creo, incluso me ha cambiado el carácter.
  • ¿El carácter?
  • Bueno, antes era más tímido y ahora me atrevo a hablar con todo el mundo.

La fórmula, aunque tosca, termina germinando un sentimiento de empatía que puede confundirse con cierta forma de afecto. Eso sí, un afecto superficial del que podemos deshacernos con sólo desconectar el androide.

Pero la seducción más profunda, esa que nos enajena hasta el punto de sentir dolor ante la ausencia del otro, suele aparecer por un lugar diferente. Concretamente, desde el inacabable mundo de la ficción, convertida en eso que ahora, como si lo acabáramos descubrir, llamamos storytelling.

Las historias que nos hechizan generan una fascinación emocional que inevitablemente proyectamos sobre el emisor de las mismas. Muchos han sido los personajes de ficción que se han servido de ellas para alcanzar sus objetivos. Desde Sherezade (la buena) hasta Tenorio (el malo). Pero de todos ellos, el más diabólico, aunque también el menos conocido, es el personaje de Kierkegaard en su novela Diario del seductor. En ella, el satánico personaje describe sus aptitudes de la siguiente manera:

«Soy experto en contar una historia de modo que no se pierda el hilo ni que el final venga demasiado pronto. Conservar a los oyentes en una cierta tensión de espíritu, convencerme por medio de divagaciones de naturaleza episódica de cuál es el final que cada uno desea a la historia, conservarlos siempre desorientados acerca del camino que los acontecimientos pueden tomar es mi mayor placer».

Y para rematar, continúa diciendo:

«Servirme de dobles significados, de modo que los oyentes sólo perciban uno de ellos, y sólo después, repentinamente, vengan a darse cuenta de que mis palabras podían tener otro sentido: ese es mi arte».

Turing, en su famoso test sobre la inteligencia de los ordenadores, declaraba que una máquina piensa si es capaz de hacerle creer a su interlocutor que es un ser humano. Pero ahora hay que dar un paso más y decir: un robot seduce cuando es capaz de contarle historias a un ser humano hasta conseguir enamorarle. Es decir, hasta dominar ese maléfico arte tan bien retratado por Pierre Choderlos de Laclos en Las amistades peligrosas.

Últimamente se ha escrito bastante sobre el desarrollo de robots como unidades de placer sexual. La tecnología actual permitirá desarrollar modelos extremadamente sofisticados dentro de nada. Pero apenas se habla sobre esta otra implantación, mucho más impredecible: la de los androides programados para fabular historias según tu estado de ánimo. A fin de cuentas, el poder de la narrativa reside en su capacidad para hacernos creer en lo que no vemos. Y ese poder, en el  software de una máquina, podría llegar a convencernos justo de eso: de que un robot no es un robot.

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Opiniones 2
  • ¿Acaso el guionista debería ser un seductor de este typo? Que vuelve maquiavélico, estratega en el mal sentido de la palabra, o sea calculador y sin escrúpulos??

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