Adrián Olmedo era un niño que estaba aprendiendo a bucear. En una de sus zambullidas, vio una piedra en el fondo del mar y le gustó tanto que decidió sacarla a la superficie y regalársela a su madre, que estaba en sentada en la arena leyendo. Su madre era Care Santos y guardó aquella piedra como si fuera un tesoro.
Muchos años después, el regalo de su hijo aún permanece en la mesa de su escritorio. «¿Pero aún la conservas?», le preguntó Adrián un día en que fue a visitarla. «Claro — respondió Care—, es el mejor regalo que me han hecho nunca». «Pues deberíamos escribirle una historia», propuso Adrián.






