6 de noviembre 2020    /   BUSINESS
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La adicción europea al combustible ruso

Los recursos naturales son una de las posesiones más preciadas de los países. Al mismo tiempo, son un elemento cuya existencia es producto de su localización geográfica, por encima de sus capacidades económicas o productivas. El establecimiento de dos bloques anticolonialistas tras la Segunda Guerra Mundial – la Unión Soviética y Estados Unidos– como las dos superpotencias principales del planeta trajo consigo una aceleración de los procesos de descolonización a lo largo del mundo. Para los países de la Unión Europea, muchos poseedores de colonias, estos procesos supusieron, además de la pérdida de la mayoría de sus territorios de ultramar, la renuncia a una gran parte de sus fuentes de recursos naturales. En la actualidad, eso supone una escasez de uno de los recursos más preciados para las naciones modernas e industrializadas: la energía

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Imagina que en todo tu edificio solo hay enchufes en la casa de tu vecino de arriba. Para poder mantener la nevera encendida tienes que pedirle que te deje enchufarla en su casa. Lo mismo cada vez que quieres encender el televisor. O cuando quieres poner el lavavajillas. 

Imagina que, además, en uno de los bajos comerciales del edificio tienes montada una lavandería para la que también requieres de una fuente de energía. Esa lavandería es tu única fuente de ingresos y, por lo tanto, también la responsable de alimentarte a ti y a toda tu familia.

Ahora imagínate que tu vecino de arriba es el país más grande del mundo, uno de los principales productores energéticos, y que está gobernado por un presidente obsesionado con devolver a su país al pabellón de las superpotencias. Tu vecino de arriba –el presidente– también exhibe algunas tendencias autoritarias y cierto desprecio por los derechos humanos y el derecho internacional.

Pues ese es, a grandes rasgos, el dilema de la Unión Europea. 

Sin embargo, al bloque europeo no le vale con una toma de corriente y unos cuantos litros de gasolina sin plomo. La UE, en su conjunto, es uno de los principales consumidores de energía del planeta. En 2018, su consumo total fue de unos 1.479 millones de toneladas equivalentes de petróleo (TOE), una unidad usada ampliamente dentro de la industria energética que equipara el rendimiento de todas las fuentes de energía a las toneladas de petróleo. Ese mismo año, los tres mayores consumidores de energía del mundo fueron China (3.274 millones de TOE), Estados Unidos (2.300 millones de TOE) e India (809 millones de TOE). Así, la Unión Europea es el tercer mayor consumidor de energía del planeta, solo por detrás de China y Estados Unidos.

De acuerdo con el servicio estadístico europeo (Eurostat), del total de la energía consumida por los países del Viejo Continente, la mayor cantidad se destina a alimentar las necesidades de los diferentes sistemas de transporte (30,5%). En segundo lugar, estaría toda la energía destinada a las necesidades de los hogares europeos (26,1%) seguida de cerca por la energía destinada a proveer las diferentes industrias (25,8%).

dependencia energética europea

Es decir, una escasez de energía, o un freno en el aprovisionamiento, impactaría directamente en todos los países de la Unión Europea a todos los niveles, desde el económico hasta el social. Esto hace que la cuestión del suministro energético sea una pieza capital dentro de la política europea. 

El problema nace cuando el total de la energía producida por los distintos miembros es de 635 millones de TOE (en 2018). Es decir, 844 millones de TOE por debajo de sus necesidades. Además, durante toda la década anterior (de 2008 a 2018), los niveles totales de producción de energía de la UE se redujeron en un 9,2%.

Esta diferencia entre producción y consumo queda reflejada en la ratio de dependencia energética. Esta ratio, que relaciona importaciones energéticas netas y la energía disponible dentro de un determinado territorio, refleja hasta qué punto la Unión Europea es dependiente de la energía importada del exterior. Así, en el año 2018, su nivel de dependencia energética se situó en un 58,2%, después de casi dos décadas de crecimiento sostenido desde la dependencia que tenía en 1990 que se situaba solo algo por encima del 50%.

El desfase entre producción y consumo no es el único factor a tener en cuenta a la hora de aproximarse a la dependencia energética de la Unión Europea. 

Hoy en día, si tú necesitas arrancar el coche, lo más probables es que debas asegurarte de que tiene gasolina primero. En caso de que no sea así, no te vale con enchufar el coche a una toma de corriente. Si tu coche es de gasolina, es gasolina el tipo de energía que necesitas. 

Al nivel de las necesidades de la UE, ese es uno de los problemas. Si bien está haciendo un trabajo aceptable (ejem, ejem) a la hora de adaptar sus economías y sistemas a fuentes de energía renovables y limpias, lo cierto es que aún tiene unas necesidades de combustibles fósiles que están muy por encima de sus capacidades productivas. En este sentido, las necesidades de la UE de combustibles como el petróleo y el gas natural en 2018 se suplieron casi exclusivamente a través de importaciones. Por supuesto, esto es debido, en su mayor parte, a la inexistencia de estos recursos naturales dentro del territorio europeo. Así, de acuerdo con Eurostat, el 94,6% del petróleo y sus derivados utilizados en territorio europeo procedían del exterior, mientras que, para el gas natural, este porcentaje se situó en un 83,2%.

Al final, todos estos factores imponen a la unión unas necesidades considerables de importar combustibles para satisfacer las necesidades de los ciudadanos e industrias europeos. Y es en ese momento en el que entra en la foto nuestro vecino del noreste: Rusia. 

Las importaciones de energía de la UE no están especialmente diversificadas. Un puñado de seis países le proporcionan dos tercios de la energía total que importa, y entre ellos destaca la aportación de la Federación Rusa, sobre todo en cuanto a petróleo y gas natural. Del total del petróleo importado en 2018, el 30% vino exclusivamente de Rusia, cifra que aumenta hasta un 40% en el caso del gas natural. Además, hay que tener en cuenta que el petróleo y sus derivados (71,7% del total de las importaciones energéticas en 2019) y el gas natural licuado (15,4%) son los combustibles importados en mayor volumen por la Unión Europea. De esta forma, Rusia es el principal socio comercial de la Comunidad Europea en lo que a energía se refiere. 

Las consecuencias de esta falta de recursos energéticos y de la dependencia que provoca son claras. En primer lugar, hacen que los costes de la energía para los países miembros estén sujetos a las condiciones del mercado. Cuanto mayor sea el precio del petróleo, menos competitiva es la economía europea y mayores costes acaban repercutidos sobre los ciudadanos europeos. De ahí proyectos como el del gaseoducto NordStream 2, que lleva varios años en construcción y que conectará Rusia con Alemania y Europa del Este y Central. Proyectos que buscan abaratar el acceso de la Unión Europea a los recursos energéticos y facilitar su suministro. 

Al mismo tiempo, la dependencia de Rusia también trae consecuencias indeseadas. Las respuestas de la Unión Europea a ciertos incidentes como la anexión de Crimea o la violación de los derechos humanos son consideradas por muchos analistas como demasiado tibias. Y esto es, en parte, debido a eso. Desde el momento en el que la Federación Rusa juega un papel fundamental en el suministro energético de Europa, cualquier desencuentro podría resultar nefasto para los intereses económicos y las condiciones de vida de los europeos. 

Sin ir más lejos, el envenenamiento de Aleksei Navalny en las últimas semanas, con la consiguiente violación de los derechos humanos que supone, ya ha hecho que haya voces en el Viejo Continente que pidan la cancelación del proyecto NordStream 2. De llevarse a cabo, la caída de este proyecto supondría un duro golpe para Gazprom, el principal operador gasístico de Rusia, y de propiedad estatal. 

La dependencia energética presenta, sin duda, incontables dificultades tanto para la UE como bloque como para sus estados miembros. Sin embargo, es destacable que, si bien con lentitud, lo cierto es que poco a poco se van tomando medidas para paliar esto. Como parte de su lucha contra el cambio climático, en diciembre de 2019, la Comisión Europea presentó el European Green Deal (EGD), que consiste en un paquete de políticas que busca hacer que las emisiones de los países miembros sean neutrales para el año 2050. Entre otras cosas, incluye medidas para diversificar las fuentes de energía de la UE, así como para hacer sus sistemas de producción y distribución de energía más eficientes. Una de las consecuencias directas de esto sería que la Unión Europea pasaría a ser menos dependiente de otros países en cuanto a suministro energético se refiere. 

Además, como nota para la esperanza hay que destacar que, ya en 2018, las fuentes energéticas que más contribuyeron al total de la energía producida por los Estados miembros fueron las renovables, con un peso del 34,2%. 

Este es, sin duda, un paso en la dirección correcta. Pero merece la pena recordar que, aunque la producción de renovables ha aumentado considerablemente en los últimos años, gran parte del peso de la transición a una energía menos contaminante se está haciendo primando el gas natural sobre otras posibles fuentes. Así, si bien es cierto que a nivel medioambiental produce menos emisiones que el petróleo o los combustibles fósiles sólidos, la realidad es que mantiene a la Unión Europea en la misma posición de dependencia frente a los países poseedores 

En los próximos años, junto al reto que supone la conversión energética por motivos medioambientales, la Unión Europea debe revisar su dependencia de otros países. En un momento en el que el comercio internacional se enfrenta a obstáculos que hace solo unos años parecían impensables, no parece buena idea estar sujetos a la voluntad de terceras partes vía nuestras necesidades de suministro energético. 

En ese sentido, el aumento del peso de las fuentes de energía renovables en los balances energéticos de la Unión Europea no solo tendría el efecto de hacer las economías europeas mucho más sostenibles, sino que también sería un paso considerable en el camino hacia el autoabastecimiento. 

Porque, al final, si uno depende demasiado de su vecino para arrancar el coche, lo más probable es que llegue un día en el que no sea capaz de llegar a ningún sitio. 

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Imagina que, además, en uno de los bajos comerciales del edificio tienes montada una lavandería para la que también requieres de una fuente de energía. Esa lavandería es tu única fuente de ingresos y, por lo tanto, también la responsable de alimentarte a ti y a toda tu familia.

Ahora imagínate que tu vecino de arriba es el país más grande del mundo, uno de los principales productores energéticos, y que está gobernado por un presidente obsesionado con devolver a su país al pabellón de las superpotencias. Tu vecino de arriba –el presidente– también exhibe algunas tendencias autoritarias y cierto desprecio por los derechos humanos y el derecho internacional.

Pues ese es, a grandes rasgos, el dilema de la Unión Europea. 

Sin embargo, al bloque europeo no le vale con una toma de corriente y unos cuantos litros de gasolina sin plomo. La UE, en su conjunto, es uno de los principales consumidores de energía del planeta. En 2018, su consumo total fue de unos 1.479 millones de toneladas equivalentes de petróleo (TOE), una unidad usada ampliamente dentro de la industria energética que equipara el rendimiento de todas las fuentes de energía a las toneladas de petróleo. Ese mismo año, los tres mayores consumidores de energía del mundo fueron China (3.274 millones de TOE), Estados Unidos (2.300 millones de TOE) e India (809 millones de TOE). Así, la Unión Europea es el tercer mayor consumidor de energía del planeta, solo por detrás de China y Estados Unidos.

De acuerdo con el servicio estadístico europeo (Eurostat), del total de la energía consumida por los países del Viejo Continente, la mayor cantidad se destina a alimentar las necesidades de los diferentes sistemas de transporte (30,5%). En segundo lugar, estaría toda la energía destinada a las necesidades de los hogares europeos (26,1%) seguida de cerca por la energía destinada a proveer las diferentes industrias (25,8%).

dependencia energética europea

Es decir, una escasez de energía, o un freno en el aprovisionamiento, impactaría directamente en todos los países de la Unión Europea a todos los niveles, desde el económico hasta el social. Esto hace que la cuestión del suministro energético sea una pieza capital dentro de la política europea. 

El problema nace cuando el total de la energía producida por los distintos miembros es de 635 millones de TOE (en 2018). Es decir, 844 millones de TOE por debajo de sus necesidades. Además, durante toda la década anterior (de 2008 a 2018), los niveles totales de producción de energía de la UE se redujeron en un 9,2%.

Esta diferencia entre producción y consumo queda reflejada en la ratio de dependencia energética. Esta ratio, que relaciona importaciones energéticas netas y la energía disponible dentro de un determinado territorio, refleja hasta qué punto la Unión Europea es dependiente de la energía importada del exterior. Así, en el año 2018, su nivel de dependencia energética se situó en un 58,2%, después de casi dos décadas de crecimiento sostenido desde la dependencia que tenía en 1990 que se situaba solo algo por encima del 50%.

El desfase entre producción y consumo no es el único factor a tener en cuenta a la hora de aproximarse a la dependencia energética de la Unión Europea. 

Hoy en día, si tú necesitas arrancar el coche, lo más probables es que debas asegurarte de que tiene gasolina primero. En caso de que no sea así, no te vale con enchufar el coche a una toma de corriente. Si tu coche es de gasolina, es gasolina el tipo de energía que necesitas. 

Al nivel de las necesidades de la UE, ese es uno de los problemas. Si bien está haciendo un trabajo aceptable (ejem, ejem) a la hora de adaptar sus economías y sistemas a fuentes de energía renovables y limpias, lo cierto es que aún tiene unas necesidades de combustibles fósiles que están muy por encima de sus capacidades productivas. En este sentido, las necesidades de la UE de combustibles como el petróleo y el gas natural en 2018 se suplieron casi exclusivamente a través de importaciones. Por supuesto, esto es debido, en su mayor parte, a la inexistencia de estos recursos naturales dentro del territorio europeo. Así, de acuerdo con Eurostat, el 94,6% del petróleo y sus derivados utilizados en territorio europeo procedían del exterior, mientras que, para el gas natural, este porcentaje se situó en un 83,2%.

Al final, todos estos factores imponen a la unión unas necesidades considerables de importar combustibles para satisfacer las necesidades de los ciudadanos e industrias europeos. Y es en ese momento en el que entra en la foto nuestro vecino del noreste: Rusia. 

Las importaciones de energía de la UE no están especialmente diversificadas. Un puñado de seis países le proporcionan dos tercios de la energía total que importa, y entre ellos destaca la aportación de la Federación Rusa, sobre todo en cuanto a petróleo y gas natural. Del total del petróleo importado en 2018, el 30% vino exclusivamente de Rusia, cifra que aumenta hasta un 40% en el caso del gas natural. Además, hay que tener en cuenta que el petróleo y sus derivados (71,7% del total de las importaciones energéticas en 2019) y el gas natural licuado (15,4%) son los combustibles importados en mayor volumen por la Unión Europea. De esta forma, Rusia es el principal socio comercial de la Comunidad Europea en lo que a energía se refiere. 

Las consecuencias de esta falta de recursos energéticos y de la dependencia que provoca son claras. En primer lugar, hacen que los costes de la energía para los países miembros estén sujetos a las condiciones del mercado. Cuanto mayor sea el precio del petróleo, menos competitiva es la economía europea y mayores costes acaban repercutidos sobre los ciudadanos europeos. De ahí proyectos como el del gaseoducto NordStream 2, que lleva varios años en construcción y que conectará Rusia con Alemania y Europa del Este y Central. Proyectos que buscan abaratar el acceso de la Unión Europea a los recursos energéticos y facilitar su suministro. 

Al mismo tiempo, la dependencia de Rusia también trae consecuencias indeseadas. Las respuestas de la Unión Europea a ciertos incidentes como la anexión de Crimea o la violación de los derechos humanos son consideradas por muchos analistas como demasiado tibias. Y esto es, en parte, debido a eso. Desde el momento en el que la Federación Rusa juega un papel fundamental en el suministro energético de Europa, cualquier desencuentro podría resultar nefasto para los intereses económicos y las condiciones de vida de los europeos. 

Sin ir más lejos, el envenenamiento de Aleksei Navalny en las últimas semanas, con la consiguiente violación de los derechos humanos que supone, ya ha hecho que haya voces en el Viejo Continente que pidan la cancelación del proyecto NordStream 2. De llevarse a cabo, la caída de este proyecto supondría un duro golpe para Gazprom, el principal operador gasístico de Rusia, y de propiedad estatal. 

La dependencia energética presenta, sin duda, incontables dificultades tanto para la UE como bloque como para sus estados miembros. Sin embargo, es destacable que, si bien con lentitud, lo cierto es que poco a poco se van tomando medidas para paliar esto. Como parte de su lucha contra el cambio climático, en diciembre de 2019, la Comisión Europea presentó el European Green Deal (EGD), que consiste en un paquete de políticas que busca hacer que las emisiones de los países miembros sean neutrales para el año 2050. Entre otras cosas, incluye medidas para diversificar las fuentes de energía de la UE, así como para hacer sus sistemas de producción y distribución de energía más eficientes. Una de las consecuencias directas de esto sería que la Unión Europea pasaría a ser menos dependiente de otros países en cuanto a suministro energético se refiere. 

Además, como nota para la esperanza hay que destacar que, ya en 2018, las fuentes energéticas que más contribuyeron al total de la energía producida por los Estados miembros fueron las renovables, con un peso del 34,2%. 

Este es, sin duda, un paso en la dirección correcta. Pero merece la pena recordar que, aunque la producción de renovables ha aumentado considerablemente en los últimos años, gran parte del peso de la transición a una energía menos contaminante se está haciendo primando el gas natural sobre otras posibles fuentes. Así, si bien es cierto que a nivel medioambiental produce menos emisiones que el petróleo o los combustibles fósiles sólidos, la realidad es que mantiene a la Unión Europea en la misma posición de dependencia frente a los países poseedores 

En los próximos años, junto al reto que supone la conversión energética por motivos medioambientales, la Unión Europea debe revisar su dependencia de otros países. En un momento en el que el comercio internacional se enfrenta a obstáculos que hace solo unos años parecían impensables, no parece buena idea estar sujetos a la voluntad de terceras partes vía nuestras necesidades de suministro energético. 

En ese sentido, el aumento del peso de las fuentes de energía renovables en los balances energéticos de la Unión Europea no solo tendría el efecto de hacer las economías europeas mucho más sostenibles, sino que también sería un paso considerable en el camino hacia el autoabastecimiento. 

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Opiniones 1
  • lo natural seria llevarse bien cn Rusia y no cn Usa que nos ha engañado siempre y compite cn nosotros y ns pone obligadamente aranceles y vetos para comerciar cn otros paises como rusia cuba etc Traer combustible de Rusia es mas barato que de Usa o Arabia …menos que de Argelia
    La ue dl PP aleman, ns traiciona y hunde a muchos paises para quedrase ella y las multinacionales de usa ls distintos paises d la Ue, como p-ej, ahora a por españa-portugal, luego a por italia y incluso a por francia…Uk se salio…

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