23 de octubre 2012    /   CREATIVIDAD
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¿Por qué?

23 de octubre 2012    /   CREATIVIDAD     por          
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Pulsa el botón del despertador, da al interruptor, prepara el café, el zumo y la tostada, se asea, se afeita y se viste mecánicamente; se va a la calle, gira a la izquierda desde el portal. Duque de Osuna da a un precipicio, a unos bares, que son lo mismo, como siempre.

Hay una colosal diferencia entre pasear y deambular, entre ser un turista o un viajante, entre comer o ser devorado.

Un día decide que no, que no va a ir hacia la izquierda, que va a probar otro recorrido, uno del que no está seguro, y que lo va a hacer para saber algo que no sabe qué es, va a terminar con la aversión, la repugnancia, el tedio, el hastío, el horror que ha concebido sin saber por qué, como casi todo lo que sabe.

Cristóbal Colón no sabía hacia dónde se dirigía aunque creía que sí; Mestrio Plutarco defiende que no hay que saberlo, que es virtud moral; los Situacionistas pelean para que la acción se realice como y por encima de quien fuere; Henry David Thoreau lo describe como poesía revolucionaria, como arte; y Ángel González demuestra que es ineludible e indefectible en el ser humano.

Lo más revolucionario que un hombre puede hacer es rechazar su insignificancia, rechazar lo que no ha decidido, ajustar las cuentas con su vida, con sus decisiones, tensar los cabos, hacer crujir las cuadernas de su vida y tirar al viejo timonel por la borda.

Somos el prototipo de nosotros mismos, somos el original, sobre el que se hacen las pruebas, somos un test, aquello que perdemos nunca lo recuperamos. Cuando olvidamos que no hay seriación estamos jodidos o estamos preparados para nada.

Un hombre se levanta una mañana o una tarde, con resaca, la que te deja la vida obediente y normalizada, la de verdad, la que nos empuja a pensar al saber que estamos solos, la que era imprevisible, la que te recuerda algo, la consecuencia de nuestra docilidad, la que te puede hundir definitivamente.

Ese hombre es un punto en el infinito, no pasa de ser un modelo en un plano topográfico. Ese hombre dibuja una línea, incluye un sujeto, busca el verbo, enlaza puntos en el papel, se hace con la superficie del papel, batalla con el espacio, y cuando aparta la mirada para tomar distancia, como un pintor, como un filósofo hace, como un hombre debería siempre hacer, observa el dibujo de una barca que tiene la forma de una barca.

Ese hombre aquel día saldrá de su casa en otra dirección, aquel precipicio será una oportunidad, sospechará de una vida que le da la razón, comenzará un viaje por la idea de hacerlo, la idea será la acción y esta su consecuencia. Ese tipo acaba de comenzar la sublevación. Ha decidido no aceptar su insignificancia. Ha decidido decidir, no intentar cambiar esa insignificancia, sino no aceptar sus consecuencias. Ese hombre, un Sísifo que no descansa, que sube para bajar, pero que no deja de subir ni un solo día, ese hombre que no se conforma con la realidad, decide dibujar la barca.

Una barca que no sea una patera, o lancha, o velero, o transbordador o bote o chalupa; tiene que ser una barca de las que llevan de un punto a otro, a la que impulsamos pivotando sobre la toletera con el corazón y arqueando la espalda con la necesidad.

Ahora está ante una nueva realidad: Madrid sigue sin tener mar y océano que la rieguen; sí un lago o pantanos. Los lagos son previsibles, los pantanos son políticos, los que no lo son es porque les introducimos nuestra fantasía, pero eso no cuenta; el mar es la prueba, porque si antes era un punto del tamaño del que realiza un lápiz escolar en la hoja, ahora va a jugar a ser una coordenada en el infinito, la lágrima de un llanto (el suyo) en medio de un océano. La barca la construye en Madrid, en secano, como un auténtico demente, la hace y la documenta como un científico, la repasa y termina como un obseso.

Al final, la ama como quien pone todas sus esperanzas en esos trozos de bosque talado, ahora inútiles en mitad de una ciudad. Aquella barca se bota en el bravo mar del norte, en el solsticio de verano, el día en que se encienden hogueras para dar fuerza a un sol que dicen que se debilita, pura ineficacia económica, una gota en el océano de las brasas.

Y al comprobar que navega, al darse cuenta de la extrema inutilidad de una barca que navega, que no le ofrece nada más que lo que una barca ofrece -la soledad, llevarle de un lugar a otro-, cuando comprueba que sí, que es un punto en el infinito y que es reemplazable, que es único, que aquél mar lo puede devorar en segundos, entonces decide que esa barca ya no es barca; nunca más.

Es y será un ataúd. Marca las coordenadas de Oleiros, se dirige al bosque, al que le ha dado aquella madera, cava una fosa, saca la arena, hace un agujero, escupe su mano, mete el ataúd vacío, arroja tierra, construye con sus manos un epitafio, esculpe su futuro y lo observa como un profeta. Acaba de formular un problema sobre lo que era una solución.

Este inútil acaba de descongelar su existencia. Este hombre ha decidido que la realidad es lo que ocurre. Este hombre ha decidido que será el ataúd el que lo espere a él, no al revés. Ahora es útil. Se ha enfrentado al destino que impone el significado de las palabras, ha cambiado los rumbos y el timonel, ha cambiado el significado de los objetos y de las prioridades, ha tomado decisiones inútiles, ha retado al mar más violento y ha vencido.

Preguntaron a Phillippe Petit, otro funambulista como este, tras la hazaña equilibrista entre las Torres Gemelas: ¿Por qué? No contestó, no sabía.

Cuando uno deja de soñar descubre que todo es mentira.

Este hombre cavó su nicho, enterró su ataúd, decidió que este debía esperar y siguió viviendo, sabiendo que aquello ya no haría falta hacerlo, que ya lo había hecho él.

A Vicente, a Tito, al funambulista y al profesor, al arquitecto y al amante, al obseso, a la bomba a punto de explotar, al trabajador y al marinero, al amigo.

Al inútil.

—-

Tito Pérez Mora, proyectó, diseñó, dibujó y construyó una barca con sus manos y con su cabeza entre Marzo y Julio de 2012. Era la primera vez que hacía algo así. La llamó Atlas. Fue construida en abedul, con una manga de 120cm, una eslora de 480cm y un calado de 60cm. En esas fechas la llevó a Betanzos, A Coruña, la botó el 23 de junio, y realizó una travesía con la misma. Sobre sus hombros y sobre los de varios voluntarios la llevó al bosque de Oleiros, donde la enterró. Todo el proyecto, la documentación y el libro estarán expuestos en la calle Libertad, 22, de Madrid, entre el 28 y el 31 de Noviembre de 2012.

Javier Lozano es artista y profesor de Estética y Dibujo en la UCM y la UPM.  

Fotografías de Carla Andrade, Mikel Aboitiz y Tito Pérez Mora.

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Hay una colosal diferencia entre pasear y deambular, entre ser un turista o un viajante, entre comer o ser devorado.

Un día decide que no, que no va a ir hacia la izquierda, que va a probar otro recorrido, uno del que no está seguro, y que lo va a hacer para saber algo que no sabe qué es, va a terminar con la aversión, la repugnancia, el tedio, el hastío, el horror que ha concebido sin saber por qué, como casi todo lo que sabe.

Cristóbal Colón no sabía hacia dónde se dirigía aunque creía que sí; Mestrio Plutarco defiende que no hay que saberlo, que es virtud moral; los Situacionistas pelean para que la acción se realice como y por encima de quien fuere; Henry David Thoreau lo describe como poesía revolucionaria, como arte; y Ángel González demuestra que es ineludible e indefectible en el ser humano.

Lo más revolucionario que un hombre puede hacer es rechazar su insignificancia, rechazar lo que no ha decidido, ajustar las cuentas con su vida, con sus decisiones, tensar los cabos, hacer crujir las cuadernas de su vida y tirar al viejo timonel por la borda.

Somos el prototipo de nosotros mismos, somos el original, sobre el que se hacen las pruebas, somos un test, aquello que perdemos nunca lo recuperamos. Cuando olvidamos que no hay seriación estamos jodidos o estamos preparados para nada.

Un hombre se levanta una mañana o una tarde, con resaca, la que te deja la vida obediente y normalizada, la de verdad, la que nos empuja a pensar al saber que estamos solos, la que era imprevisible, la que te recuerda algo, la consecuencia de nuestra docilidad, la que te puede hundir definitivamente.

Ese hombre es un punto en el infinito, no pasa de ser un modelo en un plano topográfico. Ese hombre dibuja una línea, incluye un sujeto, busca el verbo, enlaza puntos en el papel, se hace con la superficie del papel, batalla con el espacio, y cuando aparta la mirada para tomar distancia, como un pintor, como un filósofo hace, como un hombre debería siempre hacer, observa el dibujo de una barca que tiene la forma de una barca.

Ese hombre aquel día saldrá de su casa en otra dirección, aquel precipicio será una oportunidad, sospechará de una vida que le da la razón, comenzará un viaje por la idea de hacerlo, la idea será la acción y esta su consecuencia. Ese tipo acaba de comenzar la sublevación. Ha decidido no aceptar su insignificancia. Ha decidido decidir, no intentar cambiar esa insignificancia, sino no aceptar sus consecuencias. Ese hombre, un Sísifo que no descansa, que sube para bajar, pero que no deja de subir ni un solo día, ese hombre que no se conforma con la realidad, decide dibujar la barca.

Una barca que no sea una patera, o lancha, o velero, o transbordador o bote o chalupa; tiene que ser una barca de las que llevan de un punto a otro, a la que impulsamos pivotando sobre la toletera con el corazón y arqueando la espalda con la necesidad.

Ahora está ante una nueva realidad: Madrid sigue sin tener mar y océano que la rieguen; sí un lago o pantanos. Los lagos son previsibles, los pantanos son políticos, los que no lo son es porque les introducimos nuestra fantasía, pero eso no cuenta; el mar es la prueba, porque si antes era un punto del tamaño del que realiza un lápiz escolar en la hoja, ahora va a jugar a ser una coordenada en el infinito, la lágrima de un llanto (el suyo) en medio de un océano. La barca la construye en Madrid, en secano, como un auténtico demente, la hace y la documenta como un científico, la repasa y termina como un obseso.

Al final, la ama como quien pone todas sus esperanzas en esos trozos de bosque talado, ahora inútiles en mitad de una ciudad. Aquella barca se bota en el bravo mar del norte, en el solsticio de verano, el día en que se encienden hogueras para dar fuerza a un sol que dicen que se debilita, pura ineficacia económica, una gota en el océano de las brasas.

Y al comprobar que navega, al darse cuenta de la extrema inutilidad de una barca que navega, que no le ofrece nada más que lo que una barca ofrece -la soledad, llevarle de un lugar a otro-, cuando comprueba que sí, que es un punto en el infinito y que es reemplazable, que es único, que aquél mar lo puede devorar en segundos, entonces decide que esa barca ya no es barca; nunca más.

Es y será un ataúd. Marca las coordenadas de Oleiros, se dirige al bosque, al que le ha dado aquella madera, cava una fosa, saca la arena, hace un agujero, escupe su mano, mete el ataúd vacío, arroja tierra, construye con sus manos un epitafio, esculpe su futuro y lo observa como un profeta. Acaba de formular un problema sobre lo que era una solución.

Este inútil acaba de descongelar su existencia. Este hombre ha decidido que la realidad es lo que ocurre. Este hombre ha decidido que será el ataúd el que lo espere a él, no al revés. Ahora es útil. Se ha enfrentado al destino que impone el significado de las palabras, ha cambiado los rumbos y el timonel, ha cambiado el significado de los objetos y de las prioridades, ha tomado decisiones inútiles, ha retado al mar más violento y ha vencido.

Preguntaron a Phillippe Petit, otro funambulista como este, tras la hazaña equilibrista entre las Torres Gemelas: ¿Por qué? No contestó, no sabía.

Cuando uno deja de soñar descubre que todo es mentira.

Este hombre cavó su nicho, enterró su ataúd, decidió que este debía esperar y siguió viviendo, sabiendo que aquello ya no haría falta hacerlo, que ya lo había hecho él.

A Vicente, a Tito, al funambulista y al profesor, al arquitecto y al amante, al obseso, a la bomba a punto de explotar, al trabajador y al marinero, al amigo.

Al inútil.

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Tito Pérez Mora, proyectó, diseñó, dibujó y construyó una barca con sus manos y con su cabeza entre Marzo y Julio de 2012. Era la primera vez que hacía algo así. La llamó Atlas. Fue construida en abedul, con una manga de 120cm, una eslora de 480cm y un calado de 60cm. En esas fechas la llevó a Betanzos, A Coruña, la botó el 23 de junio, y realizó una travesía con la misma. Sobre sus hombros y sobre los de varios voluntarios la llevó al bosque de Oleiros, donde la enterró. Todo el proyecto, la documentación y el libro estarán expuestos en la calle Libertad, 22, de Madrid, entre el 28 y el 31 de Noviembre de 2012.

Javier Lozano es artista y profesor de Estética y Dibujo en la UCM y la UPM.  

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Opiniones 4
  • “Cuando uno deja de soñar descubre que todo es mentira”. Grande, Javier.¡ Hermoso escrito!

    La cara oculta de las verdades impuestas es siempre la cara oscura de la mentira, de ahí que sea mucho más saludable creer en la realidad que uno puede ver detrás del espejo, con los ojos bien abiertos, con los sentidos alerta, con la inteligencia por bandera y el instinto por montera.

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