16 de febrero 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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El bum de los youtubers paleolíticos

16 de febrero 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Un hombre que no mira a la cámara mientras rompe troncos, fabrica hachas de piedra, acumula arcilla, moldea tarros, ollas, tejas, monta hornos con tierra, enciende fuegos friccionando palos, construye cabañas… El comienzo de los vídeos siempre le pilla trabajando: no da explicaciones, nunca habla. Para conocer algo más de él, por ejemplo que se llama John Plant, hay que escarbar más allá del metraje.

«El desafío es ver hasta dónde se puede llegar sin la tecnología moderna», explica Plant en su blog. Para los vídeos de su canal Primitive Technology, que ya acumula 7,2 millones de seguidores, sólo emplea utensilios que él mismo fabrica frente a la cámara. Llega al bosque de Far North Queensland (Australia) con las manos desnudas, sin camiseta ni zapatos y con un teléfono móvil que a veces se marca en sus bolsillos, pero que nunca utiliza.

Con la única herramienta de cientos de lecturas en libros e internet y muchas horas de práctica, construye ladrillos de adobe, elabora carbón vegetal, levanta refugios, manufactura trampas para crustáceos de río,  crea un martillo de agua en el que sólo horadar el tronco de madera le lleva más de cuatro horas. Para edificar una cabaña tardó más de 102 días que luego se comprimieron en 15 minutos de vídeo que ya se ha reproducido 46 millones de veces.

Plant es un antiyoutuber. Se salta las leyes de la viralidad que los youtubers suelen aplicar a rajatabla: la verborrea, el exhibicionismo del yo, la sobreactuación, los ritmos rápidos y cortantes, los títulos gancho…

Sus encabezamientos son meramente descriptivos: “Cerámica y estufa”, “Ladrillos de barro”. Lo que hace, marcharse al bosque y emular a los sapiens paleolíticos, daría para crear discurso y lanzar todo tipo de arengas espirituales y esencialistas, pero él opta por el silencio.

Hasta que rentabilizó sus vídeos, Plant ganaba dinero cortando el césped. Pero no enarbola su relato personal de constancia y realización y blablablá. La historia salió a la luz cuando denuncio que Facebook por robarle el contenido y hacerle perder miles de dólares. «Me decís que es correcto que alguien como vosotros que están sentados en una oficina con aire acondicionado todo el día gane dinero robando mis vídeos mientras yo trabajo realmente en el campo. Sois parásitos», se quejó.

Tampoco finge ser un salvaje ni propugna el abandono de la vida contemporánea y urbana. «No vivo en la naturaleza, sino que lo practico como un pasatiempo. Vivo en una casa moderna y como comida moderna. Solo me gusta ver cómo la gente en la antigüedad construyó e hizo cosas», explica en su blog.

Pero, ¿qué atrae con tanta fuerza a los internautas? Quizás sea esa ruptura de la cadencia del universo de las redes sociales. Puede que al cerebro, saturado de información y de estímulos, le guste bañarse en los vídeos de Primitive Technology.

A estos episodios paleolíticos, uno va a sumergirse, a bucear con bombona de oxígeno, es decir, con la seguridad de que no tendrá la necesidad de regresar a la superficie al menos por un buen rato. Ayudan los ruidos de la mano palmoteando la arcilla, del agua empapando los materiales, el crujido de los troncos y las cortezas despegándose, y los pájaros cantando y los monos comunicándose en las ramas.

Tanto los contenidos de Primitive Technology como los de otros canales semejantes que han proliferado Primitive Life, Primitive Tools, empujan al espectador a interrogarse sobre la capacidad de la especie humana.

Ver cómo los materiales y las herramientas se arrancan de la tierra con las manos impresiona más, en un plano filosófico, que contemplar un rascacielos terminado. Sorprende que hace miles de años el hombre llegara a unas conclusiones técnicas tan complejas.

Los grandes edificios, en cambio, están desconectados de nuestra capacidad de obrar y de modificar el entorno cuerpo a cuerpo. Hoy, los procesos se han sofisticado y estratificado, y eso, de alguna forma, nos desconecta de nuestra naturaleza.

Y no se trata solo de la relación con el medio natural, también se ve cómo la precariedad de recursos hermana a los individuos en el plano más físico y comunitario. Hay un vídeo de Primitive Tools en el que dos jóvenes excavan una habitación y refugio en el suelo. Al terminar, toman un caño de agua y se lavan, derraman el agua uno sobre otro, comprenden sin hablar el grosor de chorro que requiere el compañero en cada paso de la limpieza.

El interés por la naturaleza o por aprender la técnica y aplicarla puede atraer la atención de algunos usuarios, pero rastreando los comentarios que se despliegan debajo de cada archivo, se deduce que lo que catapulta la viralidad es su capacidad sedante. Estos contenidos pueden aprovecharse como una fuente de ruido blanco que favorece la concentración.

Otros tantos sueñan con renegar de lo urbano y escapar al campo desechando la tecnología, olvidándose de las exigencias del crecimiento profesional, de los imperativos de perfección. Es una fantasía húmeda que se expande como una autodefensa mental entre quienes más han intelectualizado su propia vida. No es la llamada orgánica y animal de la selva, sino una querencia teórica, ideológica. Los vídeos de tecnologías primitivas ofrecen una dosis rápida y sin compromisos de ese sueño.

Un hombre que no mira a la cámara mientras rompe troncos, fabrica hachas de piedra, acumula arcilla, moldea tarros, ollas, tejas, monta hornos con tierra, enciende fuegos friccionando palos, construye cabañas… El comienzo de los vídeos siempre le pilla trabajando: no da explicaciones, nunca habla. Para conocer algo más de él, por ejemplo que se llama John Plant, hay que escarbar más allá del metraje.

«El desafío es ver hasta dónde se puede llegar sin la tecnología moderna», explica Plant en su blog. Para los vídeos de su canal Primitive Technology, que ya acumula 7,2 millones de seguidores, sólo emplea utensilios que él mismo fabrica frente a la cámara. Llega al bosque de Far North Queensland (Australia) con las manos desnudas, sin camiseta ni zapatos y con un teléfono móvil que a veces se marca en sus bolsillos, pero que nunca utiliza.

Con la única herramienta de cientos de lecturas en libros e internet y muchas horas de práctica, construye ladrillos de adobe, elabora carbón vegetal, levanta refugios, manufactura trampas para crustáceos de río,  crea un martillo de agua en el que sólo horadar el tronco de madera le lleva más de cuatro horas. Para edificar una cabaña tardó más de 102 días que luego se comprimieron en 15 minutos de vídeo que ya se ha reproducido 46 millones de veces.

Plant es un antiyoutuber. Se salta las leyes de la viralidad que los youtubers suelen aplicar a rajatabla: la verborrea, el exhibicionismo del yo, la sobreactuación, los ritmos rápidos y cortantes, los títulos gancho…

Sus encabezamientos son meramente descriptivos: “Cerámica y estufa”, “Ladrillos de barro”. Lo que hace, marcharse al bosque y emular a los sapiens paleolíticos, daría para crear discurso y lanzar todo tipo de arengas espirituales y esencialistas, pero él opta por el silencio.

Hasta que rentabilizó sus vídeos, Plant ganaba dinero cortando el césped. Pero no enarbola su relato personal de constancia y realización y blablablá. La historia salió a la luz cuando denuncio que Facebook por robarle el contenido y hacerle perder miles de dólares. «Me decís que es correcto que alguien como vosotros que están sentados en una oficina con aire acondicionado todo el día gane dinero robando mis vídeos mientras yo trabajo realmente en el campo. Sois parásitos», se quejó.

Tampoco finge ser un salvaje ni propugna el abandono de la vida contemporánea y urbana. «No vivo en la naturaleza, sino que lo practico como un pasatiempo. Vivo en una casa moderna y como comida moderna. Solo me gusta ver cómo la gente en la antigüedad construyó e hizo cosas», explica en su blog.

Pero, ¿qué atrae con tanta fuerza a los internautas? Quizás sea esa ruptura de la cadencia del universo de las redes sociales. Puede que al cerebro, saturado de información y de estímulos, le guste bañarse en los vídeos de Primitive Technology.

A estos episodios paleolíticos, uno va a sumergirse, a bucear con bombona de oxígeno, es decir, con la seguridad de que no tendrá la necesidad de regresar a la superficie al menos por un buen rato. Ayudan los ruidos de la mano palmoteando la arcilla, del agua empapando los materiales, el crujido de los troncos y las cortezas despegándose, y los pájaros cantando y los monos comunicándose en las ramas.

Tanto los contenidos de Primitive Technology como los de otros canales semejantes que han proliferado Primitive Life, Primitive Tools, empujan al espectador a interrogarse sobre la capacidad de la especie humana.

Ver cómo los materiales y las herramientas se arrancan de la tierra con las manos impresiona más, en un plano filosófico, que contemplar un rascacielos terminado. Sorprende que hace miles de años el hombre llegara a unas conclusiones técnicas tan complejas.

Los grandes edificios, en cambio, están desconectados de nuestra capacidad de obrar y de modificar el entorno cuerpo a cuerpo. Hoy, los procesos se han sofisticado y estratificado, y eso, de alguna forma, nos desconecta de nuestra naturaleza.

Y no se trata solo de la relación con el medio natural, también se ve cómo la precariedad de recursos hermana a los individuos en el plano más físico y comunitario. Hay un vídeo de Primitive Tools en el que dos jóvenes excavan una habitación y refugio en el suelo. Al terminar, toman un caño de agua y se lavan, derraman el agua uno sobre otro, comprenden sin hablar el grosor de chorro que requiere el compañero en cada paso de la limpieza.

El interés por la naturaleza o por aprender la técnica y aplicarla puede atraer la atención de algunos usuarios, pero rastreando los comentarios que se despliegan debajo de cada archivo, se deduce que lo que catapulta la viralidad es su capacidad sedante. Estos contenidos pueden aprovecharse como una fuente de ruido blanco que favorece la concentración.

Otros tantos sueñan con renegar de lo urbano y escapar al campo desechando la tecnología, olvidándose de las exigencias del crecimiento profesional, de los imperativos de perfección. Es una fantasía húmeda que se expande como una autodefensa mental entre quienes más han intelectualizado su propia vida. No es la llamada orgánica y animal de la selva, sino una querencia teórica, ideológica. Los vídeos de tecnologías primitivas ofrecen una dosis rápida y sin compromisos de ese sueño.

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Opiniones 1
  • Parece que también funciona como ASMR. Que lo mencionan en otro artículo sobre el ruido ambiente y la creatividad. Creo que por eso son exitosos este tipo de videos. Me parece muy interesante y algo novedoso para mí.

  • Comentarios cerrados.

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