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25 de abril 2018    /   IDEAS
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La brigada antiplástico y el ataque al supermercado

25 de abril 2018    /   IDEAS     por          
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La mancha apareció en las noticias como aparecen las caras de Bélmez cada cierto tiempo: por sorpresa, aunque se sepa desde siempre que nunca se han ido. Con las manchas de plástico ocurre como con las manchas de humedad, que es difícil hacerlas desaparecer si uno no las toma con la suficiente trascendencia desde el principio. Así que ahí estaba, entre California y Hawái, lo suficientemente grande –87.000 toneladas– como para que importase a todo el mundo; lo suficientemente lejos de todo como para que a nadie le importase.

O a casi nadie, porque desde el pasado verano, la pequeña localidad de Keynsham, 8 kilómetros al sureste de Bristol, en Reino Unido, estaba tremendamente concienciada del problema y había decidido lanzarse a la acción.

Fiona Edwards, una artesana del cristal que vive en la ciudad, asistió hace poco menos de un año a un pase de A Plastic Ocean. La película la dejó en shock. Poco después, la iniciativa de una cadena de supermercados, Iceland, anunció que querían acabar con todo el plástico en productos de marca propia en el plazo de dos años. El camino estaba trazado.

«Decidí que iba a imitar algo que había visto en la tele tiempo atrás: retirar los embalajes de plástico de la compra del supermercado y dejarlos en el mismo supermercado», explica Fiona Edwards.

La británica conocía a otros vecinos con los que había compartido iniciativas medioambientales en el pueblo: Transition Keynsham, Los Verdes, Avon Wildlife Trust, The Wombles y Eco-Church. A esos caladeros fue a recabar apoyos para su plan.

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La idea era sencilla: un grupo de personas iría a un supermercado cualquiera, haría la compra y desembalaría todo en la misma caja dejando allí mismo los residuos plásticos. La acción se llevó a cabo el 24 de marzo en un supermercado Tesco de Keynsham.

«Escribimos al supermercado con antelación para contarles lo que teníamos planeado, por qué lo íbamos a hacer y cuándo. Lo anunciamos mediante el boca a oreja, unos flyers de papel y en la página de una comunidad en Facebook». También contactaron con la prensa local y con sus círculos cercanos y crearon su propia página de Facebook, Keynsham Plastic Re-Action, como centro de operaciones mediáticas.

La acción transcurrió sin incidentes y de manera festiva. «No queríamos intimidar ni al personal ni a otros compradores», asegura Edwards. BBC Radio Bristol contactó con ellos, les pidió material para crear un vídeo y la cosa explotó.

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Más de 16 millones de reproducciones del vídeo y un alcance mundial de la acción que vuelve a poner al plástico en el punto de mira de todos aquellos a los que el ecosistema no les importa un pimiento.

«Nos han escrito de todo el mundo para agradecernos la idea, para animarnos, para pedirnos consejo en la organización de sus propias acciones o para contarnos qué hacen ellos. Parece que era el momento adecuado para que esta idea despegase. Esperemos que el cambio radical esté al caer», dice la artesana.

Fiona Edwards señala que los supermercados son el principal obstáculo para la eliminación del plástico de la lista de la compra. Sin embargo, también cree que es necesario que los consumidores se den cuenta del daño que causa un residuo casi indestructible. «Podemos cambiar las cosas. Quitar el plástico y abandonarlo envía un mensaje a los supermercados: ahora se tienen que responsabilizar de él. No nos lo llevaremos a casa para gastar dinero público en su recogida», declara Fiona Edwards. «Si a los supermercados les afecta económicamente, cambiarán».

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La estrategia de Keynsham Plastic Re-Action no se basa únicamente en dejar los supermercados llenos de residuos. Piden su eliminación, ponen cifras al desaguisado (en Reino Unido se crean más de 800.000 toneladas de desechos de embalajes cada año), piden a las grandes cadenas de supermercados que declaren la cantidad de plástico que generan y que inviertan más en su tratamiento.

Theresa May anunció a principios de 2018 una estrategia nacional a 25 años que incluye objetivos como la eliminación de plástico prescindible en 2042, la inversión en la investigación del plástico para, suponemos, facilitar su eliminación y reciclaje, concienciación medioambiental para niños y jóvenes o ayudas para países en vías de desarrollo para atajar la contaminación y reducir los residuos.

Otro de los símbolos nacionales, la monarquía, también se ha unido al debate anunciando la intención de impulsar la prohibición de plástico en todas las propiedades reales.

El movimiento no se ciñe a Reino Unido, por más que sea uno de los países que más residuos plásticos genera en el planeta. En España, la iniciativa #DesnudaLaFruta denuncia el despilfarro que supone la utilización de materiales no biodegradables en la conservación de alimentos.

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El ejemplo más ridículo fue carne de viral en las redes sociales. Una foto en Twitter mostraba una pila de seis botes de plástico. En el interior de cada uno de esos botes, había una mandarina pelada y lista para comer. Junto a la foto, el tuit de Nathalie Gordon (@awlilnatty) decía: «Si la naturaleza fuera capaz de encontrar una manera de cubrir estas naranjas, no tendríamos que gastar tanto plástico».

Efectivamente. A alguien, en algún departamento de desarrollo de producto, se le ocurrió quitar el envoltorio natural y biodegradable de la mandarina y ponerle uno indestructible. Nadie dijo nada ni en ese departamento ni en otro. Nadie dijo nada en los departamento de compras de las cadenas de supermercados. Por eso es necesario llenar esos mismos súper de basura. Para, aunque sea, evitar el espantoso ridículo de vender mandarinas peladas y con los gajos separados.

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La mancha apareció en las noticias como aparecen las caras de Bélmez cada cierto tiempo: por sorpresa, aunque se sepa desde siempre que nunca se han ido. Con las manchas de plástico ocurre como con las manchas de humedad, que es difícil hacerlas desaparecer si uno no las toma con la suficiente trascendencia desde el principio. Así que ahí estaba, entre California y Hawái, lo suficientemente grande –87.000 toneladas– como para que importase a todo el mundo; lo suficientemente lejos de todo como para que a nadie le importase.

O a casi nadie, porque desde el pasado verano, la pequeña localidad de Keynsham, 8 kilómetros al sureste de Bristol, en Reino Unido, estaba tremendamente concienciada del problema y había decidido lanzarse a la acción.

Fiona Edwards, una artesana del cristal que vive en la ciudad, asistió hace poco menos de un año a un pase de A Plastic Ocean. La película la dejó en shock. Poco después, la iniciativa de una cadena de supermercados, Iceland, anunció que querían acabar con todo el plástico en productos de marca propia en el plazo de dos años. El camino estaba trazado.

«Decidí que iba a imitar algo que había visto en la tele tiempo atrás: retirar los embalajes de plástico de la compra del supermercado y dejarlos en el mismo supermercado», explica Fiona Edwards.

La británica conocía a otros vecinos con los que había compartido iniciativas medioambientales en el pueblo: Transition Keynsham, Los Verdes, Avon Wildlife Trust, The Wombles y Eco-Church. A esos caladeros fue a recabar apoyos para su plan.

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La idea era sencilla: un grupo de personas iría a un supermercado cualquiera, haría la compra y desembalaría todo en la misma caja dejando allí mismo los residuos plásticos. La acción se llevó a cabo el 24 de marzo en un supermercado Tesco de Keynsham.

«Escribimos al supermercado con antelación para contarles lo que teníamos planeado, por qué lo íbamos a hacer y cuándo. Lo anunciamos mediante el boca a oreja, unos flyers de papel y en la página de una comunidad en Facebook». También contactaron con la prensa local y con sus círculos cercanos y crearon su propia página de Facebook, Keynsham Plastic Re-Action, como centro de operaciones mediáticas.

La acción transcurrió sin incidentes y de manera festiva. «No queríamos intimidar ni al personal ni a otros compradores», asegura Edwards. BBC Radio Bristol contactó con ellos, les pidió material para crear un vídeo y la cosa explotó.

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Más de 16 millones de reproducciones del vídeo y un alcance mundial de la acción que vuelve a poner al plástico en el punto de mira de todos aquellos a los que el ecosistema no les importa un pimiento.

«Nos han escrito de todo el mundo para agradecernos la idea, para animarnos, para pedirnos consejo en la organización de sus propias acciones o para contarnos qué hacen ellos. Parece que era el momento adecuado para que esta idea despegase. Esperemos que el cambio radical esté al caer», dice la artesana.

Fiona Edwards señala que los supermercados son el principal obstáculo para la eliminación del plástico de la lista de la compra. Sin embargo, también cree que es necesario que los consumidores se den cuenta del daño que causa un residuo casi indestructible. «Podemos cambiar las cosas. Quitar el plástico y abandonarlo envía un mensaje a los supermercados: ahora se tienen que responsabilizar de él. No nos lo llevaremos a casa para gastar dinero público en su recogida», declara Fiona Edwards. «Si a los supermercados les afecta económicamente, cambiarán».

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La estrategia de Keynsham Plastic Re-Action no se basa únicamente en dejar los supermercados llenos de residuos. Piden su eliminación, ponen cifras al desaguisado (en Reino Unido se crean más de 800.000 toneladas de desechos de embalajes cada año), piden a las grandes cadenas de supermercados que declaren la cantidad de plástico que generan y que inviertan más en su tratamiento.

Theresa May anunció a principios de 2018 una estrategia nacional a 25 años que incluye objetivos como la eliminación de plástico prescindible en 2042, la inversión en la investigación del plástico para, suponemos, facilitar su eliminación y reciclaje, concienciación medioambiental para niños y jóvenes o ayudas para países en vías de desarrollo para atajar la contaminación y reducir los residuos.

Otro de los símbolos nacionales, la monarquía, también se ha unido al debate anunciando la intención de impulsar la prohibición de plástico en todas las propiedades reales.

El movimiento no se ciñe a Reino Unido, por más que sea uno de los países que más residuos plásticos genera en el planeta. En España, la iniciativa #DesnudaLaFruta denuncia el despilfarro que supone la utilización de materiales no biodegradables en la conservación de alimentos.

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El ejemplo más ridículo fue carne de viral en las redes sociales. Una foto en Twitter mostraba una pila de seis botes de plástico. En el interior de cada uno de esos botes, había una mandarina pelada y lista para comer. Junto a la foto, el tuit de Nathalie Gordon (@awlilnatty) decía: «Si la naturaleza fuera capaz de encontrar una manera de cubrir estas naranjas, no tendríamos que gastar tanto plástico».

Efectivamente. A alguien, en algún departamento de desarrollo de producto, se le ocurrió quitar el envoltorio natural y biodegradable de la mandarina y ponerle uno indestructible. Nadie dijo nada ni en ese departamento ni en otro. Nadie dijo nada en los departamento de compras de las cadenas de supermercados. Por eso es necesario llenar esos mismos súper de basura. Para, aunque sea, evitar el espantoso ridículo de vender mandarinas peladas y con los gajos separados.

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